
Luego de mucho tiempo he decidido hacer mención aquí, en Sursum Corda a la figura de René Guénon. Quisiera, como pequeño aporte hacer dos Observaciones. Al final del presente artículo, he colocado un link a un estudio mucho más profundo sobre la vida y la obra del autor gnóstico.
La primera de ellas se refiere a que, como muchos he sido en mi primera juventud un ávido lector de René Guénon. Aún recuerdo las calurosas tardes de verano de 1995 hasta 1997 cuando mi madre me reprendía por pasarme horas leyendo los añejos libros que nadie podía saber bien como habían llegado a nuestra casa. Entonces yo tenía diez años y todo lo que Guénon presentaba me parecía tan fantástico como verosímil y a esa edad, no se supone que exista una contradicción entre una cosa y la otra. Uno no nace racionalista, se vuelve racionalista con el pasar del tiempo. Una cosa debo a esas lecturas: nunca se me pasó por la cabeza hacerme teósofo ya que el primer libro que de éste autor cayó en mis manos fue su "El teosofismo. Historia de una pseudoreligión", una edición interesante de más de 300 páginas y editada por Obelisco.
Sin embargo, cuando por la Gracia de Dios me convertí al catolicismo, en el año 2006 y abandoné la Iglesia Conciliar me parecía completamente imposible conciliar las ideas del gnóstico Guénon con los de la Fe Católica. Ambos hablaban de cosas diferentes y opuestas, ergo, uno tenía que estar en el error. Yo, que entonces tenía 21 años no podía comprender como había intelectuales que se llamaban a sí mismos católicos que comulgaban plenamente con las tesis de Guénon y en menor medida con las de su seguidor Frithjof Schuon.
La segunda advertencia está relacionada con la primera y se refiere a la facilidad con la que muchos católicos creen que las doctrinas de Guenon pueden conciliarse con la Fe de Cristo.
La verdad, sabemos, puede y debe ser sólo una. No puede haber múltiples verdades y la verdad está, como le ocurrió a Pilatos ante nuestros ojos. El que no la ve es porque no puede verla y como no puede verla no puede pedirla. Aquellos a quienes la Verdad es revelada no pueden ocultarse de ella y ésta o los eleva y los salva o sirve como testimonio de sus acciones. La Verdad es la Luz, la Luz verdadera de la que habla San Juan, “La Luz que luce en las tinieblas, pero las tinieblas no la acogieron” (Jn 1, 5). El gnosticismo es un sistema tan amplio como caótico. “Gnósis” en griego significa “conocimiento”, para los gnósticos la salvación proviene del conocimiento de una doctrina secreta a la cual se accede por medio de la iniciación. Estas verdades están ocultas a los hombres y sólo unos pocos pueden acceder a ellas por medio de dicha iniciación, un ritual por el cual, el hombre es recibido y sus ojos se abren ante la nueva luz. Además, el gnosticismo es por definición dualísta, es decir, cree en dos principios antagónicos pero iguales (el Bien y el Mal), ese dualismo provenía en buena parte de la teoría de Platón sobre el Demiurgo: al principio existía junto con el Demiurgo la materia y las ideas, éstas eran perfectas, más aquella otra, imperfecta. El Demiurgo, según el “Timeo” se apiadó de la imperfección de la materia y con ella hizo el mundo copiando a las ideas. Así, para los gnósticos la materia era malvada por definición e imperfecta y el hombre, como materia estaba inclinado al mal, solamente su parte espiritual tendía al bien y para ello era menester la elevación del espíritu por medio del conocimiento de las ideas. Esto que planeamos aquí muy brevemente puede verse en Jámblico y Plotino… sumemos a esto el modernismo y el relativismo kantiano y tendremos a un católico que puede conciliar perfectamente la Misa en Latín con la doctrina de René Guénon. Porque Guénon se llama a sí mismo tradicionalista, es decir, practicante de una tradición de un conocimiento espiritual que proviene del pasado y que es común a todas las religiones. Hablamos de la “sabiduría perenne” a la que Guénon ha dedicado centenares de páginas. Sin embargo, y a pesar de que algunos de sus admiradores quieran negarlo, esta idea no es propia del Iniciado Francés, sino que fue tomada de sus estudios sobre el hinduismo y son una manera de conciliar el cristianismo (o mejor dicho, su visión de lo que era el cristianismo) con el panteísmo que había aprendido en los Vedas.
Si, como sostiene Guénon, existe una sabiduaría, un conocimiento que es general en todas las religiones, estas no son sino una deformación de aquel conocimiento primigenio que los hombres obscurecieron a lo largo de la historia. Corresponde pues, por medio del estudio y de la iniciación des-velar la Verdad y así llegar a ella. El panteísta confunde al creador con lo creado, para él todo es lo mismo: una piedra es divina porque en ella está el espíritu de Dios e igualmente es divina una flor, una mujer, un pedazo de madera. Dios es en todo. Pero Guénon tampoco era un hindú sincero, su hinduísto estaba cruzado por sus estudios masónicos y esotéricos y sobre todo por sus conocimientos de filosofía kantiana. Para él, uno no puede llegar a conocer la verdad, por consiguiente, la religión no puede ser nunca divina en el sentido de que ha sido revelada por Dios, sino que es divina en cuanto habla de la divinidad, de la misma manera que la Biblia y el Corán eran textos igualmente sagrados, no porque pudieran ser la Palabra de Dios sino porque hablaban de cosas sagradas. A diferencia de los ecumenistas de la Iglesia Conciliar, para Guenon no había una revelación más perfecta (tal como para Kásper o Rátzinger es la católica), todas eran deformaciones de una verdad trascendente, anterior, pasada y olvidada. Pero Guénon ofrece a los católicos algo más: la búsqueda de esa sabiduría oculta y antigua los transporta a un pasado remoto, al del “Jesús Histórico” y los primeros siglos de la Iglesia. El católico guenoniano no desprecia el modernismo porque es herético, sino porque se opone a la “Tradición”, no desprecia al Novus Ordo porque es herético y blasfemo, sino porque es simplemente “nuevo” y por lo tanto, opuesto al pasado. El tradicionalismo de los guenonianos es entonces un falso tradicionalismo: espiritualista en cuanto pone en una metafísica histérica e infantil todas sus ambiciones; racionalista en cuanto sostiene que por medio del conocimiento podemos llegar a conocer la Divinidad, una divinidad lejana como el Uno de Plotino, inalcanzable como el de Jámblico, pretérito como el Demiurgo de Platón.
Para finalizar con esta breve introducción quisiera advertir que actualmente los “católicos guenonianos” son más de los que podemos imaginar. En este mundo donde los libros están a un solo click es muy fácil acceder a ellos. Como profesor me ha ocurrido encontrarme con adolescentes que conocían a Guénon no sólo de nombre, sino que además podían marcar las diferencias entre la “Gnósis” antiguas de la “Jnana” del autor francés. Más aún, una jovencita de 15 años en el 2007 tuvo una acalorada discusión sobre el libro “La gran tríada”.
Existen muchísimos sitios web que hacen apología de los textos de René Guenón y otros “tradicionalistas”. Los católicos bien intencionados caerán en sus redes por la misma razón que muchísimos cayeron bajo la herejía modernista: la ignorancia de la Escritura. Quien quiera tener luz sólo debe recordar el Evangelio de San Juan:
“Al principio existía el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios.
El estaba al principio en Dios.
Todas las cosas fueron hechas por Él y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho.
En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres…”
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