miércoles, 30 de diciembre de 2009

El aborto, hartazgo de campañas

De Maria Angel y Pedro Rizio


Empiezan a hartar tanta superficialidad en las campañas antiabortistas, más parecidas a mascarón de proa de supuestas y explotadas defensas de la vida… En mi opinión, no aportan nada nuevo a un argumentario sólo naturalista, de conservación de la especie. Como ya se ha protestado varias veces en esta columna, sin referencia a que, para los católicos, las vidas de los hijos son de Dios y destinadas a su reino, las cuales se le roban. Es esto la raíz canónica que aceptamos los católicos respecto a la paternidad y la explicación de que haya madres que prefieran morir antes que impedir la vida de un hijo. Mientras no se acuda a la raíz del mal, las protestas contra el aborto serán como sentarse a la orilla del río a esperar que pare la corriente para cruzarlo. Poco puede hacerse con reacciones aisladas de catequesis o esporádicas homilías para recuperar aquella moral cristiana que hasta hace medio siglo guiaba a las sociedades católicas. La raíz del fracaso hay que buscarla en la nueva filosofía moral adoptada por la Roma moderna.
Nunca se afronta el error desencadenador, esa odiosa realidad de seudo-doctrinas amparadas en el Concilio Vaticano II – Gaudium et Spes especialmente –, que en tendenciosa redacción colocaron a la sexualidad en igualdad con el fin primario del matrimonio. Es decir, válida por sí misma y separada del fin obvio de procreación. Fin que justifica su existencia. La Iglesia docente, en lugar de reafirmar la sana doctrina y proteger a su grey, por primera vez dio luz verde a un principio antes siempre rechazado. Veamos aquí el párrafo fundamental de la última condena: « (…) Este nuevo modo de pensar y de hablar es propio para fomentar errores e incertidumbre; mirando de apartarlos, los Emmos. y Rvmos. Padres de esta Suprema Sagrada Congregación encargados de la tutela de las cosas de la fe y costumbres, en sesión plenaria habida el miércoles, día 29 de marzo de 1944, habiéndose propuesto la duda: “Si puede admitirse la sentencia de algunos modernos (modernistas) que niegan que el fin primario del matrimonio sea la procreación y educación de los hijos, o enseñan que los fines secundarios no están esencialmente subordinados al fin primario, sino que son igualmente principales e independientes”, decretaron debía responderse: Negativamente. » [Decreto del Santo Oficio, “De los fines del matrimonio”, AAS 36 (1944) 103]
Si por una endeble pastoral ahora podemos falsificar la naturaleza de la sexualidad humana, no vemos qué será lo que nos proteja del engaño del erotismo, elevado de rango por esta exaltación de la fisiología. Realidades peligrosas que vuelcan a los esposos en imitaciones lujuriosas hasta la destrucción del matrimonio cristiano, tanto por desproveerlo de la gracia divina como por la fácil enajenación de la unión conyugal. Con la sexualidad exaltada como si fuera amor, y no la energía con que Dios estimula y premia la procreación, ya podemos también “autorizarla” en el fuero interno para, por ejemplo, comercio de prostitución heterosexual y homosexual.
Otra mentira es presentar la sexualidad, repito, en sí misma, como expresión suprema de amor. Esto es absolutamente falso; algo que se difunde frecuentemente en sermones y confesiones, pero que no es tal cosa, ni siquiera como vehículo de expresión. De manera parecida a que el hilo del teléfono no es los sentimientos y palabras que transmite, las cuales no dependen en exclusiva de éste para transmitirse. Por el contrario, la sexualidad sobrepasada de “su nivel de competencia” empequeñece y adultera el amor que perdura, incluso puede cegar para siempre la existencia del amor con que Dios dotó el alma humana para trascender de esta vida a la eterna .
Y pasamos ahora a la última consideración. Siendo que la sexualidad puede aislarse de su objeto reproductor, lo más consecuente es que el fruto natural de “practicar el sexo”, como ahora se dice, sea un accidente en el entendido inicial de los amantes. Estos se sentirán defraudados por la respuesta natural de una sexualidad a la que debemos conceder valores independientes y del mismo rango que el primario de la procreación. El adulterio y el aborto son consecuencias forzosas de este empobrecimiento moral.
Pues de esto no se habla, pero debería hablarse. Y con urgencia. Señalando honradamente dónde se dio tan perverso resbalón que ha vuelto papel mojado la guía moral, secular e invariable de los católicos. Este cambio es muy grave. Y más aún lo es que el mal se oculte y sea analizado finalmente por la Iglesia enseñada. Lo deseable es que ‘Papa corrija a papas’, y no que tengamos que hacerlo los fieles en el uso del espíritu crítico que Cristo dio a su Iglesia. (Lc 19, 39) Porque con este vicio moderno de protegerles como si la infalibilidad adornase todos sus dichos y actos, terminaremos por arruinar el cuerpo mismo del Magisterio de la Iglesia, afortunadamente siempre asistida por el Espíritu Santo, “que sopla donde quiere” (Jn 3, 8). Lo que no disimulará ese artificio de que “lo que ayer se hablaba a reyes y súbditos hoy no tiene por qué valer para hablar a las democracias”. Una forma de negar la Verdad de la fe católica y enseñar que es el siglo el que supera a los Mandamientos y no, al revés, que son los Mandamientos los que cristianizan el siglo. La Iglesia educó lo mismo a césares que a imperios, a teocracias que a repúblicas, a dictaduras que a coronas ungidas… Acudir al acomodo de los tiempos es craso error del confuso “aggiornamento” conciliar; es suponer que la Verdad sea multiforme, como las modas.
Nos encomendamos, pues, a San Gregorio Magno cuando enseñó: “Es mejor dar a conocer un escándalo que meter en prisión a la Verdad”. Y a Santo Tomás de Aquino, que decía: “Cuando haya un peligro para la fe, los súbditos tienen el deber de corregir a sus prelados, incluso públicamente”.

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