viernes, 28 de noviembre de 2014

La nueva oración del Fariseo

El siguiente texto fue tomado del blog de la Sociedad Religiosa San Luis Rey de Francia, que sugerimos, como de costumbre, visitar.



SEÑOR: Aquí nos tienes, de pie y a la vanguardia de tu Iglesia. Somos los practicantes del catolicismo auténtico, el impoluto, el primi­tivo, renacido con el post-Concilio Vaticano II.

SEÑOR: Gracias te damos porque nosotros no somos como esos católicos miopes, cerrados, inquisitoriales y supersticiosos que todavía nos rodean postrados y sumidos a la tradición caduca, y a las Jerar­quías perimidas. Nosotros somos los que ahora sabemos solo del "Cristo Cósmico”, el que junta y mezcla a todos los hombres, sea cual fuere su fe y su ideología.

SEÑOR: Nosotros somos los que evitamos la “inflación Mariana” y nos apena tanto fetichismo de medallas y rosarios, imágenes y ex­votos, mensajes celestiales y milagrería barata. Nosotros somos los que queremos, acaso, los templos de paredes lisas y peladas, crucifijos de hierros, ininteligibles y retorcidos, de imágenes sublimadas en un puro simbolismo que no estorben nuestra cristocéntrica oración salmódica, o mental inexistente.

SEÑOR: Nosotros tenemos compasión de las viejas beatas y sus inútiles monsergas. Definimos como beaterías insoportables y monólo­gos sosos: la acción de gracias en la Comunión, la monotonía de las novenas, y todas las inoperantes devociones medioevales. Ahora ha lle­gado la hora de la acción-orante convertida en Bienestar Social.

SEÑOR: ¡Qué bien entendemos las exigencias de nuestro moderno cristianismo! Aborrecemos, por tanto, todo triunfalismo en tu Pura, aérea, invisible e insustancial Iglesia: tal como Tú la fundaste, exenta de juridicismo, escolasticismo y ostentosos formalismos litúrgicos. Comprendemos que tu Iglesia debe ser totalmente espiritual, sin pesado moralismo y con una dogmática simbólica, asistemática a toda ascética. Nosotros, Señor, vamos a borrar de tu Esposa los estigmas de la funesta era Constantiniana, y del fatídico Concilio de Trento y el de Nicea.

SEÑOR: Nosotros somos los que creemos que el ideal es el Estado laico y socialista, la Escuela sin religión obligatoria, el cura sin sotana, el Templo sin campanas, la evangelización sin conversiones, el Bautismo en edad madura, la Misa dominical facultativa, la disimulada suspensión total y paulatina de la Eucaristía; todo ello, en pro de un Ecumenismo fraternal y pleno con nuestros hermanos los comunistas, masones, ju­díos ateos, y todos los hermanos separados.

SEÑOR: No podemos tolerar a los Integristas, que tanto daño ha­cen a tu Iglesia con su cerrazón contra-reformista, viviendo todavía en las tinieblas del "Syllabus" al que, en ciertas expresiones, desgraciada­mente, ahora parecería acercarse nuestro venerado Paulo VI.

SEÑOR: ¡Danos católicos con mentalidad nueva! ¡Danos jerarquía y clero en pleno "aggiornamento’'! Católicos que no den importancia al Sexto Mandamiento (¿o es el Séptimo?) .y solamente se inflamen con la caridad, es decir, que sepan callar caritativamente los dogmas estan­cados en las caducas fórmulas escolásticas, para devenir en un continuo mundo evolutivo y progresista. Fieles católicos de mentalidad abierta y dialoguista, de moral flexible y ecumenista, de testimonio sin palabras evangélicas y sí con hechos prácticos.

SEÑOR: ¡Líbranos de los católicos con espíritu de Cruzada! ¡Lí­branos de los curiosos y pedantes católicos Apocalípticos! ¡Líbranos de los teólogos pesimistas y aguafiestas! ¡Concédenos, Señor, más bien, el signo de la pobreza más eficiente en nuestra hora, que es el despojo y desmantelamiento de nuestros templos, y que nuestros Obispos sean elegidos democráticamente por el pueblo laical, con los votos de los militantes y seguidores de Congar y Teilhard de Chardin, en esta era venturosa que ha nacido para tu Santa Iglesia.

SEÑOR: Te rogamos que pronto, nuestros sacerdotes celebren la Misa sin ornamentos, o que no la celebren, si les place. Que resuenen en nuestros templos, pronto, las alegres estridencias de la música que es grata al corazón de nuestras juventudes "hippies": guitarras, pan­deretas, saxofones y matracas; castañuelas, bombos y bandoneones. ¡Que caigan Señor, los últimos restos de arcaicas maniguncias!

SEÑOR: Escucha nuestra oración, la de tus católicos "aperturistas y modernistas", los únicos católicos sinceros, los que han existido en todos los siglos —aunque dormidos— empeñados en la purificación de tu Iglesia, cargada con tantos lastres inútiles, mientras nosotros, ento­namos desde ahora el "mea culpa" gratuito por sus manchas y pecados.

SEÑOR: Para que nuestro testimonio sea más tangible, permite Señor, que este ardiente himeneo entre tu Iglesia y el Mundo se vea coronado, ya sin hipocresía, con la supresión del celibato eclesiástico, que se legalice universalmente el divorcio, se canonice al onanismo y al homosexualismo, y que en las puertas de tus templos se regalen las píldoras anti-conceptivas. Esto será Señor, la puesta al día de tu inma­culada Esposa, en cálida amistad con el Comunismo y Capitalismo como mancebos aliados a tu gloria, en pacífica coexistencia con todas las confesiones y credos, suprimida toda exterioridad que separa, borrados los Santos y las beatitudes que molesten, y eliminados de su seno a todos los católicos negativos: los de la moral del “no” y los anatemas.
ENTONCES, SEÑOR: Será el Paraíso en la tierra; frenado y anu­lado para siempre el dogma cavernícola de la infalibilidad pontificia, tu Iglesia será pura, repura, ¡recontrapura! y habremos llegado así a la cosmovisión plena del Sr, al punto Omega, a la integración con la Divinidad, hasta desaparecer todos, en el Todo.
AMEN

“Ibis ad Epístolam Alienam"
(Traduc.: "Irás a Cartagena")

Un comentario interesante

Nuestro lector y comentarista Jorge, nos dejó la siguiente reflexión en la entrada sobre el caso Galileo. El destacado es nuestro. 

Los católicos siempre han tenido cierta torpeza en las batallas por la opinión pública. Es el caso de las disputas en torno a Galileo que fueron utilizadas para presentar a la Iglesia como enemiga de la Ciencia.
Lo mas notable es que a esa falsa dialéctica entraron por un lado muchos científicos (pareciera que la ciencia debe ser atea para ser buena ciencia) y por el otro lado entraron, y todavía entran muchos católicos tradicionalistas, defendiendo el geocentrismo, o que la tierra tiene 6000 años, como si la única lectura que se pudiese hacer de la biblia fuese la literal pura y dura, (en una comprensible reacción defensiva ante el modernismo).

La Iglesia misma rectificó bastante rápidamente quitando los libros de Galileo y Kepler del Índice, y mediante la excelente encíclica para la interpretación sana de las escrituras de León XIII, PROVIDENTISSIMUS DEUS, y mediante la encíclica IN PREACLARA SUMMORUM de Benedicto XV.

Pero no hubo caso, el daño estaba hecho y la leyenda negra de que la Iglesia se opone a las ciencias naturales quedo grabada en la historia. Por supuesto, el diablo se frota las manos con esta disputa, por un lado lleva a los científicos al ateísmo y por el otro lleva a los creyentes al irracionalismo.
Además se agrega el problema actual de que ya no hay "nadie" en Roma que pueda seguir la línea de estos Papas que mencioné arriba (y Pio XII) y hacer una doctrina segura para los cristianos corrigiendo tanto desatino.

jueves, 27 de noviembre de 2014

Una nueva apostasía

En los momentos de crisis histórica, en los momentos en los que la Iglesia parece a merced de sus enemigos, es cuando, precisamente, surgen los grandes sistemas apologéticos, cuando se desarrollan sistemas teológicos capaces de responder a los ataques y embates.  Ahora ¿Cómo surgen las herejías? Ya sabemos que San Pablo nos dijo que eran inevitables, y de hecho, necesarias para purificar la fe. También, tienen la utilidad de permitir probar a quienes son fieles a la Verdad y quienes, en cambio, están infiltrados. (I Cor 11: 9)

Quisiera ahora hacer dos reflexiones. La primera apunta a lo que reveló el neo-modernismo que, por medio del golpe maestro de Satanás usurpó los templos y la misma sede de San Pedro. La segunda, se refiere a la necesidad de una teología en éste momento de crisis. Porque, en efecto ¿Alguien dudaría de la fortaleza de la Iglesia Católica en la primera mitad del Siglo XX? ¿Acaso la Iglesia no había resistido al nazismo? ¿Acaso el Papa Pío XII no era admirado por todos los hombres como el hombre que le hizo frente al nacionalsocialismo y al fascismo en todas sus formas? ¿No fue acaso la Iglesia Católica la única institución a la que los nazis no pudieron corromper? ¿Acaso la Iglesia no se glorió de ser, nuevamente, martirizada y perseguida en una Alemania que apostataa en el neo-paganismo germano? Y mientras los protestantes pactaban y aceptaban su jerarquía filo-nazi, la Iglesia Católica denunciaba el racismo ateo y el endiosamiento del Estado, siguiendo la doctrina de siempre, recordada por el Papa Pío XI.

¿Y que pasó con esa Iglesia? La jerarquía católica, los cardenales, los obispos, los monseñores y hasta los presbíteros y diáconos, todos ellos educados en el más férreo neoescolasticismo en el cual León XIII había puesto sus esperanzas como fiel defensa contra las doctrinas erróneas y modernas, apostató en el plazo de dos décadas. ¡Veamos las imágenes del Congreso Eucarístico que se celebró aquí en Argentina! Todos los allí presentes, todos, salvo contadísimas ecepciones aceptaron el Concilio Vaticano II y sus falsas enseñanzas! ¡Salvo un remanente, todos abandonaron la Misa de su ordenación por la Misa Bastarda de Paulo VI!

¿Y qué fue de todos esos canonistas y teólogos previos al Concilio? ¿Qué fue de todas esas tesis que tanto citaban y glosaban al Doctor de Aquino? ¿Que fue de todos aquellos que defendían la unidad y la unicidad de la Iglesia? ¿Cómo fue posible que todas esas mentes, que todos esos espíritus tan "esclarecidos" aceptaran sin chistar, primero la Pacem in Terris y luego a Paulo VI y el Concilio que él condujo y promulgó? Cierta vez, un sacerdote amigo me dijo "se cansaron de mentir". Sí, quizás fue eso. Quizás no... quizás la raíz de la apostasía general de la Jerarquía Católica hay que buscarla en la educación recibida en los seminarios, hay que buscarla en esa obediencia de raíz jesuítica que predicó un sometimiento al Papa sin dudarlo... pero... hay que recordarlo, un sometimiento hipócrita, surepticio, deficiente, mezquino e interesado. Mientras el Papa no los condenara, ellos estaban con el Papa, cuando el Papa los censuraba, ellos desdibujaban la censura o la condena y se ponían como víctimas... eran la "resistencia", primero frente a los "cripto-calvinista", como Suarez llamó a los Dominicos, luego los "jansenistas" acusación que lanzaron incluso contra el Cardenal De Noris y casi todos los agustinos, luego, contra los cismontanos, luego, contra los "conservadores" o "tradicionalistas".

Ese jesuitismo derivó y se propagó como un "catolicismo sansulpiciano", un catolicismo amigo de las repeticiones, enemigo del pensamiento y la inteligencia. Se abandonó la Patrística, primero porque estaba Santo Tomás que citaba a los Padres... luego se abandonó Santo Tomás porque había muchos comentaristas de la Suma... y la apostasía de la fe fue precedida de por una apostasía de las
inteligencias.

Hoy, que la Iglesia está en las catacumbas, se hace menester un renacimiento del pensamiento teológico, una nueva y vigorosa apologética, un claro sistema filosófico que pueda poner en evidencia al modernismo y a todas sus máscaras. No obstante, podemos ver, con horror, como muchos católicos prefieren continuar en la senda que llevó a la crisis: el abandono en manos de líderes, el apego a una pseudo-jerarquía, esta vez, ni siquiera ordinaria, sino "extraordinaria" y que se ha colocado allí ella misma, abusando de los poderes y mandatos, todo en nombre de la epikeya... que tampoco ellos conocen ni comprenden.

Hoy, que la Iglesia está exiliada en el desierto, vemos como florecen pseudoteólogos y también pseudocanonistas, que tuercen el derecho, que sin conocer nada de historia, de filosofía, ni de teología, esbozan sus propias teorías y condenan a todos los que se opongan a sus caprichos a la hoguera. ¿Y que pasará entonces? ¿Veremos nuevamente caer a los que parecían fieles? ¿Veremos re-florecer una nueva Religión del Hombre en lugar de Dios?

Sabemos que La Iglesia no será destruida. Sabemos que la Iglesia Católica sobrevivirá hasta el final de los tiempos y que estará aquí, presente, cuando Cristo regrese en Gloria y Majestad, pero nos preguntamos, pero entonces... ¿Cuántos quedarán? Sólo estando firmes en el fe podremos aguardar al Señor. Pero para ello, hoy más que nunca necesitamos una teología católica fuerte y seria.

Ni obispo ni sacerdote

Si algo sorprende en el universo "tradicionalista" es la cantidad de personas que, sin saber absolutamente nada de teología, gustan escribir, pontificar y condenar... eso si, todo según su propia conveniencia o conveniencia del grupo. Tras la publicación de la carta en la que nueve sacerdotes y compañeros de Daniel Dolan declaraban que su ordenación era por lo menos dudosa, e incluso citaban un conocido manual (básico para cualesquier seminarista), no faltaron los correos electrónicos y comentarios como el del visistante que dijo:

"Con la consagración episcopal se incluyen todos los ordenes inferiores. Por lo tanto Mons Dolan es verdadero obispo".

Todo esto sin una sola cita de ningún teólogo o cualesquier artículo, tesis o manual de teología sacramental, por más básico que fuera. Uno de los colaboradores del blog Pristrina Liturgica, nos envió la siguiente cita que debería ser suficiente para despejar dudas:

Teología Moral para Seglares, II (BAC, 1961), p. 494 , ❡c; "Si hay duda fundada y prudente sobre si faltó o no algo esencial, debe repetirse sub conditione la ordenación, aunque se hubiera recibido ya una orden superior, al menos si se trata de las tres órdenes que son ciertamente sacramento e imprimen carácter. Y así debe repetirse sub conditione la ordenación dudosa de diácono aunque se haya recibido ya el sacerdocio; y con mayor motivo debe repetirse la del presbiterado aunque se haya recibido ya la consagración episcopal, por cuanto es muy dudosa la validez de la consagración episcopal en uno que no sea previamente sacerdote. En este caso habría que repetir sub conditione las dos ordenaciones: la de sacerdote y la de obispo."

Esperamos que haya quedado claro. Para más información, recomendamos un artículo en inglés de Pristrina, donde se desarrolla mucho mejor el tema.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

La acusación a Daniel Dolan (La carta que muchos quieren ocultar)

La siguiente es la traducción de la carta que hemos publicado, en formato original hace sólo unos minutos.


21 de Septiembre de 1990

Estimado Padre Dolan:

En el curso del estudio que ha sido hecho sobre las ordenaciones y la consagración episcopal, se descubrió que las ordenaciones sacerdotales conferidas con una mano son dudosas y en la opinión de dos autores, el caso debería ser referido al Vaticano para que lo resuelva. (Ver Walter B. Clancy, J.C.L., The Rites and Ceremonies of Sacred Ordinations, The Catholic University of America Press, 1962, p. 70-71 y Rev. Clarence McAuliffe, S.J., Sacramental Theology, B. Herder Co., p. 361).

Puesto que su ordenación fue conferida con una mano, debemos sostener que es dudosa, a menos que se presenten pruebas que la ordenación con una mano es ciertamente válida.

Le instamos pues ad cautelam que deje de decir Misa, oír confesiones y administrar el sacramento de la Extremaunción hasta que se resuelva este problema.

Por favor, entienda que nuestra posición en este tema está basada únicamente en los dictados de la Teología Moral, y no tiene absolutamente nada que ver con las disputas que existen entre nosotros.

Le instamos además diligentemente a investigar el problema y a que nos haga saber cualquier descubrimiento que arroje luz sobre este tema,

Suyos en Cristo,

Thomas Zapp, Clarence Kelly, Martin Skierka, William Jenkins, Donald Sanborn, Thomas Mroczka, Daniel Ahern, Joseph Greenwell, & Paul Bamberger.

La carta que muchos quieren hacer desaparecer

Texto original enviado a Daniel Dolan. Para verla complet, haga click.


domingo, 23 de noviembre de 2014

San Buenaventura: Itinerario de la mente a Dios (Segunda parte)

Itinerario de la mente a Dios
De San Buenaventura
SEGUNDA PARTE



CAPITULO III
ESPECULACIÓN DE DIOS POR SU IMAGEN IMPRESA
EN LAS POTENCIAS NATURALES

1. Y porque los dos grados predichos, guiándonos a Dios por los vestigios suyos, por los cuales reluce El en todas las criaturas, nos llevaron de la mano hasta entrar de nuevo en nosotros, es decir, a nuestra mente, donde reluce la divina imagen; de ahí es que, llegados ya al tercer grado, entrando en nosotros mismos, como si dejáramos el atrio del tabernáculo, en el santo, esto es, en su parte interior es donde debemos procurar ver a Dios por espejo: allí donde, a manera de candelabro, reluce la luz de la verdad en la faz de nuestra mente, en la cual resplandece, por cierto, la imagen de la beatísima Trinidad.

Entra, pues, en tí mismo y observa que tu alma se ama ardentísimamente a sí misma; que no se amara, si no se conociese; que no se conociera, si de sí misma no se recordase, pues nada entendemos por la inteligencia que no esté presente en nuestra memoria, y con esto adviertes ya, no con el ojo de la carne, sino con el ojo de la razón, que tu alma tiene tres potencias. Considera, pues, las operaciones y las habitudes de estas tres potencias y podrás ver a Dios por ti, como por imagen, lo cual es verlo como por un espejo y bajo imágenes oscuras.

2. Y en verdad, la operación de la memoria es retener y representar no sólo las cosas presentes, corporales y temporales, sino también las sucesivas, simples y sempiternas. Pues retiene la memoria las cosas pasadas por la recordación, las presentes por la suscepción, las futuras por la previsión. Retiene también las cosas simples, cuales son los principios de la cantidad, ya discreta, ya continua, como el punto, el instante y la unidad, sin los cuales nada es posible recordar o pensar cuanto de ellos tienen principio. Retiene asimismo, los principios y los axiomas de las ciencias no sólo como eternos, sino también de modo eterno, pues, como uno use de la razón, nunca puede olvidarlos, de manera que en oyéndolos, no les preste asentimiento; y esto no como si empezara a comprenderlos entonces, sino reconociendo. los cual si le fueran connaturales y familiares, cosa que se hace patente, proponiendo a uno principios como éstos: "De cualquier ser o se afirma o se niega"; o también: "El toda es mayor que su parte", u otro axioma cualquiera al que no es posible contradecir por ser evidente en si mismo. Por lo tanto, a causa de la primera retención actual de las cosas temporales, a saber: de las pasadas, presentes y futuras, la memoria es una imagen de la eternidad, cayo presente indivisible se extiende a todos los tiempos. Por la segunda retención se ve que la memoria está posibilitada para ser informada no sólo del exterior por los fantasmas, sino también de arriba, recibiendo las formas simples que no pueden entrar por las puertas de los sentidos ni por las representaciones de objetos sensibles. Por la tercera retención tenemos que posee ella presente a si misma una luz inmutable, en la cual recuerda verdades invariables. Y así, mediante las operaciones de la memoria, está claro que el alma es imagen y semejanza divina, tan presente a sí misma como presente a Dios, a quien conoce en acto, aunque sólo en potencia sea capaz de poseerlo y de ser partícipe suyo.

3. La operación de la virtud intelectiva está en conocer el sentido de los términos, proposiciones e ilaciones. Entonces, en efecto, conoce el entendimiento los significados de los términos cuando viene a comprender por definición a cada uno de ellos. La definición, empero, ha de darse por términos más generales, y éstos han de definirse por otro, más generales todavía hasta llegar a los supremos y generalísimos, ignorados los cuales, no pueden entenderse los términos inferiores por vía de definición. De manera que sin conocer el ser por sí, no se puede conocer plenamente la definición de una substancia particular cualquiera. Tampoco puede ser conocido el ser por sí sin conocerlo con sus propiedades, que son: unidad, verdad y bondad. Y como el ser pueda concebirse como ser diminuto y como ser completo, como ser perfecto y como ser imperfecto. como ser en potencia y como ser en acto, como ser "secundum quid" y como ser "simpliciter", como ser parcial y como ser total, como ser transeúnte y como ser permanente, como ser por otro y como ser por sí mismo, como ser mezclado de no ser y como ser puro, como ser dependiente y como ser absoluto, como ser anterior y como ser posterior, como ser mudable y como ser no mudable, como ser simple y como ser compuesto; y como en manera alguna puedan conocerse las negaciones y los defectos si no es por las afirmaciones: cosa clara es que nuestra inteligencia no llega, por análisis, al conocimiento plenario de alguno de los seres creados, a no ser ayudada del conocimiento del ser purísimo, completísimo y absoluto, el cual es el ser "simpliciter" y eterno, ser en quien se hallan las razones de todas las cosas en su puridad. Y, de otra suerte, ¿cómo pudiera conocer la inteligencia que tal cosa es defectuosa e incompleta si ningún conocimiento tuviese del ser exento de todo defecto? Y procédase de esta manera en las demás condiciones ya tratadas.

Y entonces se dice, con toda verdad, que el entendimiento comprende el sentido de las proposiciones cuando sabe con certeza que son verdaderas, y saber esto es saber que no puede engañarse en tal comprensión. Sabe, en efecto, que tal verdad no puede ser de otra manera, sabiendo como sabe que esa verdad es inmutable. Pero, por ser mudable nuestra mente, no puede ver la verdad reluciendo tan inmutablemente si no es en virtud de otra luz que brilla de modo inmutable del todo, la cual es imposible sea criatura sujeta a mudanzas. Luego la conoce en aquella luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo, la cual es la luz verdadera y el Verbo que en el principio estaba en Dios.

Pero nuestro entendimiento entonces percibe, con toda verdad, el sentido de una ilación cuando ve que la conclusión se sigue necesariamente de las premisas, lo cual no sólo ve en los términos necesarios, sino también en los cotingentes; como, por ejemplo: si el hombre corre, el hombre se mueve. Y esta relación necesaria la percibe no sólo en las cosas existentes, sino también en las no existentes. Pues así como, existiendo el hombre, se sigue la conclusión si el hombre corre, el hombre se mueve, así también se sigue lo mismo, aunque el hombre no exista. Pero la necesidad de semejante ilación no viene de la existencia del ser en la materia, porque tal existencia es contingente; ni de la existencia de las cosas en el alma, ya que afirmarla en el alma, no existiendo realmente, vendría a ser una ficción: luego viene de aquella ejemplaridad del arte eternal, en la cual tienen las cosas aptitud y relación mutua, conforme está representadas en el arte eterna. Y es que, como dice San Agustín en el libro De vera Religione, la luz del que verdaderamente razona se enciende por aquella verdad y brega por llegar a ella. Por donde se ve a las claras cuán unido está nuestro entendimiento a la verdad eterna, pues nada verdadero puede conocer sino enseñado por ella. Con que por ti mismo puedes ver la verdad que te enseña, como las concupiscencias e imaginaciones no te lo impidan, interponiéndose como niebla entre ti y el rayo de la verdad.

4. Y la operación de la virtud electiva se echa de ver en el consejo, en el juicio y en el deseo. El consejo consiste en inquirir cuál sea lo mejor, esto o aquello. Pero nada se dice lo mejor sino por acceso a lo óptimo, y el acceso a lo óptimo consiste en la mayor semejanza; luego nadie sabe si una cosa es mejor que otra sin saber que se asemeja más a lo óptimo. Pero nadie sabe que una cosa es más semejante a otra sin conocer ésta, como que no sé si tal es semejante a Pedro sin saber o conocer quién es Pedro; luego en todo el que inquiere cuál sea lo mejor está impresa necesariamente la noción del sumo Bien.

Y el juicio cierto de las cosas, sujetas al consejo, viene de una ley. Nadie, en efecto, juzga con certeza en virtud de la ley si no está cierto no sólo de que la ley es recta, sino también de que no debe juzgarla; pero nuestra mente juzga de sí misma, y como no pueda juzgar de la ley, por la cual precisamente juzga, síguese que esa ley es superior a nuestra mente y que ésta juzga por aquella, según la lleva impresa en sí misma. Es así que nada hay superior a la mente humana sino Aquel que la hizo: luego nuestra potencia deliberativa, cuando juzga y resuelve hasta el último análisis, viene a tocar en las leves divinas.

El deseo, por último, versa, ante todo, sobre aquello que sumamente lo mueve. Sumamente mueve lo que suma. mente se ama; pero ámase sumamente ser feliz, y ser feliz no se consigue sino poseyendo lo óptimo y el fin último: luego nada apetece el humano deseo sino el sumo bien o lo que dice orden al sumo bien, o lo que tiene apariencia del sumo bien. Tanta es la eficacia del sumo bien que, si no es por su deseo, nada puede amar la criatura, la cual se engaña y cae en error precisamente cuando toma por realidad no que no es sino efigie y simulacro del sumo bien.

Ve por aquí cuán próxima a Dios está el alma y cómo la memoria nos lleva a la eternidad, la inteligencia a la verdad y la potencia electiva a la suma bondad, según sus respectivas operaciones.

5. Y si consideramos el orden, el origen y la virtud de estas potencias, el alma nos lleva a la misma beatísima Trinidad. Porque de la memoria nace la inteligencia como prole suya, pues entonces entendemos cuando la similitud, presente en la memoria, reverbera en el ápice del entendimiento, de donde resulta el verbo mental; y de la memoria y de la inteligencia se exhala el amor como nexo de entrambos Estas tres cosas - mente generadora, verbo y amor - están en correspondencia con la memoria, inteligencia y voluntad potencias que son consubstanciales, coiguales y coetáneas compenetrándose en mutua inexistencia. Siendo, pues, Dio, espíritu perfecto, tiene memoria, inteligencia y voluntad tiene, asimismo, no sólo su Verbo engendrado, sino también su Amor espirado, los cuales se distinguen necesariamente por producirse el uno del otro, no por producción esencial n por producción accidental, sino por producción personal. Considerándose, pues, el alma a sí misma, de si misma como por espejo se eleva a especular a la santa Trinidad del Padre, del Verbo y del Amor, trinidad de personas tan coeternos, tan coiguales y tan consubstanciales que cada una de ellas está en cada una de las otras, no siendo, sin embargo, una persona la otra, sino las tres un solo Dios.

6. A esta especulación que el alma tiene de su principio uno y trino, mediante sus potencias, trinas en número, por las que es imagen de Dios, la ayudan las luces de las ciencias, luces que la perfeccionan e informan y representan la beatísima Trinidad de tres maneras. Pues se ha de saber que toda la filosofía o es natural, o racional, o moral. La primera trata de la causa del existir, y por eso lleva a la potencia del Padre; la segunda, de la razón del entender, y por eso lleva a la sabiduría del Verbo, y la tercera, del orden del vivir, y por eso lleva a la bondad del Espíritu Santo.

Además, la primera - la filosofía natural - se divide en metafísica, matemática y física. De las cuales la una versa sobre las esencias de las cosas, la otra sobre los números y figuras, la tercera sobre las naturalezas, virtudes y operaciones difusivas. Y así, la primera nos lleva al primer Principio, que es el Padre; la segunda a su imagen, que es el Hijo: la tercera al don, que es el Espíritu Santo.

La segunda - la filosofía racional - se divide en gramática, que hace a los hombres capaces para expresarse; la lógica, que los hace agudos para argüir, y en retórica, que los hace valientes para mover o persuadir. Lo cual insinúa también el misterio de la misma beatísima Trinidad.

La tercera - la filosofía moral - se divide en monástica doméstica y política. De ahí que la primera insinúe la innascibilidad del primer Principio, la segunda la familiaridad del Hijo y la tercera la liberalidad del Espíritu Santo.

7. Todas estas ciencias tienen sus reglas ciertas e infalibles como luces y rayos que descienden de la ley eterna a nuestra mente. Por eso nuestra mente, irradiada y bañada en tantos esplendores, de no estar ciega, puede ser conducida por la consideración de si misma a la contemplación de aquella luz eterna. Y en verdad, la irradiación y consideración de semejante luz suspende a los sabios en admiración y, por el contrario, turba a los necios, cumpliéndose así lo que dijo el Profeta: Iluminando Tú maravillosamente desde los montes eternos, quedaron perturbados los de corazón insensato.


sábado, 22 de noviembre de 2014

San Buenaventura: Itinerario de la mente a Dios

Itinerario de la mente a Dios

De San Buenaventura
Primera parte


PRÓLOGO DEL ITINERARIO DEL ALMA A DIOS

1. En el principio invoco al primer Principio, de quien descienden todas las iluminaciones como del Padre de las luces, de quien viene toda dádiva preciosa y todo don perfecto, es decir, al Padre eterno por su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, a fin de que con la intercesión de la Santísima Virgen María, madre del mismo Dios y Señor nuestro, Jesucristo, y con la del bienaventurado Francisco, nuestro guía y padre, tenga a bien iluminar los ojos de nuestra mente para dirigir nuestros pasos por el camino de aquella paz que sobrepuja a todo entendimiento. Paz que evangelizó y dio Nuestro Señor Jesucristo, de cuya predicación fue repetidor nuestro padre Francisco, quien en todos sus discursos, tanto al principio como al fin, anunciaba la paz en todos sus saludos deseaba la paz, y en todas sus contemplaciones suspiraba por la paz extática, como ciudadano de aquella Jerusalén, de la que dice el varón aquel de la paz, que era pacífico con los que aborrecían la paz: Pedid los bienes de la paz para Jerusalén. Porque sabía que e trono de Salomón está asentado en la paz, según está escrito: Fijó su habitación en la paz y su morada en Sión.

2. En vista de esto, buscando, con vehementes deseos esta paz, a imitación del bienaventurado padre Francisco yo pecador que, aunque indigno, soy, sin embargo, su séptimo sucesor en el gobierno de los frailes, aconteció que a los treinta y tres años después de la muerte del glorioso Patriarca, me retiré, por divino impulso, al monte Alverna como a lugar de quietud, con ansias de buscar la paz del alma. Y estando allí, a tiempo que disponía en mi interior ciertas elevaciones espirituales a Dios, vínome a la memoria, entre otras cosas, aquella maravilla que en dicho lugar sucedió al mismo bienaventurado Francisco, a saber: la visión que tuvo del alado Serafín, en figura del Crucificado. Consideración en la que me pareció al instante que tal visión manifestaba tanto la suspensión del mismo Padre, mientras contemplaba, como el camino por donde se llega a ella.

3. Porque por las seis alas bien pueden entenderse seis iluminaciones suspensivas, las cuales, a modo de ciertos grados o jornadas, disponen el alma para pasar a la paz, por los extáticos excesos de la sabiduría cristiana. Y el camino no es otro que el ardentísimo amor al Crucificado, el cual de tal manera transformó en Cristo a San Pablo, arrebató hasta el tercer cielo, que vino a decir: Clavado estoy en la cruz junto con Cristo: yo vivo, o más bien, no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en mí; amor que así absorbió también el alma de Francisco, que la puso manifiesta en la carne, mientras, por un bienio antes de la muerte, llevó en su cuerpo las sacratísimas llagas de la Pasión. Así que la figura de las seis alas seráficas da a conocer las seis iluminaciones escalonadas que empiezan en las criaturas y llevan hasta Dios, en quien nadie entra rectamente sino por el Crucificado Y en verdad, que no entra por la puerta, sino que sube por otra parte, el tal es ladrón y salteador. Mas quien por esta puerta entrare, entrará y saldrá y hallará pastos. Por lo cual dice San Juan en el Apocalipsis: Bienaventurados los que lavan sus vestiduras en la sangre del Cordero para tener derecho al árbol de la vida y a entrar por las puertas de la ciudad Como si dijera: No puede penetrar uno por la contemplación en la Jerusalén celestial, si no es entrando por la sangre del Cordero como por la puerta. Nadie, en efecto, está dispuesto en manera alguna para las contemplaciones divinas que llevan a los excesos mentales, si no es, con Daniel, varón de deseos. Y los deseos se inflaman en nosotros de dos modos: por el clamor de la oración, que exhala en alaridos los gemidos del corazón, y por el resplandor de la especulación, por la que el alma directísima e intensísimamente se convierte a los rayos de la luz.

4 Por eso primeramente invito al lector al gemido de la oración por medio de Cristo crucificado, cuya sangre nos lava las manchas de los pecados, no sea que piense que le basta la lección sin la unción, la especulación sin la devoción, la investigación sin la admiración, la circunspección sin la exultación, la industria sin la piedad, la ciencia sin la caridad, la inteligencia sin la humildad, el estudio sin la gracia, el espejo sin la sabiduría divinamente inspirada.

Propongo, pues, las siguientes especulaciones a los prevenidos de la divina gracia, a los humildes y piadosos; los compungidos y devotos, a los ungidos con el óleo de la alegría y amadores de la divina sabiduría e inflamados en su deseo; a cuantos quisieren, en fin, ocuparse libremente en ensalzar, admirar y aún gustar a Dios, dándoles a entender que poco o nada sirve el espejo puesto delante al exterior; el espejo de nuestra alma no se hallare terso y pulido. Ejercítate, pues, hombre de Dios en el aguijón remordedor de la conciencia, antes de elevar los ojos a los rayos de la sabiduría que relucen en sus espejos, no suceda que de la misma especulación de los rayos vengas a caer en una fase más profunda de tinieblas.

5. Y plúgome dividir el tratado en siete capítulos, anteponiendo los títulos para la mejor inteligencia de lo que se irá diciendo. Ruego, pues, que se pondere más la intención del que escribe que la obra, más el sentido de las palabras que lo desaliñado del estilo, más la verdad que la graciosidad, más el ejercicio del afecto que la instrucción del intelecto.

A fin de que así suceda, la progresión de estas especulaciones no se ha de transcurrir superficialmente, sino que se ha de rumiar morosamente


viernes, 21 de noviembre de 2014

San Atanasio: Sobre el Verbo Encarnado

Una de las principales, sino la primordial y cardinal, herejías de la Iglesia Conciliar del Vaticano II es el arrianismo. Lo que sus sostenedores, incluso los apologistas más educados en teología e historia parecen desconocer u olvidar, que el arrianismo se funde con nociones gnósticas, como la debilidad y miseria de la carne y lo creado. De esta manera, el modernismo de la Iglesia Montiniana, la Iglesia de la Muerte y el Pecado, Iglesia del Anticristo, no sólo desfigura a Cristo, sino que además, promueve una moral anti-cristiana porque supone que el hombre está imposibilitado moralmente de ser elevado a Dios. El hombre moderno, dicen, no puede ser fiel a la doctrina y por lo tanto, debe amoldarse la doctrina para que el hombre moderno pueda "vivir la fe". Ante esto, presentamos aquí, en Sursum Corda, el siguiente texto de San Atanasio, campeón de la fe católica contra la herejía arriana.



El Verbo, al hacerse hombre, diviniza a la humanidad
(1, 42; Vives 416)

Le dio un nombre que está sobre todo nombre. Esto no está escrito con referencia al Verbo en cuanto tal, pues aun antes de que se hiciera hombre, el Verbo era adorado de los ángeles y de toda la creación a causa de lo que tenía como herencia del Padre. En cambio sí está escrito por nosotros y en favor nuestro: Cristo, de la misma manera que en cuanto hombre murió por nosotros, así también fue exaltado. De esta suerte está escrito que recibe en cuanto hombre lo que tiene desde la eternidad en cuanto Dios, a fin de que nos alcance a nosotros este don que le es otorgado. Porque el Verbo no sufrió disminución alguna al tomar carne, de suerte que tuviera que buscar cómo adquirir algún don sino que al contrario, divinizó la naturaleza en la cual se sumergía, haciendo con ello un mayor regalo al género humano. Y de la misma manera que en cuanto Verbo y en cuanto que existía en la forma de Dios era adorado desde siempre, así también, al hacerse hombre permaneciendo el mismo y llamándose Jesús, no tiene en menor medida a toda la creación debajo de sus pies. A este nombre se doblan para él todas las rodillas y confiesan que el hecho de que el Verbo se haya hecho carne y esté sometido a la muerte de la carne no implica nada indigno de su divinidad, sino que todo es para gloria del Padre. Porque gloria del Padre es que pueda ser recobrado el hombre que él había hecho y había perdido, y que el que estaba muerto resucite y se convierta en templo de Dios. Las mismas potestades de los cielos, los ángeles y los arcángeles, que le rendían adoración desde siempre, le adoran ahora en el nombre de Jesús, el Señor: y esto es para nosotros una gracia y una exaltación, porque el Hijo de Dios es ahora adorado en cuanto que se ha hecho hombre, y las potestades de los cielos no se extrañan de que todos nosotros penetremos en lo que es su región propia, viendo que tenemos un cuerpo semejante al de aquél. Esto no hubiera sucedido si aquel que existía en forma de Dios no hubiera tomado la forma de esclavo y se hubiera humillado hasta permitir que la muerte se apoderara de su cuerpo. He aquí cómo lo que humanamente era tenido como una locura de Dios en la cruz, se convirtió en realidad en una cosa más gloriosa para todos: porque en esto está nuestra resurrección.


El caso Galileo

Esta mañana, un lector, que no firmó, me envió el siguiente artículo, cuya lectura, y difusión recomiendo.
El caso Galileo

”Mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros;
no pretendo grandezas que superan mi capacidad”
Salmo 130
En la universidad, en un profesorado cualquiera e incluso en un colegio católico es difícil no haber oído jamás el nombre de Galileo Galilei, sin asociarlo a las palabras “intolerancia”, “persecución” o “caza de brujas”.
santa_inquisicionSegún narra el famoso periodista italiano Vittorio Messori, a mediados de la década del ‘90, una encuesta realizada entre los estudiantes de ciencias de todos los países de la Comunidad Europea, marcaba que casi el 30 de ellos tenía el convencimiento de que Galileo había sido quemado vivo en la hoguera por la Iglesia mientras que casi todos (el 97 %) estaban convencidos de que había sido sometido a torturas por sostener que la tierra se movía sobre su eje[1].
Símbolo de la “lucha incansable contra la intolerancia religiosa”, Galileo habría sido, en boca de muchos, un hombre que no se doblegó contra la “cerrazón y el absolutismo de la Iglesia, que dominaba las esferas del poder renacentista…”.
¿Es esto lo que Ud. piensa? Vayamos  por parte.
Para hablar de Galileo es necesario que nos remontemos al siglo XVI, pleno renacimiento italiano donde la ciencia y las artes se encontraban en ebullición; todo era nuevo y todo era un “renacer” desde las “tinieblas del Medioevo”, dando paso a “lo nuevo”; el mundo giraba y parecía avanzar en todos los ámbitos: el descubrimiento de América, la imprenta y los nuevos grandes inventos, sumados a una concepción “antropocéntrica” de la historia, hacían de Europa (y especialmente de Italia) un hervidero intelectual y artístico; el hombre había progresado y parecía haber llegado a la remota “edad dorada” de los antiguos (baste para ello ver la pintura y esculturas renacentistas para darse una idea).
GalileoEl campo de la astronomía no se quedaba atrás: la evolución de las teorías astronómicas había proporcionado una nueva mirada del mundo. Como sabemos, desde antiguo al hombre le interesó escudriñar las estrellas; veían nuestros ancestros –como ahora nosotros– el movimiento de los astros a través del firmamento y gracias a esa mirada atenta, todo parecía indicar que la Tierra estaba absolutamente quieta y que los planetas giraban en derredor suyo (geocentrismo). Sin embargo, ya en el siglo III A.C., Aristarcos de Samos, último alumno de Pitágoras, había propuesto, a grandes rasgos, el sistema heliocéntrico, es decir, que la tierra, girando alrededor de su eje, lo hacía a su vez alrededor del sol, dando origen al cambio de tiempos y estaciones. No obstante el planteo del pitagórico, su concepción no lograba imponerse por falta de pruebas contundentes; las sensaciones hacían (y hacen) que uno “viese” al sol moverse (y no a la tierra).
Como si fuera poco, en el siglo II de nuestra era, el gran Ptolomeo de Alejandría había establecido firmemente la teoría geocéntrica con toda su autoridad; teoría que habría de permanecer casi sin variaciones hasta el siglo XVII.
La revolución copernicana
Pero la ciencia no parecía estar conforme y seguía buscando una explicación, fue así que, más de mil años después de Ptolomeo, Nicolás Copérnico, sacerdote y científico polaco (1473-1543) fue requerido en 1514 por el concilio de Letrán para que aconsejara sobre la posibilidad de una reforma en el calendario. A raíz de sus investigaciones, el científico polaco declaró que la duración del año y los meses y el movimiento del sol y la luna, aun no eran suficientemente conocidos para intentar una reforma del estilo. El incidente, sin embargo, lo impulsó a hacer observaciones más exactas que, finalmente, sirvieron de base para completar el calendario gregoriano.
copernicusEl fruto de dichas investigaciones fue publicado bajo el título de “Sobre los Giros de los Cuerpos Celestes”, testimonio de sus incansables observaciones de los astros, donde postulaba la hipótesis[2] de que era el sol el que estaba quieto y de que todos los planetas, inclusive la tierra giraban en torno a él.
La ciencia frente al protestantismo
Pero eran tiempos difíciles para Europa y Copérnico, a pesar de haber trabajado en ello durante décadas, no se animaba a publicar el reciente descubrimiento por temor a ser ridiculizado y perseguido por los protestantes, quienes tomaban dichas posturas como contrarias a la Biblia. ¿Por qué contra la Biblia? Sucede que un pasaje del Antiguo Testamento parecía ir en contra de dicha hipótesis.
Se trata del libro de Josué donde se lee que “el sol se detuvo” para poder dar la victoria al pueblo escogido; este es el pasaje:
“Entonces habló Josué al Señor, el día que el Señor entregó al amorreo en manos de los israelitas, a los ojos de Israel y dijo: ‘Deténte, sol, en Gabaón, y tú, luna, en el valle de Ayyalón’. Y el sol se detuvo y la luna se paró hasta que el pueblo se vengó de sus enemigos. ¿No está esto escrito en el libro del Justo? El sol se paró en medio del cielo y no tuvo prisa en ponerse como un día entero”[3].
Como decíamos, eran épocas difíciles para contradecir a la Biblia, especialmente en un ambiente protestante. Los protestantes, con su “sola Scriptura” (única fuente de la revelación para los protestantes) y habiendo eliminado la Tradición de la Iglesia, decían que no podía “razonarse” sobre el tema (la “prostituta” llamaba Lutero a la inteligencia humana). Es decir, de la famosa “libre interpretación” solo quedaban las palabras.
Copérnico era científico pero no era idiota y temía a la inquisición protestante que ya varios se había llevado por “contradecir” el pensamiento único de los “reformados”. Además, ya habían llovido condenas sobre sus trabajos; en un texto luterano de la época se lee: “la gente le presta oídos a un astrónomo improvisado que trata de demostrar de cualquier modo que no gira el cielo sino la Tierra. Para ostentar inteligencia, basta con inventar algo y darlo por cierto. Este Copérnico en su locura, quiere desmontar principios nuevos y antiguos de la astronomía”. Y el mismo Lutero decía que “se colocaría fuera del cristianismo quien afirmara que la tierra tiene más de seis mil años”; Mélaton, su seguidor en la “nueva iglesia” agregaba: “no toleraremos semejante fantasía”.
Tenía razón Copérnico para callar… sin embargo, como la verdad es amarga y hay que echarla de la boca, en vez de entregarla a la imprenta comenzó a transmitirla humildemente de boca en boca entre sus alumnos más cercanos hasta que fue publicado recién después de su muerte y divulgado solo algunos años después cuando, Alberto Widmanstadt, lo usó frente al Papa Clemente VII para explicar la nueva hipótesis; al oír el Papa el planteo del extinto Copérnico, recompensó a su portavoz con un códice griego que se encuentra en la biblioteca estatal de Münich, Alemania.
Finalmente las ideas de Copérnico verían la luz como obra póstuma y a expensas de la Iglesia.
[1] Cfr. Vittorio Messori, Las leyendas negras de la Iglesia, Emecé, Buenos Aires; Víctor Chéquer, Galileo el “perseguido”, o la Iglesia contra el conocimiento científico, publicado en Panorama Católico Internacional, 10 de noviembre de 2006, Volumen 2, Nº 7.
[2] En el ámbito científico, la hipótesis se distingue de la tesis; mientras que la primera es algo que desea comprobarse, la segunda es algo ya comprobado.
[3]Jos 10,12-13.
TYCHO BRAHE Y KEPLER
Casi a la muerte de Copérnico y como tomando su antorcha, nacía por aquella época otro gran astrónomo: el danés Tycho Brahe (1546) quien tiene el honor en el ámbito de la astronomía de ser el último científico que observó las estrellas sin la ayuda de aparatos ópticos.
La vida de Brahe parece ser apasionante y digna de novelarse: en agosto de 1563, cuando tenía apenas dieciséis años llegó a ser testigo de una conjunción entre Saturno y Júpiter que lo marcaría para siempre. El fenómeno no hubiera tenido mayor trascendencia si no fuera porque se dio cuenta de que las tablas alfonsinas –las vigentes por entonces– predecían el acontecimiento con un mes de retraso, lo que lo llevó a pensar que el progreso en astronomía no podía conseguirse por la observación ocasional e investigaciones puntuales sino que se necesitaban medidas sistemáticas. Para ello, diseñó aparatos (no ópticos) que le permitieron medir las posiciones de los astros y planetas con una precisión muy superior a la época. Así, observó el cielo por más de… ¡22 años ininterrumpidos!
Con el tiempo (en 1600), durante una estancia en Praga, conoció al brillante matemático Juan Kepler quien pasó a trabajar con él y a quien antes de morir en 1601, entregó las anotaciones que tan sistemáticamente había registrado. Todo un tesoro.
Kepler, nacido pocos años antes en Alemania (1571) y en el seno de una familia protestante, era un hombre profundamente religioso; sin embargo, sus estudios sobre la ciencia lo llevaron a la corta edad de treinta años a ser considerado como hereje por sostener las ideas de Copérnico y expulsado del conocido colegio teológico protestante de Tubinga.
Debido a la persecución hubo de abandonar sus estudios y refugiarse en Praga, donde la universidad (universidad católica, recalquemos) lo recibió con honores; es allí donde conocería a Tycho Brahe. Allí, la unión de los estudios sistemáticos del primero y la agudeza intelectual del segundo, hicieron de la postura de Copérnico algo más que una hipótesis: se intentaba demostrar la circularidad de las órbitas planetarias a partir no solo de la observación empírica, sino también del concepto aristotélico y pitagórico que postulaba la perfección de la forma circular; de este modo los planetas debían moverse circularmente alrededor del sol, siguiendo sus órbitas circulares.
A pesar de la seriedad de Kepler sus investigaciones no fueron del todo correctas (no tuvo en cuenta el movimiento elíptico) aunque sí muy fructíferas, lo que culminaron en la publicación de las Tres leyes del Movimiento Planetario (o de Kepler), texto que revolucionó el conocimiento científico y permitió predecir con asombrosa precisión el movimiento de los astros. Fue a partir de esta investigación que el astrónomo alemán, mientras la Iglesia Católica fomentaba sus estudios, recibió la excomunión formal de la Iglesia Protestante en 1612.
Solo para los curiosos, digamos por último que las investigaciones keplerianas serían completadas algunos años después por Isaac Newton con su “Ley de la Gravitación Universal”, y recién a finales del siglo XVIII quedaría comprobada la rotación de la Tierra, que pudo “verse” con el péndulo de Foucault, en 1851.
Pero volvamos después de esta breve introducción al problema geocéntrico-heliocéntrico: ¿la tierra giraba alrededor del sol o el sol alrededor de la tierra? La Iglesia, como venimos viendo, nunca se había opuesto al sistema copernicano como nunca se había opuesto a las hipótesis científicas y como manda la prudencia, simplemente pedía que cada hipótesis fuese planteada como tal hasta llegar a ser una tesis comprobable.
¿Y Galileo? Allá vamos…
GALILEO Y SU POSTURA
Galileo nació en Pisa en 1564.
Era católico aunque no ejemplar; su vida privada, jamás achacada por ningún eclesiástico, dejaba bastante que desear: había convivido abiertamente con una mujer (Marina Gamba), con la cual había tenido un varón y dos hijas a quienes, con el tiempo y ya separado de su pareja, intentó casarlas ventajosamente, aunque sin éxito; esto último haría que, para sacárselas de encima, las obligara a entrar en la vida religiosa. Las niñas eran jóvenes y como las leyes eclesiásticas no les permitían profesar los votos, Galileo debió utilizar sus influencias para que hicieran una excepción. Así, en 1613, las dos jóvenes –de doce y trece años– entraron en el monasterio de San Mateo de Arcetri para tomar poco después los hábitos. Virginia tomó el nombre de sor María Celeste y pudo llevar cristianamente su cruz: vivió con profunda piedad y en activa caridad hacia sus hermanas. Livia, en cambio, sor Arcángela en religión, sucumbió bajo el peso de la violencia sufrida y vivió neurasténica y enfermiza.
María Celeste Galilei
En el plano personal, Galileo era censurable.
En cuanto a los estudios el científico pisano se dedicó inicialmente a las matemáticas; hasta el año 1610 lo podemos ver en Padua enseñando y estudiando astronomía a la par de la mecánica; ya por aquella época adhería al sistema geocéntrico de Ptolomeo.
Influido por las ideas aristotélicas defendió la hipótesis de Kepler (los astros seguían una órbita circular), lo que lo llevaría –más adelante– a cometer un grave error cuando negó la existencia de los cometas descriptos por Tycho y luego por el Padre Grassi (sacerdote y científico jesuita del observatorio romano) diciendo que eran simples fenómenos meteorológicos o ilusiones ópticas.
A principios de 1609 tuvo noticias de que un óptico holandés llamado Hans Lippershey, había producido un instrumento que permitía ver de manera ampliada objetos distantes. El italiano, intentando secundar esos experimentos, estudió los procesos que estaban involucrados y sus principios. Para ello, sus biógrafos narran que, luego de una noche completa de estar trabajando en los principios de la refracción de la luz, tuvo éxito en construir un objeto capaz de aumentar tres veces la visión de objetos distantes, capacidad que rápidamente se aumentó hasta treinta y dos veces. Todo un hallazgo. Las observaciones que Galileo haría con dicho instrumento (satélites de Júpiter, fases de Mercurio y Venus, evolución de las manchas solares) apoyaban enormemente la teoría de Copérnico. Así, con sus recientes descubrimientos, sentía una seguridad total para salir en defensa de los postulados de Copérnico, lo que lo llevó en 1610, a publicarlos en una obra titulada “Sidereus Nuncius”, por la que sería invitado a Roma a explicarla en presencia de varios prelados y científicos.
Se abría entonces un animado debate, en especial con los partidarios incondicionales de Aristóteles que, con mucho poder en las Universidades, consideraban (erróneamente) que la física, la filosofía y la teología del Estagirita formaban un todo inescindible, aunando sus esfuerzos a los de Ptolomeo.
 GALILEO Y EL PROBLEMA BÍBLICO
Ante el debate con los aristotélicos (partidarios del geocentrismo) Galileo se hallaba en un momento único. Poco tiempo atrás había ganado una pequeña batalla al demostrar que era un error el de ellos el sostener que la velocidad de los cuerpos en caída dependía de su masa. Todo esto contribuía a que los ánimos se crisparan. Fue en este ámbito de discusión y confusión que, en 1611, los aristotélicos acusaron a Galileo de querer contradecir las Sagradas Escrituras al afirmar que la tierra giraba alrededor del sol. Se trataba, como vemos, de una disputa de escuelas.
Las discusiones académicas pasaban cada vez más a mayores y con el fin de desacreditar a Galileo, le imputaban también que intentaba meterse también en el terreno de la exégesis (interpretación) bíblica cuando su hipótesis aún no estaba comprobada (cosa que, hasta el momento, era cierto). El texto bíblico en cuestión era siempre el del libro de Josué, que ya citamos [1]: si la tierra giraba alrededor, del sol, entonces la Biblia se equivocaba…
Dado que el sistema de Ptolomeo era bastante adecuado (con una precisión de un cuarto de grado al fijar la posición de los astros) y el heliocentrismo no estaba aun suficientemente probado, no parecía razonable cambiar la interpretación de estos textos para adecuarla a las nuevas hipótesis. He aquí cuando entra Galileo en escena; la crítica externa sumado a su mal genio, hicieron que en lugar de mantenerse cauteloso se volcase a una campaña casi periodística para divulgar su postura heliocéntrica. Para ello comenzó no solo a dar conferencias sobre astronomía, sino que hasta se daba el lujo de querer interpretar la Biblia según los nuevos descubrimientos careciendo aun de la certeza de su hipótesis y de autoridad para incursionar en el campo de la interpretación bíblica.
De carácter enérgico y bastante orgulloso, no aceptaba esperar a comprobar sus intuiciones. Este sería su salto mortal.
Además, lejos de lo que la Iglesia propugnaba sobre los sentidos de los pasajes de la Biblia, Galileo quería interpretar la Sagrada Escritura con un sentido literal. Era como si dijese:
“En la Biblia se dice que el sol se detuvo;
Pero el sol no se mueve, por lo tanto
La Biblia está errada”.
Galileo dejaba de lado lo que siempre la Iglesia había dicho y que el famoso cardenal Baronio, discípulo de San Felipe Neri, repetía por aquella época: “El propósito del Espíritu Santo, al inspirar la Biblia, era enseñarnos cómo se va al Cielo, y no cómo va el cielo”. Además, siempre los escritores sagrados habían escrito inspirados por el Espíritu Santo pero según el lenguaje humano. ¿Cómo es esto? Pongámoslo más en claro: uno cuando madruga, dice: “¿ya habrá salido el sol”? y no “¿habrá rotado ya la tierra sobre su eje?”. Dios, por pura condescendencia divina, quiere hablarnos de un modo que le entendamos.
Ante las acusaciones de los científicos contrarios, la Iglesia no vio más remedio que iniciar un proceso en su contra para que ratifique o rectifique sus dichos, en especial en lo tocante a la interpretación de la Biblia.
Los procesos canónicos
Galileo fue sometido a dos investigaciones. El primer proceso (para llamarlo de algún modo) fue en el año 1616 y quizás no es tan conocido porque ni siquiera fue citado ante el tribunal. De hecho, se enteró de la denuncia en su contra a través de terceros y no sufrió condena alguna; solo hubieron algunas diligencias procesales que duraron pocos meses.
La Iglesia mantenía, en este tipo de casos, una prudente opinión como puede verse a partir de las palabras del santo cardenal Roberto Belarmino (1615): “la astronomía copernicana, ¿es verdadera, en el sentido de que se funda sobre pruebas reales y verificables, o al contrario se basa solamente en conjeturas y apariencias?”. Las tesis copernicanas, ¿son compatibles con los enunciados de la Sagrada Escritura?”. Ni condena, ni exabruptos contra la ciencia: simplemente preguntas sobre la verosimilitud de las nuevas hipótesis.
Según la Iglesia, hasta que no se proporcionaran pruebas fehacientes sobre el giro de la tierra alrededor del sol, era necesario interpretar con mucha circunspección los pasajes de la Biblia que declaraban la centralidad del globo, pero, de demostrarse lo contrario debería revisarse la interpretación bíblica declarando simplemente que en dichos pasajes el modo de entender el texto sagrado no era el literal sino que, por la benevolencia divina, el hagiógrafo se había expresado de modo tal que pudiésemos entenderlo, es decir, “al modo humano” y según lo que se veía.
El problema que se planteaba en la comunidad científica era que la prueba dada por Galileo para explicar la rotación de la tierra era errada, al intentar probar su hipótesis a partir del movimiento de las mareas (cuando algunos de sus coetáneos buscaban la causa del fenómeno en la influencia del Sol y de la Luna). Sería más tarde Newton quien terminaría por definir la cuestión.
Es decir, Galileo acertaba, pero se equivocaba en dos puntos:
1) Ni sus pruebas eran científicamente aceptables (tenía razón en el resultado, pero no en el modo de probarlo).
2) Ni debía meterse en el campo de la interpretación bíblica, cuyo terreno le era ajeno.
Prudencia, esto era lo que la Iglesia pedía en sus declaraciones, simplemente un poco de mesura y pruebas más contundentes para poder explicar su hipótesis.
Tal era el revuelo que se había causado con todo esto que, en 1616, se publicó un decreto de la Congregación del Índice, por el que se incluía en el index de libros prohibidos[2] tres escritos sobre astronomía: Acerca de las revoluciones del canónigo polaco Nicolás Copérnico, publicado en 1543, donde se exponía la teoría heliocéntrica de modo científico; un comentario del agustino español Diego de Zúñiga, publicado en Toledo en 1584 y en Roma en 1591, donde se interpretaba algún pasaje de la Biblia de acuerdo con el copernicanismo; y un opúsculo del carmelita italiano Paolo Foscarini, publicado en 1615, donde se defendía que el sistema de Copérnico no estaba en contra de la Sagrada Escritura. Quedaba afectado por las mismas censuras cualquier otro libro que enseñara las mismas doctrinas. El motivo de dichas censuras era doble: la doctrina que defendía el heliocentrismo aun no había sido completamente probada y –por ende– resultaba peligrosa al momento de interpretar las Sagradas Escrituras.
¿Actuaba bien la Iglesia? Recordemos que el heliocentrismo era una postura no solo no comprobada sino también que podía causar grave daño a la Cristiandad al dividir las mentes, máxime en una época en que la mitad de Europa estaba interpretando la Sagrada Escritura a la carta…Se pedía simplemente cautela, cosa que Galileo no aceptaba; fue así que, manteniéndose en sus trece, la Iglesia se vio obligada a amonestarlo al mismo tiempo que le rogaba se abstuviera de defender la teoría heliocéntrica hasta no tener pruebas más contundentes.
En síntesis; no sería ni condenado a la horca, ni torturado, ni flagelado…; el Cardenal Belarmino le pidió simplemente por medio de un monitum (advertencia) que presentase la teoría de Copérnico solamente como una hipótesis. Galileo aceptó dicho monitum y hasta fue recibido por el Papa Pablo V quien, posteriormente en 1620, autorizaría la lectura de sus obras previo ligeras correcciones. Se imponía, además, no enseñar por un tiempo de modo público la teoría heliocéntrica hasta que los ánimos se calmasen, pero se promovía que no se dejase de investigar, ¡si era la Iglesia misma la primera promotora de las ciencias!
A pesar de la aceptación del monitum, el pisano no se quedaría de brazos cruzados y, desobedeciendo públicamente, dio a la luz un libro titulado “Diálogos sobre los dos sistemas del mundo” sin hacer las correcciones que se le habían hecho notar. En efecto, el opúsculo había recibido la aprobación eclesiástica a condición de que se presentara al heliocentrismo como una hipótesis, cosa que Galileo desoyó, motivando el segundo proceso en su contra.
Una vez más debía comparecer ante los tribunales eclesiásticos (1633). Había muchos científicos, especialmente religiosos católicos volcados en favor del “innovador” sistema copernicano (condenado –recordemos– por Lutero), que aguardaban las decisiones de la ciencia para continuar con sus estudios. Los resultados fueron similares al anterior, cosa que no agradó demasiado al imputado.
Restablecida momentáneamente la paz entre el ámbito astronómico y bíblico, y confinada la discusión al ámbito de la ciencia (donde debía estar) la situación se estabilizó hasta que Monseñor Barberini (amigo y admirador de Galileo) fue elegido Pontífice con el nombre de Urbano VIII (1623). Siendo todavía cardenal, él mismo había animado a su amigo a escribir su “Carta sobre las Manchas Solares” en la que sugería el movimiento de la tierra; incluso había escrito una oda en apoyo a Galileo.
Todas estas circunstancias hacían que el pisano se envalentonara a la par que crecía en él la sensación de que la prohibición de 1616 había caducado; pocos años después y fruto de sus estudios publicó por ese entonces (1630) el libro titulado “Diálogo sobre el flujo y reflujo del Mar” en el que creía disponer de un argumento nuevo para demostrar el movimiento de la Tierra (otra vez, el argumento del movimiento de las mareas).
[1] En cuanto a la interpretación bíblica la Iglesia siempre se ha atenido a las expresiones comunes de la época en materia de las ciencias naturales positivas; se trata de una condescendencia de la Revelación.
[2] Esto de un “índice de libros prohibidos”, no debe llamarnos tanto la atención a nosotros, hombres del siglo XXI, donde tenemos, hasta el día de hoy, libros que no pueden publicarse; ejemplo de esto ha sido, hace un par de meses (2012) en Alemania, cuando se publicó una nueva edición de “Mi lucha”, de Hitler y fueron condenados los editores.
LAS AVIVADAS DE GALILEO
Dada su amistad con el Papa, fue el mismo pontífice quien aprobaría el texto aconsejándole, sin embargo (¡y una vez más!) que hablase sobre los sistemas en forma hipotética. Galileo, abusando de su confianza, hizo caso omiso de ello; durante las discusiones científicas y ante la insistencia de su postura, se inició otro proceso durante el cual, discutiendo acerca de su “descubrimiento” solo presentó un argumento a favor de su teoría heliocéntrica, y era erróneo… Galileo decía que las mareas eran provocadas por la “sacudida” de las aguas, a causa del movimiento de la Tierra, una tesis risible a la que sus jueces-colegas oponían otra (que era la correcta); ante la refutación de sus contrarios, Galileo los tildó de “imbéciles”, en público. Decían aquellos que el flujo y reflujo del agua del mar se debía a la atracción de la Luna, como más tarde se comprobaría.
Aparte de su explicación errónea, Galileo no supo aportar otros argumentos experimentales a favor de la centralidad del sol y el movimiento de la tierra.
La reacción de la Iglesia se dio especialmente cuando el pisano quiso pasar de la hipótesis al dogma. Pero no solo eso. Para lograr el permiso de impresión del libro citado y valiéndose de la amistad del Papa, utilizó una treta, presentando a la censura solamente el prólogo (donde se disfrazaba de enemigo de Copérnico) y la conclusión del libro. Ello hizo que el Papa, más tarde, le confiase al embajador de Toscana en el Vaticano: “(a Galileo) lo he tratado mejor de lo que él me ha tratado a mí; él me ha engañado”.
Además, para comprender las ansias de popularidad que tenía, se abstuvo de publicar su libro en latín (la lengua de la ciencia en ese entonces), haciéndolo en italiano para que tuviera la mayor difusión posible. A pesar de todo ello y gracias a la amistad que lo unía con el Papa Barberini, se le evitó nuevamente la comparecencia ante el Santo Oficio, designando para ello una comisión que dictaminara al respecto. El dictamen fue terminante: “Galileo ha ido demasiado lejos y debe enfrentarse a un juicio”, que finalmente se daría en 1633.
Los cargos por los que se acusaría a Galileo, luego de varias admoniciones serían los siguientes:
- Haber transgredido la orden de 1616.
- Haber obtenido el imprimatur (permiso de impresión) con malicia y engaño.
Durante todo el proceso romano, lejos de pasar sus noches en una mazmorra, fue alojado a cargo de la Santa Sede en una vivienda de cinco habitaciones, con vistas a los jardines del Vaticano y con servidor personal.
Galileo, en lugar de aceptar lo que había hecho, sorprendió a los jueces diciendo bajo juramento que no creía en la teoría de Copérnico y que en su libro se demostraba la falsedad de la misma. Esto mismo (a todas luces falso) sostuvo delante del mismo Papa quien presidió una de las sesiones para mostrar el interés ante el planteo.
Contradiciéndose una y otra vez ante los cargos que se le imputaban por desobediencia y fraude fue condenado a lo siguiente:
- Recitar salmos de penitencia una vez a la semana durante tres años.
- Abjurar solemnemente de sus errores, planteando lo que era hipótesis simplemente como “hipótesis” y no como tesis comprobada.
- Reclusión en una cárcel escogida por el Santo Oficio.
- Inserción de su libro en el Index (índice de libros prohibidos).
Luego de escuchar la sentencia en el convento dominico de “Santa María sopra Minerva”, en Roma, Galileo agradeció por “una pena tan moderada”, dijo. Es falsa la anécdota que narra que, luego de ser “condenado” habría dicho“eppur si muove” (“y sin embargo se mueve”). La frase sería inventada solo cien años después por un periodista inglés (en 1757), e inmortalizada por el italiano Giuseppe Baretti.
Pero veamos qué sucedió con el cumplimiento de la pena:
Respecto de la recitación de los salmos se le concedió que fueran recitados por una de sus hijas religiosas.
La abjuración de los errores fue pronunciada en privado delante de los jueces y no ante la comunidad científica.
En cuanto a la cárcel, Galileo no pasó ni un solo día en ella, ni sufrió ningún tipo de violencia física. Es más: ni siquiera la sufrió durante el proceso judicial, como era la costumbre. Durante el proceso y hasta fines de 1633 se alojó primero en casa de Nicollini, su amigo embajador de Toscana, en la maravillosa Villa Medicien la colina Pincio, en el Vaticanoy más tarde, ya “condenado”, se trasladó en condición de huésped a la casa del Arzobispo de Siena, uno de los muchos eclesiásticos insignes que lo querían y apoyaban.
Volvió a Florencia y se radicó en Arcetri donde tenía su famosa casa con el nombre de “Il gioiello” (“la joya”); allí permanecería hasta su muerte. Ni perdió la estima de los obispos y científicos (en su gran mayoría religiosos) y hasta los siguió recibiendo en su residencia, que se convertiría con el tiempo en el lugar de discusión para los científicos y estudiosos de la época.
Nunca se le impidió proseguir con su trabajo; continuando así con sus estudios hasta publicaría un libro que es su obra maestra científica: “Discursos y demostraciones matemáticas sobre dos nuevas ciencias”(1638). Por último, una vez comprobada la rotación terrestre en 1748, gracias a los estudios de Bradley, la Iglesia eliminó delIndex su libro “Diálogos sobre los dos sistemas del mundo”.
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 Galileo no fue condenado por lo que decía, sino por cómo lo decía. Mientras que Copérnico y sus seguidores –varios de ellos sacerdotes y hasta cardenales– sabían distinguir la hipótesis de la tesis, no existía problema alguno. La condena temporal(donec corrigatur, “hasta que sea corregida”, decía la fórmula) de la doctrina heliocéntrica se daba simplemente a modo de prevención para que una conjetura no fuese presentada como una verdad probada, salvaguardando así el principio fundamental según el cual las teorías científicas expresan verdades hipotéticas, ciertasex suppositione, por conjeturas, y no en modo absoluto.
Galileo no murió en la hoguera, ni por torturas, sino apaciblemente a los 78 años de edad, en su cama, de muerte natural y con la bendición papal luego de haber recibido la indulgencia plenaria. Fue sepultado en la iglesia de la Santa Croce de Florencia. Era el 8 de enero de 1642, nueve años después de la “condena”.
Una de sus hijas monja, recogió su última palabra: “¡Jesús!”.