jueves, 30 de octubre de 2014

Carlos Disandro: La Gran Apostasía y los Espacios de Poder

La Gran Apostasía y los Espacios de Poder
Por Carlos Disandro



Introducción

Enfrentamos una situación límite en la Iglesia. Distingo, por comodidad, tres contextos, sumariamente perfilados.
Primero, el de la secta, la GRAN SECTA erigida y alimentada canónica y doctrinalmente por Juan XXIII, Paulo VI y Juan Pablo II, y la casi totalidad de los obispos.
En segundo lugar, la Secta de Ecône, fundada por Lefebvre, y según acuerdo con Paulo VI; reclama para si el sostén y ejercicio de la Tradición. Es esta secta un verdadero cefalópodo. Pese a sus divisiones, rupturas y disidencias internas congrega sin duda a buena parte de católicos, mitigados o no, desilusionados por la manipulación de Roma-Vaticano II.
En fin, la línea de obispos y fíeles, cuya cabeza canónica y espiritual es el Arzobispo vietnamita Mons.Thuc, discutido, ignorado, vilipendiado, y tal vez, asesinado.
Entre los fieles, a su vez, se ha producido una compleja y difícil dispersión, ya preanunciada por Mat.26.31 y Marc. 14.27: percutiam pastorem et dispergentur oves. Este texto, y otros concurrentes, no anuncia sólo la pasión y muerte del Señor, sino también el Gethsemaní de la Iglesia. En él estamos sin pastor. ¿Cómo se interpretan entonces las palabras "percutiam" y "dispergentur"?
Un solo camino queda para la Fe. Ser proclamada, a fin de enfrentar, sea cual sea su manifestación, la Apostasía, explícita o larvada.
En trance de meditar este "misterio iniquitatis" que es la Apostasía, prefiero repartir los campos semánticos que conforman su desarrollo, en estos últimos treinta y cinco años, sin desconocer los antecedentes que remontan muy atrás. Sin embargo, en estos treinta años, la Apostasía se ha hecho explícita en la autoridad, puesta al servicio de una conjura contra la FE, para extinguir a los FIELES. Pues esta es la primera tesis que es preciso reafirmar: la APOSTASIA no es un estado - pasivo, inerme, por corrupción o extinción de la Fe. Es una militancia operativa, totalitaria, que procura la aniquilación de la FE y de los FIELES, sin tener en cuenta para nada la - MISERICORDIA que deriva precisamente de la FE. Hemos pasado de la APOSTASIA bonachona y humanitaria (Juan XXIII) a la Apostasía militante, totalitaria; y contra ésta sólo hay una respuesta, cuyo modelo refulge en el protomártir Esteban.
La segunda tesis perfila la naturaleza misma de la Apostasía. No es un reino guerrero, conducido por capitanes soberbios, a la conquista y la muerte de los cristianos por el orbe. Es manipulación, dulzura, humanismo y emoción caritativa para coaligar, emulsionar, descerebrar y cumplir la transformación total del HOMBRE DE FE.
La tercera tesis comprueba la conducción estratégica de - la Apostasía en la Roma arriana de Juan Pablo II, cuyo reino se acerca a su fin (escribo esto el 31 de julio de 1992) para ceder esa conducción estratégica a un tirano "apostólico" de rostro nuevo. El combate por tanto se acrecentará y los FIELES vivirán en soledad.
La estrategia a que aludo consiste, en el más puro estilo leninista, en marchas y contramarchas, para avanzar siempre en la destrucción de los fieles. Por esto hablaremos en un párrafo aparte sobre la "Apostasía con rostro de Tradición".
Las tres tesis, que insumen vastas proyecciones, son pues: 1) La Apostasía es una militancia activa, jerárquica; 2) la Apostasía no es un reino bélico, es manipulación en la dulzura y la obediencia; 3) la tercera tesis, en fin, comprueba una conducción estratégica mundialista, esgrimida por Roma arriana, centro del "poder mundial".
Examinaré brevemente los campos que podríamos deslindar para el perfil de la Apostasía Ecuménica, totalmente contrapuesta por ende a la Eudokía del Canto angélico del Gloria. Esta, la Gloria, es Luz, fulguración, esplendencia. La Apostasía es el dominio de la okotía contra la luz (Cf. el Prólogo joánico).
Distinguiría pues Apostasía Litúrgica, Apostasía Canónica, Apostasía Teológica, Apostasía Temporal, cultural-política. Y, en fin, Apostasía con rostro de Tradición. Veamos pues cada deslinde semántico, sin perjuicio de mantener una discreta reasunción de otros pormenores. Mi texto pretende ser un documento de reflexión sistemática, pero no una clausura reduccionista del tema mismo que ofrece otras laderas.

Apostasía litúrgica

Consiste sustancialmente en la destrucción del culto y rito romanos, sustituidos por confusas adulteraciones. Pero aquí nos interesan las vastas consecuencias que implica el derrumbe de la plegaria, la mystica de la interioridad como continuidad y perduración del Logos en la historia. Pues en los efectos de esta "apostasía" crecen espacios masivos de poder, no en cuanto a territorios, países (geografía, diríamos),sino en cuanto a humanitas concreta (América, Europa, etc.). Pues esos "espacios de poder" en la geopolítica mundialista instauran una nueva sacralidad, desligada de todo mito, de todo rito, de todo sacerdocio. Es la "sacralidad fáctica" del paraíso, despojado de todo símbolo y de toda anábasis unificadora y plenificante, para reposar en el puro conocimiento carnal de los "gigantes". Considero pues la "apostasía litúrgica", como el signo primordial del mundialismo planetario tiránico.

Apostasía canónica

A las res eximiae destruidas en el primer paso, sigue la destrucción de la letra y/o texto sacro, que es para la Antigüedad cristiana un grado en la encarnación del Logos. Se interrumpe pues en todos los niveles posibles de la "letra" su referencia a las res divinas, y perime también lo que conside ramos res publica, como dominio del logos instaurador, viviente y multiplicante. Pero unos son los efectos en la Ecclesia, y otros en la Civitas. El poder para generar nuevos espacios geopolíticos, colmados de masas enajenadas, deviene pues también de la Apostasía canónica, que se hace explícita en el "Nuevo Evangelio", la nueva cristiandad vaciada de semántica divino humana.

Apostasía teológica

Esta tiene una historia sinuosa, por supuesto. Pero debemos referirnos particularmente a la línea descripta por el Cardenal Siri (†) en su libro misteriosamente silenciado y escamoteado por los heresiarcas arrianos del Vaticano II y su jerarquía írrita y depuesta según la Bula de Paulo IV. (Cf. GETSEMANI - Reflexiones sobre el Movimiento Teológico Contemporáneo - Ed. Hermandad de la Santísima Virgen María, Centro de Estudios de Teología Espiritual, Colección "Pensamiento Católico", Toledo-Avila, 1981). De Maritain a H.de Lubac, que acaba de morir, se resume esta Apostasía en la desposesión de la Gracia y la Santidad al otrora pueblo cristiano. Rahner, Lubac, Theilard, entre nosotros Quiles y otros falsos doctores, han consumado la destrucción del edificio teológico, como signo de la demolición de la "Ciudad Celestial", o sea, el edificio de la Iglesia, como lo anticipó Ana Catalina de Emmerich, en sus Visíones, y antes Santa Híldegarde. Pero la confluencia de esta Apostasía con los poderes aquerónticos mundialistas activa y representa "la destrucción de la humanidad". Por esto pues, "Apostasía" y "Poder" es un dato fundamental para entender la quaestio que proponemos en esta breve nota sobre Geopolítica.

Apostasía cultural

Descendemos así a la vasta expansión de lo que llamo por - comodidad recapitulatoría "apostasía cultural", que a su modo perfiló A.Bloom en su libro The Closing of the American Mind. Sin embargo entiendo en este capítulo la apostasía lingüística de las fuentes hyperbóreas, y por ende, la apostasía semántica, cultural, estética y política, cuyo efecto es la "emulsión" totalitaria y planetaría, de cuyo nivel entenebrecido debe surgir "el dios de este eón" (theós tou aionou toutou) como función y ejercicio del poder planetario. Le llamaríamos "apostasía" del Nous, apostasía noética en busca del reino masivo de la función biológica dirimente. No más la claridad de la lumbre joánica, ni la regencia del Logos Hyperbóreo y Agapístico.
Restaría perfilar la Apostasía con rostro de "Tradición", la "tradición de siempre", el ensayo de la "tradición de siempre", en medio de la Gran Apostasía, que pide en realidad un San Atanasio, o un San Hilario de Poitiers. Por esto he llamado a Ecône "colateral" de la Roma apóstata (Cf. La Hostería Volante, n° 31, año 1981).
Esta "apostasía" que llamaría además la coerción del ritualismo, enfrentado a la subversión del culto, la inobediencia capital como forma de cubrir propósitos de secta la antiquísima corriente del Priorato de Síon, infiltrado colateralmente desde los viejos templarios, tal vez - el elitismo político como escudo de una subversión contra el Imperio, y el desprecio de la cultura de los Grandes Concilios Griegos y los Grandes Doctores, todo esto preludia una profunda división de la Iglesia Romana en sus aspectos doctrinales, mysticos y culturales. La Tradición subyace extinguida ab ínitío bajo el lábaro de la Misa de S.Pío V y las grandes declamaciones de piedad. Autores de este desvío peligroso para el combate de la Fe son Paulo VI y Marcel Lefevbre, de origen canónico en el hebreo-masonismo, opuesto a la obra de Pío X y Pío XII. ¿Qué camino queda para la Iglesia sino Gethsemaní y el desierto anacorético? Sectores diversos en lo que llamaría el frente del sedevacantismo, embarcado en el programa de eligendus est papa (o sea, de algún modo en el montaje del concilio imperfecto), me ubican en la falange de los pesimistas (Cf. entre otros la revista Kyrie Eleison). Pero no es así. Y conviene aclararlo de nuevo. No hay pesimismo ninguno en el "combate de la Fe",según el sentido explicado en mi interpretación de San Atanasio. La Fe puede producir el milagro de desplazar la montaña de mentiras, entre otras las que cubren como tinieblas la función sacra del pontificado romano. Confundir el vicario con la cabeza viviente de un viviente es la obra magistral de la Apostasía Clerical, la única que en definitiva interesa como conducción luciferina contra la Fe.
Mis puntos de vista son muy claros, aunque desde luego en la situación hodierna no pretenden ser exhaustivos. Acepto toda crítica sobre mi modesta obra teológica, asumida desde el fin de Pío XII. Pero el calificativo "pesimista" suprime la virtud de la esperanza que acompaña a la Fe. Pero Fe es,según he explicado durante casi cincuenta años, profericíón de la Fe, es semántica de la Fe. Y si no, es NADA. La Apostasía es asimismo una profericíón luciferina - loqui sicut draco - y por ende semántica que pretende entenebrecer la Fe.

Los espacios de poder

Según estas escalas reales repártense por obra de las logias esotéricas, depositarias de este nuevo poder antroposófico, los espacios de la tierra, las razas, las lenguas, y, diría, del cosmos, redimensionado por la Nueva Ciencia del Big Ban , nuevo evangelio evolucionísta y ateo. Es la religión del ateísmo que surge de los jesuitas apóstatas ya mencionados. Es das glauben der Gottloser, la "fe de los sin dios", la "fe leninista" triunfante en el mundo.
Los "espacios de poder" se dirimirán probablemente, tal como lo entendía W. Solowiev entre "raza amarilla", "raza negra" y "raza blanca"., según puede advertirse en el panorama de Estados Unidos. Y es en estas instancias tan dramáticas, las que replantean la historia de nuestra América y su enfrentamiento con tales espacios de poder, masivo, masacrador, manipulante y contrahumano.
Nuestra lucha teológica, iniciada en el Instituto de Cultura Clásica "Cardenal Cisneros" (La Plata), hace treinta años, con el Instituto "San Atanasio" (de Córdoba) hoy disuelto por exigencias tácticas del combate inmisericorde, nuestra lucha teológica pues inviste una concepción geopolítica, enfrentada a Roma, cabeza de la Apostasía cristiana.
Las guerras periféricas que se suceden sin pausa y sin renuencia a la masacre de inocentes, tienen también la respuesta de la Intifada, en la que los adolescentes y jóvenes palestinos luchan con hondas contra el poderoso y tecnificado ejército de Israel. Hondas, modelos para nuestra Segunda Guerra de la Independencia que es una guerra cultural, política y teológica, en la que esgrimimos el sentido absoluto del Evangelio Agapístico, la Cultura del Signo Teándrico, y la Política del Empirismo Constructivo y Pacificador contra los nómades depredadores y usureros, que debemos expulsar de nuestra tierra sagrada. Pero también esta confrontación resulta un combate doctrinal contra el rabinato clerical de Occidente, contra el Talmud romano, que pretende subvertir la raíz óntica y mystérica de la Ecclesia, y por ende cegar las "fuentes de la cultura". Así de simple y omnícomprensiva resúmese la compleja semántica de una obra fundada en San Atanasio, el Magno Doctor cuya inspiración imploramos.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Pontificado y Pontífice: una breve quaestio teológica (II)

He explicado en las breves páginas de Iglesia y Pontificado (ed. Montonera, Mar del Plata, 1969) las coyunturas doctrinales que reaparecen o se requieren en estos momentos dramáticos del mundo. Trataré de completar aquí la imagen de un pontífice - para quien esto escribe, "falso papa"- que parece cubrir con su presencia la historicidad mística del pontificado, aunque en realidad la erosiona, esclaviza y degrada, y de ese modo erosiona, esclaviza y degrada la entera Iglesia, Sacramentum Trinitatis.
Por el reexamen de las instancias doctrinales que se refieren a la forma divina de la Iglesia, sabemos que el Pontificado es término necesario para el concreto vínculo histórico entre el nivel celeste y el nivel terrestre. Sabemos que es una magistratura y jurisdicción personal, cuya continuidad es irrefregable; sabemos finalmente que la falencia personal del pontífice (en un orden ético-religioso general) no implica la caducidad de su magistratura (en el caso de simonía, concubinato, cesaropapismo, etc. ) ; pero que tratándose del vínculo con un nivel teológico que anude Fe y Autoridad, podría ocurrir que el pontífice se escindiera de la Iglesia, o lo que es lo mismo que el Pontificado quedara vacante no sólo por muerte física, sino también por muerte teológica (herejía y cisma).
Esta clara posición nos distingue de los que defienden clamorosamente a Paulo VI, pero atacan las bases inviolables del Pontificado (el cardenal Suenens, por ejemplo, y muchísimos otros); y también de los que subvirtiendo el fundamento dogmático de formulación helénica de la Fe (concilios de Nicea, Calcedonia y Efeso) pretenden salvar pontificado y pontífice, según un nominalismo teológico que lo funda todo en una noción incompleta o falsa de autoridad (el cardenal Daniélou, por ejemplo, y con él casi todos los grupos que se tienen por tradicionalistas, al menos aquí en Argentina) .Combatimos pues en este terreno doctrinal y práctico el nefasto desfonde judaico del progresismo, y el no menos nefasto designio de una falsa tradición que subvierte el vínculo entre FE y AUTORIDAD.
Conviene pues referirse concretamente a las principales posiciones que se sostienen hoy en el mundo y delinear provisoriamente nuestra propia concepción del problema. Los que nos acusan de orgullo, exageración, etc. podrán advertir los matices difíciles en todos estos planteos. Resaltará entonces con mayor nitidez que sin negar el tono temperamental, tan legítimo como cualquier otro, nos ubicamos en el plano de una quaestio disputataTexto en cursiva y elegimos conscientemente una solución, la más delicada y comprometida quizá, pero no por eso menos lúcida.
En primer lugar, tendríamos que recordar las dos grandes posiciones: 1) la que acepta la legitimidad de la elección de Juan Bautista Montini, legitimidad que lo instaura como Paulo VI, sucesor legítimo de sus predecesores; 2) la que sostiene que es ab initio un falso Papa, ya que el resultado de aquel cónclave sería írrito, por motivos que difieren según diversas consideraciones. La primera posición cuenta con una abrumadora mayoría y parece haber conciliado para siempre el consenso universal de la Iglesia; la segunda posición, sostenida por un número reducido de intérpretes, teólogos, canonistas, no está exenta sin embargo de matices sorprendentes que conviene no desdeñar, porque interesan de cualquier modo a la quaestio disputata. Como se trata de una opinión que puede examinarse más rápidamente, propongamos aquí su puntualización.
Podrían distinguirse tres causas que según tales intérpretes fundarían la nulidad de la elección del cardenal Montini, por tanto la nulidad del pontificado de Paulo VI: a) por lasdoctrinas heréticas, sostenidas por Montini antes y después de su acceso al cardenalato; no habiendo abjurado de tales doctrinas no podría ser legítima tal elección del cónclave; b) por las condiciones bioespirituales del elegido, pues para investir la suprema magistratura de la Iglesia se requeriría un cierto nivel de normalidad en el sujeto elegido (por ejemplo, no podría ser electo un cardenal ciego, o un impedido mental, o un homosexual, etc.); c) por el trámite formal de la elección, en la medida en que pudo violarse la autenticidad y normalidad de las circunstancias conclavísticas para imponer a la Iglesia un falso papa demoledor.
Ahora bien, las tres posibilidades enunciadas esquemáticamente, en (cuanto a la nulidad inicial de este pontífice. requerirían una exhaustiva indagación, cosa hoy prácticamente imposible con excepción tal vez del primer apartado: "Doctrinas heréticas del cardenal Montini", y se enfrentarían por lo demás con un consenso mantenido sin variación durante siete años. Sin embargo, en el vasto mundo enfervorizado hay quienes sostienen con intrepidez y fundamentos tales interpretaciones, precisamente en homenaje a una total coherencia doctrinal y a una defensa lúcida de la FE y la AUTORIDAD. Aquí en la Argentina sólo el mencionar este tema provoca aullidos, retorcimientos, rasgado de vestiduras pseudo doctorales, improperios e insultos. Pero las "cuestiones disputadas" pertenecen al orden de la inteligencia de la FE, y no al criterio de una gendarmería teológica que esgrima la banderola de la AUTORIDAD para impedir la vida verdadera de la Iglesia. La FE no es una venda; es un acto de posesión del MISTERIO TEANDRICO, con su margen de inteligibilidad, claroscuro y total penumbra inaccesible. Moverse en esa entrañable dimensión con un cierto fundamento, con una cierta coherencia y un cierto designio constructivo, tal ha sido la magna labor de los grandes siglos teológicos. Dejemos pues los aullidos y los improperios: enfrentemos con decisión estas coyunturas dramáticas en la vida de la FE y de la IGLESIA.
Pasemos ahora a discriminar los matices en aquella posición que sostiene la legitimidad del acceso de Montini al pontificado y por lo tanto la legitimidad inicial de Paulo VI, 262º sucesor de San Pedro en la sede romana.
Aquí distinguiríamos a su vez tres interpretaciones fundamentales en las que en realidad están repartidas las tendencias más importantes en la Iglesia de hoy. En primer lugar, quienes unen de un modo absoluto y solidario legitimidad inicial y continuidad ininterrumpida de la jurisdicción pontificia en Montini, y no pueden concebir ni admiten posibilidad alguna de que cese tal jurisdicción, legítimamente asumida. Sólo la muerte deja vacante el pontificado. Se unen en esta posición tradicionalistas (Danielou), progresistas (Suenens), con todos los matices imaginables.
En segundo lugar, los que distinguen actos legítimos e ilegítimos (o írritos) de Paulo VI: mantienen pues la legitimidad jurisdiccional de la persona, pero la invalidan en circunstancias concretas. Cuando éstas ocurren obraría pues, no el pontífice sino J. B. Montini. Convivirían entonces en un mismo sujeto actos legítimos (pontificios), actos ilegítimos (montinianos) .En esta interpretación podría valer la fórmula clásica: PAPA HAERETICUS, EST DEPONENDUS.
En tercer lugar los que reconociendo la legitimidad inicial de Paulo VI, sostienen que ha caducado o la ha perdido, con todos los privilegios, incluida la infalibilidad, por causa de herejía formal continuada y explícita. El pontificado pues estaría vacante desde un momento dado, y se cumpliría por lo mismo en el caso de Paulo VI la fórmula clásica: PAPA HAERETICUS EST DEPOSITUS.
Esquematicemos ahora en un cuadro sinóptico toda la problemática:
1 - Paulo VI falso papa ab initio:
a) por herejía
b) por deficiencia del sujeto
c) por nulidad del procedimiento
2 - Paulo VI legítimo papa ab initio:
a) mantiene en bloque legitimidad y continuidad
b) a veces legítimo, a veces ilegítimo c) cesó de ser papa en un momento dado; ahora es FALSO'
Podríamos ejemplificar todos los apartados, con oportunas consideraciones y discrepancias. Alargaríamos innecesariamente esta nota, sin agregar mayores luces a la problemática misma. Dentro del apartado 2. a) se inscriben la casi totalidad de los tradicionalistas y la casi totalidad de los progresistas: están pues asidos a la cúspide de una autoridad equívoca, lo que permite el movimiento dialéctico de Paulo VI y su diestra conducción de heresiarca. La Iglesia es destruida mientras lloran obispos, cardenales, laicos y el propio Montini ¿Quién la destruye? Mysterium iniquitatis, dicen los más audaces.
Dentro del apartado 2. b) podemos mencionar las posiciones matizadas del padre De Pauw (Catholic Traditionalist Movement-Estados Unidos), y el padre G. de Nantes (Contre-Réforme Catholique au XXe. Siecle-Ftancia). El padre De Pauw rechaza de plano y totalmente la "Nueva Misa", pero exime a Paulo VI de la responsabilidad formal y explícita de su contexto herético. No admite que se discuta la continuidad válida del pontificado de Paulo VI, aunque admite que se señale la falsedad de sus supuestos actos pontificios. Habla pues de our unaltered belief in the continuity of papal authority, y dice así: This concept of the continuity of papal authority appears to me, at least from a pragmatic viewpoint, to provide us with even more spiritual strength and justification for our NO! to the New "Mass" than all the juridical, moral and dogmatic reasons we will discuss later in this netvsletter!(Este concepto de la continuidad de la autoridad papal resulta para mí, al menos desde un punto de vista práctico, la condición que nos permite un mayor vigor espiritual y una mayor justificación para nuestro NO! a la "Nueva Misa", que todas las demás razones jurídicas, morales y dogmáticas, examinadas más adelante... Cf. Letter, Spring 1970, pag. 9).
Sostiene el padre De Pauw que la Iglesia es un barco que ha sido asaltado, y cuyo capitán, es decir Paulo VI "is held captive by a mutinous crew issuing false orders in his name". (Es prisionero de una tripulación amotinada, que da órdenes falsas en nombre del Papa. Cf. Las declaraciones al St. Lonis Globe Democrat, june 20, 1970)
Las órdenes que emite Roma en múltiples y delicadas cuestiones son pues falsas, pero el pontífice ha sido, es y será legítimo y verdadero hasta su muerte; deben ser resistidas esas órdenes, pero debe defenderse también la legitimidad de Paulo VI.
El padre G. de Nantes subraya como dijimos la diferencia entre actos paulinos (por ejemplo, Encíclica Mysterium Fidei) y actos montinianos (por ejemplo Reunión con el Congreso Mundial de iglesias en Ginebra) .Adscrito al parecer a la fórmula PAPA HAERETICUS NON EST DEPOSITUS, SED DEPONENDUS, defiende en última instancia la legitimidad actual de Paulo VI, que seguiría siendo verdadero Papa. Sin embargo parecería inclinarse cada vez con mayor fuerza a sostener el carácter herético de Montini-Paulo VI, si nos atenemos a sus afirmaciones, concluyentes en su estudio sobre el "Catecismo Holandés" (Contre-Réforme, nº 35, agosto de 1970)".
"Le silence de l'Autorité supreme de l'Eglise est. a 1ui seu1 une complicité avec l'Héresie, et il porte un coup mortel a la foi ( ...). En face de cette conjuration de l'Hérésie moderniste et des Pouvoirs Supremes de l'Eglise, que pouvons-nous, que devons- nous faire? (...). Ou bien perdre la foi, en maudissant les Papes e Eveques des siecles passés, qui ont preché et imposé comme vérités divines ce qui est maintenant tenu pour des opinions dpassés et des fables inconsistantes [ ...] .Ou bien tenir cette immuable et sainte foi catholique, et persister a l'opposer fermement aux nouveautés pernicieuse du Modernisme, non pas au nom de nos misérables personnes, mais au nom de l'Eglise, et ce, nonobstant le silence criminel du Pape et des Eveques. Est-ce a dire que nous condammions ceux-ci par notre jugemente propre? Non ce n'est pas nous qui les condammons, mais en nous la foi de l'Eglise qui ne s' affirme et persiste, qui ne trouve de passage et d' issue en nous qu'a travers l'Anatheme. Ce que notre foi effectue spontanément, il faudra que l'Eglise future décide de le faire infalliblement quand elle voudra restaurer dans le monde l'unique et immuable sécurité de sa Foi catholique". Es difícil conciliar el "silencio criminal" del Papa y su supuesta legitimidad actual; pues este silencio criminal se refiere a la sustancia de la Fe, y no a un detalle accidental o complementario. No se comprende entonces cuál sería el límite impuesto por la doctrina, para que cesara este "crimen" y la Iglesia recobrara su vida verdadera.
Desde un comienzo, en la intrincada cuestión doctrinal, hemos sostenido la fórmula Papa haereticus est depositus. Hemos convergido, sin saberlo al principio, con los que en Francia publican Trompettes de Jericho, y que hemos dado a conocer por diversas referencias. Las pruebas de la herejía formal y explícita de Paulo VI son abundantes; pueden encontrarse fielmente probadas en De Nantes, De Pauw, y sus respectivas publicaciones; en Trompettes de JerichoDas Zeichen Mariens, etc. Sostenemos pues la legitimidad de la elección de Paulo VI, el cual fue Papa legitimo hasta la signatura del concilio herético Vaticano II, que aunque .pastoral introdujo por su nominalismo teológico la herejía modernista implícita; de aquí arranca todo el drama histórico de la Iglesia, si no todo el drama místico.
En efecto, al morir Juan XXIII el concilio estaba automáticamente clausurado. De Juan XXIII podemos decir que toleró y fomentó la herejía, aunque no la signó y confirmó (al menos así parece) .Paulo VI, legítimamente electo reabrió el concilio y signó su nominalismo herético-modernista, y con esa seudo ley en la mano (que llamamos herejía implícita) procedió a desatar la herejía explícita, conducida por su autoridad personal, caduca en realidad desde ese mismo momento. Los ejemplos de herejías explícitas de Montini-Paulo VI son tan numerosas y graves, que convencen a cualquiera que honestamente considere la situación actual, sobre todo después de la abolición de la misa católica ( es decir, después. de la abolición de la Eucaristía, que defendió en un supuesto documento tradicionalista) .
Todo ello es, en la Iglesia, simplemente írrito. Paulo VI ha cesado de ser pontífice y es desde la fecha de la signatura del Vaticano II hasta ahora FALSO PAPA y POR TANTO TODOS SUS ACTOS, RESOLUCIONES, DOCUMENTOS, CARECEN DE VALIDEZ JURISDICCIONAL, CANÓNICA, RELIGIOSA, ECLESIÁSTICA, o como quiera decirse: PAPA HAERETICUS EST DEPOSITUS. La Iglesia está sometida al poder de un tirano, que inviste los poderes de la Monarquía Teológica, para subvertir LA FE y DESTRUIR LA IGLESIA.
Coinciden sustancialmente en esta posición, como ya he dicho, Les Trompeutes de ]ericho (Francia), las que al establecer la herejía y el cisma de Paulo VI, consideran asimismo vacante el pontificado, con oportunas y definitivas reflexiones, confirmadas ahora por la parodia de "nueva misa".
He expuesto con entera objetividad el conjunto ciertamente denso y difícil de una problemática, que no por dolorosa deja de pertenecer a lo más entrañable de la Fe; he puntualizado las diversas posiciones y matices, propuestos hoy en el mundo. Señalo además con entera franqueza cuál ha sido y es mi posición, que por modesta que sea mi persona, no cesa de tener significación doctrinal: DE DOCTRINA SE TRATA, NO DE PERSONAS.
Desde luego lo que enfrentamos es tremendo, y más tremendo aun lo que se deduce de los diversos apartados enumerados y puntualizados. Sin embargo, estimo que al establecer con fundamentos la posibilidad de la "vacancia del pontificado" y al señalar como probable que esos fundamentos explícitos en la coyuntura del actual pontífice determinan sin equivocidad posible la caducidad de su jurisdicción, nos colocamos en la línea de mayor claridad histórica. En efecto, más allá de la catástrofe que parece avecinarse, se discierne también la salida, en la medida en que habrá de hacerse consciente en la Iglesia la reconstrucción ulterior de la autoridad doctrinal de un pontífice legítimo y realmente "católico". Otras soluciones, serán siempre contrarias a la verdadera Tradición.

martes, 28 de octubre de 2014

El pontificado restaurado


Jorge Mario Bergoglio es el VI Sumo Pontífice de la Iglesia Conciliar del Vaticano II, aquella que fue promulgada públicamente por Juan Bautista Montini/Paulo VI . Bergoglio es, para cualesquiera que conozca la fe católica revelada por Nuestro Señor Jesucristo (mal llamada "tradicionalismo"), un Pontífice no Católico, pero no por ello deja de ser un pontífice, y en efecto, pretendo demostrar que es, efectivamente, un Pontifex Maximus, un restaurador (en los hechos pero no en la teoría, ya que esa fue la tarea de Ratzinger/Benedicto XVI) del Antiguo Pontificado Romano... el de la Roma Pagana, la Roma no Cristiana que resurgió de las aguas gracias al falso Concilio Vaticano II.

Dionisio de Halicarnaso remonta el orígen del nombre "Pontifex" a pons facere, es decir, constructor de puentes. Ya lo antiguos consideraban que el término hacía referencia a un puente entre el orden de los hombres y el de las deidades. Esta capacidad de construir y levantar puentes entre el mundo de los hombres y los dioses, devino en una nueva acepción del nombre, explicada por Quintus Scaevola: el Pontifex era además el facere potis, es decir, el que tenía la capacidad de realizar sacrificios, y también el pompifex, el que encabezaba las procesiones públicas para rogar el favor de los dioses. Dichas procesiones solían conducir hacia el Tíber, río sagrado, que únicamente podía ser cruzado, en los actos sagrados, por el Pontífice.

El Sumo Pontífice de la Roma Pagana antigua era el primus inter pares entre los sacerdotes paganos romanos. Gobernaba junto a ellos y sus decisiones estaban en consonancia con la de sus hermanos en el sacerdocio, aunque poseía un primado de honor y prestigio que le otorgaba un poder político y religioso distintivo y único. El Pontifex Maximus era elegido por los demás pontífices y ocupaba el cargo de por vida o por renuncia. De hecho, podían coexistir hasta más de dos al mismo tiempo, los que podían aparecer en público con las mismas vestiduras, incluyendo la distintiva velatio capitate, es decir, la cabeza cubierta.

Ese sacerdocio no tiene nada que ver con el sacerdocio católico, instaurado por Jesucristo. El sacerdocio de la roma politeísta era un sacerdocio humano, de hombres que adorban a dioses ficticios o demonios y que realizaban sacrificios y conjuros inútiles desagradables al único Dios Verdadero. Era un sacerdocio a la medida de los hombres: variaba con las épocas y los intereses populares: Julio César y Marco Antonio lo reformaron para que se hiciera más agradable al pueblo, y de hecho, el conquistador de las Galias se tocó el manto tras su aclamación popular. Augusto, primer emperador, lo utilizó como elemento final de su apoteosis cuando el populacho enardecido lo aclamaba como salvador de Roma.

Hacia el 220 de nuestra era, Tertuliano, asombrado por las noticias que llegaban de Roma, llamó, con mucha ironía al Papa Católico "Pontifex Maximus". Lo acusaba de laxo en moral, de permitir la comunión a los pecadores públicos, a los adulteros y a los fornicarios... ¿Qué diría el Padre de la Apologética si viera, entonces a Bergoglio sentado en el Trono del Beatísimo Pedro?

Y podemos también preguntarnos ¿Qué podemos decir nosotros, católicos, cuando vemos que, desde la Cátedra de Roma, un hombre, que no posee el sacerdocio católico, que fue electo por otros tantos de su misma condición, predica una religión diferente a la religión católica? ¿Podemos acaso considerar que su pontificado es un "pontificado católico romano"? ¿Es acaso el Vicario de Cristo, el Sucesor de San Pedro? ¿Acaso Bergoglio es el punte entre Cristo y nosotros? ¿Acaso él es la cabeza de la Iglesia Militante, que peregrina por este mundo, esperando llegar a ver a Dios? ¿Acaso él realiza el Santísimo Sacrificio? ¿Acaso tiene la capacidad de hacerlo? No, no puede. Él no puede celebrar la Santa Misa, porque jamás recibió las sagradas ordenes católicas; recibió en cambio un sacerdocio falso, el de la Iglesia Montiniana. Él no encabeza la Iglesia Militante, porque no pertenece a ella, porque abjuró de ella en su juventud, para adherir firme, consciente y sin ninguna duda a la Iglesia Conciliar del Vaticano II. Eso se vió en su falso-sacerdocio, se vió en su falso apostolado, se vio en su jesuitismo modernista-laxista-pelagiano, se contempló en cada una de sus acciones como obispo de la misma Iglesia Conciliar en Argentina, como cardenal de la misma Iglesia Montiniana y ahora, como Sumo Pontífice de la Iglesia del Anticristo, de la Iglesia que no adora a Cristo, sino a un falso-cristo, un demonio hecho a imagen y semejanza de los hombres modernos, que rechazaron al Único Dios Verdadero.

lunes, 27 de octubre de 2014

Carlos Disandro Iglesia y Pontificado: una breve quaestio teológica

Presentamos a continuación, en sucesivas entregas el texto del Dr. Carlos Disandro "Iglesia y Pontificado: una breve quaestio teológica".


Iglesia y Pontificado: una breve quaestio teológica.
Por Dr. Carlos Disandro.

Advertencia

La necesidad de resumir una doctrina segura y esclarecedora, para responder a veladas o explícitas acusaciones contra mis tra­bajos de carácter religioso-especulativo, me ha obligado a puntualizar, en breve reseña, un asunto espinoso y difícil. Para el lector asombrado -o azorado- recomiendo la lectura del magno libro del Cardenal Ch. Journer L' Eglise du Verbe Incarné, no sólo por esta quaestio, sino por muchos otros problemas, relacionados con ella.
Hace ya años oigo rondar en los ambientes eclesiásticos, o civiles que dependen de ellos, adjetivos como pagano-helenizante, pelagiano, hereje, cismático, etc. Nadie se toma el trabajo de estudiar y analizar a fondo mis obras para formular explícitamente tales ubicaciones -o censuras- doctrinales. Muy pocos son los que entienden además el significado exacto de los términos que echan a rodar a veces con malignidad manifiesta. Pero cuando se trata de enfrentar a los verdaderos enemigos de la Iglesia, callan, conceden .y se ocultan en el claroscuro de los claustros, o en el caparazón de la chocarronería. Entonces recobran los bríos de una autoridad doctrinal -que nunca tuvieron por su descomunal ignorancia- y lanzan los despropósitos más desvergonzados.
Lo que el lector sincero -ilustrado o no- debe procurar en estas modestas páginas es un grado de nítida objetividad en el tema doctrinal. Si por acaso ella faltare en mis puntualizaciones o en mi estilo, debe suplirla y completarla. Le recomiendo entonces que recurra a todos los doctores, censores, directores espirituales, catedráticos y rectores para cerciorarse acerca de la quaestio disputata. En fin, en posesión de tal objetividad, debe responder con otra semejante, a fin de esclarecer el problema. Las personas, por eminentes que sean las dignidades, o por degradadas que sean las circunstancias, no interesan aquí.
Sé que esta diáfana advertencia no saciará a los fariseos y saduceo, que toleran todo, menos una defensa lúcida de la Fe. Basta recordar las entrañables palabras de Platón, cuando anticipa el destino de quienes pretendan ilustrar a los otros con un saber seguro, para comprender que todo esto es inevitable. Pero también conviene advertir con Fichte que la idea divina exige una consagración absoluta en el tiempo concreto en que a cada uno se le hace patente. Y cito estos dos nombres con fervoroso recuerdo, para que fariseos y saduceos rechinen poderosamente sus dientes. El signo más ostensible de su poder inútil.
La Plata (Argentina), 2 de mayo de 1969 Fiesta de San Atanasio.

I

Conviene resumir en principios orientadores la cuestión del vínculo entre Iglesia, Pontificado y Pontífice, para pasar luego a considerar la quaestio disputata sobre la posibilidad de un papa herético o cismático.

1. La entera Iglesia (que como Sacramentum Trinitatis abarca visibilia e invisibilia Patris) incluye al Pontificado, lo connota y es independiente del Pontificado histórico. Por eso en la transfiguración escatológica, donde se manifestará el vínculo entrañable entre Cristo-Pontífice y su Iglesia. en su perfecta manifestación teándrica, el vínculo de Cabeza y Cuerpo no necesita de vicario. El pontificado es pues in Ecclesia.
2. La Iglesia visible, histórica, en el mundo aunque no del mundo, encarnada en una historicidad aunque no dependa del decurso de tal historicidad, la Iglesia visible (o militante) necesita del Pontificado, como función vicarial de la Cabeza: el Pontífice es vicario de Cristo y como tal es vicario de sus poderes sacerdotal, real y profético. A este nivel podría afirmarse: In Ecclesia pontifex, in Pontifice Ecclesia; o bien, cum Ecclesia Pontifex, cum Pontifice Ecclesia; o bien, per Ecclesiam Pontifex, per Pontificam Ecclesia. Se trata pues de un caso particular de la unión teándrica (divino-humana) que recorre, connota y determina toda la estructura incambiable de Iglesia. Pero en este caso, el lado de la natura divina esta representada por la Ecclesia (transhistórica, perfecta, una, santa, etc.); el lado de la natura humana por la historicidad del pontífice.
3. En la realidad histórica puede distinguirse sin embargo entre Pontificado, como instancia esencial a la natura de la Iglesia, y el Pontífice, como persona que ejerce, por acto vicarial, la totalidad de aquellos poderes. Y esta no es una mera distinción jurídica, como podría ocurrir en la contextura de un Estado, si diferenciamos la monarquía del monarca, o la presidencia del presidente (es decir, la magistratura del magistrado que la asume).

Pues en el caso de los Estados podría perimir la instancia misma de la magistratura -monarquía o presidencia- sin que periman los Estados; simplemente buscan una nueva manifestación entitativa. Tal es el caso que se presenta en la magna historia de Roma. En cambio en la Iglesia el Pontificado integra su natura misma, y por tanto si lo elimináramos (por ejemplo con la doctrina de la colegialidad) o suprimiéramos (con la doctrina carismática de algunos ortodoxos orientales) o si supusiéramos su desaparición histórica (como en algunas tendencias del aggiornamento), alteraríamos la natura de la Iglesia, en su manifestación visible, histórico-concreta, y por tanto en el lado humano-divino de su construcción transtemporal. La magistratura sacra del Pontificado es pues esencial a la naturaleza de la Iglesia; esa magistratura incluye además la clara continuidad en la sucesión de persona a Persona. De otro modo, se destruiría la magistratura, lo que está contra el principio general ya enunciado.
Pero puede no haber Pontífice por un largo -o minúsculo- interregno; no por eso cambia ni se altera la natura de la Iglesia; puede haber conflictos dolorosos -como los ha habido, los hay ahora y los habrá siempre- que pongan en duda la residencia del poder vicarial, tampoco se altera esa natura; puede un pontífice pervertido perder las prerrogativas de su carácter vicarial, y quedar como escindido del Pontificado, sigue sin embargo incólume la naturaleza teándrica de la Iglesia, en la que Pontificado quiere decir vínculo perfecto con Cristo en el nivel de la historicidad más abrumadora. Tales posibilidades dependen de una persona humana, y no anulan el vínculo preexistente entre Iglesia y Pontificado: cuando el Pontífice asume la jurisdicción que le compete, en un acto legítimo de exaltación a la magistratura sacra, se hace ostensible en esa persona el vínculo perfecto entre Iglesia y Pontificado. Ese vinculo perfecto se oculta o se repliega en la natura celeste de la Iglesia, si el Pontífice sufriera un enajenamiento, por ejemplo: ello lo escindiría automáticamente de la función vicarial. Pero quedaría incólume el vínculo perfecto, inviolable, entre Iglesia y Pontificado.
Insisto en estos aspectos de la quaestio teológica, porque rodeados de ignorantes y de pusilánimes (alimentados por una vasta trenza de fariseos propendemos a creer que la vida de la Fe resulta de un estatuto metodizado por el miedo. En cambio, la Fe consiste -entre otras profundidades- en. afirmar los principios fontales, en afrontar las contradicciones temporales, y en creer y obrar pese a ellas, según un margen de coherente inteligibilidad.
En una palabra, en la naturaleza de la Iglesia, manifestada ad extra, debe afirmarse la unión esencial entre Iglesia y Pontificado, y la unión operante funcional-temporal (e íntima, desde luego) entre Pontificado y Pontífice, en una perfecta coherencia, es cierto, en una íntima solidaridad, que si distinguimos por el aná­lisis, es para unirla correctamente in re.
Así se explica que un pontífice pueda renunciar a su función vicarial sacerdotal, real, profética; así se explica que algunos teólogos hayan sostenido una doctrina explícita sobre la deposición de un papa. Y se comprende según los enunciados anteriores.

4. No nos referimos en esta sistematización al hecho hipotético de un pontífice que asuma la jurisdicción sacra por un acto ilegítimo de exaltación al Pontificado, sea por vicio común de la elección o designación, sea por vicio del vínculo entre el acto que elige y la persona elegida, sea por ilícita sustitución de lo que debió ser el vínculo originario, etc. Pues el caso hipotético de tal coyuntura nos retornaría simplemente a la instancia anterior de interregno o vacancia en que subsiste la unión esencial entre Iglesia y Pontificado, sin que éste se encuentre asumido en la persona de un pontífice por lo que la hipótesis supone. La exclusión de tal pseudo-pontífice del Pontificado no sería en realidad una deposición, sino una mera declaración de su falsedad.
5. En cambio es importante el problema de la posible deposición de un Pontífice, la forma de su ejecución, etc., porque en esta instancia se advierte también con mayor certidumbre el nexo discernido anteriormente entre Iglesia, Pontificado y Pontífice. Pues deponer un Pontífice (si esto es posible, como piensan algunos teólogos), significa afirmar: 1°) la legitimidad inviolable de la asunción; 2°) la abolición de un vínculo (entre Pontífice y Pontificado); 3°) la permanencia inviolable y perfecta del Pontificado en la Iglesia.
Sin embargo este problema de la deposición -también considerado por eminentes teólogos del pasado cristiano, un Juan de Santo Tomás por ejemplo- debe incluirse al final de la quaestio, porque en el acto de la deposición (de ser posible, como piensan algunos) se manifestarían todas las circunstancias ya puntualizadas; y de no ser posible tal deposición (como piensan otros) se establecería un interregno o una forma de vacancia vicarial, que atañe a los privilegios de la función, y en primer término al privilegio de la infalibilidad.
De cualquier modo en este capítulo de la quaestio disputata aparece con claridad la distinción fundamental puntualizada en el parágrafo 3. Y es esto lo que importa para ceñirnos a lo más importante del problema.
6. La Iglesia como instancia perfecta que incluye al Pontificado manifiesta o posee las cuatro notas clásicas enumeradas por el Credo de Nicea. La Iglesia, la entera Iglesia de invisibilia y visibibilia Patris, le comunica tales notas al Pontificado histórico: en cambio al nivel celeste, originario, es la Iglesia como Sacramentum Trinitatis la que recibe -por así decir- esas notas de las Tres Personas Inefables. Así se entiende que el Pontífice que se inserta o asume el Pontificado, queda en perfecta coherencia con ellas; pero también se entiende que la persona de algún Pontífice pueda escindirse de ellas, perdiendo en consecuencia las prerrogativas de su función, sin que se altere en lo más mínimo el vínculo de Iglesia y Pontificado, ni tampoco las cuatro notas sustanciales de su natura celeste.
Esta es la doctrina clásica, elaborada en siglos de .reflexión: por eso, nadie, si vive la vida de la Fe, debe asombrarse si las circunstancias históricas mueven una u otra alternativa del organismo viviente de la Iglesia. Y el hecho de meditar, reflexionar o puntualizar el sentido de tales circunstancias, a la luz de la Fe, no implica en absoluto un juicio o acusación. sino simplemente el acto de ver en la coherencia de la Fe, en tiempos oscuros y contradictorios.
7. Por ello, de acuerdo con las puntualizaciones anteriores, es discutible si un pontífice simoníaco cesa de ser pontífice; lo mismo puede afirmarse de un pontífice amancebado, etc., porque en definitiva tales situaciones contradictorias, tales tachas o faltas, no erosionan el vínculo entre Pontífice, Pontificado, Iglesia. Así parece al menos, y no veo inconvenientes en aceptar un cierto consenso teológico, de que tal hipotético papa sigue siendo papa con todas las prerrogativas de su función. Y en todo caso, si fuera discutible el asunto, ello estaría en favor de la tesis que distingue entre Pontífice, Pontificado e Iglesia.
Pero no es lo mismo, cuando pudiere tratarse de un pontífice que erosiona la Fe (es decir un pontífice herético), o de un pontífice que destruye o no guarda el vínculo de la Caridad (es decir un pontífice cismático). La posibilidad de que se den esos dos casos (pontífice herético y pontífice cismático), y la exigencia de explicarlos dentro del orden inconmovible, inviolable y perfecto de la Iglesia, esa posibilidad y esa exigencia se ilustran precisamente a partir de los principios orientadores, que hemos enumerado hasta aquí. No pretendo haber sido exhaustivo ni mucho menos, pues quedan zonas importantes del problema, en lo que atañe a la contextura misma de la Iglesia. Pero todo otro principio deberá forzosamente referirse a éstos (por ejemplo los que atañen a la asistencia del Espíritu Santo).

domingo, 26 de octubre de 2014

¡Viva Cristo Rey!


¡Viva Cristo Rey!

Solemnidad de Cristo Rey

Pío XI
QUAS PRIMAS


Sobre la fiesta de la Realeza de Jesucristo
11 de diciembre de 1925

1- La causa más profunda de los males de hoy: la apostasía

   En la primera Encíclica, que al comenzar Nuestro Pontificado enviamos a todos los Obispos del orbe católico*, analizábamos las causas supremas de las calamidades que veíamos abrumar y afligir al género humano. En ella proclamamos Nos claramente no sólo que este cúmulo de males había invadido la tierra, porque la mayoría de los hombres se habían alejado de Jesucristo y de su ley santísima, así en su vida y costumbres como en la familia y en la gobernación del Estado, sino también que nunca resplandecería una esperanza cierta de paz verdadera entre los pueblos, mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el imperio de nuestro Salvador.

El remedio: la vuelta a Cristo y su paz

   Por lo cual, no sólo exhortamos entonces a buscar la paz de Cristo en el reino de Cristo, sino que, además, prometimos que para dicho fin haríamos todo cuanto posible Nos fuese. En el reino de Cristo, dijimos: pues estábamos persuadidos de que no hay medio más eficaz para restablecer y vigorizar la paz que procurar la restauración del reinado de Jesucristo.

2. El movimiento espiritual despertó nuevas esperanzas

   Entretanto, no dejó de infundirnos sólida esperanza de tiempos mejores la favorable actitud de los pueblos hacia Cristo y su Iglesia, única que puede salvarlos; actitud nueva en unos, reavivada en otros, de donde podía colegirse que muchos, que hasta entonces habían estado como desterrados del reino del Redentor, por haber despreciado su soberanía, se preparaban felizmente y hasta se daban prisa en volver a sus deberes de obediencia.

3. Todo lo que aconteció en el curso del Año Santo alentó esas esperanzas

   Y todo cuanto ha acontecido en el transcurso del Año Santo, digno todo de perpetua memoria y recordación, ¿acaso no ha redundado en indecible honra y gloria del Fundador de la Iglesia, Señor y Rey Supremo?

   Porque maravilla es cuánto ha conmovido a las almas la Exposición Misional, que ofreció a todos el conocer bien, ora el infatigable esfuerzo de la Iglesia en dilatar cada vez más el reino de su Esposo por todos los continentes e islas -aun, de éstas, las de mares los más remotos-, ora el crecido número de regiones conquistadas para la fe católica por la sangre y los sudores de esforzadísimos e invictos misioneros, ora también las vastas regiones que todavía quedan por someter a la suave y salvadora soberanía de nuestro Rey. Además, cuantos -en tan grandes multitudes- durante el Año Santo han venido de todas partes a Roma guiados por sus Obispos y sacerdotes, ¿qué otro propósito han traído sino postrarse, con sus almas purificadas, ante el sepulcro de los Apóstoles y visitarnos a Nos para proclamar que viven y vivirán sujetos a la soberanía de Jesucristo? Como una nueva luz ha parecido también resplandecer este reinado de nuestro Salvador cuando Nos mismo, después de comprobar los extraordinarios méritos y virtudes de seis vírgenes y confesores, los hemos elevado al honor de los altares, ¡Oh, cuánto gozo y cuánto consuelo embargó Nuestra alma cuando, después de promulgados por Nos los decretos de canonización, una inmensa muchedumbre de fieles, henchida de gratitud, cantó el Tu, Rex gloriae Christe, en el majestuoso templo de San Pedro!

La labor de la Iglesia y el recuerdo del Concilio de Nicea
acentuaron el resurgimiento

   Y así, mientras los hombres y las naciones, alejados de Dios, corren a la ruina y a la muerte por entre incendios de odios y luchas fratricidas, la Iglesia de Dios, sin dejar nunca de ofrecer a los hombres el sustento espiritual, engendra y forma nuevas generaciones de santos y de santas para Cristo, el cual no cesa de levantar hasta la eterna bienaventuranza del reino celestial a cuantos le obedecieron y sirvieron fidelísimamente en el reino de la tierra.

   Asimismo, al cumplirse en el Año Jubilar el XVI Centenario del Concilio de Nicea, con tanto mayor gusto mandamos celebrar esta fiesta, y la celebramos Nos mismo en la Basílica Vaticana, cuanto que aquel Sagrado Concilio definió y proclamó como dogma de fe católica la consubstancialidad del Hijo Unigénito con el Padre, además de que, al incluir las palabras cuyo reino no tendrá fin en su Símbolo o fórmula de fe, promulgaba la real dignidad de Jesucristo.

Cumplimiento del deseo general de la institución de la
fiesta de Cristo Rey

   Habiendo, pues, concurrido en este Año Santo tan oportunas circunstancias para realzar el reinado de Jesucristo, Nos parece que cumpliremos un acto muy conforme a Nuestro deber apostólico, si, atendiendo a las súplicas elevadas a Nos, individualmente y en común, por muchos Cardenales, Obispos y fieles católicos, ponemos digno fin a este año jubilar introduciendo en la sagrada liturgia una festividad especialmente dedicada a Nuestro Señor Jesucristo Rey. Y ello de tal modo Nos complace, que deseamos, Venerables Hermanos, deciros algo acerca del asunto. A vosotros toca acomodar después a la inteligencia del pueblo cuanto os vamos a decir sobre el culto de Cristo Rey; de esta suerte, la solemnidad nuevamente instituida producirá en adelante, y ya desde el primer momento, los más variados frutos.

I. EL CULTO DE JESUCRISTO REY

4. El culto de Cristo Rey en sentido figurado: se debe a Cristo por sus perfecciones humanas y por su dominio sobre los hombres

   Ha sido costumbre muy general y antigua llamar Rey a Jesucristo, en sentido metafórico, a causa del supremo grado de excelencia que posee y que le encumbra entre todas las cosas creadas. Así se dice que reina en las inteligencias de los hombres, no tanto por el sublime y altísimo grado de su ciencia, cuanto porque El es la Verdad y porque los hombres necesitan beber de El y recibir obedientemente la verdad. Se dice también que reina en las voluntades de los hombres, no sólo porque en El la voluntad humana está entera y perfectamente sometida a la santa voluntad divina, sino también porque con sus mociones e inspiraciones influye en nuestra libre voluntad y la enciende en nobilísimos propósitos. Finalmente, se dice con verdad que Cristo reina en los corazones de los hombres, porque con su supereminente caridad[1] y con su mansedumbre y benignidad, se hace amar por las almas de manera que jamás nadie -entre todos los nacidos- ha sido ni será nunca tan amado como Cristo Jesús.

5. Es Rey también en el sentido literal, como hombre por la unión hipostática

   Mas, entrando ahora de lleno en el asunto, es evidente que también en sentido propio y estricto le pertenece a Jesucristo como hombre el título y la potestad de Rey; pues sólo en cuanto hombre se dice de El que recibió del Padre la potestad, el honor y el reino[2], porque como Verbo de Dios, cuya sustancia es idéntica a la del Padre, no puede menos de tener común con él lo que es propio de la divinidad y, por tanto, poseer también como el Padre el mismo imperio supremo y absolutísimo sobre todas las criaturas.

6. La Realeza de Cristo en el Antiguo Testamento

   ¿ Y no leemos, de hecho, con frecuencia en las Sagradas Escrituras que Cristo es Rey? Él es llamado el Príncipe que ha de nacer de la estirpe de Jacob[3]; el que por el Padre ha sido constituido Rey sobre el monte santo de Sión y recibirá las gentes en herencia y en posesión los confines de la tierra[4]. El salmo nupcial, donde bajo la imagen y representación de un Rey muy opulento y muy poderoso, se celebraba al que había de ser verdadero Rey de Israel, contiene estas frases: El trono tuyo, ¡oh Dios!, permanece por los siglos de los siglos; el cetro de tu reino es cetro de rectitud[5]. Y omitiendo otros muchos textos semejantes, en otro lugar, como para dibujar mejor los caracteres de Cristo, se predice que su reino no tendrá límites y estará enriquecido con los dones de la justicia y de la paz: Florecerá en sus días la justicia y la abundancia de paz... y dominará de un mar a otro, y desde el uno hasta el otro extremo del orbe de la tierra[6].

Especialmente los profetas

   A este testimonio se añaden otros, aun más copiosos, de los Profetas, y principalmente el conocidísimo de Isaías: Nos ha nacido un Párvulo y se nos ha dado un Hijo, el cual lleva sobre sus hombros el principado; y tendrá por nombre el Admirable, el Consejero, Dios, el Fuerte, el Padre del siglo venidero, el Príncipe de Paz. Su imperio será amplificado, y la paz no tendrá fin; se sentará sobre el solio de David, y poseerá su reino para afianzarlo y consolidarlo haciendo reinar la equidad y la justicia desde ahora y para siempre[7]. Lo mismo que Isaías vaticinan los demás Profetas. Así Jeremías, cuando predice que de la estirpe de David nacerá el vástago justo, que cual hijo de David reinará como Rey, y será sabio y juzgará en la tierra[8]. Así Daniel, al anunciar que el Dios del Cielo fundará un reino, el cual no será jamás destruido..., permanecerá eternamente[9]; y poco después añade: Yo estaba observando durante la visión nocturna, y he aquí que venía entre las nubes del cielo un personaje que parecía el Hijo del Hombre; quien se adelantó hacia el Anciano de muchos días y le presentaron ante El. Y dióle éste la potestad, el honor y el reino: Y todos los pueblos, tribus y lenguas le servirán: La potestad suya es potestad eterna, que no le será quitada, y su reino es indestructible[10]. Aquellas palabras de Zacarías donde predice al Rey manso que, subiendo sobre una asna y su pollino, había de entrar en Jerusalén, como Justo y como Salvador, entre las aclamaciones de las turbas[11], ¿acaso no las vieron realizadas y comprobadas los santos evangelistas?

7. La Realeza de Cristo en el Nuevo Testamento

   Por otra parte, esta misma doctrina sobre Cristo Rey, que hemos entresacado de los libros del Antiguo Testamento, tan lejos está de faltar en los del Nuevo que, por lo contrario, se halla magnífica y luminosamente confirmada. En este punto, y pasando por alto el mensaje del Arcángel, por el cual fue advertida la Virgen que daría a luz un niño a quien Dios había de dar el trono de David su Padre y que reinaría eternamente en la casa de Jacob, sin que su reino tuviera jamás fin[12], es el mismo Cristo el que da testimonio de su realeza; pues, ora en su último discurso al pueblo, al hablar del premio y de las penas reservadas perpetuamente a los justos y a los réprobos; ora, al responder al Gobernador Romano que públicamente le preguntaba si era Rey; ora, finalmente, después de su resurrección, al encomendar a los Apóstoles el encargo de enseñar y bautizar a todas las gentes, siempre y en toda ocasión oportuna se atribuyó el título de Rey[13], y públicamente confirma que es Rey[14], y solemnemente declaró que le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra[15]. Con las cuales palabras ¿qué otra cosa se significa sino la grandeza de su poder y la extensión infinita de su reino? Por lo tanto, no es de maravillar que San Juan le llame Príncipe de los Reyes de la tierra[16], y que El mismo, conforme a la visión apocalíptica, lleve escrito en su vestido y en su muslo: Rey de Reyes y Señor de los que dominan[17]. Puesto que el Padre constituyó a Cristo heredero universal de todas las cosas[18], menester es que reine Cristo, hasta que, al fin de los siglos, ponga bajo los pies del trono de Dios a todos sus enemigos[19].

   De esta doctrina común a los Sagrados Libros, se siguió necesariamente que la Iglesia, reino de Cristo sobre la tierra, destinada a extenderse a todos los hombres y a todas las naciones, celebrase y glorificase con multiplicadas muestras de veneración, durante el ciclo anual de la Liturgia, a su Autor y Fundador como a Soberano Señor y Rey de los Reyes.

   Y así como en la antigua salmodia y en los antiguos Sacramentarios usó de estos títulos honoríficos que con maravillosa variedad de palabras expresan el mismo concepto, así también los emplea actualmente en los diarios actos de oración y culto a la Divina Majestad y en el Santo Sacrificio de la Misa. En esta perpetua alabanza a Cristo Rey descúbrese fácilmente la armonía tan hermosa entre nuestro rito y el rito oriental, de modo que se ha manifestado también en este caso que la ley de la oración constituye la ley de la creencia.

9. Cristo es Rey por su naturaleza: la unión hipostática

   Para mostrar ahora en qué consiste el fundamento de esta dignidad y de este poder de Jesucristo, he aquí lo que escribe muy bien San Cirilo de Alejandría: Posee Cristo soberanía sobre todas las criaturas, no arrancada por fuerza ni quitada a nadie, sino en virtud de su misma esencia y naturaleza[20]. Es decir, que la soberanía o principado de Cristo se funda en la maravillosa unión llamada hipostática. De donde se sigue que Cristo, no sólo debe ser adorado en cuanto Dios por los ángeles y por los hombres, sino que, además, los unos y los otros están sujetos a su Imperio y le deben obedecer también en cuanto hombre; de manera que por el solo hecho de la unión hipostática, Cristo tiene potestad sobre todas las criaturas.

Es Rey también por la redención con que nos compró

   Pero, además, ¿qué cosa habrá para nosotros más dulce y suave que el pensamiento de que Cristo impera sobre nosotros, no sólo por derecho de naturaleza, sino también por derecho de conquista adquirido a costa de la Redención? Ojalá que todos los hombres, harto olvidadizos, recordasen cuánto le hemos costado a nuestro Salvador. Fuisteis rescatados, no con oro o plata, que son cosas perecederas, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un Cordero Inmaculado y sin lucha[21]. No somos, pues, ya nuestros, puesto que Cristo nos ha comprado por precio grande[22]; hasta nuestros mismos cuerpos son miembros de Jesucristo[23].

II. ESENCIA Y SIGNIFICADO DE LA REALEZA DE CRISTO

10. Triple potestad del principado

   Viniendo ahora a explicar la fuerza y naturaleza de este principado y soberanía de Jesucristo, indicaremos brevemente que contiene una triple potestad, sin la cual apenas se concibe un verdadero y propio principado.

El poder legislativo de Jesús

   Los testimonios, aducidos de las SS. Escrituras, acerca del Imperio universal de nuestro Redentor, prueban más que suficientemente cuanto hemos dicho; y es dogma, además, de Fe católica, que Jesucristo fue dado a los hombres como Redentor, en quien deben confiar, y como legislador a quien deben obedecer[24]. Los santos Evangelios no sólo narran que Cristo legisló, sino que nos lo presentan legislando. En diferentes circunstancias y con diversas expresiones dice el Divino Maestro que quienes guarden sus preceptos demostrarán que le aman y permanecerán en su caridad[25].

El poder judicial de Jesús

   El mismo Jesús, al responder a los judíos, que le acusaban de haber violado el Sábado con la maravillosa curación del paralítico, afirma que el Padre le había dado la potestad judicial, porque el Padre no juzga a nadie, sino que todo el poder de juzgar se lo dio al Hijo[26]. En lo cual se comprende también su derecho de premiar y castigar a los hombres, aun durante su vida mortal, porque esto no puede separarse de una forma de juicio.

El poder ejecutivo de Jesús

   Además, debe atribuirse a Jesucristo la potestad llamada ejecutiva, puesto que es necesario que todos obedezcan a su mandato, potestad que a los rebeldes inflige castigos, a los que nadie puede sustraerse.

11. Naturaleza espiritual del Reino de Cristo

   Sin embargo, los textos que hemos citado de la Escritura demuestran evidentísimamente, y el mismo Jesucristo lo confirma con su modo de obrar, que este reino es principalmente espiritual y se refiere a las cosas espirituales. En efecto; en varias ocasiones, cuando los judíos, y aun los mismos Apóstoles, imaginaron erróneamente que el Mesías devolvería la libertad al pueblo, y restablecería el reino de Israel, Cristo les quitó y arrancó esta vana imaginación y esperanza. Asimismo, cuando iba a ser proclamado Rey por la muchedumbre, que, llena de admiración le rodeaba, El rehusó tal título de honor, huyendo y escondiéndose en la soledad. Finalmente, en presencia del Gobernador romano manifestó que su reino no era de este mundo.

   Este reino se nos muestra en los Evangelios con tales caracteres, que los hombres, para entrar en él, deben prepararse haciendo penitencia y no pueden entrar sino por la Fe y el Bautismo, el cual, aunque sea un rito externo, significa y produce la regeneración interior. Este reino únicamente se opone al reino de Satanás y a la potestad de las tinieblas; y exige de sus súbditos, no solamente que, despegadas sus almas de las cosas y riquezas terrenas, guarden ordenadas costumbres y tengan hambre y sed de justicia, sino también que se nieguen a sí mismos y tomen su cruz. Habiendo Cristo, como Redentor, rescatado a la Iglesia con su Sangre y ofrecídose a sí mismo, como Sacerdote y como Víctima, por los pecados de mundo, ofrecimiento que se renueva cada día perpetuamente, ¿quién no ve que la dignidad real del Salvador se reviste y participa de la naturaleza espiritual de ambos oficios?

Al imperio espiritual están sujetas las cosas temporales

   Por otra parte, erraría gravemente el que negase a Cristo-Hombre el poder sobre todas las cosas humanas y temporales, puesto que el Padre le confirió un derecho absolutísimo sobre las cosas creadas, de tal suerte que todas están sometidas a su arbitrio. Sin embargo de ello, mientras vivió sobre la tierra se abstuvo enteramente de ejercitar este poder, y así como entonces despreció la posesión y el cuidado de las cosas humanas, así también permitió, y sigue permitiendo que los poseedores de ellas las utilicen. Acerca de lo cual dice bien aquella frase: No quita los reinos mortales el que da los celestiales[27].

12. Extensión universal del Reino de Cristo sobre la humanidad entera

   Por tanto, a todos los hombres se extiende el dominio de nuestro Redentor, como lo afirman estas palabras de Nuestro Predecesor, de inmortal memoria, León XIII, las cuales hacemos con gusto Nuestras: El imperio de Cristo se extiende no sólo sobre los pueblos católicos y sobre aquellos que habiendo recibido el Bautismo pertenecen de derecho a la Iglesia, aunque el error los tenga extraviados o el cisma los separe de la caridad, sino que comprende también a cuantos no participan de la Fe cristiana, de suerte que bajo la potestad de Jesús se halla todo el género humano[28].

Se extiende sobre los individuos y la sociedad

   No hay diferencia entre los individuos y el consorcio civil, porque los individuos unidos en sociedad, no por eso están menos bajo la potestad de Cristo que lo que están cada uno de ellos separadamente. El es, en efecto, la fuente del bien público y privado. Fuera de El no hay que buscar la salvación en ningún otro; pues no se ha dado a los hombres otro nombre debajo del cielo, por el cual debamos salvarnos[29]. Sólo Él es quien da la prosperidad y la felicidad verdadera así a los individuos como a las naciones: porque la felicidad de la nación no procede de distinta fuente que la felicidad de los ciudadanos, pues la nación no es otra cosa que el conjunto concorde de ciudadanos[30]. No se nieguen, pues, los gobernantes de las naciones, a dar por sí mismos y por el pueblo públicas muestras de veneración y de obediencia al imperio de Cristo, si quieren conservar incólume su autoridad y hacer la felicidad y la fortuna de su patria.

13. El poder se vuelve sagrado e intangible: primera ventaja

   En efecto, muy a propósito y oportunas para el momento actual son aquellas palabras que, al comenzar Nuestro Pontificado escribíamos sobre el gran menoscabo que padecen la autoridad y el poder legítimos, a saber: Desterrados Dios y Jesucristo -lamentábamos- de las leyes y de la gobernación de los pueblos, y derivada la autoridad, no de Dios, sino de los hombres, ha sucedido que... hasta los mismos fundamentos de autoridad han quedado arrancados, una vez suprimida la causa principal de que unos tengan el derecho de mandar y otros la obligación de obedecer. De lo cual no ha podido menos de seguirse una violenta conmoción de toda la humana sociedad la cual ya no se apoya sobre sus fundamentos naturales[31].

   En cambio, si los hombres, pública y privadamente reconocen la regia potestad de Cristo, necesariamente vendrán a toda la sociedad civil increíbles beneficios, como justa libertad, tranquilidad y disciplina, paz y concordia.

14. La obediencia se ennoblece: segunda ventaja

   La regia dignidad de Nuestro Señor, así como hace sacra en cierto modo la autoridad humana de los jefes y gobernantes del Estado, así también ennoblece los deberes y la obediencia de los súbditos. Por eso el apóstol San Pablo, aunque ordenó a las casadas y a los siervos que reverenciasen a Cristo en la persona de sus maridos y señores, mas también les advirtió que no obedeciesen a éstos como a simples hombres, sino sólo como a representantes de Cristo, porque es indigno de hombres redimidos por Cristo el servir a otros hombres: Rescatados habéis sido a gran costa; no queráis haceros siervos de los hombres[32].

   Y si los príncipes y los gobernantes legítimamente elegidos se persuaden de que ellos mandan, más que por derecho propio, por mandato y en representación del Rey divino, a nadie se le ocultará cuán santa y sabiamente habrán de usar de su autoridad y cuán gran cuenta deberán tener, al dar las leyes y exigir su cumplimiento, con el bien común y con la dignidad humana de sus inferiores.

15. El bien social de la tranquilidad y el orden en el estado

   De aquí se seguirá, sin duda, el florecimiento estable de la tranquilidad y del orden, suprimida toda causa de sedición; pues, aunque el ciudadano vea en el gobernante o en las demás autoridades públicas a hombres de naturaleza igual a la suya y aun indignos y vituperables por cualquier cosa, no por eso rehusará obedecerles cuando en ellos contemple la imagen y la autoridad de Jesucristo, Dios y hombre verdadero.

El bien de la concordia y la paz

   En lo que se refiere a la concordia y a la paz, es evidente que, cuanto más vasto es el reino y con mayor amplitud abraza al género humano, tanto más se arraiga en la conciencia de los hombres el vínculo de fraternidad que los une. Esta convicción, así como aleja y disipa los conflictos frecuentes, así también endulza y disminuye sus amarguras. Y si el reino de Cristo abrazase de hecho a todos los hombres, como los abraza de derecho, ¿por qué no habríamos de esperar aquella paz que el Rey pacífico trajo a la tierra, aquel Rey que vino para reconciliar todas las cosas; que no vino a que le sirviesen sino a servir: que siendo el Señor de todos, se hizo a sí mismo ejemplo de humildad y estableció como ley principal esta virtud, unida con el mandato de la caridad; que, finalmente dijo: Mi yugo es suave y mi carga es ligera?

Bienestar y felicidad

   ¡Oh, qué felicidad podríamos gozar si los individuos, las familias y las sociedades se dejarán gobernar por Cristo! Entonces verdaderamente -diremos con las mismas palabras que Nuestro Predecesor León XIII dirigió hace veinticinco años a todos los Obispos del orbe católico-, entonces se podrán curar tantas heridas, todo derecho recobrará su vigor antiguo, volverán los bienes de la paz, caerán de las manos las espadas y las armas, cuando todos acepten de buena voluntad el imperio de Cristo, cuando le obedezcan, cuando toda lengua proclame que Nuestro Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre[33].

III. LA FIESTA DE JESUCRISTO REY

16. Los beneficios de la fiesta de Cristo Rey

   Ahora bien; para que estos inapreciables provechos se recojan más abundantes y vivan estables en la sociedad cristiana, necesario es que se propague lo más posible el conocimiento de la regia dignidad de Nuestro Salvador, para lo cual nada será más eficaz que instituir la festividad propia y peculiar de Cristo Rey.

El valor psicológico t religioso de las fiestas

   Porque para instruir al pueblo en las cosas de la Fe y atraerle por medio de ellas a los íntimos goces del espíritu, mucho más eficacia tienen las fiestas anuales de los sagrados misterios que cualesquiera enseñanzas, por autorizadas que sean, del eclesiástico magisterio. Estas sólo son conocidas, las más veces, por unos pocos fieles, más instruidos que los demás; aquéllas impresionan e instruyen a todos los fieles; éstas -digámoslo así- hablan una sola vez, aquéllas cada año y perpetuamente; éstas penetran en las inteligencias, aquéllas afectan saludablemente a las inteligencias, a los corazones, al hombre entero.

Corresponden a la naturaleza del hombre

   Además, como el hombre consta de alma y cuerpo, de tal manera le habrán de conmover necesariamente las solemnidades externas de los días festivos, que por la variedad y hermosura de los actos litúrgicos aprenderá mejor las divinas doctrinas, y convirtiéndolas en su propio jugo y sangre, aprovechará mucho más en la vida espiritual.

Obedecen a las exigencias del tiempo

   Por otra parte, los documentos históricos demuestran que estas festividades fueron instituidas una tras otra en el transcurso de los siglos, conforme lo iban pidiendo la necesidad y utilidad del pueblo cristiano, esto es, cuando hacía falta robustecerlo contra un peligro común, o defenderlo contra los insidiosos errores de la herejía, o animarlo y encenderlo con mayor frecuencia para que conociese y venerase con mayor devoción algún misterio de la Fe, o algún beneficio de la divina bondad. Así, desde los primeros siglos del cristianismo, cuando los fieles eran acerbísimamente perseguidos, empezó la liturgia a conmemorar a los Mártires para que, como dice San Agustín, las festividades de los Mártires fuesen otras tantas exhortaciones al martirio[34]. Más tarde, los honores litúrgicos concedidos a los santos Confesores, Vírgenes y Viudas, sirvieron maravillosamente para reavivar en los fieles el amor a las virtudes, tan necesario aun en tiempos pacíficos.

17. Combaten los errores y herejías.
La lección de las fiestas marianas

   Sobre todo, las festividades instituidas en honor a la Santísima Virgen contribuyeron, sin duda, a que el pueblo cristiano no sólo enfervorizase su culto a la Madre de Dios, su poderosísima protectora, sino también a que se encendiese en más fuerte amor hacia la Madre celestial que el Redentor le había legado como herencia. Además, entre los beneficios que produce el público y legítimo culto de la Virgen y de los Santos no debe ser pasado en silencio el que la Iglesia haya podido en todo tiempo rechazar victoriosamente la peste de los errores y herejías.

   En este punto debemos admirar los designios de la Divina Providencia, la cual, así como suele sacar bien del mal, así también permitió que se enfriase a veces la Fe y piedad de los fieles, o que amenazasen a la verdad católica falsas doctrinas, aunque al cabo volvió ella a resplandecer con nuevo fulgor, y volvieron los fieles, despertados de su letargo, a enfervorizarse en la virtud y en la santidad.

Elocuente testimonio de la historia moderna

   Asimismo las festividades incluidas en el Año litúrgico durante los tiempos modernos han tenido también el mismo origen y han producido idénticos frutos. Así, cuando se entibió la reverencia y culto al Santísimo Sacramento, entonces se instituyó la Fiesta del Corpus Christi, y se mandó celebrarla de tal modo que la solemnidad y magnificencia litúrgicas durasen por toda la octava, para atraer a los fieles a que veneraran públicamente al Señor. Así también, la festividad del Sacratísimo Corazón de Jesús fue instituida cuando las almas, debilitadas y abatidas por la triste y helada severidad de los Jansenistas, habíanse enfriado y alejado del amor de Dios y de la confianza de su eterna salvación.

18. Debe combatir el laicismo, peste de nuestro tiempo

   Y si ahora mandamos que Cristo Rey sea honrado por todos los católicos del mundo, con ello proveeremos también a las necesidades de los tiempos presentes, y pondremos un remedio eficacísimo a la peste que hoy infecciona a la humana sociedad. Juzgamos peste de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores y abominables intentos; y vosotros sabéis, Venerables Hermanos, que tal impiedad no maduró en un solo día, sino que se incubaba desde mucho antes en las entrañas de la sociedad. Se comenzó por negar el imperio de Cristo sobre todas las gentes; se negó a la Iglesia el derecho, fundado en el derecho del mismo Cristo, de enseñar al género humano, esto es, de dar leyes y de dirigir los pueblos para conducirlos a la eterna felicidad. Después, poco a poco, la Religión Cristiana fue igualada con las demás religiones falsas, y rebajada indecorosamente al nivel de éstas. Se la sometió luego al poder civil y a la arbitraria permisión de los gobernantes y magistrados. Y se avanzó más: Hubo algunos de éstos que imaginaron sustituir la Religión de Cristo con cierta religión natural, con ciertos sentimientos puramente humanos. No faltaron Estados que creyeron poder pasarse sin Dios, y pusieron su religión en la impiedad y en el desprecio de Dios.

La discordia y el desenfreno piden su introducción

   Los amarguísimos frutos que este alejarse de Cristo por parte de los individuos y de las naciones ha producido con tanta frecuencia y durante tanto tiempo, los hemos lamentado ya en Nuestra Encíclica Ubi arcano, y los volvemos hoy a lamentar, al ver el germen de la discordia sembrado por todas partes; encendidos entre los pueblos los odios y rivalidades que tanto retardan, todavía, el restablecimiento de la paz; las codicias desenfrenadas, que con frecuencia se esconden bajo las apariencias del bien público y del amor patrio; y, brotando de todo esto, las discordias civiles, junto con un ciego y desatado egoísmo, sólo atento a sus particulares provechos y comodidades y midiéndolo todo por ellas; destruida de raíz la paz doméstica por el olvido y la relajación de los deberes familiares; rota la unión y la estabilidad de las familias; y, en fin, sacudida y empujada a la muerte la humana sociedad.

19. La celebración de la fiesta debe hacer imposible
la apatía de los buenos

   Nos anima, sin embargo, la dulce esperanza de que la fiesta anual de Cristo Rey, que se celebrará en seguida, impulse felizmente a la sociedad a volverse a nuestro amadísimo Salvador. Preparar y acelerar esta vuelta con la acción y con la obra, sería ciertamente deber de los católicos; pero muchos de ellos parece que no tienen en la llamada convivencia social ni el puesto ni la autoridad que es indigno les falten a los que llevan delante de sí la antorcha de la verdad. Estas desventajas quizá procedan de la apatía y timidez de los buenos, que se abstienen de luchar o resisten débilmente; con lo cual es fuerza que los adversarios de la Iglesia cobren mayor temeridad y audacia. Pero si los fieles todos comprenden que deben militar con infatigable esfuerzo bajo la bandera de Cristo Rey, entonces, inflamándose en el fuego del apostolado, se dedicarán a llevar a Dios de nuevo los rebeldes e ignorantes, y trabajarán animosos por mantener incólumes los derechos del Señor.

La fiesta de Cristo Rey es remedio contra el silencio vergonzoso

   Además, para condenar y reparar de alguna manera esta pública apostasía, producida, con tanto daño de la sociedad, por el laicismo, ¿no parece que debe ayudar grandemente la celebración anual de la fiesta de Cristo Rey entre todas las gentes? En verdad: cuanto más se oprime con indigno silencio el nombre suavísimo de Nuestro Redentor, en las reuniones internacionales y en los Parlamentos, tanto más alto hay que gritarlo, y con mayor publicidad hay que afirmar los derechos de su real dignidad y potestad.

20. El tiempo es maduro para la fiesta; su lenta preparación

   ¿Y quién no echa de ver que ya desde fines del siglo pasado se preparaba maravillosamente el camino a la institución de esta festividad? Nadie ignora cuán sabia y elocuentemente fue defendido este culto en numerosos libros publicados en gran variedad de lenguas y por todas partes del mundo; y asimismo que el imperio y soberanía de Cristo fue reconocido con la piadosa práctica de dedicar y consagrar casi innumerables familias al Sacratísimo Corazón de Jesús. Y no solamente se consagraron las familias, sino también ciudades y naciones. Más aún: por iniciativa y deseo de León XIII, fue consagrado al Divino Corazón todo el género humano, durante el Año Santo de 1900. No se debe pasar en silencio que, para confirmar solemnemente esta soberanía de Cristo sobre la sociedad humana, sirvieron de maravillosa manera los frecuentísimos Congresos Eucarísticos que suelen celebrarse en nuestros tiempos, y cuyo fin es convocar a los fieles de cada una de las diócesis, regiones, naciones y aun del mundo todo, para venerar y adorar a Cristo Rey, escondido bajo los velos eucarísticos; y por medio de discursos en las asambleas y en los templos, de la adoración, en común, del Augusto Sacramento públicamente expuesto y de solemnísimas procesiones, proclamar a Cristo como Rey que nos ha sido dado por el cielo. Bien y con razón podría decirse que el pueblo cristiano, movido como por una inspiración divina, sacando del silencio y como escondrijo de los templos a aquel mismo Jesús a quien los impíos, cuando vino al mundo, no quisieron recibir, y llevándole como a un triunfador por las vías públicas, quiere restablecerlo en todos sus reales derechos.

21. Ocasión propicia para la institución de la fiesta

   Ahora bien; para realizar Nuestra idea que acabamos de exponer, el Año Santo, que toca a su fin, Nos ofrece tal oportunidad que no habrá otra mejor; puesto que Dios, habiendo benignísimamente levantado la mente y el corazón de los fieles a la consideración de los bienes celestiales que superan todo goce, les ha devuelto el don de su gracia, o los ha confirmado en el camino recto, dándoles nuevos estímulos para tender a la perfección. Ora, pues, atendamos a tantas súplicas como Nos han sido hechas, ora consideremos los acontecimientos del Año Santo, en verdad que sobran motivos para convencernos de que por fin ha llegado el día, tan vehementemente deseado, en que anunciemos que se debe honrar con fiesta propia y especial a Cristo, como Rey de todo el género humano. Porque en este año, como dijimos al principio, el Rey divino, verdaderamente admirable en sus Santos, ha sido gloriosamente magnificado con la elevación de un nuevo grupo de sus fieles soldados al honor de los Altares. Asimismo, en este año, por medio de una inusitada Exposición Misional, han podido todos admirar los triunfos que han ganado para Cristo sus obreros evangélicos al extender su reino. Finalmente, en este año, con la celebración del Centenario del Concilio de Nicea, hemos conmemorado la vindicación del dogma de la consubstancialidad del Verbo Encarnado con el Padre, sobre la cual se apoya como en su propio fundamento la soberanía del mismo Cristo sobre todos los pueblos.

22. Las disposiciones litúrgicas sobre la fiesta y consagración

   Por tanto, con Nuestra autoridad apostólica, instituimos la Fiesta de Nuestro Señor Jesucristo Rey, y decretamos que se celebre en todas las partes de la tierra el último domingo de octubre, esto es, el domingo que inmediatamente antecede a la festividad de Todos los Santos. Asimismo ordenamos que en ese día se renueve todos los años la consagración de todo el género humano al Sacratísimo Corazón de Jesús, con la misma fórmula que Nuestro predecesor, de s. m., Pío X, mandó recitar anualmente. Este año, sin embargo, queremos que se renueve el día 31 de diciembre, en el que Nos mismo oficiaremos un solemne pontifical en honor de Cristo Rey, u ordenaremos que dicha consagración se haga en Nuestra presencia. Creemos que no podemos cerrar mejor ni más convenientemente el Año Santo, ni dar a Cristo, Rey inmortal de los siglos, más amplio testimonio de Nuestra gratitud -con lo cual interpretamos la de todos los católicos- por los beneficios que durante este Año Santo hemos recibido Nos, la Iglesia y todo el orbe católico.

23. La explicación teológica de la nueva fiesta

   No es menester, Venerables Hermanos, que os expliquemos detenidamente los motivos por los cuales hemos decretado que la festividad de Cristo Rey se celebre separadamente de aquellas otras en las cuales parece ya indicada e implícitamente solemnizada esta misma dignidad real. Basta advertir que, aunque en todas las fiestas de Nuestro Señor, el objeto material de ellas es Cristo, pero su objeto formal es enteramente distinto del título y de la potestad real de Jesucristo.

24. Los motivos que hicieron elegir el último Domingo de Octubre

   La razón por la cual hemos querido establecer esta festividad en día de Domingo, es para que no tan sólo el Clero honre a Cristo Rey con la celebración de la Misa y el rezo del Oficio Divino, sino para que también el pueblo, libre de las preocupaciones y con espíritu de santa alegría, rinda a Cristo preclaro testimonio de su obediencia y devoción. Nos pareció también el último domingo de octubre mucho más acomodado para esta festividad que todos los demás, porque en él casi finaliza el año litúrgico; pues así sucederá que los misterios de la vida de Cristo, conmemorados en el transcurso del año, terminen y reciban coronamiento en esta solemnidad de Cristo Rey, y, antes de celebrar la gloria de Todos los Santos, se celebrará y se exaltará la gloria de Aquel que triunfa en todos los Santos y elegidos.

Prescripciones papales relativas a la festividad

   Sea, pues, vuestro deber y vuestro oficio, Venerables Hermanos, hacer de modo que a la celebración de esta fiesta anual preceda, en días determinados, un curso de predicación al pueblo en todas las parroquias, de manera que, instruidos cuidadosamente los fieles sobre la naturaleza, la significación e importancia de esta festividad, emprendan y ordenen un género de vida que sea verdaderamente digno de los que anhelan servir amorosa y fielmente a su Rey, Jesucristo.

25. Beneficios que obtendrá la Iglesia: la
proclamación de sus derechos

   Antes de terminar esta Carta, Nos place, Venerables Hermanos, indicar brevemente las utilidades que en bien, ya de la Iglesia y de la sociedad civil, ya de cada uno de los fieles esperamos y Nos prometemos de este público homenaje de culto a Cristo Rey. En efecto; tributando estos honores a la soberanía real de Jesucristo, recordarán necesariamente los hombres que la Iglesia, como sociedad perfecta instituida por Cristo, exige -por derecho propio e imposible de renunciar- plena libertad e independencia del poder civil; y que en el cumplimiento del oficio encomendado a ella por Dios, de enseñar, regir y conducir a la eterna felicidad a cuantos pertenecen al Reino de Cristo, no pueden depender del arbitrio de nadie.

26. Libertad para las órdenes religiosas

   Más aún: El Estado debe también conceder la misma libertad a las Ordenes y Congregaciones religiosas de ambos sexos, las cuales, siendo como son valiosísimos auxiliares de los Pastores de la Iglesia, cooperan grandemente al establecimiento y propagación del reino de Cristo, ya combatiendo con la observación de los tres votos la triple concupiscencia del mundo, ya profesando una vida más perfecta, merced a la cual, aquella santidad que el Divino Fundador de la Iglesia quiso dar a ésta como nota característica de ella, resplandece y alumbra cada día con perpetuo y más vivo esplendor, delante de los ojos de todos.

27. Beneficios para las naciones

   La celebración de esta fiesta, que se renovará cada año, enseñará también a las naciones que el deber de adorar públicamente y obedecer a Jesucristo, no sólo obliga a los particulares, sino también a los magistrados y gobernantes. A éstos les traerá a la memoria el pensamiento del Juicio Final, cuando Cristo, no tanto por haber sido arrojado de la gobernación del Estado, cuanto también aun por sólo haber sido ignorado o menospreciado, vengará terriblemente todas estas injurias; pues su regia dignidad exige que la sociedad entera se ajuste a los mandamientos divinos y a los principios cristianos, ora al establecer las leyes, ora al administrar justicia, ora finalmente al formar las almas de los jóvenes en la sana doctrina y en la rectitud de costumbres.

28. Beneficios para los fieles: el pleno imperio
de Jesús sobre todo el hombre

   Es, además, maravillosa la fuerza y la virtud que de la meditación de estas cosas podrán sacar los fieles para modelar su espíritu según las verdaderas normas de la vida cristiana.

   Porque si a Cristo Nuestro Señor le ha sido dado todo poder en el Cielo y en la tierra; si los hombres, por haber sido redimidos con su sangre están sujetos por un nuevo título a su autoridad; si, en fin, esta potestad abraza a toda la naturaleza humana, claramente se ve que no hay en nosotros ninguna facultad que se sustraiga a tan alta soberanía. Es, pues, necesario que Cristo reine en la inteligencia del hombre, la cual, con perfecto acatamiento, ha de asentir firme y constantemente a las verdades reveladas y a la doctrina de Cristo; es necesario que reine en la voluntad, la cual ha de obedecer a las leyes y preceptos divinos; es necesario que reine en el corazón, el cual, posponiendo los afectos naturales, ha de amar a Dios sobre todas las cosas, y sólo a El estar unido; es necesario que reine en el cuerpo y en sus miembros, que como instrumentos, o en frase del apóstol San Pablo, como armas de justicia para Dios[35], deben servir para la interna santificación del alma. Todo lo cual, si se propone a la meditación y profunda consideración de los fieles, no hay duda que éstos se inclinarán más fácilmente a la perfección.

29. Esperanza de vivir el Reino de Cristo

   Haga el Señor, Venerables Hermanos, que todos cuantos se hallan fuera de su reino deseen y reciban el suave yugo de Cristo; que todos cuantos por su misericordia somos ya sus súbditos e hijos, llevemos este yugo no de mala gana, sino con gusto, con amor y santidad: y que nuestra vida, conformada siempre a las leyes del reino divino, sea rica en hermosos y abundantes frutos; para que, siendo considerados por Cristo como siervos buenos y fieles, lleguemos a ser con El participantes del reino celestial, de su eterna felicidad y gloria.

30. Bendición Apostólica

   Estos deseos que Nos formamos para la fiesta de la Navidad de Nuestro Señor Jesucristo, sean para vosotros, Venerables Hermanos, prueba de Nuestro paternal afecto; y recibid la bendición Apostólica, que en prenda de los divinos favores os damos de todo corazón, a vosotros, Venerables Hermanos, y a todo vuestro Clero y pueblo.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 11 de diciembre
de 1925, año cuarto de Nuestro Pontificado.

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[1] Eph. 3, 19.
[2] Dan. 7, 13-14.
[3] Num. 24, 19.
[4] Ps. 2.
[5] Ps. 44.
[6] Ps. 71.
[7] Is. 9, 6-7.
[8] Ier. 23, 5.
[9] Dan. 2, 44.
[10] Dan. 7,13-14.
[11] Zach. 9, 9.
[12] Luc. 1, 32-33.
[13] Mat. 25, 31-40.
[14] Io. 18, 37.
[15] Mat. 28, 18.
[16] Apoc. 1, 5.
[17] Ibid. 19, 16.
[18] Hebr. 1, 1.
[19] 1 Cor. 15, 25.
[20] In Luc. 10.
[21] 1 Pet. 1, 18-19.
[22] 1 Cor. 6, 20.
[23] Ibid. 6, 15.
(24)  Conc. Trid. sess. 6, c. 21.
(25)) Io. 14, 15; 15, 10.
(26)  Io. 5, 22.
(27) Hymn. Crudelis Herodes in off. Epiph.
(28) Enc. Annum Sacrum 25 maii 1899.
(29) Act. 4, 12.
(30) S. Aug. Ep. ad Macedonium, c. 3.
(31) Enc. Ubi arcano.
(32)  1 Cor. 7, 23.
(33) Enc. Annum Sacrum 25 maii 1899.
(34)  Sermo 47 de Sanctis.
(35)  Rom. 6, 13.