jueves, 15 de enero de 2009

San Juan Crisóstomo: Nesecidad absoluta de bautismo


Colocamos aquí algunos fragmentos de San Juan Crisóstomo sobre el sacramento de Bautismo, el cual es absolutamente menester para ser cristiano. En efecto, como sabe cualquier niño medianamente catequizado, el Bautismo nos convierte en hijos de Dios y nos quita el pecado original. Nadie es Cristiano (es decir, católico) si no está bautizado, nadie forma parte de la Iglesia Católica si no fue bautizado en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.


Actualmente, cada día se enseña más y se practica más el atrazar el bautismo de los niños... incluso hay quienes dicen que es el infante el que debe tomar la desición. Yo me pregunto ¿Le van a preguntar si quiere vacunarse? ¿Si quiere ir al médico?


A esto debemos sumar la infeliz declaración herética del Papa Ratzinger/Benedicto XVI por la cual, según él, no existe el Limbo, y los niños que mueren sin bautizar suben a los cielos. No es herético decir que el limbo no existe (San Agustín no creía en él, como muchos santos), sino que los no bautizados pueden tener visión beatífica... porque implica negar el Pecado Original. Es decir, Ratzinger siente como Pelagio... en fin.
Aquí van estas citas de San Juan Crisóstomo, el "Santo Tomás de la Iglesia oriental", como lo llama Monseñor Richard Williamson FSSPX.


Y bien debería lamentar el pagano, que no conociendo a Dios, muriendo se
va directamente a castigo. Bien debe el Judío lamentar, que no creyendo en
Cristo, ha asignado su alma a perdición.

La Consolación de la Muerte: “Y claramente debemos lamentar por
nuestros propios catecúmenos, si ellos, o por su propia descreencia o por su
propio descuido, se salgan de esta vida sin la gracia salvadora de
bautismo
.”

Hom. in Io. 25, 3: “Porque el Catecúmeno es un extraño al Fiel... Uno
tiene Cristo por su Rey; el otro pecado y el diablo; la comida de uno es Cristo;
del otro, ésa carne que decae y perece... Ya que no tenemos nada en común, en
que, diga me, tuviéremos comunión?... Entonces, que prestemos diligencia para
que podemos hacernos ciudadanos de la ciudad arriba... porque si viniere a pasar
(¡que Dios prohibe!) que por la súbita llegada de la muerte saliéremos para allá
no iniciados, aunque tuviéremos diez mil virtudes, nuestra porción fuere ninguna
otra que el infierno, y el gusano venenoso, y fuego inapagable, y vínculos
indisolubles
.”

Homilía III. de Phil. 1:1‐20: “¡Llorad por los incrédulos; llorad por los
que no difieren nada de ellos, los que salen sin la iluminación, sin el sello!
Ellos verdaderamente merecen nuestra lamentación, merecen nuestros gemidos;
están fuera de la ciudad real, con los culpados, con los condenados: porque,
‘Amen, te digo, Sino un hombre renaciere de agua y el Espíritu, él no puede
entrar al reino del Cielo
.’”

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