
La discusión teológica y el sano debate son una constante en la Historia de la Iglesia. La teología, como la filosofía (aunque para muchos no existe diferencia entre ambas) no tiene, sin embargo un origen cristiano. Platón, en La República la definió como el conocimiento de lo divino a través de la razón; con ello, intentaba separar a la otra forma de conocimiento basada en el mito o la literatura.
La teología católica tiene como centro a Dios, su objeto es Dios, la misericordia divina, la justicia de Dios, su Palabra. Pero el abordaje se realiza por medio de la razón, de un método, de un itinerario de conocimiento. El Teólogo busca la verdad, pero la busca con seguridad porque sabe que la Verdad es Dios y con la búsqueda sólo intenta aproximarse mejor al Señor. Fueron los teólogos quienes contribuyeron a purificar la fe de las herejías y los errores. NO es extraño entonces que entre los mismos teólogos, provenientes de distintas tradiciones hayan surgido diferencias, perspectivas contrapuestas, pero nunca contradictorias. Allí donde hay contradicción no puede estar Dios.
Esto lo podemos contemplar en las diferencias entre la Teología de San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino, dos formas de la escolástica diferentes, pero que no se refutan entre si. El teólogo es libre de adoptar cualquiera de los sistemas, no caerá en el error. El teólogo puede adherir a la filosofía de la historia de San Agustín o del Doctor Seráfico. Quien elija uno u otro sistema lo hará por razones personales, preferencias intelectuales o tradiciones espirituales. No extraña pues que pocos jesuitas sean amantes de Santo Tomás, así como no es absurdo que la mayoría de los agustinos partan siempre del Doctor de la Gracia.
La Sana Teología se alimenta de la Palabra de Dios y va en paralelo a la enseñanza de la Tradición. No remplaza ni a la Sagrada Escritura ni al Depósito de la Fe, sino que va en paralelo a ellas, las acompaña, crece con ellas, descubre nuevas formas de aproximarse a la verdad y por eso, el teólogo puede ver más allá que el fiel común, aunque ambos vean lo mismo. Aquí llegamos al problema que tenemos en la actualidad. Existe, entre quienes rechazan al modernismo de la Iglesia Conciliar un fuerte rechazo también a la Teología. Por más que parezca extraño, muchísimos tradicionalistas se apartan de los debates teológico y otros van más allá, condenándoles.
¿Que consecuencias traen estas posturas sino el triunfo de la superstición y una fe infantil y estéril. Así es como triunfa el catolicismo de corte san-sulpiciano, es decir, de esa forma de catolicismo ultrabarroca, sustentada en catecismos simplificados, que rechaza cualquier reflexión, que rechaza la sana razón y se sume en una suerte de superstición infantil. El católico que se adhiere a esa fe “pura y tradicionalista” como les gusta llamarla en sí también hace teología, pero hace mala teología. Fue esa costumbre de no negar nada, de no dudar nada, de confiar ciegamente en la jerarquía la que sumió a la Iglesia en la crisis que actualmente estamos viviendo. ¿Que hubiera pasado si los católicos que en 1958 vivaron a Roncalli cuando tomó el nombre de Juan XXIII hubieran objetado la Pacem in Terris donde se promulgaban los errores del liberalismo? ¿Que hubiera pasado si los fieles hubieran rechazado en masa el Novus Ordo Missae amparándose en la Tradición? ¿Que hubiera pasado si en los seminarios, la enseñanza de la buena y sana teología hubiera permitido a los jóvenes estudiantes pensar con libertad (no con la falsa libertad para el error, sino la libertad en Nuestro Señor) y desconfiar de las innovaciones?
Pero eso no pasó. ¿Por qué? Por el rechazo a la teología buena y sana. Se extendieron los errores y nadie podía refutarlos. Hoy en día algunos apologistas de la Tradición no se basan en argumentos sólidos, sino en manierismos barrocos, en supercherías, en aparicionismos, en devociones apolilladas que sólo les permiten controlar mentes débiles a las que les prohíben el estudio y el conocimiento de lo Sagrado.
¿Hace falta mencionar algún nombre? Un obispo soberbio que pretende reconstruir la compañía de Jesús, congregación malévola desde sus orígenes, neopelagiana, destructores de la doctrina de la Omnipotencia Divina, adoradores del libertinaje humano al que confunden con la libertad, enemigos de la enseñanza de la Predestinación de los Santos y de la Autoridad de las Sagradas Escrituras. Ese ultramontanismo conveniente a sus propósitos les permitió imponer las doctrinas del Concilio Vaticano II bajo el argumento que era lo que el Papa quería. Hoy el tradicionalismo está apresado de esas supercherías: vemos a fieles hincados de rodillas con cadenitas en el cuello, besando como locos a sus escapularios, pero ¿De que sirve todo eso si no hay fe? ¿De que sirve poner la confianza en una pedazo de tela? ¿Acaso la tela nos salvará?
Quienes adhieren a esta forma de catolicismo, tan peligrosa como el modernismo apóstata buscan en sus sacerdotes una respuesta, y sus sacerdotes y obispos no hacen sino reducirlos aún más en la superstición y el temor. Les dicen “no lean eso, no escuchen aquello, fuera de esta capilla no hay salvación”. Así andan, persiguen a los que predican la Palabra de Dios, a los sacerdotes que ofrecen la Santa Misa y que no forman parte de sus “congregaciones”. Forman ejércitos de lunáticos que se visten con uniformes militares que no sirven de nada sino para hacer el ridículo, hacen de la Iglesia una secta. Como las sectas, sus “iglesias” (según ellos la única verdadera) tiene como fin la adoración del líder, la falta de espíritu crítico y el reclutamiento. Se cierran sobre sí mismos y amenazan, atemorizan y destruyen.
¿Cómo puede florecer la teología allí donde el hombre no puede pensar? ¿Cuales son los frutos de ese “trabajo” a lo largo de los años? Nada, una nueva forma de donatismo, una nueva forma de pelagianismo donde la salvación se logra, no por la Gracia de Dios, sino por las donaciones o sumisión a tal o cual “congregación tradicionalista”.
Por eso debemos continuar estudiando, aprendiendo más sobre Nuestra Fe, no sólo para conservarla, sino además para no ser como ese “siervo malo y haragán” que en vez de hacer producir el talento que le diera su Señor lo escondió en la tierra. Recordemos la parábola, el Señor no premió a éste, sino a los otros dos que hicieron fructificar lo que les diera previamente, al holgazán, al que corrió a enterrar el talento y lo mantuvo allí, escondido le dio su merecido. Hagamos pues, como los otros dos siervos, hagamos fructificar la Tradición, trabajemos para la Iglesia y no pensemos que podemos salvarla. Nadie salva a la Iglesia sino Dios, quien prometió su asistencia para siempre. Cuidémonos de aquellos que, cierran los ojos a los fieles y los convierten en ciegos. No son sino, “guías ciegos”. Nosotros, tratemos de ver.


3 comentarios:
Raúl Miguel dijo:
"... la compañía de Jesús, congregación malévola desde sus orígenes, neopelagiana, destructores de la doctrina de la Omnipotencia Divina, adoradores del libertinaje humano al que confunden con la libertad, enemigos de la enseñanza de la Predestinación de los Santos y de la Autoridad de las Sagradas Escrituras."
@ Raúl Miguel.
Que Dios Nuestro Señor Jesucristo te perdone y que San Ignacio de Loyola ruege por tu salvación.
Gracias Wulfrano, todos necesitamos del perdón de Nuestro Señor, aunque me asalta una duda ¿Cometí un error respecto a la Compañía de Jesús? Si es así ¿Podría usted señalarme donde me equivoqué?
EXCELENTE POST, DESGRACIADAMENTE TODO LO QUE AQUÍ SE DICE ES LO QUE HA VENIDO SER LA LLAMADA RESISTENCIA CONTRA LA APOSTASÍA... EN UNA PALABRA ES UN CAMINO A NINGUNA PARTE.
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