sábado, 20 de septiembre de 2014

Nuestra Señora de la Salette

El mensaje de Nuestra Señora de La Salette ha circulado, mutilado, entre la resistencia católica a la Iglesia Conciliar con mucha fuerza e insistencia. Presentamos a continuación, el texto completo, tomado de Foro Católico


Melania: Esto que yo te voy a decir ahora no será siempre secreto; puedes publicarlo en 1858.

  Los Sacerdotes, Ministros de mi Hijo, los Sacerdotes, por su mala vida, por sus irreverencias e impiedad al celebrar los santos misterios por su amor al dinero, a los honores y a los placeres, se han convertido en cloacas de impureza, sí, los Sacerdotes piden venganza y la venganza pende de sus cabezas. Ay de los sacerdotes y personas consagradas a Dios que por sus infidelidades y mala vida crucifican de nuevo a Mi Hijo! Los pecados de las personas consagradas a Dios claman al Cielo y piden venganza, y he aquí que la venganza está a las puertas, pues ya no se encuentra nadie que implore misericordia y perdón para el Pueblo; ya no hay almas generosas ni persona digna de ofrecer la víctima sin mancha al Eterno a favor del mundo.

  DIOS VA A CASTIGAR DE UNA MANERA SIN PRECEDENTES. Ay de los habitantes de la Tierra!. Dios va a derramar su cólera y nadie podrá sustraerse a tantos males juntos.
  Los jefes, los conductores del Pueblo de Dios, han descuidado la oración y la penitencia, y el demonio ha oscurecido sus inteligencias, se han convertido en estrellas errantes que el viejo diablo arrastrará con su cola para hacerlos perecer. Dios permitirá a la antigua serpiente poner divisiones entre los soberanos, en todas las sociedades y en todas las familias. Se sufrirán penas físicas y morales. Dios abandonará a los hombres a sí mismos y enviará castigos que se sucederán durante más de 35 años.

  La sociedad está en vísperas de las más terribles calamidades y los más grandes acontecimientos. Se verá obligada a ser gobernada por una vara de hierro y a beber el cáliz de la cólera de Dios.
  Que el Vicario de Mi Hijo, el soberano Pontífice Pio IX, no salga ya de Roma después del año de 1859; pero que sea firme y generoso; que combata con las armas de la fe y del amor. Yo estaré con él.

  Que desconfíe de Napoleón, su corazón es doble, y cuando quiera ser a la vez Papa y Emperador, muy pronto se retirará Dios de él. Es esa águila que queriendo siempre elevarse caerá sobre la espada de la cual quería servirse para obligar a los pueblos a ensalzarlo.

  Italia será castigada por su ambición de querer sacudir el yugo del Señor de los Señores; también será entregada a la guerra. La sangre correrá por todas partes. Las Iglesias serán cerradas o profanadas. Los Sacerdotes y religiosos serán perseguidos; se les hará morir, y morir con una muerte cruel. MUCHOS ABANDONARÁN LA FE y el número de Sacerdotes y religiosos que se separarán de la verdadera religión será grande; entre estas personas se encontrarán incluso Obispos.
  Que el Papa se ponga en guardia contra los obradores de milagros, pues ha llegado el tiempo en que los prodigios más asombrosos tendrán lugar en la tierra y en los aires.

  En el año de 1864 Lucifer, con gran número de demonios, serán desatados del Infierno. Abolirán la fe poco a poco, aún entre las personas consagradas a Dios; las cegarán de tal manera que, a menos de una gracia particular, esas personas tomarán el espíritu de sus malos ángeles: Muchas casas religiosas perderán completamente la fe y perderán a muchísimas almas.

  Los libros malos abundarán en la Tierra y los espíritus de las tinieblas extenderán por todas partes un relajamiento universal en todo lo relativo al servicio de Dios y obtendrán un poder extraordinario sobre la naturaleza: Habrá Iglesias para servir a esos espíritus. Habrá por todas partes prodigios extraordinarios, porque la verdadera fe se ha extinguido y la falsa luz alumbra al mundo. Ay de los príncipes de la Iglesia que se hayan dedicado únicamente a amontonar riquezas sobre riquezas, poner en salvo su autoridad y a dominar con orgullo!.

  El Vicario de Mi Hijo tendrá mucho que sufrir, porque por un tiempo la Iglesia será entregada a grandes persecuciones. Esta será la hora de las tinieblas. La Iglesia tendrá una crisis espantosa.
  Dado el olvido de la Santa fe en Dios, cada individuo querrá guiarse por sí mismo y ser superior a sus semejantes (New Age). Se abolirán los poderes civiles y eclesiásticos; todo orden y toda justicia serán pisoteados; no se verán más que homicidios, odio, envidia, mentira y discordia sin amor por la patria y por la familia.

  El Santo Padre sufrirá mucho. Yo estaré con él hasta el fin para recibir su sacrificio. Los malvados atentarán muchas veces contra su vida, sin poder poner fin a sus días; pero ni él ni su sucesor verán EL TRIUNFO DE LA IGLESIA DE DIOS.

  Los gobernantes civiles tendrán todos un mismo plan, que será abolir y hacer desaparecer todo principio religioso, para dar lugar al materialismo, al ateísmo, al espiritismo y a toda clase de vicios.
  En el año de 1865 se verá la abominación en lugares santos, en los conventos, las flores de la Iglesia estarán corrompidas y el demonio será como el rey de los corazones. Que los que estén al frente de las comunidades religiosas vigilen a las personas que han de recibir, porque el demonio usará toda su malicia para introducir en las órdenes religiosas a personas entregadas al pecado, pues los desórdenes y el amor de los placeres carnales se extenderán por toda la Tierra.

  Francia, Italia, España e Inglaterra estarán en guerra; la sangre correrá por las calles; el francés luchará contra el francés, el italiano contra el italiano; enseguida habrá una guerra universal que será espantosa. Por algún tiempo Dios no se acordará de Francia ni de Italia, porque el Evangelio de Cristo no es ya conocido. Los malvados desplegarán toda su malicia, se matarán, se asesinarán mutuamente aún dentro de las casas.

  Al primer golpe de su espada fulminante las montañas y la naturaleza temblarán de espanto, porque los desórdenes y los crímenes de los hombres traspasan la bóveda de los Cielos. PARIS SERÁ QUEMADO Y MARSELLA ENGULLIDA. Varias grandes ciudades serán sacudidas y engullidas por terremotos. Se creerá que todo está perdido. No se verán más que homicidios, no se verá más que ruido de armas y blasfemias. Los justos sufrirán mucho; sus oraciones, su penitencia y sus lágrimas subirán hasta el Cielo y todo el Pueblo de Dios pedirá perdón y misericordia e implorarán su ayuda e intercesión. Entonces Jesucristo, por un acto de justicia y de su gran misericordia con los justos, mandará a sus ángeles que mueran todos sus enemigos. De golpe los perseguidores de la Iglesia de Cristo y todos los hombres dados al pecado perecerán y LA TIERRA QUEDARÁ COMO UN DESIERTO. Entonces será la paz, la reconciliación de Dios con los hombres; Jesucristo será servido, adorado y glorificado; la caridad florecerá en todas partes. Los nuevos reyes serán el brazo derecho de la Santa Iglesia que será fuerte, humilde, piadosa, pobre, celosa e imitadora de las virtudes de Jesucristo. El Evangelio será predicado por todas partes y los hombres harán grandes progresos en la fe, porque habrá unidad entre los obreros de Jesucristo, y los hombres vivirán en el temor de Dios.
  Esta paz entre los hombres no será larga: 25 años de abundantes cosechas harán olvidar que los pecados de los hombres son la causa de todos los males que suceden en la Tierra.

  Un precursor del anticristo, con sus tropas de muchas naciones, combatirá contra el verdadero Cristo, el único salvador del mundo; derramará mucha sangre y pretenderá aniquilar el culto a Dios para ser tenido como un Dios.

  La Tierra será castigada con todo género de plagas; habrá guerras, hasta la última que harán los diez reyes del anticristo, los cuales tendrán todos un mismo plan, y serán los únicos que gobernarán al mundo. Antes que eso suceda, habrá una especie de falsa paz en el mundo; no se pensará más que en divertirse; los malvados se entregarán a toda clase de pecados; pero los hijos de la Santa Iglesia; los hijos de la fe, mis verdaderos imitadores, creerán en el amor de Dios y en las virtudes que me son más queridas. Dichosas las almas humildes guiadas por el Espíritu Santo!. Yo combatiré con ellas hasta que lleguen a la plenitud de la edad.

  La naturaleza clama venganza contra los hombres y tiembla de espanto en espera de lo que debe suceder en la Tierra encharcada de crímenes, temblad, Tierra y vosotros que hacéis profesión de servir a Jesucristo y que interiormente adoráis a vosotros mismos, temblad; pues Dios va a entregarlos a sus enemigos, porque los lugares santos están en la corrupción; muchos conventos no son ya casa de Dios, sino pastizales de asmodeo.

Durante este tiempo NACERÁ EL ANTICRISTO, de una religiosa hebrea, de una falsa Virgen, que tendrá comunicación con la antigua serpiente, maestra de impureza. Su padre será Obispo. Al nacer vomitará blasfemias, tendrá dientes; en una palabra, será el demonio encarnado, lanzará gritos espantosos, hará prodigios y no se alimentará sino de impurezas. Tendrá hermanos, que aunque no sean como él, demonios encarnados, serán hijos del mal; a la edad de 12 años llamará la atención por las ruidosas victorias que alcanzarán. Bien pronto estará cada uno en la cabeza de los ejércitos, asistidos por las legiones del infierno. 

  Se cambiarán las estaciones. La Tierra no producirá mas que malos frutos. Los astros perderán sus movimientos regulares. La luna no reflejará más que una débil luz rojiza. El agua y el fuego causarán en el globo terrestre movimientos convulsivos y horribles terremotos que tragarán montañas, ciudades, etc.

  ROMA PERDERÁ LA FE y se convertirá en la sede del anticristo. 

  Los demonios del aire, con el anticristo, harán grandes prodigios en la Tierra y en los aires, y los hombres se pervertirán más y más. Dios cuidará de sus fieles servidores y de los hombres de buena voluntad. El Evangelio será predicado por todas partes. Todos los pueblos y todas las naciones conocerán la verdad.

  Yo dirijo una apremiante llamada a la Tierra; llamo a los verdaderos discípulos del Dios que Vive y Reina en los Cielos; llamo a los verdaderos imitadores de Cristo hecho hombre, el único y verdadero salvador de los hombres; llamo a mis hijos, a mis verdaderos devotos, a los que se me han consagrado a fin de que los conduzca a mi Divino Hijo, los que llevo, por decirlo así, en mis brazos, los que han vivido de mi espíritu; finalmente, LLAMO A LOS APÓSTOLES DE LOS ÚLTIMOS TIEMPOS, los fieles discípulos de Jesucristo que han vivido en el menosprecio del mundo y de sí mismos, en la pobreza y en la humildad, en el desprecio y en el silencio, en la oración y en la mortificación, en la castidad y en la unión con Dios, en el sufrimiento y desconocidos del mundo. Ya es hora que salgan y vengan a iluminar la Tierra. Id y mostraos como mis hijos queridos, yo estoy con vosotros y en vosotros, con tal que vuestra fe sea luz que os ilumine en esos días de infortunio. Que vuestro celo os haga hambrientos de la gloria de Dios y de la honra de Jesucristo. Pelead, hijos de la luz, vosotros, pequeño número que ahí veis; pues he aquí el tiempo de los tiempos, el fin de los fines.

  La Iglesia será eclipsada, el mundo quedará consternado. Pero he ahí a ENOC y ELÍAS, llenos del espíritu de Dios; predicarán con la fuerza de Dios, y los hombres de buena voluntad creerán en Dios, y muchas almas serán consoladas; harán grandes prodigios por la virtud del Espíritu Santo y condenarán los errores diabólicos del anticristo. 

  Ay de los habitantes de la Tierra!. Habrá guerras sangrientas y hambres, pestes y enfermedades contagiosas; habrá lluvias de un granizo espantoso para los animales; tempestades que arruinarán cuidades; terremotos que engullirán países; se oirán voces en el aire; los hombres se golpearán la cabeza contra los muros; llamarán a la muerte, y, por otra parte, la muerte será su suplicio. Correrá la sangre por todas partes ¿quién podrá resistir si Dios no disminuye el tiempo de la prueba? Por la sangre, las lágrimas y oraciones de los justos Dios se dejará aplacar. Enoc y Elías serán muertos. Roma pagana desaparecerá; CAERÁ FUEGO DEL CIELO y consumirá tres ciudades; el universo entero estará preso del terror, y muchos se dejarán seducir por no haber adorado al verdadero Cristo, que vivía entre ellos. Ha llegado el tiempo; El sol se oscurece; SOLO LA FE VIVIRÁ.

  He aquí el tiempo: El abismo se abre. He aquí el rey de los reyes de las tinieblas. He aquí la bestia con sus súbditos, llamándose el salvador del mundo. Se retomará con orgullo por los aires para subir hasta el Cielo; será sofocado por el soplo de San Miguel Arcángel. Caerá, y la Tierra, que llevará TRES DÍAS en continuas evoluciones, abrirá su seno lleno de fuego; Será hundido para siempre, con todos los suyos, en los abismos eternos del infierno.

  Entonces el agua y el fuego PURIFICARÁN y consumirán todas las obras del orgullo de los hombres y TODO SERÁ RENOVADO: Dios será servido y glorificado”.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Monseñor Oliver Oravec

En julio del corriente año 2014, murió el obispo católico romano Oliver Oravec, de nacionalidad eslovaca. Nació el 31 de mayo de 1941. En el año 1964, ingresó en el seminario clandestino y en 1968 fue ordenado en 1968. En 1983 rompió completamente con la Iglesia Conciliar del Vaticano II y se asoció con la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, trabajando en Canadá.
En 1988, en Moroe fue consagrado por Monseñor Robert McKenna. Monseñor Oravec consagró dos obispos: Monseñor John E. Hesson (que desarrolla su ministerio en Nueva Jersey) y Monseñor Raphaël Cloquell (que trabaja en Filderstadt, Alemania).

A continuación dejamos algunas fotos de su sepelio. Pedimos a todos los fieles y amigos que eleven oraciones por este obispo.









Lectura para meditar


Santo Evangelio según San Juan (19: 6-20; 25-35)

En aquel tiempo, cuando los  sumos sacerdotes y los ancianos vieron a Jesús gritaron: «¡Crucifícalo, crucifícalo!» Les dijo Pilato: «Tómenlo ustedes y crucifíquenlo, porque yo ningún delito encuentro en él.» Los judíos lereplicaron: «Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios.»Cuando oyó Pilato estas palabras, se atemorizó aún más. Volvió a entrar al pretorio y dijo a Jesús: «¿De dónde eres tú?» Pero Jesús no le dio respuesta. Entonces Pilato le dijo:«¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?» Respondió Jesús:«No tendrías contra Mí ningún poder,si no se te hubiera dado de arriba; por eso, el que me ha entregado a ti tiene mayor pecado.» Desde entonces Pilato trataba de liberarlo.Pero los judíos gritaron: «Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey se enfrenta al César.» Al oír Pilato estas palabras, hizo salir a Jesús y se sentó en el tribunal, en el lugar llamado Enlosado, en hebreo Gabbatá. Era el día de la preparación de la Pascua, hacia la hora sexta. Pilato dijo a los judíos: «He aquí a su Rey.» Ellos gritaron: «¡Fuera, fuera! ¡Crucifícalo!»Les dijo Pilato: «¿A su Rey voy acrucificar?» Replicaron los sumos sacerdotes: «No tenemos más rey que el Cesar.» Entonces se lo entregó para que fuese crucificado.Tomaron, pues, a Jesús y lo llevaron,y Él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado “de la Calavera”, que en hebreo se llama Gólgota, y allí lo crucificaron y con Él a otros dos, unoa cada lado, y Jesús en medio.Pilato redactó también una inscripción y la puso sobre la cruz. Lo escrito era: “Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos.” Esta inscripción la leyeron muchos judíos, porque el lugar donde había sido crucificado Jesús estaba cerca de la ciudad, y estaba escrita en hebreo, latín y griego.

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena. Jesús, viendo a sumadre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dijo a su madre:«Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego dijo al discípulo: «Ahí tienes a tumadre.» Y desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa. Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: «Tengo sed.» Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca. Cuando Jesús tomó el vinagre, dijo: «Todo está cumplido.» E inclinando la cabeza, entregó el espíritu. Los judíos, como era el día de la Preparación, para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado -porque aquel sábado era muy solemne-, rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con Él. Pero al llegar a Jesús, como lo vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua. El que lo vio lo atestigua y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice la verdad para que también ustedes crean.

Exaltación de la Santa Cruz



 Exaltación de la Santa Cruz 
Exaltatio Sanctæ Crucis
+614 dC 14/09


Hacia el año 320 la Emperatriz Elena de Constantinopla encontró la Vera Cruz, la cruz en que murió Nuestro Señor Jesucristo, La Emperatriz y su hijo Constantino hicieron construir en el sitio del descubrimiento la Basílica del Santo Sepulcro, en el que guardaron la reliquia.
Años después, el rey Cosroes II de Persia, en el 614 invadió y conquistó Jerusalén y se llevó la Cruz poniéndola bajo los pies de su trono como signo de su desprecio por el cristianismo. Pero en el 628 el emperador Heraclio logró derrotarlo y recuperó la Cruz y la llevó de nuevo a Jerusalén el 14 de septiembre de ese mismo año. Para ello se realizó una ceremonia en la que la Cruz fue llevada en persona por el emperador a través de la ciudad. Desde entonces, ese día quedó señalado en los calendarios litúrgicos como el de la Exaltación de la Vera Cruz.

La Exaltación de la Santa Cruz (en griego: Ὕψωσις τοῦ Τιμίου Σταυροῦ; en latín: Exaltatio Sanctæ Crucis), también conocida como Triunfo de la Santa Cruz, es una fiesta religiosa de la Iglesia Católica, la Iglesia Ortodoxa y otras denominaciones cristianas. En ella se conmemora la Cruz en la que fue crucificado Jesucristo. La fecha de esta celebración es el 14 de septiembre.

La Iglesia Católica, muchos grupos protestantes y ortodoxos celebran la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz el 14 de septiembre, ya que ese día es el aniversario de la consagración de la Iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén en 335. También se dice que ese día se conmemora la recuperación de la Cruz por Heraclio en el 628 de manos de los persas, que la tenían en su poder desde 614.

En la liturgia católica romana celebra este día como "fiesta del Señor", segunda categoría litúrgica entre las fiestas de los santos, celebrándose en todas las iglesias. Si cae en domingo, tiene preferencia ante la celebración dominical. El color litúrgico del día es el rojo. Tradicionalmente, en esta fiesta se exponen las reliquias de la santa Cruz, si existen en el templo, u otras cruces.

martes, 9 de septiembre de 2014

La crisis que afecta a todos

Mientras que la Iglesia Conciliar del Vaticano II pretnde "abordar" la crisis religiosa actual desde el modernismo, aceptándola y tratando de hablar en su mismo lenguaje, es decir, uniéndose al mundo moderno y apartándose de Cristo, rechazando la tradición, es interesante leer como los orientales responden a ella. El presente texto fue escrito por el obispo Policarpo de España y Portugal.


La actual crisis religioso-espiritual y la Ortodoxia

Trataré el tema de la crisis religiosa y espiritual que atraviesa el mundo presente, desde el punto de vista de la  Ortodoxia a la que represento.

La palabra griega "crisis" reina en el horizonte mundial. De hecho, todo el mundo habla de crisis económica y olvidan, o quieren hacer olvidar, que esta crisis no es otra cosa que una consecuencia en el sector económico de la gran crisis espiritual y moral que, desde hace años, atraviesa la humanidad.

Por "crisis religiosa" entendemos una situación en la cual las seguridades religiosas, creídas hasta hace poco, se han puesto en discusión, y aún más, negadas. Este fenómeno, tiene incluso su aspecto positivo, porque ayuda, en cierto modo, a actualizar y poner en evidencia la práctica de la fe. Sin embargo, en la mayoría de los casos se acaba por corromper e impedir aquella fe que se quiere purificar y volver más evangélica.

Si observamos la historia de la Iglesia encontramos el fenómeno de la crisis repetido muchas veces. Muchas y duraderas son las épocas de las crisis. Por ejemplo, si echamos una ojeada a la antigüedad cristiana, cuando el Cristianismo era todavía indiviso, vemos que, de pronto, nacen movimientos heréticos. Tras las grandes herejías responsables de las divisiones de la Cristiandad emerge, con duración en el tiempo y en la difusión, la herejía arriana. Esta herejía, promovida por el sacerdote alejandrino Arrio (256..336), es, de alguna manera, importante incluso hoy. ¿Por qué? En no pocos sectores del Cristianismo actual existe una real o latente tentación de representar a Cristo únicamente en su realidad humana, olvidando totalmente u ocultando su realidad divina. En este sentido, son muchas las tentaciones arrianas que atraviesan. Las herejías cristológicas son una real expresión de crisis; es decir, de una mala comprensión de la verdad, toda entera, sobre Cristo; de rechazo de una parte de esta verdad. Además, en la visión ortodoxa, la herejía no es simplemente una crisis que deriva de una mala comprensión filosófica o intelectual de la verdad cristiana. La teología ortodoxa nace de un modo de vivir en Cristo, no sólo de una manera de pensar. En este sentido, no nos debemos maravillar si notamos las observaciones de un San Atanasio el Grande, por las cuales la herejía arriana, latente en ciento sentido también en el mundo cristiano actual, nacía a causa de un ánimo moral y espiritualmente enfermo, no simplemente de un pensamiento equivocado (vee Nikos A. Matsoukas, "Teología dogmatica e simbolica ortodossa", 2, Dehoniane, Roma 1990, p. 129). La auténtica raíz de esta errónea interpretación y de la crisis que de ella nace es, pues, una enfermedad espiritual. Por ello la Ortodoxia vincula estrechamente la espiritualidad y la teología. Por el mismo motivo San Gregorio Nacianceno exhortaba: "No a todos, queridos míos, compete hablar de Dios, no a todos: no se trata de una capacidad que se adquiere a bajo precio, ni que pertenece a cuantos proceden sin desarraigarse de la tierra. [...] No compete a todos, si no a aquellos que se han ejercitado y han hecho progresos en la contemplación y que, antes que nada, han purificado el alma y el cuerpo, o, más exactamente, los purifican. Quien no es puro, no puede, sin peligro, venir a tomar contacto con la pureza, como el rayo del sol, no puede sin daño penetrar ojos enfermos" (Gregorio Nacianceno, "Oración 27", II).

Así pues, las interpretaciones erróneas y heréticas son enfermedades espirituales. La Iglesia como cuerpo viviente ha estado siempre probada por la enfermedad. La duda, la negación de la fe y las interpretaciones erróneas son enfermedades que hacen sumir a todo el cuerpo y provocan la crisis. En la Iglesia, ninguna parte del cuerpo puede calificarse de ausente o desinteresada de las otras partes, porque "si un miembro sufre, todos los miembros sufren juntos y si un miembro es honrado todos los miembros se gozan en él' (1 Cor 12,26).

La crisis religiosa y espiritual que atraviesa nuestra época, nacida, fundamentalmente de un indiferentismo difuso, nos afecta a todos y a todos nos hace sufrir. El mundo ortodoxo no se puede considerar más afortunado que el católico o protestante y ninguna de las tres confesiones puede sentirse aliviada porque cualquiera de las otras esté más afligida. Este sufrimiento debe interpelar profundamente a cada uno sobre su manera de vivir a Cristo. Por otra parte, creo que es inútil denunciar el vacío de valores que caracteriza a las generaciones actuales. Si la juventud de hoy no tiene los valores que tenía aquella de alguna decena de años antes, la culpa no es imputable únicamente a una evolución de las costumbres, o a una permisividad legislativa a nivel del Estado. Quizás, los jóvenes no tienen estos valores por que no los han encontrado, y para encontrarlos, según las enseñanzas de San Gregorio Nacianceno, que caracterizan toda la Ortodoxia, no solamente es necesario hablar de ellos, si no, más importante, vivirlos. La crisis de los tiempos actuales no es un fenómeno completamente nuevo, aunque se presenta con trazos y modos típicos de los tiempos presentes. El indiferentismo hacia las verdades religiosas y espirituales, hay que decirlo sinceramente, ha penetrado hoy bastante en las instituciones eclesiásticas, y, de nuevo hay que decirlo sinceramente, que estas últimas tienen la culpabilidad por esta cosa. Los porcentajes son diversos, pero siempre ha existido el indiferentismo. La Ortodoxia es consciente de ello y sus hombres espirituales, como por ejemplo los monjes del Monte Athos, son muy conscientes y lo notan, que cuando toda la sociedad se hunde, también la calidad del monacato, el sector en el se cultiva por excelencia la espiritualidad ortodoxa, se resiente.

El famoso "Relato del Peregrino Ruso" del siglo XIX muestra como el peregrino tuvo que atravesar muchos sitios e interrogar a muchos sacerdotes y monjes antes de recibir una respuesta espiritual que lo tranquilizase. El peregrino, ansioso de practicar la "oración continua mística del corazón" y entender su sentido, encontró, por fin, a un obispo que se burlaba abiertamente de su búsqueda espiritual. Siendo un fenómeno general, también hoy en la Ortodoxia, podemos encontrar fieles y eclesiásticos que padecen el mal presente, es decir, que las personas no se ofrecen totalmente a Cristo, si no que prefieren vivirlo formalmente, asumiendo como modo de ser el mundano, la gloria del mundo presente, no las promesas del Evangelio. Admitir esto no debe de extrañamos, al contrario, pienso que nos señala el cambio de dirección. Sólo admitiendo la enfermedad se puede comenzar la curación. El problema para todos los cristianos, en general, no está tanto en tener problemas en la Iglesia, males que derivan siempre de un excesivo atractivo por el mundo, si no en no saberlos reconocer y en no triunfar para no admitidos. Por otra parte se olvida lo que dice San Juan Crisóstomo: que la Iglesia es un Hospital, el único hospital que tiene los medios de curación y del cual los enfermos salen curados. Cristo mismo es el gran Médico de todas las enfermedades corporales y espirituales. Cristo quería ser puesto por encima de todo, incluso de nuestros padres que son las personas más queridas por nosotros (cfr. Mt 10, 37). ¿Que diría si viera a nuestros fieles y sacerdotes encadenados al mundo y amantes de ello? Seguramente diría lo mismo que dijo al siervo temeroso, el cual, recibiendo un talento, en lugar de multiplicarlo, lo enterró por miedo al amo (cfr. Mt 25,26).

Cuanto he descrito hasta ahora es, sin embargo, parcial. Para tratar de comprender el mundo ortodoxo y su modo de reaccionar contra las crisis, es necesario, exponer algo muy importante. El mundo ortodoxo se caracteriza por mantener el concepto de "Tradición" (Παράδοσις), entendiendo por" Tradición" una vida evangélica que se trasmite desde los Apóstoles, con enseñanzas y obras, de generación en generación. Para estimular y contribuir en modo determinante esta transmisión están los testimonios de fe particulares, los hombres que, viviendo el radicalismo evangélico se convierten en una especie de evangelios vivientes: "oί πνευματικοί" los padres espirituales. Son ellos por los cuales el Apóstol Pablo escribiendo a su discípulo Timoteo, obispo de Éfeso,  lo exhorta para ser "τύπος" (modelo) de los fieles, es decir ejemplo viviente con su palabra, comportamiento, amor, fe y vida pura (cf. 1 Tim 4, 9-15). El padre espiritual puede ser un sacerdote, un monje, un laico o una laica, como ocurría también en Occidente en el Alto Medioevo. Es en una persona de este tipo que se conserva y se transmite el “ethos": el modo de ser de la Iglesia; un modo de ser que privilegia el aspecto carismático pero sin contraponerse al institucional.

Para ser más claro pondré un pequeño ejemplo. En un período de gran decadencia de la Iglesia Ortodoxa a causa del yugo otomano en el siglo XVIII, surge un gran padre espiritual, San Cosme de Etolia. Nacido en 1714 tras haber vivido muchos años como monje en el Monte Athos, quedó consternado por la falta de conocimiento del Evangelio entre los cristianos Ortodoxos. Obtuvo del Patriarca Ecuménico de Constantinopla Serafín II la bendición para una predicación itinerante que correspondía al área de la actual Grecia Occidental y Albania del Sur, fundando escuelas y estimulando continuamente a los cristianos de entonces. Su auditorio no se componía sólo de cristianos, sino que también acudían musulmanes. Tuvo la fama de gran santidad y trabajó siempre con la bendición de los obispos locales y el permiso de las autoridades turcas. Sus predicaciones contra la deshonestidad lo hizo odioso a un grupo de hombres que lo denunciaron falsamente a los turcos. Estos lo ahorcaron y arrojaron su cuerpo en un rio albanés el 24 de agosto de 1779. Hasta hoy sus santas reliquias obran milagros. Este ejemplo de hombre carismático, que la Ortodoxia lo ha calificado "Isapóstol', es decir "igual a un Apóstol', ha sido como la levadura que ha hecho fermentar toda la pasta, según la cita evangélica. Su predicación no se movía a instancias puramente moralizadoras, sino que nacía de un gran amor, que el santo se nutría de Cristo, y de su deseo de ver a Cristo vivir en todos los hombres. Estas personas son de una importancia fundamental para el mundo ortodoxo sobrepuesto muchas veces a decadencias y crisis como todas las realidades humanas. Estos son auténticos guías porque relacionan el mundo presente con el mundo futuro; son auténticas ventanas abiertas al Paraíso, como muchos notaban viendo, por ejemplo, la cara luminosa de San Serafín de Sarov (1759-1853), el cual, sólo a los sesenta y seis años, tras haber pasado la vida en el monasterio y en el desierto, salió definitivamente de la soledad para acoger y aconsejar a quien lo deseaba. San Serafín de Sarov es la corona de una serie de grandes padres espirituales, los cuales desde finales del siglo XVIII hasta comienzos del siglo XX eran el único refugio, apoyo y consuelo de un pueblo que vivía en un estado y una sociedad en decadencia, cosa que reflejó magistralmente en sus libros el famoso escritor Feodor Dostoievski.

Lo que representan estos hombres espirituales no es tanto un modo convincente de explicar el Evangelio, cuanto una percepción de la realidad futura. A veces un hombre espiritual dice pocas cosas o es de una cultura elemental, como lo era el Venerable Paisios del Monte Athos (1924-1994), pero, sin embargo, capaz de infundir una fuerza tal de iluminar de un modo muy profundo, de impresionar y convertir los corazones de los hombres. Personajes totalmente paradójicos y para nosotros extraños eran los "locos de Dios" en la Rusia precedente a la Revolución Bolchevique. Estos últimos representan el trastorno de toda nuestra lógica y de toda tentación por nuestra parte de hacer lógico el Evangelio desde el momento que el amor hacia Dios puede exigir también decisiones verdaderamente poco lógicas para la mentalidad mundana. Por este motivo, para nosotros los ortodoxos, la verdadera crisis nace cuando faltan o no tenemos contacto con estas personalidades que se sumergen en la “alógica lógica” espiritual y en la vida divina (théosis). La crisis nace, antes que nada, a nivel del espíritu porque ya no tiene fuentes en que beber, de los atentos intérpretes de la vida espiritual, no a nivel de la razón. Por ello, las observaciones, incluso interesantes, que en su tiempo hacía Simone Weil sobre la crisis del Cristianismo, incapaz de responder a las instancias de la razón, no representan para nosotros los Ortodoxos, el verdadero nudo del problema. Esta famosa hebrea, política francesa, convertida al Cristianismo notaba que el Cristianismo Occidental estaba expuesto a una crisis porque, por ejemplo, la mentalidad científica terminaba prevaleciendo sobre la mentalidad cristiana, las razones de la ciencia tenían la primacía sobre las de la fe. El cristiano permanecía, como tal, sólo una hora a la semana, cuando acudía a Misa y para el resto del tiempo estaba dominado por la mentalidad científica. (Ver Simone Weil, "L’enracinement. Prelude a une declaration des devoirs envers l’être humaine", Paris, Gallimard, 1949, p. 212).

La Iglesia Ortodoxa se basa en un fuerte concepto de "Tradición". Por ello cuando viene a menos uno de sus elementos más fundamentales, el hombre carismático, nace el verdadero problema, la verdadera crisis. En el hombre carismático existe una compenetración real entre el Paraíso y este mundo y esto tiene infinitas consecuencias prácticas, pudiendo dar una respuesta a todos los problemas, incluidos los ambientales y ecológicos. No es extraño que la Ortodoxia, con su Primado el Patriarca Ecuménico Bartolomé 1, tan sensible a los problemas de orden ecológico, se apreste en proponer una respuesta frente a los problemas y los desastres ambientales, haciendo observar la experiencia de los hombres carismáticos ortodoxos.

El hombre carismático no tiene una comprensión individualista, ni moralizadora, ni legal del Cristianismo, sino que está animado por un profundo "eros" divino por todo el mundo. En el momento en que faltan personalidades de este tipo se cierra una ventana de comunicación con el Paraíso y nos quedamos solos, iluminados únicamente por nuestra razón humana. Sin un estímulo realmente eficaz solo nos podemos agarrar a nosotros mismos y la Iglesia entra en crisis porque se instauran formas puramente individualistas, moralistas y legalista-religiosas que vacían de sentido el mismo Cristianismo y alejan las personas de la Iglesia (Ver las observaciones afiladas del Prof. Christos Yannarás en su libro: "Virita e Unita della Chiesa", Servitium, Sotto il Monte 1997).

Ciertamente, la crisis en el mundo ortodoxo, viene dada; también en sus recientes vicisitudes históricas y sociales, por el hecho de dar más importancia a una presunta redención económica que a la redención de Cristo, creer más en nosotros mismos que en la experiencia de la Iglesia. Pero, fundamentalmente, esta crisis se da por el hecho que en nuestra época comienzan a ser menos los grandes espirituales que había hace algún decenio. Cristo, para tocamos necesita de la contribución de los hombres y de hombres especiales. Dios para salvar la carne humana necesita otra carne humana redimida, porque la fuerza divina se vehicula en el canal de la humanidad: "Caro salutis cardo", la carne es un camino para la salvación, decía en su tiempo el latino Tertuliano (Tertuliano, "Sobre la Resurrección de los muertos", VVV, 6-7).

Sin un canal de conducción las reservas de agua se acaban poco a poco. Análogamente, sin hombres espirituales las personas siempre se secan más en el espíritu y colocan las cosas espirituales en el mundo de los mitos o en la pura fábula. Así la verdadera razón de la actual crisis, que comienza a sentirse también en el mundo ortodoxo, es la falta de santos, de hombres que participan de la Luz Divina del único y verdadero Santo: Jesucristo. La crisis, para nosotros los Ortodoxos, no se supera tanto con una mejor organización, una mejor comprensión cultural del mundo actual, una manera mundana de atraer o seducir a las personas. Se supera creando, antes que nada, las condiciones para que nuevos santos puedan aparecer en la tierra.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Natividad de la Madre de Dios



En la montañosa provincia del norte de Jerusalén, en la pendiente de una de las montañas cerca del valle Esdrelón, se ubicaba Nazaret. Era un pueblito pequeño, que históricamente no sobresalía en nada, por lo cual los hebreos se referían a él hasta con cierto desprecio, diciendo: "¿Podrá haber algo bueno de Nazaret?"
 
En este pueblito vivía la piadosa pareja, Joaquín y Ana, a quiénes el Señor eligió como antecesores del Salvador del mundo. Joaquín provenía de la casa del rey David, y Ana — era de la clase sacerdotal. La sobrina de Ana, la justa Elizabet, después fue la madre de Juan el Bautista y era prima hermana de la futura Virgen María.
 
El justo Joaquín era un hombre que estaba en una acomodada situación económica, y tenía mucha cantidad de ganado. A pesar de la abundancia, toda la vida de esta justa pareja, estaba impregnada por el espíritu de un devoto amor a Dios y por la caridad hacia el prójimo. Por estas cualidades ellos gozaban del respeto y el amor de todos. Los mortificaba, sin embargo, una pena: no tenían descendencia, lo cual entre los hebreos se consideraba como indicio de castigo Divino. Ellos pedían incesantemente a Dios que les enviare un hijo para su alegría, aunque hacia la vejez tenían ya poca esperanza de ello. Joaquín estaba muy apesadumbrado por la falta de hijos y una vez, trayendo sus ofrendas a Dios, escuchó de cierto Rabí un duro reproche: "¿Por qué razón quieres ofrecer tus dones a Dios antes que otros? ¡Pues tú no eres digno, por no tener descendencia (ser estéril)!" Por causa de tan grande aflicción el justo Joaquín se alejó al desierto para ayunar y rezar.
 
Al conocer esto, la justa Ana, considerándose a si misma culpable por la falta de descendencia, se angustió también y comenzó a orar a Dios todavía con mayor fervor, para que Él la escuchara y le mandara un niño. En uno de estos estados de oración, se le apareció un Ángel de Dios y le dijo: "Tu oración ha sido escuchada por Dios, y tu concebirás y de ti nacerá una hija bendita, superior a todas las hijas de la tierra. Por causa de Ella se bendecirán todas las razas de la tierra. Ponle por nombre María."
 
Habiendo escuchado estas dichosas palabras, la justa Ana inclinándose ante el Ángel le dijo: "¡Vive el Señor Mi Dios! ¡Si realmente naciera de mí un niño, lo entregaré al Señor para que esté a Su servicio! ¡Que Lo sirva, glorificando Su nombre durante toda su vida!"
 
Ese mismo Ángel del Señor se le apareció también al justo Joaquín, diciéndole: "Dios aceptó tus oraciones con benevolencia. Tu esposa Ana concebirá y alumbrará una hija, por Quien todo el mundo se regocijará. He aquí también la señal de la veracidad de mis palabras: ve a Jerusalén, y allí encontrarás a tu esposa en las puertas doradas."
 
San Joaquín se dirigió sin demora a Jerusalén, llevando consigo presentes para ofrecerlos a Dios, y también para los sacerdotes.
 
Llegado a Jerusalén, encontró a su esposa Ana, como lo predijo el Ángel, y relataron el uno al otro, todo lo que les fue anunciado, y, después de pasar un tiempo más en Jerusalén regresaron a su casa, en Nazaret. Pasado el tiempo establecido de su embarazo, la justa Ana dio a luz una hija, a la Cual llamó María, como lo ordenó el Ángel.
 
Después de pasado un año, Joaquín organizó un banquete, para el cual invitó a los sacerdotes, ancianos y a todos sus conocidos. Durante el banquete alzó a su Bendita Hija y, mostrándola a todos, pidió a los sacerdotes que La bendijeran.
 
La concepción por santa Ana se festeja por la Iglesia el nueve de Diciembre, llamando esta concepción como gloriosa y santa. Pero sin embargo la Iglesia Ortodoxa no acepta esta concepción como aspermática e inmaculada, como lo enseña la iglesia católica romana, que en el siglo 19 promulgó el dogma de la "Concepción inmaculada." Entre los católicos se expresaban objeciones, dirigidas contra esta enseñanza, porque en el concilio de Tridensk se le consideraba solo como una opinión. Mas en el año 1854 el Papa Pío IX elevó esta opinión de la concepción inmaculada de la Virgen María al grado de un dogma, no teniendo para ello datos algunos ni en las Sagradas Escrituras, ni en las enseñanzas de los Santos Padres de la Iglesia.
 
La iglesia Ortodoxa solo acepta como inmaculado el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, ya que Él fue dado a luz milagrosamente — del Espíritu Santo y la Virgen María.
 
La Virgen María por su parte, nació por medios naturales y, aunque Ella personalmente era sin pecado, pero sin embargo, como todos, tenía la naturaleza dañada por el pecado original, por lo cual Ella misma necesitaba ser redimida. Según las palabras de San Ambrosio: "de todas los nacidos por mujeres, es completamente Santo solo nuestro Señor Jesucristo, Quien por un especial, nuevo modo de inmaculado nacimiento, no experimentó la corrupción terrenal."
 
En la literatura teológica ortodoxa hay muchos tratados, orientados en contra de la inmaculada concepción de la Virgen María por la santa Ana. Vamos a mencionar solo la opinión del protopresbítero Y. M. Skvortsov, profesor de la Academia Espiritual de Kiev que dice: "El Evangelio atestigua que el Espíritu Santo bajó sobre la Santa Virgen y la cubrió, y en consecuencia de ello, lo nacido de Ella era — santo, perfectamente limpio, sin pecado. ¿Era por ello necesario que la Virgen naciera ella Misma sin defecto? No fue por causa, de que Ella era santa desde su nacimiento, sino por que el Espíritu Santo descendió sobre Ella y la purificó. La Tradición testifica, que era necesaria para la Madre de Dios la preparación en el Templo desde los tres años de edad. El pecado original no podía desarrollarse en Ella. Su educación en el templo y la oración purificaban toda Su alma. Su completa santificación sucedió en el día de la Anunciación. ¿Mas cómo pudo haberse limpiado el pecado original, si aún no se había ejecutado la redención? Este es el misterio del Bendito Fruto de la Mujer, preparado desde los siglos. La Gracia del Espíritu Santo pudo haber colocado todo el ser de la Madre de Dios, en tal altura de humildad y devoción en el momento de la concepción del Hijo de Dios, que en ella no intervino nada humanamente defectuoso."
 
Troparion Tono 4:
Tu nacimiento oh Madre de Dios Virgen, anunció la alegría a todo el universo. Porque de Ti resplandeció el sol de verdad, Cristo nuestro Dios, destruyendo la maldición, Él nos concedió la bendición y destruyendo la muerte, nos otorgó la vida eterna.
 
Kondaquion Tono 4:
Joaquín y Ana fueron liberados del reproche de la esterilidad, Adán y Eva de la corrupción de la muerte, oh Purísima, por Tu santa Natividad, por eso Tu pueblo celebra este acontecimiento, por haber sido redimido de la culpa del pecado, celebra exclamándote: la estéril da a luz a la Madre de Dios, nutridora de nuestra vida.
 
El nacimiento de la Madre de Dios es para nosotros un día especialmente gozoso, porque con él se hizo realidad toda una serie de importantísimas profecías y pronósticos del Antiguo Testamento. Precisamente a Ella Dios La eligió para que fuera Aquella Virgen, Quien de acuerdo a las predicciones de Isaías, tenía que concebir sin semen del Espíritu Santo y dar a luz al Hijo-Emanuel, destinado a salvar al género humano de la maldición y muerte que pendían sobre él. Ella se convirtió en la misteriosa "escalera" que unió al Cielo con la tierra, vista en sueños por el patriarca Jacob (Hechos 28:12). Ella se hizo también "la puerta cerrada"quien según la visión del profeta Ezequiel (Ez. 44:2) traspasó el Señor Dios de Israel para visitar y liberar a su gente. Es también Ella la creación de lacasa de la sabiduría de Dios (Prov. 9:1), que alumbra a todo hombre, que viene a este mundo(Juan 1:9), y que disipa las tinieblas de la incredulidad y el extravío.
 
En una palabra, el nacimiento de la Santísima Virgen María es para nosotros el comienzo del cumplimiento de todas las promesas Divinas, con las cuales vivió y se consoló la humanidad durante muchos milenios, — la manifestación al mundo de Aquel misterio oculto por siglos y generaciones, que estaba preparado desde la eternidad para la salvación y gloria del caído género humano.
 

Es por eso, que esta celebración, como enseña San Andrés de Creta es, "el principio de las festividades y sirve como puerta hacia la gracia y la verdad." San Juan Damasceno dijo: "el día de la natividad de la Madre de Dios es festividad de alegría universal, pues a través de Ella se renovó todo el género humano, y la aflicción de la madre Eva se convirtió en alegría."

El "Cuatriunvirato" de los resentidos

El señor Jorge López, que publica en varios foros y blogs con diferentes pseudónimos (entre ellos "Maurice Pinay Romanescu) la ha tomado fuerte contra Sursum Corda y el grupo de Facebook "Católicos contra el Nuevo Orden Mundial". La razón es bastante simple y aunque él las conecte, esa conexión no tiene más lugar que en su frondosa imaginación, alimentada, como señalaré más adelante, por ciertos vicios propios de un sector del tradicionalismo, y por un presbítero que, asustado, ha iniciado una campaña contra Sursum Corda.
Vamos por partes ¿Qué escribió Jorge López?

Jorge A López 13 de agosto a la(s) 17:23 LAS MALAS ENSEÑANZAS Es increible, conocí el pensamiento del señor JP (administrador de "católicos contra el NOM"m y era decididamente antijudaico...y antisionista.. En las últimas publicaciones de su grupo, su pensamiento y acción se han vuelto absolútamente judaizantes, me pregunté: ¿qué pudo haber pasado en ese grupo?.. No ha pasado un año desde que me fue arrebatada la administración del grupo debido a intrigas del señor RM, del blog "Sursum ...", y el cariz judaizante que toma el grupo es alarmante...he leido como se anatematiza a quienes se oponen a eso. Si nos detenemos a analizar que es lo que sucedió en este tiempo, podemos constatar que en ese grupo aumentaron exponencialmente las publicaciones de artículos de Sursum... Nosotros denunciabamos hace pocos días la tesitura judaizante del blog en cuestión...y no nos equivocamos.... Pérez repite ahora que en Israel los cristianos son felices...cuando la realidad es que son escupidos en la vía pública... No hace falta que explique lo que dice el Talmud sobre los cristianos, e incluso tenemos la palabra de sendos rabinos que consideran al cristiano una abominbación, algo mucho peor que el musulman...pues como dice Ravi Spagenthal: "al menos los musulmanes creen en un Dios único"..mientras los cristianos "minim", son "idólatras" que se han inventado 3 dioses... Terrible la obra de destrucción y corrupción de la inteligencia que hace el pasquín llamado "Sursum..." http://sursumcordablog.blogspot.com.ar/2014/08/ser-cristiano-en-el-cercano-oriente.html?spref=fb https://www.facebook.com/groups/396153063802400/


No soy yo quien debe defender al grupo de Juan Perez, "Católicos contra el Nuevo Orden Mundial". Ese grupo no necesita ninguna defensa, no es menester realizar ninguna apología. Vasta con leer los títulos y las fuentes de los textos allí publicados para darse cuenta de la absoluta y terrible mentira de Jorge López, un pobre hombre que, resentido tras la expulsión del grupo, al igual que todos sus alias, inició desde hace tiempo una campaña contra el administrador de ese espacio... y también contra mí. En la mente débil y facilmente manipulable de Jorge, su expulsión se debió simplemente a mi accionar. No fue prueba suficiente para él que mi blog no suele tratar temas políticos, remitiendo siempre a foros como "Católicos contra el Nuevo Orden Mundial", tampoco alcanzó cuando yo le confesé que "en esos temas, prefiero no opinar, sino escuchar a los que saben, que son los de éste grupo (CCNOM)", tal como le escribí a él hace ya bastante tiempo.
No obstante, tomo el guante por como se refiere a mi blog, aunque no lo hago con ira, pero sí con firmeza.

Desmiento categóricamente que mi blog sea judaizante, que no sea católico o cualesquier otra mentira del señor Jorge López, miembro de un "Cuatriunvirato" de pseudoteólogos, encabezados por un sacerdote argentino, de deficiente formación y movido por el rencor. Al igual que los otros tres integrantes de esa patética junta, el señor López, incapaz de esbozar el mínimo argumento, deforma, miente, calumnia y trata de manipular, falsificando, gritando y mintiendo.

El señor López es el tonto útil del grupo. El que se encarga de ir a confrontar cuando ninguno de los otros tres se quiere ensuciar las manos. El jefe de este grupo no es otro que el presbítero LÁZARO ROMERO, director de la revista Integrismo y que ha declarado la guerra a Sursum Corda desde que dejé en claro en un foro su terrible desconocimiento sobre teología sacramental. A esto se debe sumar a que le dejé en claro al mismo sacerdote quien soy y desde hace cuanto que lo conozco. Dejé en claro que es falso que el se hizo sedevacantista, sino que él fue siempre un sedevacantista y que se hizo ordenar, sin decir la verdad en la FSSPX. Esto no lo sé porque alguien me lo contó, sino porque él mismo me lo confió en la casa en la que celebraba misas en La Reja. Le recordé al Padre Romero cuando él me pedía que introdujera entre los seminaristas de la Reja sus publicaciones y otros textos sedevacantistas, algo que no hice luego de que un sacerdote me advirtió que se trataba, por lo menos de una táctica poco ética. El Padre Romero... un hombre lleno de rencor que esperó una estampida de fieles a sus pies luego de esa carta furibunda... el Padre Romero, quien mintió a los fieles y benefactores de la FSSPX, a sus profesores y a directores del Seminario. El mismo Padre Romero que buscó ayuda y apoyo en cuantos sacerdotes sedevacantistas hay en Argentina, para luego, mejor posicionado, declarar quienes son y quienes no son sacerdotes católicos... El Padre Romero, quien siempre sufrió porque lo trataron como poco menos que nada en la Fraternidad por su origen humilde.

El otro es el señor Patricio Shaw, avenido en teólogo. No importaron todas las evidencias que se dejaron aquí en Sursum, contra sus hipótesis trasnochadas. Él las continúa predicando, e incluso, ahondó la técnica, compartida por Romero y López de no responder, sino insultar a quien ha demostrado el error en el que él se encuentra.

Finalmente hay un seglar, que como tantos dejó la FSSPX y ahora adhiere a la tesis de Guerard Des Lauriers... la misma que Romero elevó a un dogma de fe y hace comulgar con la furia contra las "Misas Una Cum"... misma tesis desfigurada y alterada, que tal como la planteó el dominico, hoy sería inaplicable. Yo creo, y quiero creer que este buen hombre, un hombre joven e inteligente, actúa de buena fe por respeto al Padre Romero, quien si algo sabe hacer es edulcorar los oídos y venderse muy bien, eso si, a costa de difamar, de mentir y perjudicar a los demás.

Convido pues, al señor Patricio Shaw, al presbítero Romero y a Jorge López/Maurice Pinay Romanescu a tener un gesto de hombría. Sursum queda abierto para que presenten sus argumentos... y subrayo argumentos, porque para los insultos, para las calumnias, tienen sus foros y perfiles, y (sobre todo el Padre Romero), sus comunicaciones personales.


San Juan Crisóstomo: Sobre el Diablo tentador

CINCO CAMINOS DE PENITENCIA
San Juan Crisóstomo, Homilía 2,6 sobre el diablo tentador


¿Queréis que os recuerde los diversos caminos de penitencia? Hay ciertamente muchos, distintos y diferentes, y todos ellos conducen al cielo.
El primer camino de penitencia consiste en la acusación de los pecados: Confiesa primero tus pecados, y serás justificado. Por eso dice el salmista: Propuse: «Confesaré al Señor mi culpa», y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. Condena, pues, tú mismo, aquello en lo que pecaste, y esta confesión te obtendrá el perdón ante el Señor, pues, quien condena aquello en lo que faltó, con más dificultad volverá a cometerlo; haz que tu conciencia esté siempre despierta y sea como tu acusador doméstico, y así no tendrás quien te acuse ante el tribunal de Dios.
Éste es un primer y óptimo camino de penitencia; hay también otro, no inferior al primero, que consiste en perdonar las ofensas que hemos recibido de nuestros enemigos, de tal forma que, poniendo a raya nuestra ira, olvidemos las faltas de nuestros hermanos; obrando así, obtendremos que Dios perdone aquellas deudas que ante él hemos contraído; he aquí, pues, un segundo modo de expiar nuestras culpas. Porque si perdonáis a los demás sus culpas -dice el Señor-, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros.
¿Quieres conocer un tercer camino de penitencia? Lo tienes en la oración ferviente y continuada, que brota de lo íntimo del corazón.
Si deseas que te hable aún de un cuarto camino, te diré que lo tienes en la limosna: ella posee una grande y extraordinaria virtualidad.
También, si eres humilde y obras con modestia, en este proceder encontrarás, no menos que en cuanto hemos dicho hasta aquí, un modo de destruir el pecado. De ello tienes un ejemplo en aquel publicano, que, si bien no pudo recordar ante Dios su buena conducta, en lugar de buenas obras presentó su humildad y se vio descargado del gran peso de sus muchos pecados.
Te he recordado, pues, cinco caminos de penitencia: primero, la acusación de los pecados; segundo, el perdonar las ofensas de nuestro prójimo; tercero, la oración; cuarto, la limosna; y quinto, la humildad.
No te quedes, por tanto, ocioso, antes procura caminar cada día por la senda de estos caminos: ello, en efecto, resulta fácil, y no te puedes excusar aduciendo tu pobreza, pues, aunque vivieres en gran penuria, podrías deponer tu ira y mostrarte humilde, podrías orar asiduamente y confesar tus pecados; la pobreza no es obstáculo para dedicarte a estas prácticas. Pero, ¿qué estoy diciendo? La pobreza no impide de ninguna manera el andar por aquel camino de penitencia que consiste en seguir el mandato del Señor, distribuyendo los propios bienes --hablo de la limosna--, pues esto lo realizó incluso aquella viuda pobre que dio sus dos pequeñas monedas.
Ya que has aprendido con estas palabras a sanar tus heridas, decídete a usar de estas medicinas, y así, recuperada ya tu salud, podrás acercarte confiado a la mesa santa y salir con gran gloria al encuentro del Señor, rey de la gloria, y alcanzar los bienes eternos por la gracia, la misericordia y la benignidad de nuestro Señor Jesucristo.

Cristo en nosotros

A vosotros mismos tentad si estáis en la fe; a vosotros mismos probad. ¿O no os reconocéis: que Jesucristo en vosotros? ¡si ya no sois reprobados! (2 Cor 13:5)


"Es viviendo como el Hombre-Dios que probaremos que está siempre vivo. ¿No sucede que exageramos los argumentos librescos o los milagros físicos a fin de dispensarnos de aportar nuestro apoyo personal a la demostración de la verdad católica?"


R. Thibaut S.J.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Cristo, la maravillosa Roca

La siguiente homilía fue enviada por un sacerdote amigo.

Sobre la maravillosa roca de Sión

He aquí que pondré en Sión por fundamento una piedra, piedra probada, piedra angular preciosa, sólidamente asentada; el que confía en ella no necesita huir” (Isaías 28:16).

Hermanos, esta maravillosa roca es nuestro Señor Jesucristo. Pues si el profeta hubiera pensado en ella como una roca ordinaria, no habría puesto su fe en ella, y por otro lado habría profetizado la idolatría. El profeta Daniel también habla sobre una roca que rodó por la colina y se estrelló contra el gran ídolo y creció como un gran monte que llenó toda la tierra: “Mientras estaba todavía mirando, se desgajó una piedra (no desprendida por mano de hombre) e hirió la imagen en los pies, que era de hierro y de barro, y los destrozó. Entonces fueron destrozados al mismo tiempo el hierro, el barro y el bronce, la plata y el oro, y fueron como el tamo de la era en verano. Se los llevó el viento de manera que no fue hallado ningún rastro de ellos, pero la piedra que hirió la estatua se hizo una gran montaña y llenó toda la tierra” (Daniel 2:34-35). La profecía sobre la roca en Daniel es para los paganos, y la profecía sobre la roca en Isaías es para los judíos. El Señor Jesucristo es la roca que se colocó en primer lugar, es el fundamento de toda la creación de Dios, pues es el Verbo de Dios y la Sabiduría de Dios; en segundo lugar, es el fundamento del Antiguo Testamento como preparación, y tercero, es el fundamento del Nuevo Testamento como el cumplimiento. La “piedra angular”, es la roca más firme y más fuerte que conecta y une las demás rocas y sostiene los muros de varias direcciones en unidad e integridad. Si observamos al Señor Jesucristo en nosotros, Él es la “piedra angular” que une y enlaza nuestras diferentes capacidades espirituales en unidad e integridad para que todo trabajo se dirija a un fin, hacia la dirección de Dios y del reino de Dios. Si observamos a Cristo el Señor en la historia de la humanidad, Él es la piedra angular que une y enlaza el judaísmo y el paganismo en una Casa de Dios, en la Iglesia de Dios. “Porque nadie puede poner otro fundamento, fuera del ya puesto, que es Jesucristo” (1ª Corintios 3:11), dice el apóstol del Nuevo Testamento de acuerdo con el profeta del Antiguo Testamento. Quien hasta ahora ha creído en esta Roca de Salvación, no ha sido avergonzado. Y tampoco serán avergonzados ninguno de los que crean en ella. Pues esta roca es un “fundamento seguro” y verdaderamente “una roca elegida”, una “preciosa y honorable roca”.


Oh Señor Jesús, nuestra Roca de Salvación, fortalece nuestra fe, esa fe santa y salvadora en Ti, nuestro único Redentor.

Padre Ceriani: Fátima - El eje de la Tierra - El Padre Lacunza

El siguiente texto fue tomado de Radio Cristiandad. Si bien es cierto que, con la Iglesia Católica creemos que no nos obligan en absoluto las revelaciones privadas, ponemos a disposición de nuestros lectores este interesante estudio del Padre Ceriani.





FÁTIMA
EL EJE DE LA TIERRA
EL PADRE LACUNZA
Circula por los medios el relato que Sor Lucía de Fátima habría escrito en su diario.
Un texto inédito hasta el día de hoy, que contendría aclaraciones importantes sobre la tercera parte del Secreto de Fátima.
He aquí el contenido:
Alrededor de las 16:00 hs. del 3 de enero de 1944, en la capilla del convento, frente al tabernáculo, Lucía le pidió a Jesús que le hiciera conocer su voluntad.
“Entonces siento una mano amiga, afectuosa y maternal que me toca el hombro”.
Es ‘la Madre del Cielo’ que le dice: “Ten paz y escribe lo que te mandan, pero no sobre lo que te ha sido concedido comprender acerca de su significado” refiriéndose al significado de la visión que la Virgen misma le había revelado.
Inmediatamente después:
“He sentido el espíritu inundado por un misterio de luz que es Dios y en Él he visto y oído: la punta de la lanza como una llama que se desprende, que toca el eje de la Tierra y ella tiembla: montañas, ciudades, países y pueblos con sus habitantes quedan sepultados. El mar, los ríos y las nubes salen de sus límites, desbordan, inundan y arrastran consigo en un torbellino, casas y personas en un número que no se puede contar, es la purificación del mundo del pecado en el que se encuentra inmerso. El odio, la ambición, provocando la guerra destructiva. Después escuché en el palpitar acelerado del corazón y en mi espíritu una voz ligera que decía: ‘en el tiempo, una sola fe, un solo bautismo, una sola Iglesia, Santa, Católica, Apostólica. ¡En la eternidad el Cielo!”.
Esta palabra ‘Cielo’ llenó mi corazón de paz y de felicidad, a tal punto que, casi sin darme cuenta, seguí repitiéndola por mucho tiempo: ¡el cielo, el cielo!”
Según el relato, Sor Lucía ve oscilar el eje de la tierra, y ve naciones y pueblos enteros destruidos por el castigo de Dios.
Esta oscilación ha de ser precedida y seguida de importantes sucesos, de los cuales, sin lugar a dudas, Sor Lucía recibió luces y enseñanzas que todavía mantienen ocultas los que ocupan la Santa Sede:
La apostasía de las naciones
La apostasía en la Iglesia
La pérdida de la fe
Los castigos merecidos
El triunfo del Corazón Inmaculado de María
La Parusía
El Reino de la paz, es decir, el Reino de Cristo Rey en la tierra
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Hace apenas dos meses hemos podido meditar sobre temas íntimamente relacionados con estas supuestas revelaciones privadas. De ser ciertas, confirmarían lo que Dios nos ha enseñado en la Revelación, consignada en las Sagradas Escrituras y la Tradición.
Vale la pena recordar, leer pausadamente y reflexionar sobre aquellos textos:
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Para facilitar su lectura, he aquí nuevamente su contenido:
La Epístola de este Cuarto Domingo de Pentecostés está tomada de la Carta de San Pablo a los Romanos, capítulo octavo, versículos 18 a 23:
Estimo, pues, que esos padecimientos del tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria venidera que ha de manifestarse en nosotros. Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios. Pues si la creación está sometida a la vanidad, no es de grado, sino por la voluntad de aquel que la sometió, pero con esperanza. Porque también la creación misma será liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime y sufre dolores de parto hasta el presente. Y no tan sólo ella, sino que asimismo nosotros, los que tenemos las primicias del Espíritu, también gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción de hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo, en Jesucristo Señor nuestro.
Como hemos leído, San Pablo escribe de manera expresiva: la ansiosa espera de la creación desea vivamente.
Con esta redundancia indica la tensión de la viva espera de la creación, sometida a la vanidad…, a la servidumbre de la corrupción…
Y debemos entender que aquí se incluye también la propia creación sensible, como son los elementos de este mundo; pues la creatura sensible está ordenada por Dios a algún fin que sobreexcede la forma natural de ella misma.
Es decir, así como el cuerpo humano de los hijos de Dios se revestirá de la gloria sobrenatural, así también toda la creación sensible, en aquella gloria de los hijos de Dios, conseguirá cierta cualidad de gloria, de la cual hablan otros textos bíblicos: Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva
San Pablo muestra el término de la predicha expectación; pues no es vana su esperanza, porque también la creación misma será liberada de la servidumbre de la corrupción, para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios.
La propia creación será liberada de la servidumbre de la corrupción, o sea, de la mutabilidad, y esto para participar de la libertad de la gloria de los hijos de Dios, para que así como son ellos renovados, así también sea renovada su habitación: Porque he aquí que Yo voy a crear nuevos cielos y nueva tierra, y de las cosas primeras no se hará más memoria ni recuerdo alguno.
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Para comprender en toda su profundidad esta verdad, es necesario remontarse al Edén. El libro del Génesis indica la condición del hombre en el Paraíso terrenal con tres rasgos de un esplendor inconcebible:
* la inmortalidad e impasibilidad corporal,
* el soberano dominio del instinto animal y sensual,
* una ciencia especial que le daba imperio sobre el reino animal.
Todo esto significaba la soberanía del hombre sobre su propia vida, sobre su mundo interno propio y sobre el mundo externo.
Nada más dice el Génesis; pero los Profetas posteriores amplían la estampa paradisíaca cuando predicen con detalles esplendorosos el futuro estado de restauración universal mesiánica, la cual culmina en la deslumbrante Nueva Jerusalén.
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Transcurramos rápidamente el camino que va del punto de partida al de llegada…
Como consecuencia del pecado, el hombre no sólo perdió la gracia y los dones preternaturales, no sólo quedó vulnerado en sus propias facultades, sino que también la creación sensible decayó y perdió aquella bondad especial de que Dios la había dotado en el Paraíso en consideración y provecho del hombre.
Por otra parte, Satanás adquirió cierto dominio sobre las criaturas, en perjuicio del antiguo señor, el hombre; y lo utiliza para su seducción y caída.
El Redentor quebrantó el poderío del demonio sobre la naturaleza; y, una vez vencido completamente el pecado (el último enemigo será la muerte, consecuencia del pecado), la naturaleza recobrará las cualidades que corresponden a la humanidad transfigurada: habrá un cielo nuevo y una tierra nueva.
Este triunfo final y definitivo de la Vida es mayor que la derrota, porque toda la naturaleza ha de ser finalmente restaurada a imagen del perdido Paraíso: He aquí que hago nuevas todas las cosas…
Hacia la redención cumplida, hacia la reducción de todas las cosas a su Cabeza Espiritual, hacia la recapitulación de todas las cosas en Cristo y por Cristo convergen todas la líneas de fuerza de la historia; y a ella se ordenan, gimiendo y delirantes, la creación entera y el corazón del hombre.
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San Pablo nos enseña, pues, que por el pecado, no sólo el hombre, sino toda la creación quedó sometida a la servidumbre y como en estado de abyección.
Pero, por la Redención, toda la creación ha como adquirido un cierto derecho a la adopción de hijos de Dios,y ha sido elevada a la dignidad de causa instrumental para la santificación del hombre, si éste sabe usar de ella con discreción.
Con hermosa y audaz prosopopeya, San Pablo nos presenta a toda la naturaleza, fijos y ardientes sus ojos, anhelando el día en que sea asociada a la restauración total del hombre.
Cuando este pecó voluntariamente, toda la creación fue sujeta a la vanidad, no de grado sino por Dios; y desde ese momento se siente como parturienta que gime, al verse desviada de su fin primero.
Hasta aquí la imagen es vigorosa y sublime, pero ¿quién desentraña su sentido? ¿A qué vanidad fue sujeta la creación? ¿Cuál será su restauración, concomitante a la del hombre?
Por un lado, ¿qué duda cabe de que la tierra ve perturbado su fin inmediato de ser trono real del hombre cuando éste es derrocado de su monarquía?
Por otra parte, ¿no es hermoso el pensamiento de San Pablo, que nos presenta la creación ansiosa de contemplar la gloria de los hijos de Dios, para asociarse a su tranquila libertad y participar de ella?
Pero es necesario ir más lejos y más profundo…
Cristo es el Verbo de Dios, por el cual fueron creadas todas las cosas.
Como Dios, es el principio y fin de todas ellas.
Como Hombre, es el que recapitula o reúne las cosas disgregadas por el pecado: Para reconciliar en Él todas las cosas, pacificándolas por la sangre de su cruz, las que están en la tierra y las del cielo.
Con el Nuevo Adán, la Humanidad tiene, pues, un nuevo Principio. Por eso Cristo es el Primogénito de toda criatura, la Cabeza.
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Para profundizar y comprender toda esta doctrina, especialmente el punto de llegada hacia el cual nos encaminamos, es muy importante leer y meditar el comentario que el Padre Lacunza hace de un texto del Apóstol San Pedro respecto, precisamente, de los Cielos Nuevos y la Tierra Nueva.
La exégesis del padre Lacunza se encuentra en su libro Venida del Mesías en Gloria y Majestad, Tercera Parte, capítulos IV y V. Ya la he publicado como respuesta a las falsas apariciones en Akita.
Leamos primero todo el pasaje del Apóstol San Pedro, tomado de su Segunda Epístola, capítulo III, versículos 3-18:
Sabed, ante todo, que en los últimos días vendrán impostores llenos de sarcasmo, guiados por sus propias pasiones, que dirán en son de burla: “¿Dónde queda la promesa de su Parusía? Pues desde que murieron los padres, todo sigue como al principio de la creación” Porque ignoran intencionadamente que hace tiempo existieron unos cielos y también una tierra surgida del agua y establecida entre las aguas por la Palabra de Dios, y que, por esto, el mundo de entonces pereció inundado por las aguas del diluvio, y que los cielos y la tierra presentes, por esa misma Palabra, están reservados para el fuego y guardados para el día del Juicio y de la destrucción de los impíos.
Mas una cosa no podéis ignorar, queridos: que ante el Señor un día es como mil años y, mil años como un día.
No se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa, como algunos lo suponen, sino que usa de paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión.
Pero el Día del Señor llegará como un ladrón; en aquel día, los cielos, con ruido ensordecedor, se desharán; los elementos, abrasados, se disolverán, y la tierra y cuanto ella encierra se consumirá.
Puesto que todas estas cosas han de disolverse así, ¿cómo conviene que seáis en vuestra santa conducta y en la piedad, esperando y acelerando la Parusía del Día de Dios, por el cual los cielos, en llamas, se disolverán, y los elementos, abrasados, se fundirán?
Pero esperamos, según nos lo tiene prometido, nuevos cielos y nueva tierra, en la que habite la justicia.
Por lo tanto, queridos, en espera de estos acontecimientos, esforzaos por ser hallados en paz ante él, sin mancilla y sin tacha.
La paciencia de nuestro Señor juzgadla como salvación, como os lo escribió también Pablo, nuestro querido hermano, según la sabiduría que le fue otorgada. Lo escribe también en todas las cartas cuando habla en ellas de esto. Aunque hay en ellas cosas difíciles de entender, que los ignorantes y los débiles interpretan torcidamente —como también las demás Escrituras— para su propia perdición.
Vosotros, pues, queridos, estando ya advertidos, vivid alerta, no sea que, arrastrados por el error de esos disolutos, os veáis derribados de vuestra firme postura.
Creced, pues, en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.
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Al respecto, comenta el Padre Lacunza:
Con la venida en gloria y majestad del Señor Jesús, del Rey de los reyes, destruidos enteramente los cielos y la tierra que ahora son, comenzarán otros nuevos cielos y otra nueva tierra, donde habitará en adelante la justicia.
¿Qué quiere decir esto? ¿Acaso quiere decir que los cielos y tierra, o el mundo universo que ahora son, dejarán entonces de ser, o serán aniquilados, para dar lugar a la creación de otros cielos y de otra tierra?
San Pedro dice que, así como el cielo y la tierra, que eran antes del diluvio universal, perecieron por la palabra de Dios y por el agua, asimismo los cielos y tierra que ahora son, perecerán también por la misma palabra de Dios y por el fuego.
Ahora bien, ¿qué fue lo que pereció por el diluvio de agua en frase de San Pedro?
Pereció en la tierra todo cuanto había en su superficie: perecieron todos sus habitadores, hombres y bestias, exceptuando solamente los pocos de cada especie que se salvaron en el arca de Noé.
Perecieron todas las obras que los hombres habían trabajado hasta entonces sobre la tierra. Pereció toda la belleza, toda la fertilidad, la disposición y orden admirable con que Dios la había criado para el hombre justo e inocente, no para el ingrato y pecador.
Si hablamos de los cielos de que habla también San Pedro, decimos lo mismo que acabamos de decir de nuestra tierra, esto es, que pereció.
¿Qué cielos eran estos? No otros que toda la atmósfera que circunda nuestro globo como parte suya esencial, la cual atmósfera se llama general y universalmente cielo.
Estos cielos perecieron con el diluvio en el mismo sentido en que pereció la tierra, es decir se alteraron, se deformaron, se deterioraron, se mudaron de bien en mal.
Habiendo llegado esta época terrible, se alteró tierra, mar y atmósfera, y todo quedó en esta alteración y desconcierto hasta el día de hoy.
Así pues, el Apóstol San Pedro habló en los términos más propios y naturales cuando dijo: La tierra y los cielos que eran antes del diluvio perecieron por la palabra de Dios y por el agua.
Y añade que los cielos y tierra que ahora son (ciertamente inferiores a los antediluvianos) perecerán también a su tiempo, no ya por el agua, sino por el fuego; viniendo en su lugar otros nuevos, que excedan en bondad y perfección, tanto física como moral, a los presentes y pasados.
En suma, así como estos cielos y tierra presentes, siendo en sustancia los mismos que los que había antes del diluvio son, no obstante diversísimos en su orden, en su disposición, en su hermosura, en sus efectos; del mismo modo, los cielos y tierra nuevos que esperamos, aunque sean en sustancia los mismos que ahora, serán sumamente diversos en todo lo demás.
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Los nuevos cielos y nueva tierra que esperamos, dice el Príncipe de los Apóstoles, los esperamos según la promesa de Dios.
Estas promesas de Dios se hallan claras y expresas en el capítulo LXV del Profeta Isaías.
Ciertamente, en el capítulo XXI del Apocalipsis se habla también magníficamente de estos nuevos cielos y nueva tierra; pero San Pedro no podía citar el Apocalipsis de San Juan porque se escribió muchos años después de su muerte.
Por otra parte, el mismo San Juan alude allí a ese lugar de Isaías.
Por lo tanto, para entender bien el conciso texto de San Pedro, así como también el de San Juan, debemos estudiar el texto de Isaías, donde se hallan como en su propia fuente las promesas de Dios, de que ahora hablamos.
Estas hablan, manifiesta y evidentemente, de la Jerusalén futura, y de las reliquias preciosas de los Judíos, como es fácil ver y comprender al punto, así por todo lo que precede en este mismo capítulo, como por todo cuanto se dice en los diez capítulos antecedentes.
Dice el Profeta Isaías:
Porque he aquí que voy a crear nuevos cielos y nueva tierra; de las cosas anteriores ya no se hará mención, ni habrá recuerdo de ellas.
Alegraos y regocijaos eternamente por lo que voy a crear; porque he aquí que yo voy a crear a Jerusalén (para que sea) alegría, y a su pueblo (para que sea un) gozo.
Me regocijaré en Jerusalén, y hallaré mi gozo en mi pueblo, y no se oirá más en ella voz de llanto ni de lamento. No habrá allí en adelante niño que viva pocos días, ni anciano que no llene sus días, pues morir niño será morir a los cien años, y el pecador de cien años será maldito.
Edificarán casas y las habitarán, plantarán viñas y comerán de su fruto. No edificarán para que otro habite, no plantarán para que otro coma; porque como los días de los árboles serán los días de mi pueblo, y mis elegidos disfrutarán del trabajo de sus manos. No se fatigarán en vano ni tendrán hijos para sobresalto, pues serán raza bendita de Yahvé, ellos y sus retoños con ellos. Antes que me llamen, yo responderé; aún estarán hablando, y yo les escucharé.
El lobo y el cordero pacerán juntos, el león comerá paja como el buey, y la serpiente se alimentará de polvo; no harán más daño ni causarán la muerte en todo mi santo monte, dice Yahvé.
Y continua el Padre Lacunza: He aquí la grande y célebre profecía que evidentemente cita San Pedro cuando dice: nuevos cielos y otra nueva tierra, donde habitará en adelante la justicia.
Vemos aquí también unas de aquellas profecías, que han puesto en sumo cuidado y como en una verdadera tortura los mayores ingenios.
Estos en su sistema han imaginado dos modos de explicarla o, diremos mejor, de eludirla.
Dichas explicaciones, aunque diversísimas, convienen en el solo punto interesante: negar a esta profecía, así como a tantas otras, su propio y natural sentido, que entienden al punto los que saben leer.
La primer explicación, o el primer modo de eludirla, dice confusamente que estos nuevos cielos y nueva tierra de que habla Isaías, y después San Pedro y San Juan, son para después de la resurrección universal: que entonces se renovarán todas las cosas; que entonces, respecto de los bienaventurados, de las cosas anteriores ya no se hará mención, ni habrá recuerdo de ellas; que entonces no se oirá más en ella voz de llanto ni de lamento; que entonces…
Todo esto está bien; todo es tan verdadero como inútil por ahora y fuera de propósito.
Y tantas otras cosas particulares que anuncia expresamente esta profecía admirable, ¿qué sentido pueden tener? Parece que ninguno; pues todas se disimulan, y todas se omiten, porque no es dable explicarlas.
La segunda explicación, comunísima aun entre los intérpretes más literales, o que tienen este nombre, no pudiendo acomodar la profecía con todo su contexto a la bienaventuranza eterna de los santos, después de la resurrección universal (pues se habla en ella de generación y corrupción, de muerte o de pecado, de jóvenes y viejos, de edificios, de viñas, de árboles, de leones, de bueyes, de serpientes, etc.), se acogen finalmente, como al último refugio capaz de salvar el sistema, a la pura alegoría.
Mas es cosa verdaderamente admirable, ver el modo embarazoso, confuso y oscurísimo con que se explican, o con que no se explican, unos hombres tan grandes.
El sistema tiene, sin duda, toda la culpa.
Ved una muestra:
He aquí que yo (dice Dios) creo nuevos cielos, y nueva tierra.
Esto es (dice la explicación), creo un nuevo mundo metafórico; conviene a saber, la Iglesia de Cristo, que es mucho más amplia, más adornada, y más augusta que la sinagoga, y es como un nuevo mundo.
¡Qué verdad! Mas, ¡qué verdad tan fuera de tiempo y de lugar, y tan ajena a esta profecía!
Porque ved aquí que yo (dice Dios)  creo a Jerusalén por regocijo, y a su pueblo por gozo.
Esto es (dice la explicación) creo a la Iglesia de Cristo que se alegra y se goza en el Espíritu Santo.
No se oirá más en él voz de lloro, ni voz de lamento (dice Dios). No habrá allí más niño de días, ni anciano que no cumpla sus días: porque el chico de cien años morirá, y el pecador de cien años maldito será, etc.
Esto es (dice la explicación), en mi Iglesia todos llenarán sus días viviendo bien, y desempeñando rectamente los oficios y cargos de su edad; pero el que fuere en ella pecador, aun cuando tenga cien años, en nada se estimará; sino que será reprobado y maldito delante de todos.
¡Qué idea tan contraría a las que nos da nuestra historia, y también nuestros ojos y nuestros oídos!
Según los días del árbol (dice Dios), serán los días de mi pueblo, y las obras de las manos de ellos envejecerán. Mis escogidos no trabajarán en vano, ni engendrarán hijos para turbación (o no engendrarán hijos en maldición). Porque serán estirpe de benditos del Señor, y sus nietos con ellos.
El sentido es (dice la explicación), que mis fieles serán de larga vida, alegres, y bien sanos, lo mismo que si estuviesen en el estado primitivo de la inocencia, y comiesen los frutos del árbol de la vida.
El Padre Lacunza, por su parte, saca conclusiones:
Entonces se pregunta: las cosas que aquí se tiende a acomodar a la Iglesia presente, bajo el nombre de Jerusalén, ¿le competen a ella en realidad?
Estas cosas, hablando de la Iglesia, ¿son verdaderas? ¿No son todas visiblemente falsas?
Una profecía en que habla el Espíritu de Dios, ¿puede anunciar a la Iglesia presente, bajo el nombre de Jerusalén, cosas que no ha habido jamás en ella, ni las puede haber en la presente providencia?
Por ejemplo: que no se oirá en ella el llanto ni clamor; que no habrá joven ni viejo que no llene sus días,viviendo bien, y desempeñando rectamente los oficios y cargos de su edad; que todos sus fieles hijos vivirán muchos años, sanos y alegres, como si comiesen del árbol de la vida; que el que edificare una casa vivirá en ella; el que plantare una viña o un árbol gozará pacíficamente de sus frutos, sin temor de enemigos, etc.
Anuncios diametralmente opuestos hallamos a cada paso en los Evangelios; y la larga experiencia nos ha enseñado que estos anuncios de Cristo a su Iglesia, y aun a sus más fieles siervos, se han verificado con toda plenitud.
Más allá de que las miserias de la vida humana, la enfermedad, el dolor, el disgusto, la aflicción, el clamor, el llanto, etc., son males generales a todos los hijos de Adán, entrando incluso en este número los más inocentes, entre ellos los católicos romanos, los más fieles a Dios, los más justos y santos, a quienes se enderezan inmediatamente aquellas palabras del apóstol: los que quieren vivir piadosamente en Jesucristo, padecerán persecución; y aquellas del mismo Cristo: mas el mundo se gozará, y vosotros estaréis tristes… Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros.
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Sigamos con el comentario del Padre Lacunza, que va más en profundidad, y dice:
San Pedro Apóstol, que sin duda entendía mejor todas estas cosas, cita evidentemente esta profecía de Isaías de que hablamos, de la cual únicamente constan las promesas de cielos nuevos y tierra nueva…
El Apóstol pone estos nuevos cielos y nueva tierra según las promesas, no ahora, sino después que perezca esta tierra y estos cielos presentes.
Estos nuevos cielos y tierra nueva, que Dios promete, no pueden ser metafóricos y figurados; no pueden ser la Iglesia de Cristo.
¿Por qué?
Pues hace mucho que está en nuestro mundo la Iglesia de Cristo; y el cielo y tierra presentes, que son los mismos desde Noé hasta el día de hoy, no han perecido por el fuego; lo cual es una condición esencial para que las promesas de Dios tengan lugar.
Luego, o los cielos nuevos y la tierra nueva no pueden ser la Iglesia de Cristo; o la Iglesia de Cristo no está todavía en el mundo
¡A reflexionar, señores!
Sigue el Padre Lacunza:
Tampoco esta promesa de nuevos cielos y tierra nueva puede hablar para después de la resurrección universal.
¿Por qué?
Pues entonces ya no podrá haber muerte ni pecado, ya no podrá haber nuevas generaciones…; ya no habrá necesidad de edificar casas, ni plantar viñas, etc.; cosas todas expresas y claras en las promesas de Dios de nuevos cielos y tierra nueva.
Por lo tanto, son cosas evidentemente reservadas para otra época muy semejante a la de Noé, esto es, para la venida en gloria y majestad del Señor Jesús; pues Él mismo compara su venida con lo que sucedió en tiempo del diluvio.
Luego, después de esta época, en que creemos y esperamos que perezcan por el fuego estos cielos y esta tierra presentes, y antes de la resurrección general, deberán verificarse plenísimamente las promesas de Dios de nuevos cielos y nueva tierra, y sucederán las cosas que para esta época están reservadas según la profecía de Isaías.
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El Padre Lacunza pasa entonces a considerar los tiempos y las cosas que anuncia la profecía de Isaías. Y dice así:
Primeramente, los tiempos de que va hablando este gran Profeta, así en este capítulo LXV, como en los veinte y cuatro antecedentes, son evidentemente los tiempos próximos, y aun casi inmediatos a la venida del Señor, lo cual sería bueno y utilísimo tenerlo bien presente; los tiempos, digo, de la vocación, conversión y congregación, con grandes piedades, de las reliquias de Israel.
Dios vuelve otra vez los ojos a las reliquias preciosas del mismo Israel, a quienes anuncia y promete los nuevos cielos y nueva tierra, y todas las demás cosas particulares que deberán suceder en esos tiempos, así en Jerusalén y en Israel, como en todo el residuo de las gentes, a saber, la paz, la quietud, la seguridad, la justicia y santidad, la inocencia y simplicidad, las vidas largas de los hombres, como en los tiempos antediluvianos, etc.
En aquellos tiempos (en los cuales como dice San Pedro habitará la justicia) no morirá ninguno antes de la edad madura, dice Isaías: si alguno muriere de cien años, se dirá que ha muerto aún joven; si en esta edad muriere pecador, será maldito entonces, como lo es ahora, y como es necesario que sea en todo tiempo.
De donde se colige manifiestamente, que aun en medio de tanta justicia y conocimiento del Señor, que en aquel siglo venturo inundará toda nuestra tierra, no por eso faltarán del todo el pecado y los pecadores; pues al fin, todos serán entonces tan libres como lo son ahora, y todos podrán hacer un uso bueno o malo de su libre albedrío.
El llanto, y el clamor, prosigue Isaías, que ahora son tan frecuentes en toda clase de gentes, no se oirán, o se oirán rarísima vez en aquellos tiempos felices. El que edificare una casa, vivirá en ella; el que plantare un árbol o una viña, gozará de sus frutos; no sucederá entonces lo que tantas veces ha sucedido en los siglos anteriores, esto es, que quien no ha edificado una casa, ni plantado una viña, se haga dueño y poseedor de ella, o por prepotencia o por derecho que llaman de conquista.
Los días de mi pueblo, prosigue el Señor, serán iguales o mayores que los del árbol que ha plantado, y el trabajo de sus manos lo verá envejecerse delante de sus ojos. Mis escogidos no trabajarán en aquellos tiempos inútilmente, ni engendrarán hijos para la esclavitud y maldición; antes serán una generación bendita del Señor, y sus hijos y nietos como ellos, etc.
Es verdad que todas estas cosas y otras semejantes, difíciles de numerar por su prodigiosa multitud, se dicen expresa, directa y nominalmente de la Jerusalén futura, y de las reliquias preciosas de los Judíos; mas por otros muchos lugares de la Escritura y del mismo Isaías, que ya hemos apuntado, parece claro, que las reliquias de todos los otros pueblos, tribus y lenguas, participarán abundantísimamente de todos estos bienes naturales y sobrenaturales, que primariamente se prometen a las reliquias de Abrahán, de Isaac y de Jacob.
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Pasando a conjeturar sobre estos nuevos cielos y nueva tierra, el Padre Lacunza interpreta de la siguiente manera:
Parece algo más que probable, que esta nuestra tierra, o este globo terráqueo en que habitamos, no está ahora en la misma forma ni en la misma situación en que estuvo desde su principio, hasta la gran época del diluvio universal.
Esta proposición bien importante se puede fácilmente probar con el aspecto actual del mismo globo, y con cuantas observaciones han hecho hasta ahora, y hacen cada día los más curiosos observadores de la naturaleza; mucho más si este aspecto y estas observaciones se combinan con lo que nos dice la Sagrada Escritura.
De esto se sigue legítimamente, y se concluye evidentemente, que nuestro globo terráqueo no está ahora como estuvo en los primeros tiempos, o en los tiempos de su juventud.
Y, por consiguiente, que ha sucedido en él algún accidente, grande y extraordinario, o algún trastorno universal de todas sus cosas, que lo hizo mudar enteramente de semblante, que obligó a las aguas inferiores a mudar de sitio, que convirtió el mar en tierra árida y también la tierra árida en mar, que hizo formarse nuevos mares, nuevos ríos, nuevos valles, nuevas colinas, nuevos montes; en suma, una nueva tierra, o un nuevo orbe diversísimo de lo que había sido hasta entonces.
Este accidente no puede ser otro, por más que se fatiguen los filósofos, que el diluvio universal de tiempos de Noé; en el cual, como dice el Apóstol San Pedro: hace tiempo existieron unos cielos y también una tierra surgida del agua y establecida entre las aguas por la Palabra de Dios, y que, por esto, el mundo de entonces pereció inundado por las aguas del diluvio; y, como dice el mismo Jesucristo: vino el diluvio y los arrastró a todos.
La misma causa general que produjo en todo nuestro globo un nuevo mar y una nueva tierra árida, mudó también necesariamente todo el aspecto del cielo, es decir, no solamente el antiguo orden y temperamento de nuestra atmósfera, sino el antiguo orden y disposición del sol, de la luna, y de todos los cuerpos celestes, respecto del globo terráqueo.
¿Qué causa general fue esta? La misma mano omnipotente y sapientísima, aunque invisible, del Criador y Gobernador de toda la máquina; el cual, indignado con toda la tierra, extremamente corrupta, la hizo moverse repentinamente de un polo a otro: inclinó el eje de la tierra 23 grados y medio, haciéndolo mirar por una de sus extremidades hacia la estrella que ahora llamamos polar; o hacia la extremidad de la cola de la osa menor.
Con esta repentina inclinación del eje de la tierra se debieron seguir al punto dos consecuencias necesarias:
Primera, que todo cuanto había en la superficie del globo, así líquido como sólido, perdiese su equilibrio; el cual perdido, todo quedase en sumo desorden y confusión, no menos horrible que universal; que todo se desordenase, todo se trastornase, todo se confundiese, cayendo todas las cosas unas sobre otras, y mezclándose todas entre sí; rompiéndose, como dice la historia sagrada, las fuentes del grande abismo; rompiendo también el mar todos sus límites y, derramando sus aguas sobre lo que entonces era árida o tierra, quedase todo nuestro globo enteramente cubierto de agua, como lo estuvo en los primeros momentos de su creación.
La segunda consecuencia que debió seguirse necesariamente de la inclinación del eje de la tierra fue que el círculo o línea equinoccial, que hasta entonces había sido una misma con la eclíptica, se dividiese en dos; y que esta última cortase a la primera en dos puntos diametralmente opuestos, que llamamos nodos, esto es en el primer grado de Aries, y en el primero de Libra.
De lo cual resultó que nuestro globo no mirase ya directamente al sol por su ecuador, sino solamente dos días cada año, el 21 de marzo y el 22 de setiembre: presentando siempre en todos los demás días del año nuevos puntos de su superficie al rayo directo del sol.
Y de aquí, ¿que resultó? Resultaron necesariamente las cuatro estaciones, que llamamos primavera, verano, otoño e invierno; las cuales, desde los días de Noé hasta el día del Señor, han sido, son y serán la ruina de la salud del hombre, y como un castigo o pestilencia universal, que ha acortado nuestros días, y los ha hecho penosísimos y aun casi insufribles.
Antes del diluvio no había estas cuatro estaciones del año, que en lo presente son nuestra turbación y nuestra ruina; sino que nuestro globo gozaba siempre de un perpetuo equinoccio.
En esta hipótesis, todo es fácil y parece que lo entendemos todo; así las observaciones de los naturalistas, como todo lo que se lee en las Santas Escrituras.
En esta hipótesis:
1º- todos los climas debía cada uno ser siempre uniforme consigo mismo, lo mismo en el mes de marzo que en el de junio; y lo mismo en este, que en septiembre y diciembre,
2º- la atmósfera de la tierra, siendo en todas partes uniforme, debía en todas partes estar quieta, con aquella especie de quietud natural que compete a un fluido cuando no es agitado violentamente por alguna causa externa que le obligue a perder su paz, su quietud, su equilibrio; y cual equilibrio no impide, antes fomenta en todos los fluidos un movimiento interno, suave, pacífico y benéfico de todas sus partes.
3º- no había ni podía haber nubes horribles, densas, oscuras por el concurso y mezcla de diversos vapores y exhalaciones de toda especie, no había frotamiento violento de una con otras por la contrariedad de los vientos; no se encendía en este frotamiento el fuego eléctrico; por consiguiente no había las lluvias gruesas, ni los truenos, ni los rayos que ahora nos causan tanto pavor y daños y ruinas reales y verdaderas, así en los habitantes de la tierra, como en todas las obras de sus manos.
De aquí resulta y debía resultar, naturalmente, que los resfríos, las pestilencias, las enfermedades de toda especie, que ahora son sin número, eran entonces o pocas o ningunas, y que los hombres y aun las bestias, vivían naturalmente diez o doce veces más de lo que ahora viven, muriendo de pura vejez, después de haber vivido sanos y robustos.
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El Padre Lacunza retrocede ahora para explicitar aún más el texto analizado.
San Pedro dice expresamente que aquel antiguo mundo antediluviano pereció anegado en agua; y que este presente mundo, que le sucedió, perecerá del mismo modo y en el mismo sentido por el fuego: El mundo de entonces pereció inundado por las aguas del diluvio, y los cielos y la tierra presentes, por esa misma Palabra, están reservados para el fuego.
De aquí se sigue legítimamente:
1º- que del mismo modo, y en el mismo sentido verdadero, en que aquel antiguo mundo pereció por el agua, este presente perecerá por el fuego.
2º- que así como aquel antiguo mundo no pereció en lo sustancial, sino solamente en lo accidental, esto es, se deformó horriblemente, mudándose de bien en mal; así este mundo que ahora es, tampoco perecerá en lo sustancial por el fuego, sino que se mudará solamente de mal en bien; recobrando por este medio su antigua sanidad, y volviendo a aparecer, tal vez con grandes mejoras, con toda aquella hermosura y perfección, con que salió al principio de las manos de su Criador: esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y
tierra nueva, en los que mora la justicia…
Con que los nuevos cielos y nueva tierra que esperamos después del presente, deben ser sin comparación mejores que los presentes. Y esto no solamente en lo moral, sino también en lo físico y material.
En lo moral, porque en él habitará la justicia. Estas palabras generales no se pueden decir con verdad ni del mundo presente, ni mucho menos del antiguo.
También en lo físico y material, porque el mundo nuevo que esperamos, lo esperamos según las promesas de Dios; y estas promesas, que sólo constan del capítulo LXV de Isaías, hablan expresa y claramente de una bondad moral y también física y material.
Esta gran mudanza que esperamos de nuestro mundo presente de mal en bien debe comenzar por donde comenzó en tiempo de Noé, de bien en mal; es decir, por la restitución del eje de la tierra a aquel mismo sitio donde estaba antes del diluvio, o lo que es lo mismo por la unión de la eclíptica con el ecuador; sin la cual unión o identidad, así como no puede haber un perpetuo equinoccio, así no pueden faltar las cuatro estaciones del año, las cuales estaciones son enemigas perpetuas e implacables de la salud del hombre.
Sin la restitución del eje de la tierra a aquel mismo sitio donde estaba antes del diluvio no se concibe alguna felicidad natural, grande, extraordinaria y digna de una nueva tierra y nuevos cielos.
No se halla cómo puedan entonces volver naturalmente, sin un continuo milagro, las vidas largas de los hombres, que se acabaron con el diluvio; ni cómo puedan verificarse tantas otras cosas admirables y magníficas que sobre esta felicidad natural, acompañada ya de la justicia, se leen frecuentemente en los Profetas.
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El Padre Lacunza dice que esta gran mudanza que esperamos de nuestro mundo presente de mal en bien debe iniciarse por donde comenzó, en tiempo de Noé, de bien en mal; es decir, por la restitución del eje de la tierra a aquel mismo sitio donde estaba antes del diluvio.
Veamos la aplicación que hace y las dos consecuencias generales y seis particulares a las que llega.
Si el perpetuo equinoccio vuelve a nuestra tierra, desterradas para siempre las cuatro estaciones enemigas, todo queda llano y facilísimo de concebirse y explicarse.
Primera consecuencia general: Lo primero que se comprende al punto, en esta hipótesis, son los anuncios terribles, que para el día grande del Señor se hallan a cada paso en los Profetas, en los Salmos, en los Evangelios, en los escritos de los Apóstoles y en el Apocalipsis.
Todos estos anuncios concuerdan entre sí, y concuerdan perfectamente con la hipótesis misma.
Para ver con los ojos esta concordancia, imaginemos por un momento que ahora en nuestros días sucede este enderezamiento del eje de la tierra, necesario para que la eclíptica y la equinoccial se unan entre sí y formen una misma línea individual.
Imaginemos también que desde cierta altura competente y segura observamos con buenos telescopios todas las cosas particulares que suceden aquí abajo como resultado natural y forzoso de la unión de estas dos líneas o círculos máximos, que ahora se cortan mutuamente, y producen en este corte oblicuo las cuatro estaciones enemigas.
En este caso, que suponemos repentino y violento, deben seguirse naturalmente todas las siguientes consecuencias anunciadas en la Sagrada Escritura:
Primera consecuencia particular: que nuestra tierra o nuestro globo, moviéndose de polo a polo (para enderezarse), se mueva realmente de su lugar: Pues esto es lo que se lee en Isaías, XIII, 13: Sobre esto turbaré el cielo; y se moverá la tierra de su lugar a causa de la indignación del Señor de los ejércitos, y por el día de la ira de su furor.
Y en XXIV, 19, el mismo Profeta dice: conmovida sobremanera será la tierra, será agitada muy mucho la tierra como un embriagado… y la agobiará su maldad.
Yo completo las citas, trayendo la del Profeta Ageo, 2, 7: Porque así dice Yahvé de los ejércitos: Una vez más, y esto dentro de poco, conmoveré el cielo y la tierra, el mar y los continentes.
Conmoveré: los Profetas pintan con estas imágenes de revolución terrestre y cósmica el juicio y la segunda venida de Cristo.
Fillion observa a este respecto que “la mayoría de los Profetas suponen, cuando anuncian la era mesiánica, que ella será precedida de grandes perturbaciones en el mundo pagano, para llevarlo a doblegarse bajo la ley del verdadero Dios “. Y agrega que “esas perturbaciones son simbolizadas baja la figura de revoluciones producidas en el mundo material”
Veamos la explicación que de aquel versículo del Profeta Ageo hace San Pablo en su Epístola a los Hebreos, 12, 26:
“Si aquellos que recusaron al que sobre la tierra promulgaba la revelación no pudieron escapar al castigo, mucho menos nosotros, si rechazamos a Aquel que nos habla desde el cielo: cuya voz sacudió entonces la tierra y ahora nos hace esta promesa: “Una vez todavía sacudiré, no solamente la tierra, sino también el cielo”. Esto de “una vez todavía” indica que las cosas sacudidas van a ser cambiadas, como que son creaturas, a fin de que permanezcan las no conmovibles. Por eso, aceptando el reino inconmovible, tengamos gratitud por la cual tributemos a Dios culto agradable con reverencia y temor. Porque nuestro Dios es fuego devorador”.
San Pablo cita al Profeta Ageo según la versión de los Setenta, que coincide con el texto hebreo. El Apóstol acentúa las palabras “una vez todavía” queriendo mostrar a los hebreos que los bienes definitivos que Israel esperaba del Mesías, a quien rechazó, se cumplirán plenamente en Cristo resucitado.
Segunda consecuencia particular: que moviéndose la tierra violentamente de un polo a otro, piensen todos sus habitadores que los cielos o todos los cuerpos celestes, sol, luna, planetas y estrellas, se mueven con la misma violencia o ligereza en sentido contrario.
Esta apariencia o ilusión es tan frecuente como natural: los que navegan con buen viento, a vista de alguna tierra o peñasco, o nube fija e inmóvil, se figuran que su navío o barco está quieto en un mismo lugar, y que los otros objetos que tienen a la vista son los que se mueven hacia el rumbo diametralmente opuesto.
Pues, esto es lo que se lee en el texto de San Pedro, tantas veces citado, II Pedro, III, 10: Vendrá, pues, como ladrón el día del Señor; en el cual pasarán los cielos con grande ímpetu.
Esto es lo que se lee en el Apocalipsis, 6, 14: el cielo se recogió como un libro que se arrolla.
Tercera consecuencia particular: que moviéndose la tierra violentamente de un polo a otro, se turbe y oscurezca horriblemente toda nuestra atmósfera, y que esta turbación y mezcla de tantas partículas heterogéneas, que nadan en ellas, nos impida por entonces el aspecto libre de los cuerpos celestes; no como lo hacen ahora las nubes (las cuales, aunque sean densísimas, siempre dejan pasar muchos rayos de luz, suficientes para distinguir el día de la noche); sino de otro modo insólito y mucho más horrible, que sin ocultarnos del todo estos cuerpos celestes, nos los hagan aparecer ya negros, ya pálidos, ya sanguíneos, produciendo en nuestra superficie otra especie de oscuridad muy semejante a las tinieblas de Egipto, de quienes se dice en el libro de la Sabiduría, XVII, 5: Ni las llamas puras de las estrellas podían alumbrar aquella noche horrorosa.
Pues esto es lo que se anuncia en Isaías, L, 3: Vestiré los cielos de tinieblas, y les pondré un saco por cubierta.
Esto es lo que se anuncia en Zacarías, XIV, 7: Habrá un día conocido del Señor, que no será ni día ni noche: mas al tiempo de la tarde habrá luz.
Esto es lo que se anuncia en el Evangelio, Luc. XXI, 25: Habrá señales en el sol, y en la luna, y en las estrellas; y en la tierra consternación de las gentes.
Esto es lo que se anuncia en el Apocalipsis, VI, 12: He aquí fue hecho un gran terremoto, y se tornó el sol negro como un saco de cilicio; y la luna fue hecha toda como sangre.
Cuarta consecuencia particular: que moviéndose la tierra violentamente de un polo a otro, todas cuantas cosas se hallan en su superficie, pierdan su equilibrio, el cual perdido, todas caigan unas sobre otras confusa e irremediablemente, así como sucedió en los días de Noé, al inclinarse el eje de la tierra.
Pues esto es lo que se anuncia en Isaías, XXX, 25: En el día de la mortandad de muchos, cuando cayeren las torres.
Esto es lo que se anuncia en el Apocalipsis, XVI, 19: Cayeron las ciudades de las gentes…-Y toda isla huyó, y los montes no fueron hallados.
Quinta consecuencia particular: que moviéndose la tierra de un polo a otro, pierdan también su equilibrio, por la misma causa general, las aguas del mar; el cual perdido, se alboroten y se conturben, se derramen sobre muchos lugares, de lo que ahora es árida, y espanten con sus bramidos horribles aun a los que se hallan distantes de sus playas.
Pues esto es lo que se anuncia expresamente en el Evangelio, Luc. XXI, 26: Y en la tierra consternación de las gentes por la confusión que causará el ruido del mar, y de sus ondas. Quedando los hombres yertos por el temor y recelo de las cosas que sobrevendrán a todo el universo.
Sexta consecuencia particular: que moviéndose la tierra violentamente de un polo a otro, no solamente se conturbe toda la atmósfera y se enturbie, se oscurezca por la multitud de vapores y exhalaciones de toda especie, como vimos en la tercera consecuencia; sino que, mezclándose estas entre sí, y chocando violenta y confusamente las unas con las otras, exciten con este frotamiento el fuego eléctrico y produzcan por consiguiente una prodigiosa multitud de rayos, los cuales consuman y conviertan en ceniza la mayor y máxima parte de los hombres, y de las obras de sus manos.
Pues esto es lo que se anuncia frecuentísimamente en las Escrituras.
Esto es lo que se lee en el Salmo XVII: Tronó desde el cielo el Señor, y el Altísimo dio su voz: pedrisco y carbones de fuego. Y envió sus saetas, y los desbarató; multiplicó relámpagos, y los aterró.
Esto es lo que se lee en el salmo XCVI: Fuego irá delante de él, y abrasará alrededor a sus enemigos. Alumbrarán sus relámpagos la redondez de la tierra; los vio la tierra y fue conmovida.
Esto es lo que se lee en el Evangelio, Mt. XXIV, 29, cuando se dice: Las estrellas caerán del cielo. Las cuales palabras, no pueden tener otro verdadero sentido.
En fin, esto mismo es lo que se lee en el Apocalipsis, VI, 13: Las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como la higuera deja caer sus higos, cuando es movida de grande viento. Y por temor de estas estrellas metafóricas, prosigue San Juan, se esconderán los hombres, aun los más animosos, en los subterráneos, en las cuevas, en las aberturas de los más grandes peñascos, a quienes dirán: Caed sobre nosotros, y escondednos de la presencia del que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero; porque llegado es el gran día de la ira de ellos; ¿y quién podrá sostenerse en pie?
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Segunda consecuencia general: Terminado finalmente este gran día, pasada la horrible tempestad, exterminados en ella todos los impíos y pecadores, unidas perfectamente en una misma individual línea la eclíptica y el ecuador, sosegada toda la atmósfera, aclarado el aire, quieto el mar y congregadas todas sus aguas en el lugar que le fuere entonces señalado, debe luego necesariamente aparecer otra nueva tierra, otro nuevo orbe terráqueo, diversísimo en todo de lo que es al presente, así como este presente apareció diversísimo en todo después de pasado el diluvio de Noé, en el cual quedó anegado y pereció el orbe primitivo.
Debe aparecer otro orbe nuevo, otra atmósfera nueva, otros nuevos climas, y también otro nuevo aspecto aun en el cielo sidéreo; y todo tan bueno, a lo menos, como lo fue en su estado primitivo.
Digo a lo menos, porque me parece, no sólo posible, sino sumamente verosímil, que por respeto y honor de una persona de infinita santidad, cual es un Hombre Dios, por quien y para quien, como dice San Pablo, fueron criadas todas las cosas, se renueve y se mejore todo en nuestro orbe, dándosele a este en lo natural (así como se le ha de dar en lo moral) un nuevo y sublime grado de perfección: Pero esperamos según sus promesas cielos nuevos y tierra nueva, en los que mora la justicia… Y dijo el que estaba sentado en el trono: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas.
Con todo lo cual concuerda el Apóstol, cuando dice, Ef., I, 9-10: Según su beneplácito, que había propuesto en sí mismo, para restaurar en Cristo todas las cosas en la dispensación del cumplimiento de los tiempos.
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¡Qué magnífica visión!
Dejo por el momento al Padre Lacunza, para retomar luego su comentario.
La paz invadirá al mundo; “la justicia y la paz se besarán”.
Esta paz general es imagen de la restauración de todas las cosas en y por Jesucristo.
Las imágenes por las que se describe la paz mesiánica recuerdan los días del Paraíso, que el Redentor ha de restaurar de una manera más sublime cuando aparte de la naturaleza la maldición que sobre ella pesa y cuando aparezcan un cielo nuevo y una tierra nueva.
No se han cumplido todavía estos vaticinios sobre la paz perfecta.
Dice Fillion: “La realización completa no tendrá lugar sino en la consumación de los tiempos; porque en esta tierra, donde el mal subsistirá siempre al lado del bien, no se puede buscar un cumplimiento perfecto”.
La actual búsqueda, indebida e infructuosa, de la paz entre las naciones y los continuos inicuos pactos de seguridad son una señal de que no hay paz, pues la tan deseada paz mundial no podrá realizarse sin la sumisión y obediencia a la ley divina.
Así se explica que los paganos, los pérfidos, los herejes, los cismáticos y los apóstatas no sean capaces de este ideal, porque van tras sus ídolos.
Rechazado el Príncipe de la Paz, las promesas de un mundo mejor sólo pueden fundarse, sea sobre el orgullo que cree en las fuerzas propias del hombre caído, sea en el príncipe de este mundo y su lugarteniente, el Anticristo.
Cuadro maravilloso, pues, de una nueva plasmación del universo. Cuidémonos muy bien de “espiritualizar” estas grandes verdades, o de diluirlas en alegorías o metáforas poéticas.
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“Esto mismo es lo que Jesucristo había anunciado con el expresivo nombre de palingenesia, el nuevo nacimiento, la regeneración, la renovación del mundo presente; idea que ya en tiempos pasados había expresado el Profeta Isaías” (Fillion).
De esto mismo, es decir, de la Parusía, cuyo misterio, dice el Cardenal Billot, es el alfa y la omega, el principio y el fin, la primera y la última palabra de la predicación de Jesús.
San Pedro hace notar la atención que también le prestó San Pablo en todas sus Epístolas a este sagrado asunto que tanto se olvida hoy.
Contra esos ignorantes y superficiales se indigna San Jerónimo diciendo: “Enseñan antes de haber aprendido y descaradamente se permiten enseñar a otros una materia que ellos mismos no comprenden”
Nótese el contraste entre esos que deforman las Epístolas de San Pablo y toda la Escritura, y los fieles de Berea que, a la inversa, estudian el mansaje del Apóstol a la luz de la Escrituras: “Aceptaron la palabra de todo corazón. Diariamente examinaban las Escrituras para ver si las cosas eran así” (Hechos, 17, 11).
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Aparece a la vista de los elegidos un cuadro nuevo y definitivo, por lo cual se trata de lo que San Pablo hace vislumbrar en I Cor 15, 24 y 28 = Luego, el fin, cuando entregue a Dios Padre el Reino, después de haber destruido todo Principado, Dominación y Potestad. Porque es necesario que Él reine hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo en ser destruido será la Muerte. Porque ha sometido todas las cosas bajo sus pies. Mas cuando diga que “todo está sometido”, es evidente que se excluye a Aquel que ha sometido a él todas las cosas. Cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquel que ha sometido a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todo.
Y así regresamos a la Epístola del Cuarto Domingo de Pentecostés que vamos comentando: Hasta la creación inanimada, que a raíz del pecado de los primeros padres fue sometida a la maldición, ha de tomar parte en la felicidad del hombre.
De la transformación de las cosas creadas nos hablan tanto los vates del Antiguo Testamento como los del Nuevo.
Los Santos Padres nos hacen notar que el Hijo de Dios precisamente se hizo hombre porque en la naturaleza humana podía abrazar simultáneamente la sustancia material y espiritual de la creación.
Es la promesa maravillosa de Efesios 1, 10 = dándonos a conocer el Misterio de su voluntad según el benévolo designio que en él se propuso de antemano, para realizarlo en la plenitud de los tiempos: reunirlo todo en Cristo, las cosas de los cielos y las de la tierra.
Cristo es, tanto en el mundo cósmico como en el sobrenatural, centro y lazo de unión viviente, principio de armonía y unidad.
Todo lo que estaba disperso por el pecado, tanto en el mundo sensible como en el mundo espiritual, Dios lo reunirá y lo volverá definitivamente a Sí por Cristo; el cual, así como es por la creación principio de existencia de todas las cosas, también es por la Redención principio de reconciliación y de unión para todas las creaturas.
Es la consumación de la que hablan el Profeta Isaías, San Pedro y San Juan en el Apocalipsis.
Y San Pablo, escribiendo a los colosenses, dice: Cristo es la Imagen del Dios invisible, el Primogénito de toda la creación; porque en Él fueron creadas todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades. Todo fue creado por Él y para Él. Él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en Él su consistencia. Él es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia. Él es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea Él el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en Él toda la Plenitud, y por Él reconciliar consigo todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos.
Estos versículos, de esta Epístola esencialmente cristológica, muestran la singularidad y absoluta majestad de la Persona de Jesucristo.
Él constituye el principio y el fin del universo.
Por Él reconciliar consigo todas las cosas: que el cosmos total, aun en su existencia y actividad, sea incluido en Cristo.
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Retomo al Padre Lacunza que dice: Y llega, entonces, la conclusión, maravillosa como toda la Sagrada Escritura:
Y veis aquí concluido el siglo presente, y llegado a su fin el día de los hombres. Veis aquí la consumación y fin del siglo, de que se habla tanto en las Escrituras, especialmente en los Evangelios.
Veis aquí amanecido el día claro del Señor, y el principio del siglo venturo, del cual se habla mucho más, y con igual o mayor claridad; aquí empieza ya a manifestarse en nuestra tierra aquel reino de Dios, que tantas veces pedimos que venga: Adveniat regnum tuum; aquí empieza la revelación o manifestación de Jesucristo, y el día de su virtud en los resplandores de los santos.
Aquí empieza la revelación de los hijos de Dios, que no son otros sino los santos, que vienen con Cristo resucitados, o los correinantes, sobre cuyo gran misterio se puede consultar al Apóstol San Pablo (y sería bien consultarlo luego) en todo el capítulo VIII de la Epístola ad Romanos.
Aquí empiezan los mil años de San Juan, en cuyo principio debe suceder, en primer lugar, la prisión del diablo, con todas las circunstancias que se leen expresas en todo el capítulo XX del Apocalipsis.
Aquí abierto ya el Testamento Nuevo y Eterno del Padre, en que constituye al Hijo, en cuanto hombre, heredero de todas las cosas (Hebr, I, 2,), evacuado todo principado, potestad y virtud, y sujetas a este hombre Dios todas las cosas; empieza a reinar verdaderamente o ejercitar su virtud, su juicio y su potestad absoluta, mas llena de sabiduría, de bondad y equidad: El principado ha sido puesto sobre su hombro; y será llamado su nombre, Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre del siglo venidero, Príncipe de paz.
Aquí empieza a manifestarse más de cerca el misterio grande e incomprensible de haberse hecho hombre el mismo verbo de Dios, el mismo unigénito de Dios, el mismo Dios.
Aquí, en suma, se empieza a ver y conocer con mayor claridad el fin y término a donde se enderezaba omnis visio et prophetia.