martes, 24 de julio de 2012

Una crisis sin precedentes

Una crisis sin precedentes.
Juan Rosi.

En la Argentina de hoy faltan defensores de la fe y de la Patria. De los que hay, pocos tienen la capacidad de expresar el amor por nuestro país y por nuestra fe como lo hace mi amigo Juan Rosi, un destacado intelectual católico. Tengo el honor de presentar, por segunda vez un texto de su autoría.
¡Gracias amigo por apoyar este blog y por contribuir con este interesante artículo!




La situación de Soldati y todos los predios tomados, aparte del problema inmigratorio sin ninguna planificación y el aquelarre político, que tratan de deslindar su responsabilidad para no perder votos y otros que permanecen en silencio por temor a quedar “pegados” en esta situación de conflicto sin precedentes, “miren lo que digo”, peor que la del 2001, repito: “PEOR QUE LA DEL 2001”, ya que la de aquella época era una crisis económica, esta es estructural. Porque para resolverla hay que tomar múltiples medidas, desde una redistribución poblacional ordenada, inversiones para que esa gente tenga trabajo, tenga una vivienda digna, apoyo logístico, crear infraestructura hospitalarias, planes de salud, inversiones en escuelas, en educación, inversión en seguridad, redes viales, ferroviarias y de comunicaciones, clubes deportivos, sociedades de fomentos, centros recreativos y créditos; entonces estaríamos hablando de planes serios. Esto indudablemente que no va a ocurrir, lo que va a ocurrir es hacinar a la gente y patear para adelante el problema, agudizándolo en todas las áreas críticas. Mientras tantos continúa la disolución de nuestra patria, disolución que se va a plasmar en una partición territorial o secesión de provincias con el apoyo de organismos internacionales o de potencias extranjera como lo quisieron hacer en 1806, 1807, 1845 y ahora más recientemente los “Tratados de Paz por la Guerra de Malvinas” en 1990.
A lo largo de la historia, nuestra patria fue sometida por los traidores y por los planes de Inglaterra a guerras intestinas y al saqueamiento económico con el padecimiento de nuestro pueblo, pero nuestros enemigos históricos se valen de estrategias propias de un imperio, que nosotros como nación carecemos, por eso tomamos una idea que ellos ejecutan con precisión:
Hacerles realizar a nuestros enemigos lo que nosotros necesitamos que hagan para que se destruyan solos” Henry S. Ferns, Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX. Ed. Solar Hachette Bs. As. 1968 págs. 296/299 in fine.

Veamos como lo expresaron algunos hombres preclaros de nuestra historia, que fueron denuncias prácticamente.
 El Dr. José Terry: “La historia económica argentina es la historia de los grandes escándalos financieros provocados por los empréstitos que se concertan para el derroche” Economista argentino, Finanzas, Buenos Aires 1927.
“En la Rca. Argentina, donde la influencia británica y la operatividad de los intereses que se cubren con esa bandera son muy gravitantes, no es admitida una democracia que fabrique acero, que exporte tecnología y cuyos científicos hayan sido laureados con cinco premios Novel. No, nada de eso. La Argentina “democrática” o “dictatorial” solo puede ser para gran Bretaña un reservorio de la civilización del pasto eterno, es decir de materias primas sin elaboración”. Irazusta Rodolfo y Julio: La Argentina y el imperialismo británico. Los eslabones de una Cadena: 1806-1933. Ed. Independencia, 1982, pag. 120.
“Nuestro destino no es ser forrajero ni carniceros de Inglaterra. Nuestro destino es desenvolver grandes fuerzas espirituales para restablecer el valor del hombre y por eso, ante todo, hemos de cuidar de nuestra dignidad de pueblo libre”. Carlos Saavedra Lamas fue el primero en recibir la distinción de un premio Nobel.
 Argentina hoy se encuentra viviendo una conmoción interna planificada como ya dijéramos, como jamás se vio: vamos a hacer un raconto histórico, para poder entender, como dije más arriba, el estado de disolución de nuestra Patria y como se llega al estado actual.
Luego de haber finalizado la segunda guerra mundial, con los tratados de Yalta y Potsdam, las dos grandes potencias que surgen de ella y Gran Bretaña planifican una nueva forma de dominio y ponen en marcha una nueva estrategia de la guerra, ya que hasta ese entonces únicamente se conocía los conflictos convencionales en gran escala, es decir el enfrentamientos entre FF.AA. de distintos países, identificados por sus banderas, uniformes y posiciones fijas; pero a partir de entonces se desarrollan las guerras revolucionarias o conflictos controlados; utilizando terceros países, es decir países que no se encontraban dentro de la órbita de las dos potencias dominantes y que con el desarrollo de la nueva estrategia los dominaban y quedaban establecidos dentro de sus bloques (EE.UU y la URSS), por ejemplo: Vietnam, Corea, Cuba, Angola, etc. dentro de lo que es el bloque Soviético y casi todos los países de América Latina, a excepción de Cuba y luego Nicaragua, dentro de la órbita Norteamericana.
Nuestro país no fue ajeno a ese conflicto, como también ocurrió con el resto de Latinoamérica, fuimos presa fácil, ya que se sirvió a intereses ideológicos que nada tenían que ver con nuestro origen histórico, sin tener conocimiento al desastre que nos conduciría.
 Indudablemente que del enfrentamiento surge un vencedor y ese vencedor fueron las FF.AA de la nación, quienes gobernaron casi ocho años, ocurriendo ello en la década de los setenta. Las FF.AA. de formación liberal, y enmarcadas dentro del bloque estadounidense entregaron la economía en manos de los personeros de la usura internacional, de la misma manera hubiese ocurrido de haber triunfado la guerrilla marxista, porque en realidad esa era la estrategia del poder del dinero. Las FF.AA., entregaron la economía a una elite de economistas egresados de la Universidad de Chicago y conocidos ellos como los “Chicago Boys”; quienes sostenían teorías monetaristas, los que devastaron la producción nacional, mientras acontecía una guerra sangrienta. El objetivo de esta política económica era destruir fundamentalmente la industria pesada, todo el mundo vendía o cerraba sus fábricas para comprar dólares y obtener ganancias sin invertir ni arriesgar, como así también se produjo una apertura de la economía a la importación, resultado imposible competir con los productos que ingresaban dado el costo fiscal y el valor de nuestra moneda, todo esto fue lo que coadyuvo para la destrucción de la economía nacional, fundamentalmente como dijéramos con la industria madre que es la industria pesada como así también se destruyó nuestra moneda.
 Luego en la década de los ochenta, con el advenimiento de una nueva forma de gobierno, continuó ese proceso, pero a la vez comenzaba otro aun muchos más dramático, que fue la revolución cultural, sustentado en una ideología marxista como lo es el grancismo, (GRANCI, Filósofo comunista italiano, que proponía la toma del poder a través de la revolución cultural), emulando a las Social democracia Europea o lo que se conocía como eurocomunismo. A partir de esta situación se produjo un ataque a la Cultura Nacional y a la educación, si bien en este último caso, nunca en nuestro País existió una educación fundada en nuestras tradiciones Hispano Católica, por el contrario, desde Faustino Sarmiento para acá, siempre se tomó a doctrinas importadas, con un verdadero sentido cosmopolita y protestante. Sarmiento que fue un reconocido Masón (esta organización secreta, se encuentra condenada por la Iglesia en la encíclica Humnum Genus de Leon XIII), admirador de todo lo que fuera Anglosajón e iluminista, de hecho que para “educar” trajo maestros Norteamericanos, con un profundo odio a todo lo que fuera Católico y argentino (su obra cumbre Civilización y Barbarie; civilización él le llamaba a todo lo que fuera anglosajón o europeo y barbarie a todo lo nacional y Católico) es el verdadero mentor de la educación Argentina y exaltado como el gran maestro. Pero a pesar de eso, existían atisbos de una educación verdaderamente nacional, pero que en esta década se la destruyó, introduciendo teorías verdaderamente Marxistas como las de Emilia Ferreiro con sus teorías sobre la Psicogenesis de la lecto-escritura, introduciendo a partir de este entonces la dialectización en la educación, destruyendo todo tipo de autoridad y horizontalizando la misma. También se destruyó todos los institutos de investigación científica como así también se hizo lo propio con la Universidad, lugar en la que se tiene que procurar la excelencia de la inteligencia o la aristocracia del saber. Mientras que en ese entonces nos sometíamos al nuevo ordenamiento mundial inspirado en la filosofía Hegeliana, fundada en lo siguiente: Tesis, el liberalismo; Antítesis: el Marxismo y la síntesis: que es la unión de estas dos ideologías que dominan el mundo; quedando establecido a partir de esto el nuevo orden mundial, habiéndose consolidado el poder de la usura internacional (adoración del becerro de oro) y la desaparición de las fronteras nacionales. Dividiéndose de la siguiente manera: La Política y la Economía en manos de los Liberales; la Educación y la Cultura en mano de los Marxista; como expresión simbólica del nuevo orden quedó reflejado con el derribamiento del muro de Berlín y la autodestrucción de la U.R.S.S., desapareciendo el Comunismo como forma de gobierno pero no el Marxismo. Lo que resulta totalmente curioso es que la Unión Soviética desaparece sin que para ello haya ocurrido una guerra interna o con un tercer país, evidentemente que la desaparición de este gran bloque de naciones se debió a los designios del poder del dinero. De esta manera se consolida el poder de la Usura y queda plasmada la síntesis expresada con anterioridad.
Continuando con lo que habíamos comenzado en la década de los ochenta, esa década para poderse llevar adelante el proceso de aculturización y de ataque a las instituciones de la República, se puso en marcha un proceso de dialectización, es decir de enfrentamiento en todos los niveles, fundamentalmente con la Iglesia y las FF.AA., pilares de nuestra Nación, pero en especial con la última, que las llevó prácticamente a su extinción como fuerza de defensa de nuestro país. También ocurrió con la familia, gremios, etc.; la educación fue unos de los instrumentos favoritos, donde a partir de esta se empezó a cuestionar todo tipo de autoridad, planteando la igualdad entre el educador y el educando; todo se horizontalizó, nivelando para abajo. En la sociedad ocurrió y ocurre exactamente lo mismo, no existiendo autoridad, atacando los arquetipos nacionales; los modelos a tomar a partir de ese entonces pasan a ser los conjuntos de rock importados, los héroes de la televisión o de películas ajenas a nuestra idiosincrasia, todo es cuestionado y fundamentalmente si es nacional.
En la década de los noventa y con el poder mundial consolidado, se devasto la economía, liquidándose todo el patrimonio nacional. Para que eso ocurriera, se tuvo que dar el proceso anterior, de esta manera no se podía dar una reacción de las fuerzas nacionales y se corrompió al hombre a límites inimaginables, ya que el planteo era un hombre que servía únicamente con fin utilitarista, economicista y consumista, naciendo de esta situación una violencia social generalizada como nunca hemos vivido; sin duda que el problema tiende a agravarse y con un fin esperable. Pero, también es parte de una nueva estrategia planetaria sostenida por el mismo poder de la usura, quien a través de sus personeros endeudó en forma agobiante a nuestro país y vació al hombre de todo contenido nacional; para eso continuó lo que explicitamos que ocurriera durante la década de los ochenta, donde como nunca jamás ocurriera se violó en su conciencia al hombre; poniendo en práctica teorías científicas a tales fines, como por ejemplo los mensajes subliminales, los reflejos condicionados, (Teoría esta del ruso Pablov), lo que permitió poner en marcha una nueva guerra mucho más sutil y despiadada. De esta manera permitió destruir mucho más fácil a las Naciones, siendo los siguientes factores utilizados: guerra química (Droga y otras sustancias), Biológicas o Bacteriológicas (distintos tipos de virus letales o no, por ejemplo el Sida), Guerra Psicotrónica (la utilización de la música y de los medios electrónicos como por ejemplo: la T.V.), este último factor como fundamental elemento difusor y propagandístico de las drogas.
 El desarrollo de una nueva operación, ya que la “Internacional del dinero” continúa con la estrategia de apoderamiento y destrucción de nuestra patria en este siglo, quienes tienen destinado la desintegración nacional, la ruptura como unidad geográfica e histórica, quienes para poder realizar esto tiene que producirse una guerra intestina, una guerra total como la que estamos sufriendo y como quedó demostrado a lo largo del trabajo, pero ¡aun mucho más potenciada! a través de las divisiones partidarias, los enfrentamientos sociales a raíz del vaciamiento patrimonial de los particulares, como ocurriera en estos días a través a través de una inflación galopante o el saqueo producido por los bancos, la destrucción de las fuentes laborales; de las organizaciones delictivas, que en muchos casos tienen entrenamiento de tipo militar y con un alto poder de fuego, como lo venimos viendo a diario con la muerte de ciudadanos inocentes y de policías. Con este cóctel explosivo, es imposible que una sociedad pueda subsistir sin que sufra consecuencias traumáticas, planificadas por el poder de gran Bretaña y el poder internacional del dinero. Que el objetivo fijado con esta estrategia es el apoderamiento de nuestra Patria para ser manejada por este poder y lo que más le interesa de nuestro territorio es la Patagonia, la Antártida y la plataforma marítima argentina como quedó confirmado a partir del tratado de Lisboa que tiene vigencia a partir del 11 de diciembre de 2009.
 Por último vamos a dejar bien clarificado que es la autoridad, siendo lo fundamental que se ha destruido: “la autoridad es la facultad moral de dirigir la acción de los miembros de una sociedad hacia la consecución del bien común”. León XIII escribe: “La autoridad pertenece a toda la sociedad como algo propio; sin autoridad, no hay sociedad. Otro dignatario de la Iglesia como es Monseñor Prunel aclara: "El poder Civil viene de Dios, autor de la naturaleza o, si se quiere, viene del derecho natural; la sociedad, en efecto, es un hecho primordial y necesario. No hay sociedad sin jefe, y como el derecho natural y el derecho divino son sinónimo, siendo Dios el autor de la naturaleza, se sigue que el poder civil es por derecho (natural o) divino". Destruida la autoridad se destruyen las jerarquías y por ende se desintegra la sociedad.
 No queremos ser alarmistas ni pesimistas en nuestro enfoque, pero si no damos el diagnostico, no podemos medicar, por lo pronto: ¡COMPATRIOTAS ES HORA DE QUE DESPERTEMOS DE ESTE LETARGO Y REACCIONEMOS!

domingo, 22 de julio de 2012

No es posible creer que es negro lo que vemos blanco

El amigo Marcelo me envió este interesantísimo texto de José Antonio Ullate Fabo. El texto está dividido en tres partes, pero he decidido publicar todas juntas en Sursum Corda.
Buena lectura y mil gracias Marcelo por éste texto.


No es posible creer que es negro lo que vemos blanco


Dios me crió hombre y no espera de mí que deje de serlo. No le agrada y no lo pide, porque todo lo hace bien y si hubiera querido que fuese ángel o jumento, pues así hubiera sido. Jesucristo me quiere perfecto, como su Padre del Cielo, pero me quiere hombre. Por eso, la famosa “terdécima” regla de San Ignacio para sentir con la Iglesia, salvada la intención del gran vasco, es una inquietante bomba de relojería. “Debemos siempre tener, para en todo acertar, que lo blanco que yo veo creer que es negro, si la Iglesia jerárquica así lo determina”, dice allí nuestro proto-jesuíta. Yo pienso que los libros de los Ejercicios no debían imprimirse sin una nota en este punto que dijera castizamente: “Aquí el santo no anduvo fino”. Como es lógico y piadoso, se le han intentado echar capotes, diciendo que en realidad se refería a las verdades sobrenaturales. Pero eso no tiene sentido, pues en la misma naturaleza de la verdad sobrenatural está el ser conocida por la Revelación y concretamente “por lo que determina la Iglesia jerárquica”. La fe consiste en asentir a esas proposiciones porque Dios las ha revelado, vea yo las cosas como las vea, y hasta ese momento no tengo fe. Por lo tanto, si la regla se refiriese a eso, no trataría del “sentir con la Iglesia” sino lisa y llanamente de tener fe. Que conste que le tengo devoción a gure patroi aundia, pero el ejemplo que puso es desafortunado (la aprehensión sensible de un color, ni más ni menos). El problema es que después de él muchos católicos han pensado que hacían un acto piadoso –carentes del buen sentido del san guipuzcoano– al poner hasta sus percepciones sensibles a disposición del juicio de la Iglesia, como signo de humilde obsequiosidad. ¡Cómo si la Iglesia, en toda su historia, hubiese pretendido jamás juzgar de esas cosas! Eso es lo que se llama ser más papista que el Papa. Yo soy tan papista como los Papas, pero ni un milímetro más, porque no sé si será verdad lo que decía el abominable Gide de que con buenos sentimientos se hace mala literatura, pero desde luego, se hace pésima Teología.
Verbigracia, Santo Tomás jamás hubiera puesto un ejemplo semejante. Para él, de suyo, el acto de la aprehensión es infalible. No por nada, sino porque no está en nuestra mano el influir en él.
Lo que la regla “terdécima” demanda de la inteligencia, las Constituciones de la Compañía lo piden de la voluntad: “los que viven en obediencia se debe dexar llevar y regir de la divina Providencia por medio del Superior, como si fuese un cuerpo muerto que se dexa llevar adondequiera y tratar como quiera, o como un bastón de hombre viejo, que en dondequiera y en qualquiera cosa, que dél ayudarse querrá el que le tiene en la mano, sirve”, escribió allí el santo, haciéndonos pensar que algo había en el ambiente intelectual de su tiempo que empujaba a tales expresiones extremas. Siendo todavía jesuita, el Padre Castellani ya advertía que si estas expresiones se tomaban literalmente engendrarían “una monstruosidad”. Intelectualmente estamos muy lejos de la obediencia como “oblación razonable” como le gustaba decir a Santo Tomás. El cristiano deberá obedecer, según su estado, como obedece un hombre libre, no como un cadaver.
Hay que tener mucho ojo con lo que se escribe, porque “uno ya se entiende”, pero los que vienen detrás entienden sólo lo que está escrito y sacan conclusiones que ni de lejos se imaginaba el autor.
La cosa es que las frases de San Ignacio, en manos de los fideístas de hoy, por ejemplo, han hecho estragos. Ha
n contribuido a generar no poca angustia, y lo que es peor, han paralizado a muchos en su legítima aspiración a comprender mejor su acto de fe. La Iglesia no tiene miedo de la razón, pero los clericales, le tienen auténtico pavor. Por eso, el uso clerical de lo de “lo blanco que yo veo creer que es negro” tiene múltiples ejemplos y ninguno bueno.
Desde que hace va para quince años un buen amigo pusiera en mis manos el mamotreto de Amerio Iota unum, mi mente empezó a inquietarse con lo que se me aparecían como piezas que no encajaban puzzle. Después vendría la lectura de la Pascendi y el sentirme retratado en aquel documento escrito noventa años antes y luego mandar a paseo once años de militancia en uno de los llamados “nuevos movimientos” y vivir a la intemperie de ese tipo de cobijos. Antes de eso ya me empecé a habituar a escuchar lo de “a ti lo que te pasa es que eres un soberbio” y a modernizadas versiones de "lo que tienes que hacer es creer que es negro..."
No se me ocurriría defender un anarquismo de la razón ni el libre pensamiento de aquellos llamados espíritus fuertes. Todo lo contrario. Aunque sólo sea por la experiencia vivida, tengo bien aprendido que la razón humana es incapaz, ella solita, de remontar el vuelo hasta la intimidad con Dios y que dejada a sus solas fuerzas, poco suele tardar en perjudicarnos. Pero la común paternidad del orden natural y del sobrenatural hace que nada de lo que la Iglesia nos enseña veje la razón. Sencillamente, la supera, exaltándola.
Así que nada de reclamar la independencia de mi razón. Dejado eso claro, no me interesa ahora tanto lo que San Ignacio quiso decir cuanto el posterior y actual uso de los textos que he citado. ¿En qué consiste tal uso? En una práctica fideísta de “matonismo” espiritual; en obviar que la naturaleza sobrenatural del acto de fe requiere también que ese acto sea humano, y por lo tanto razonable, lo mismo que la naturaleza sobrenatural del acto de obediencia exige igualmente que el acto obediente sea libre. Libre no quiere decir solamente voluntario: quiere decir también razonable.
Quienes abusan del “creer que es negro” –llamémoslo así, de forma sintética– recurren a una añagaza, la de crear la confusión y la culpa en los destinatarios de sus censuras: “Hay que creer lo que la Iglesia enseña y punto”, “hay que obedecer y punto”, “si no, eres un soberbio...”. Pero el terne interlocutor recuerda, empecinado: “Sí, pero primero tengo que saber qué es lo que la Iglesia enseña”...
En muchos ambientes está extendida la especie de que somos tanto más piadosos cuanto más radical y ciega sea nuestra renuncia al juicio propio, sin más distingos.
He hecho la prueba de preguntar: ¿quién te parece más piadoso, el que ante el muro blanco somete hasta su percepción de la blancura a un eventual juicio de la Iglesia o el que no lo hace? Las apariencias engañan y es fuerte la tentación de responder que el que está dispuesto a renunciar hasta a sus percepciones (no ya a sus juicios) ante el (hipotético) juicio de la Iglesia es ciertamente el más piadoso, el más religioso. El mejor. Mi siguiente pregunta es: ¿Y cómo conocerás tú el juicio de la Iglesia? Breve silencio y luego: “Leyendo los textos del Magisterio” o bien “escuchando a alguien me los explica”. Entonces, la última de mis preguntas: “Y si aceptas que hasta tus aprehensiones pueden ser falsas, ¿cómo estarás seguro que de lo que lees es lo que la Iglesia enseña, de que lo que escuchas es lo que la Iglesia te dice; de que las frases que escribe un Papa son las mismas que tú entiendes?” Habiendo inmolado hasta las aprehensiones de la razón en el ara de la piedad, la piedad misma se vuelve imposible.
Dios, a diferencia de estos “guardianes del fideísmo” no busca la humillación del hombre. La humillación, cuando es necesaria, es purificación, es medio.
Necesitamos tener certezas naturales para tenerlas sobrenaturales y la razón natural, sometiéndose a la fe, no se desvirtúa, se ensalza. La fe no crece a costa de la razón.
Por muy tranquilizador que a primera vista pueda parecer, renunciar a la propia razón abdicándola en el juicio de otros es tan inhumano como impío, y tras un fugaz sentimiento de tranquilidad abre paso a nuevas angustias.
Sentado el principio, veamos algunos corolarios.
Hay dos campos abonados para la aplicación de estos falsos principios. El primero se refiere sobre todo al aspecto voluntarista de la obediencia. A la “obediencia del bastón”. Es el de las relaciones de dependencia dentro de la Iglesia. No me refiero principalmente a la dependencia de la jerarquía eclesiástica (aunque lamentablemente también ahí tienen su cabida), sino a los jefes, jefecillos, superiores y demás personas erigidas –canónicamente o no– en alguna responsabilidad sobre otros cristianos. Los llamados “nuevos movimientos”, los grupos parroquiales, y hasta las comunidades religiosas, ofrecen material interesante para explorar cómo se ha convertido en algo casi endémico el percibir toda dificultad del inferior como una amenaza a la “autoridad” del superior. En estos casos lo más llamativo suele ser la falta de formación de quien reclama “ver negro” como última ratio eclesiástica. Su incapacidad para iluminar racionalmente el problema. Entonces, un legítimo deseo de comprender es deformado hasta presentarlo como un acto de diabólica soberbia. Mi experiencia en estos casos es que una adecuada dosis de humildad por parte de quien ocupa un puesto de responsabilidad, admitiendo que ignora la forma de responder a una duda resulta mucho más edificante y más humano. Tristemente, no es lo más frecuente.
Estos casos, dolorosísimos, pueden sin embargo ofrecer al cristiano que los padece una excelente ocasión de conformidad con la voluntad de Dios, de ofrecimiento por los propios pecados, de renuncia a ese orgullo que, efectivamente, nos acompaña como legado de Adán. No por eso la actuación del “superior” será laudable, pero en sí misma no será un obstáculo invencible, una excusa justa para abandonar el camino espiritual (siempre que sólo se trate de la necedad de un superior y no, como tantas veces ocurre hoy, de completos sistemas doctrinales y organizaciones parasitarios de la religión católica, pero ése es otro cantar). El caso de Santa Rita obedeciendo durante largo tiempo una orden completamente irracional ejemplifica cómo una orden absurda pero no directamente inmoral puede ser ocasión de gran provecho espiritual y aun de edificar a quien abusó de su superior posición. Pero recuerdo que eso no convierte en humano un acto de suyo inhumano, como es la orden de regar un palo seco.
El segundo campo abonado para estas prácticas es mucho más grave, pues en estos casos no queda la posibilidad de soportarlas con paciencia. En él se aplica estrictamente el “creer que es negro”. Es el caso de quienes pretenden silenciar los problemas de las conciencias que exigen suficiente claridad racional en las proposiciones que debemos creer. No se trata en absoluto de plantear un litigio racionalista frente al dogma, sino de la necesidad inexcusable de que mi acto de fe sea un acto humano (y por lo tanto mío), para lo cual debo tener clara la proposición a la cual presto asentimiento.
Entendámonos: la Iglesia me dice que debo creer en la Trinidad de personas en Dios. Sería absurdo que yo reclamara agotar racionalmente lo que ese misterio encierra o tener una intrínseca evidencia de ello, pero para que ese acto sobrenatural sea a la vez humano, yo debo conocer suficientemente la formulación de lo que se me exige creer. ¿Habrá quien objete a esto? Pues parece que sí. Para algunos, eso es mucho pedir.
En parte comprendo a estos auto-designados custodios de la Iglesia. Sólo en parte. Les comprendo porque como católico no albergo duda alguna sobre las promesas de Cristo ni sobre su Iglesia. Pero por eso mismo, no los acabo de entender. La Iglesia no tiene nada que esconder y no necesita ese tipo de protección, que supone una violencia preventiva sospechosa. Casi diríamos que en ellos “accusatio manifesta”.
Un torcido uso de las máximas ignacianas ha alimentado el espejismo de que es posible abdicar de la razón para ser mejor cristiano. Para ser el cristiano ideal. De modo que el mero hecho de que alguien se pregunte “¿cómo se reconcilian tal y cual doctrina, aparentemente enseñadas las dos por la Iglesia y que no veo cómo emparejar?” suscita una hiperestésica reacción de sospecha de larvado –o manifiesto– cisma o apostasía.
Si superasen su propio miedo, esos celosos guardianes de la pax eclesiastica, deberían pararse a considerar que quizás quienes así se expresan no hacen sino obedecer el mandato inexcusable de su conciencia: el de defender su fe. Sentirían así una saludable empatía con estos atribulados.
Cuando alguien se plantea y plantea, por ejemplo, su dificultad para reconciliar algunas doctrinas cristianas de siempre con las que ahora parecen enseñarse, no faltan –¡qué digo: abundan!– quienes, por toda respuesta, sentenciosamente espetan: “Eres un soberbio, un orgulloso”; “hay que ser más humilde”; o bien: “la doctrina no ha cambiado y punto”.
No creo que nadie –al menos yo no– decida formular esas inquietudes sin haber pasado muchas zozobras interiores, muchos combates por apuntalar un edificio intelectual bajo el que se había refugiado durante mucho tiempo y donde se sentía ya en casa.
En definitiva, exteriorizar este malestar no es sino la quiebra de una previa seguridad, pero una seguridad que se barruntaba falsa. La respuesta no puede estar en un voluntarismo que soluciona el problema negándolo, sino en una profundización serena en la verdad.
Cuando yo era joven y empezaba a expresar mis inquietudes en este terreno (¡convencido, como lo estoy hoy, de que tenía que haber una explicación, pues nunca he perdido la fe, gracias a Dios!), las violentas reacciones de estos guardianes sí me hacían mella. Durante mucho tiempo sirvieron para cuestionarme: “Soberbio lo soy, quizás ésa es la explicación”. Como la soberbia es un cardo endémico de profundas raíces y para erradicarlo apenas basta una vida entera de oración y ascética, pues claro, quién en su examen de conciencia no confiesa: “Sí que soy soberbio, sí”. Hala, pues eso. Pues no, no es eso.
La queja de la conciencia regresaba. Regresa siempre que no está en paz. La soberbia, pecado capital, está detrás de muchos de nuestros pecados, pero no da razón de que una conciencia sea incapaz de armonizar dos juicios. Aquí ya no estamos ante la aprehensión sensible, pero estamos ante otro caso de infalibilidad del conocimiento humano: el hábito de los primeros principios intelectuales. Concretamente, del principio de contradicción.
Razonando, yo puedo llegar a la conclusión de que la afirmación de la necesidad de medio del bautismo e incorporación a la Iglesia se repugna con un acto de oración común con miembros de otras religiones. Se trata de una proposición comparada no con su contraria sino con otra derivada de una hipotética contraria. Es un razonamiento y por lo tanto, susceptible de error. Pero cuanto más sencillo sea el razonamiento más fuerte será mi certeza, pues descansará con mayor proximidad sobre el principio de contradicción. De modo que si se trata de comparar una afirmación y una contraria a ella (un ejemplo: la libertad religiosa como delirio y la libertad religiosa como derecho civil fundado en la revelación y en la dignidad humana), obtengo la máxima certeza posible en el orden natural. En este caso, de que es imposible asentir a esas dos proposiciones a la vez.
¿Qué tiene que ver el orgullo o la humildad con esa estructura de mi inteligencia humana? El orgullo puede cegarme, cierto, pero eso puede ocurrir en la determinación de los términos del problema, no en el hecho mismo de la aplicación del principio de contradicción, en sí mismo infalible.
Por lo tanto, si el orgullo o cualquier pasión ha provocado que yo haga un mal planteamiento del problema, lo oportuno será un sencillo ejercicio de la primera obra de misericordia espiritual. No una censura preventiva, que más parece censurar la indómita exigencia de la naturaleza humana de obrar conforme a su razón.
Henos aquí, pues, ante un cristiano que expone en voz alta su dificultad no para creer algo, sino para determinar el objeto de su fe.
Cuando se ha intentado pacientemente explicar al guardián de la paz eclesiástica de turno que no, que uno no hace sino cumplir con un deber universal de claridad en las proposiciones que debe creer y que en absoluto cuestiona la más mínima iota de la doctrina católica, aun no ha superado todo el armamento de esos pseudo-censores. Todavía puede tener que escuchar a modo de punto final un nervioso: “¡Yo creo lo que la Iglesia enseñe!” ¿Cabe mayor muestra de obediencia filial, de fe sin reservas, en un cristiano? Pues, depende. Si con esa protesta se quiere manifestar, de modo sintético, que se cree en la Iglesia y en todo lo que la Iglesia católica enseña, no habrá católico que deje de alabar la afirmación.. Pero si semejante declaración se utiliza para evitar hacer un juicio tan simple como qué cosa enseña la Iglesia en un particular, entonces admitamos que estamos ante un problema. Claro, yo también creo lo que la Iglesia enseñe. El problema, ya lo hemos visto, es tener claridad sobre qué enseña.
Aunque nuestro acto de fe incluye virtualmente todo lo que la Iglesia haya enseñado y nosotros no conozcamos y lo que pueda enseñar en el futuro, de hecho debe tener necesariamente como objeto algunas proposiciones enseñadas por la Iglesia. No existe ninguna fórmula del Credo que diga: “Creo en todo lo que enseña la Iglesia”. Ésa es reducible a una proposición de la tercera parte del Credo, pero ni la fe ni la Teología se acaban ahí.
Creo que era obligado hacer una reflexión sobre estas nocivas prácticas muy presentes entre los cristianos. Primero para recordar que querer conocer y discernir nuestra fe no tiene nada de sospechoso, sino de meritorio. Y segundo para contribuir a liberar también las conciencias de los que se sienten empujados a ejercer este tipo de censuras creyendo así que hacen un servicio a la Iglesia... o a su fe personal. Esto suscita lógicamente otro problema, para otra ocasión, que es el de la sorprendente dificultad que hoy tenemos los cristianos para hacer ese discernimiento que debiera ser facilitado por quienes tienen el munus docendi.
En esto, como en todo, la verdad nos hará libres.

José Antonio Ullate Fabo

miércoles, 18 de julio de 2012

El que existe por si mismo

En el libro de Éxodo leemos que Moisés pregunta al Señor:

 “Si voy a los israelitas y les digo: ‘El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros’, y si ellos me preguntan ‘¿Cuál es su nombre?’ ¿qué les diré? Dios respondió a Moisés “Yo Soy el que Soy”. (Ex 3: 13-14).

Junto con primer versículo de Génesis, éste debe ser uno de los que más atención a reclamado de parte de los hermeneutas. Cualquier nota en una Biblia católica (una buena Biblia católica) nos expone parte del interesante debate que se ha realizado, desde la Patrística sobre las contundentes palabras de Dios: “Yo Soy el que Soy”. La mayoría de los críticos (especialmente desde el Siglo XVIII a la actualidad) han interpretado esta respuesta como una evasión a la pregunta de Moisés. Dios le da un hombre, YHWH el cual hasta el día de hoy los judíos herederos de la tradición rabínica (no los karaítas) se niegan a pronunciar.
 En esta publicación quisiera que recuperemos la interpretación de la filosofía patrística y finalmente hacer una pequeña reflexión sobre esta nueva hermenéutica. Debemos a San Gregorio de Nisa considerar que la respuesta “Yo Soy el que Soy” como un punto de partida para la definición ontológica de Dios. Por su parte, San Gregorio Nacianceno consideró la respuesta de Dios como una revelación de la naturaleza divina:

Los nombres más propios de la esencia de Dios son el ‘ente’ y el de ‘Dios’; y el mas propio de estos es el nombre de ‘ente’, no sólo porque Dios mismo lo enseñó a Moisés (…) sino porque por él buscamos decir la naturaleza que tiene por sí el ser mismo y que no lo une con otra cosa” (Discursos teológicos IV, 18).

Dios es ante todo ente, eso significa Dios Es. Ahora bien, Dios le dice a Moisés “Yo soy el que soy”, es decir, Es Él Mismo, no un ser que se confunde con otro, sino un Ser que en sí mismo existe, que existe por sí mismo, no es creado, no fue formado, sino que autoexistente y es consciente de esa autoexistencia. De esta manera se define el primer atributo de la divinidad: la Existencia sin dependencia de ningún ser, porque es el primero y también el ser por el cual los demás pueden existir. ¡Hermosa revelación a la inteligencia limitada de los hombres que no podemos escapar del proceso de causa-consecuencia! Pensemos que en la filosofía griega esta propiedad de la divinidad era absolutamente desconocida. Recordemos: el Demiurgo de Platón coexiste con la materia, las ideas y el tiempo. “Yo soy el que soy”, es decir, “el que existe por sí mismo”. Por eso San Gregorio Nacianceno concluye que Dios es el único ser propiamente con calidad de tal, ya que no está circunscripto a nada que le sea anterior ni posterior. San Hilario, continuando en esta línea afirma “nada es más propio de Dios que ‘el Ser’”.

Retomamos, la respuesta de la Divinidad al hombre que, temeroso se asomó a ver el asombroso hecho de la zarza que ardía sin consumirse es la obscura luz de la Naturaleza Divina, que no podemos comprender si no es con el auxilio de la Gracia, y aún así sólo llegaremos a un conocimiento limitado a nuestra inteligencia humana, mortalmente herida por el pecado original. Dios nos eleva de nuestra miserable condición para que podamos conocerle y amarle, nos restituye aquello que perdimos con la caída de los Padres. Allí está la verdadera apocatástasis de aquellos cuyo nombre está inscripto en el Libro de la Vida y que podrán contemplar al Creador cara a cara.

Pero no podemos concluir este breve examen de Éxodo 3, 14 sin referirnos a la moderna hermenéutica. La misma sostiene que la respuesta de Dios a Moisés no es una revelación ontológica, sino, únicamente una evasión. Dios no le dice “Yo soy el que existe por sí mismo”, no afirma ser el único Dios, y por lo tanto el único Ser propiamente definible como tal… por el simple hecho de que la mentalidad hebrea es primitiva y no había alcanzado aún (de ser histórico tal suceso, algo que los más modernos “críticos” niegan) tal desarrollo de la filosofía. ¿Qué implica esto? Implica la imperfección de la revelación y que la misma está sujeta a un crecimiento, a una evolución. Volvemos aquí a los errores kantianos sobre la imposibilidad de conocer la esencia de las cosas, aún con nuestra inteligencia herida mortalmente, sino únicamente los fenómenos, es decir, el revestimiento externo, y por lo tanto, un conocimiento perfectible y mudable. Un conocimiento, volvemos, evolutivo. ¿Por qué Dios no podía decirle a Dios que Él Es el Que Existe por Sí Mismo? Por que los griegos nunca llegaron a esa idea. Sinceramente se trata de una respuesta carente de toda lógica. La filosofía profana, como todo conocimiento que no provenga de Dios es limitado y circunscripto a la contigencia humana; pero el conocimiento que proviene de Dios, es decir, el que es infundido por el Creador tiene como fin ordenar todo a Dios. Un argumento comparable es el que utilizan aquellos que defienden la ordenación de mujeres al sacerdocio cuándo pretextan que Cristo no eligió a mujeres entre los apóstoles por las convenciones sociales e históricas de su tiempo. ¿Acaso está Cristo atado a la temporalidad y a las leyes del hombre? ¿Acaso Dios, volviendo, se encuentra limitado a la inteligencia humana? En distintos momentos históricos Dios decidió levantar a los hombres de su miserable condición para que le conocieran y le amaran, estableciendo así sucesivos pactos.

Limitar el significado del texto bíblico, haciéndolo mero accidente de una época no es otra cosa que negar que se trate de el Único Texto que tiene por autor al Mismo Dios. Nosotros como católicos estamos obligados a creer que la Sagrada Escritura es la Palabra de Dios. En ella, Dios se nos revela como se le reveló a Moisés en el Monte. Cuándo Dios se revela a Moisés des-vela su majestad. Moisés recibió por voluntad de Dios la ousía de la Divinidad y fue comisionado a transmitirla junto con el mensaje de liberación. De la misma manera nosotros, fieles de la Iglesia Católica estamos obligados a transmitir la Verdad, que es Cristo Mismo. Moisés se enfrentó a la incredulidad de los Israelitas y el poderío del Faraón.
Nosotros tenemos como adversarios al Mundo y a Su Príncipe.
Moisés tenía el conocimiento y la Fe.
Nosotros también.

martes, 17 de julio de 2012

Consideraciones sobre las "negociaciones" de la Fraternidad y Roma


Hace muy poco recibí un e-mail donde alguien ponderaba la actitud de Monseñor Richard Williamson frente a la actual situación de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Esta persona me escribe sobre el “exilio” de Monseñor Williamson y el terrible padecimiento y silenciamiento del que ha sido víctima.
En Sursum Corda expresé mi opinión clara sobre Monseñor Williamson. Yo recibí de sus manos el Sacramento de la Confirmación, he compartido charlas con él, aprendí muchísimo de Monseñor y me siento profundamente ligado a este obispo. Ahora bien…
Monseñor Williamson no está exiliado. Actualmente reside en Inglaterra que es su país natal. Espiritualmente no está más exiliado que todos los católicos, que hemos sido expulsados de nuestras Iglesias por la Iglesia Conciliar del Vaticano II. También es incorrecto que la causa del silenciamiento de Monseñor Williamson hayan sido, originalmente, cuestiones doctrinales: Monseñor expresó una opinión personal sobre un hecho histórico, por lo tanto ha sido colocado como un “mártir viviente”, pero este “martirio” no es en razón de una cuestión de fe, sino meramente histórica, a saber, si murieron realmente seis millones de judíos o no. Monseñor dijo algo políticamente incorrecto y la consecuencia ha sido es ostracismo. Posteriormente, las posiciones “más duras” de Monseñor frente a las de Fellay se han hecho públicas, pero las mismas no expresan sino la eterna contradicción de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X entre quienes quieren un acuerdo con Roma y quienes se oponen a un acuerdo con la Roma del Vaticano II.
Personalmente me encuentro en contra del acuerdo de la FSSPX con Roma y ciertamente, es Roma quién con los últimos nombramientos de la curia demostró no tener más intenciones de proseguir conversaciones con la Fraternidad. Pero estos acercamientos son útiles tanto para la Iglesia Conciliar como para la Fraternidad. Para la primera porque le permite demostrar su “apertura” y no ser ella la que ha motivado la actitud de “ingratitud” de los tradicionalistas. Ratzinger lavantó las excomuniones, “liberó la misa” y puso las discusiones en el plano doctrinal, algo que la Fraternidad había reclamado desde los inicios. Ahora bien, como dicen algunos sacerdotes tradicionalistas de la Iglesia Conciliar  “¿Qué más quieren los lefebvristas? ¿Acaso el Papa no les dio todo lo que quieren?”.
Para la Fraternidad estas negociaciones sirvieron porque le permitió  “purificar” las filas: Los cripto-sedevacantistas en la FSSPX mostraron su verdadero rostro y salieron, los que estaban decididos por el acuerdo a cualquier costo también salieron y ahora están en la FSSP, el IBP, el ISFN o cualesquiera de los grupúsculos apóstatas “en paz y comunión” con Ratzinger/Benedicto XVI.
Recuerdo muy bien el anuncio de la “liberación de la Misa”. Aquel domingo yo estaba en el Seminario de La Reja asistiendo a Misa. Recuerdo que se cantó el Te Deum y que muchos de los fieles salimos de la Iglesia en ese momento. ¿Era menester aclarar nuestra protesta, libre y espontanea? ¿Alguien podía negar que algunos seminaristas bajaron la vista y guardaron silencio durante el oficio? ¿Fue casual que los seminaristas siempre tan prestos a conversar con los fieles, aquel domingo guardaran especial silencio cuando todos estábamos buscando alguna respuesta?
¿Y que paso en ultimas cuentas sino que, como dijo uno de los fieles “a los sedevacantistas se les caerá la careta”? Para muchos aquel Te Deum fue intolerable… para mi lo fue.

Pero mi situación es diferente de la de aquellos que viven de la Fraternidad. Bien porque son seminaristas, bien porque son sacerdotes y están ligados a una unión pía que, en ultima instancia, los alimenta, les da cobijo y para la cual trabajan y se identifican. También están aquellos que viven de la Fraternidad sin estar en la Fraternidad, es decir, quienes salieron porque ya no les quedaba otra, bien por cuestiones de conciencia (los hay, no lo niego), bien porque les salió mal alguna jugada. ¿Acaso no hay por allí dispersos ex sacerdotes, avenidos hoy en obispos que no hacen otra cosa que hablar mal de la FSSPX y están a la expectativa de cualquier fiel descontento o sacerdote igual que ellos, frustrado? ¿Y no es cierto que con estos obispos hay grupúsculos de fieles que repiten de memoria sentencias canónicas y aleccionan a quienes quieren (y a quienes no quieren) sobre la licitud o no de asistir a las misas de la Fraternidad? ¿Y no es cierto que estos frustrados han tenido que mendigar el obispado en el linaje Thuc porque se los negó Monseñor Lefebvre? ¿Y no es cierto que estos frustrados, sacerdotes, obispos o simples “hermanos” que bajo el pretexto de “restituir” han robado hasta el agua bendita de Seminarios, Prioratos o Capillas? ¿Y no es verdad, finalmente, que estos “religiosos”, últimos baluartes de la Fe, ora verdaderos continuadores de la obra de Monseñor Lefevbre, ora enemigos de Monseñor Lefebvre gozan de los favores de ciertos laicos, verdaderos lacayos que atacan y calumnian a todos los que se nieguen a canonizarlos en vida? ¿Miento acaso si digo que estos “defensores de la fe” no aleccionan a sus “fieles”, sus “ovejas” de atacar a quienes no los apoyan?  Y allí van estos fieles, ora algún nazi trasnochado que desconoce las raíces del nacionalsocialismo, acusando a todos de judíos, marranos y las mil y un sonseras.
No nos engañemos: esta política de la Roma Neo-Modenista y Neo-Protestante es compartida por la Fraternidad. Ambas salen ganando. La Fraternidad no firmará el acuerdo con Roma, pero tampoco Roma lo hará con la Fraternidad. La Iglesia Conciliar quedará a los ojos de sus fieles contaminados por el modernismo como la que hace todo el esfuerzo para terminar con el “cisma de los tradicionalistas”, y la Fraternidad podrá librarse de aquellos que no están de acuerdo con la “actitud prudencial” de Monseñor Lefebvre, mantenida por sus sucesores.

lunes, 16 de julio de 2012

Infinitamente grande e infinitamente pequeño


El hombre no puede conocer a la perfección la naturaleza divina, únicamente puede, con la ayuda del mismo Dios, aproximarse a ella, de una manera débil. En efecto ¿Cómo nosotros, en nuestra inteligencia finita y destruida por la Caída de los Padres podremos llegar, alguna vez a “entender” la grandeza de Dios? Nos basta con saberla. Sabemos que Dios es omnipotente, pero no podemos comprender esa omnipotencia. Sabemos que Él es Sapientísimo, pero no podemos conocer que es lo que él sabe, porque nuestro conocimiento es infinitamente menor y está sujeto a accidentes como el Tiempo, mientras que Dios está fuera del Tiempo y no se encuentra sujeto al Espacio.
El Logos es acción propiamente dicha, por el Logos todo se hizo y nada se hizo son el Logos. ¿Qué había antes  de Dios? Nada. Ahora bien ¿Podemos comprender la “nada”? Creemos que si, pero estamos en el error. Me trataré de explicar. Nuestro Universo, creación de Dios, contiene toda la materia y energía, al mismo tiempo, se encuentra sujeto a la contingencia de la temporalidad. Todo lo que ha sido creado se encuentra en los límites del Universo, fuera de él no hay nada, empero, la idea de que a partir de cierto lugar comience la inexistencia repugna a nuestra inteligencia. Imaginemos un circulo. Todo lo que esté dentro de él existe. Fuera de él no existe nada. Si yo me pudiera asomar al borde de dicho círculo ¿contemplaría algo? No, sino que veríamos el otro lado del círculo. ¿Y si comenzáramos a caminar? Llegaría un momento en el cual volveríamos al punto de partida. Para nosotros hay continuidad, hay linealidad, sólo podemos ver aquello que tenemos en frente. Tiempo y espacio son condiciones obligadas a nuestra mente y comprensión, no así para Dios, quién existe sin el tiempo, quien se mueve sin el espacio.
Los filósofos griegos, padres de nuestro pensamiento no pudieron llegar a la idea de la creación, tal como nosotros la hemos recibido de Dios. ¿Por qué? Ninguno de los relatos de creación de la antigüedad, ninguna mitología ni religión llegó a la idea de la creación desde la nada. Platón en su Timeo no cuenta que el Demiurgo “hizo” el mundo a partir de materia informe copiando a las ideas, por lo tanto, esa divinidad primordial coexistía como una “cosa más” junto con el tiempo, las ideas y la materia imperfecta. Pero la Escritura, cuyo autor es el mismo Dios Vivo nos relata algo completamente diferente: El Dios de Infinita Majestad, por un acto absolutamente voluntario y libre decidió que las cosas “fueran”. Hizo el mundo desde la nada y a partir de la nada, y al concluir la Creación, el Creador “contempló todo lo que había hecho, y vió que era bueno en gran manera” (Gen 1: 31).
Dios es un ser externo a la creación, no se confunde con ella, sino que la determina. EL Tiempo es también algo creado, un producto más que no afecta a la naturaleza divina, distinta de la naturaleza creada. Las cosas que Dios hizo son buenas, incluso el hombre fue hecho bueno por Dios y colocado en el paraíso, sin dolores, sin sufrimiento alguno, empero, el hombre, al transgredir el Mandato que Dios le había dado, decidió destruirse a sí mismo y apartarse de la vista de Dios. Pero Dios no lo podía ignorar, porque él está fuera del tiempo y nada ocurre sin que lo permita, porque, como dice el Doctor Angélico, Dios permite el mal porque de él puede obtener un bien.
Nosotros, mortales, con una inteligencia sujeta al tiempo, con nociones que nos esclaviza, con un pecado que llevamos a cuesta ¿Podemos comprender la majestad de la Creación? Al entender que no podemos comprender realizamos un inmenso acto de humildad, tan grande como el que profesamos cuando durante la elevación de la Hostia Consagrada repetimos, desde hace dos milenios “Señor Mío y Dios Mío”.

Misa Católica en Orlando: Sacred Heart Traditional Catholic Church


Informamos de la existencia de un importante centro de Misa: Sacred Heart Traditional Catholic Church, ubicada en Orlando. Para más información les rogamos seguir el siguiente enlace:http://orlando-sacred-heart.org/

Recuerden que Sursum Corda tiene como uno de sus objetivos defender la Misa Católica y dar a conocer centros de Misa, dando así un importante servicio a los fieles de la Resistencia Católica contra la Iglesia Concilar.

sábado, 14 de julio de 2012

Mons. Richard Williamson: Comentario Eleison CCLII

Pero si Roma ofrece a la Fraternidad San Pío X todo lo que ella quiere, ¿Por qué la Fraternidad tendría todavía que rehusar? Aparentemente hay Católicos que todavía creen que si un acuerdo práctico respondiese a todos los requerimientos prácticos de la Fraternidad San Pío X, tendría que ser aceptado. Entonces, ¿Por qué no? Porque no fue con vista al bien de la Fraternidad San Pío X que Monseñor Lefebvre la creó, sino por el bien de la verdadera Fe Católica, amenazada por el Vaticano II como nunca antes había sido amenazada. Pero veamos ahora porque las autoridades de la Nueva Iglesia buscarán cualquier acuerdo práctico lo mismo que las razones por las cuales la Fraternidad San Pío X lo debe rechazar.




La razón es porque la Nueva Iglesia es subjetivista y todo acuerdo puramente práctico implica que el subjetivismo sea la verdad. Según la nueva religión Conciliar, los dogmas de Fe no son verdades objetivas sino símbolos que satisfacen necesidades subjetivas (Pascendi, 11-13, 21). Por ejemplo, si mi inseguridad psicológica se encuentra tranquilizada por la convicción que Dios se hizo hombre, entonces, para mi, la Encarnación es verdadera, en el único sentido posible de la palabra “verdad”. Así, si los Tradicionalistas sienten la propia necesidad de la vieja religión, entonces ella es la que es verdadera para ellos, y uno hasta puede admirar a que punto se adhieren a su verdad. Pero, en justicia ellos deben a su vez aceptar dejarnos a nosotros los Romanos tener nuestra verdad Conciliar y si ellos no pueden consentir a esta concesión, entonces ellos son de u na manera insoportable arrogantes e intolerantes y no podemos permitir tal disensión dentro de nuestra Iglesia de amor, amor, amor.



Por eso, la Roma Neo-modernista estaría feliz con cualquier acuerdo práctico por el cual la Fraternidad San Pío X no haría mas que renunciar, aunque solamente sea implícitamente, a su radical reivindicación de la universalidad y obligatoriedad de “sus” verdades. Al contrario, la Fraternidad San Pío X no puede contentarse con cualquier acuerdo que sería un acto que hablaría mas fuerte que las palabras para negar la objetividad de “su” religión de 20 siglos. No es en absoluto “su” religión. Para llegar a un acuerdo con los subjetivistas, me encuentro en la necesidad de dejar de insistir sobre la objetividad. Para insistir sobre la objetividad, no puedo aceptar absolutamente ninguna proposición ofrecida por los subjetivistas, a menos que ellos renuncien a su subjetivismo.

Estos Romanos no hacen nada de eso. Y otra prueba de su insistencia de cruzados en pro de su nueva religión viene en la forma de su reciente “Nota sobre las conclusiones de la visita canónica al Instituto del Buen Pastor” en Francia. Los lectores se acordarán que este Instituto fue uno entre varios fundados después del Concilio para permitir al Catolicismo Tradicional ser practicado bajo la autoridad romana. Roma puede esperar algunos años antes de actuar, para asegurarse que el pobre pescado esté bien agarrado al anzuelo, pero entonces -




La “Nota” pide que el Vaticano II y el Catecismo de 1992 de la Nueva Iglesia deben estar incluidos en los estudios del seminario del Instituto. El Instituto debe insistir sobre la “hermenéutica del renuevo en la continuidad” y debe dejar de llamar al rito Tridentino de la Misa su “exclusivo” rito de la Misa. El Instituto debe entrar en la vida diocesana oficial con un “espíritu de comunión”.



En otras palabras, el Instituto Tradicional debe dejar de ser tan Tradicional si es que quiere pertenecer a la Nueva Iglesia. ¿Podía el Instituto esperar otra cosa? Para conservar la Tradición, tendría que salir de nuevo de la sumisión a la autoridad de la Nueva Iglesia. ¿Qué posibilidad existe de tal cosa? Ellos quisieron ser tragados por el monstruo Conciliar. Ahora el monstruo los está digiriendo.



Entonces, ¿Por qué, en nombre del Cielo, habría de ser el peligro diferente con la Fraternidad? La tentación de Roma puede ser rechazada por esta vez por la Fraternidad, pero no nos hagamos ninguna ilusión: los subjetivistas volverán una y otra vez para desembarazarse de esta verdad objetiva y de esta Fe objetiva que constituyen un constante reproche a su criminal delirio de ellos.



Kyrie eleison

miércoles, 11 de julio de 2012

Amenazas a Sursum Corda

Luego de que varios amigos me insistieron decidí iniciar la recuperación de la cuenta de correos asociada a este blog, contraseña que perdí hace algún tiempo. No fue un tramite largo, más bien se basó en algunas preguntas y cosas así. Lo importante fue que me topé con varias amenazas o advertencias... como prefieran.
Quisiera presentar a ustedes lo que me escribiera el señor Teo Redes quien se ha ofendido sobre los artículos aquí publicados sobre la Iglesia dirigida por el Obispo Independiente Erman Colonia. Quisiera antes de proseguir hacer una aclaración: TODO LO PUBLICADO EN SURSUM CORDA ATIENDE A LA TEOLOGÍA. Invito al señor Teo Redes a señalar dónde hemos cometido un error teológico amparándose en la Tradición y las Escrituras.
Finalmente, y antes de presentar a ustedes el correo que él me escribiera quisiera recordarle a este buen señor, y a todos los que han amenazado con acciones legales (en el mejor de los casos) o incluso con denunciarnos ante organizaciones internacionales (¿?) el siguiente pasaje del Evangelio Según San Juan: «Cuando Jesús hubo dicho esto, uno de los alguaciles, que estaba allí, le dio una bofetada, diciendo: ¿Así respondes al sumo sacerdote? Jesús le respondió: Si he hablado mal, testifica en qué está el mal; y si bien, ¿por qué me golpeas?» (Jn 18: 22-23). Por lo tanto los animo a seguir la Palabra de Dios, que tanto dicen predicar.
Sin más, el correo de Teo Redes y mi respuesta.


De: Teo Redes
Para: f_braudel@yahoo.com.ar
Enviado: martes, 10 de julio de 2012 15:51
Asunto: SEÑOR RAUL MIGUEL

ESTIMADO SEÑOR
RAUL MIGUEL
Sursum Corda
Buenos Aires, Argentina
Simplemente Católico e-mail: f_braudel@yahoo.com.ar

Desde pequeño me enseñaron que los cristianos somos personas hono.rables y bien educados.
He conversado con Mons. Erman Colonia  sobre  vuestra publicacion en Sursum Corda , lo cual considero  difamatorio y falto de verdad.
Conozco bien al Sr. Colonia y considero buen amigo . sin embargo sus publicaciones son calumniosas en lo referente a ordenacion de homosexuales, telogia de la liberacion indegenismo.
Puede o no compartir  mi punto de vista , pero nadie tiene derecho de difamar ni calumniar a nadie en un mundo civilizado.

LE  DOY UN TIEMPO PERENTORIO PARA CORREGIR SUS ERRORES

De  otro modo acudire a una demanda legal y para lo cual estoy coordinando con mis colegas en su pais.

ESPERO QUE LA LIBERTAD DE PENSAMIENTO Y CREENCIA SEA  SU NORTE  Y NO SE OCUPE DE PERSONAS QUE UD. NO CONOCE BIEN.



        TEO REDES
   PERIODISMO PLURAL

Respuesta


Estimado Señor,
                        No entiendo en que he difamado. Simplemente me limité a comparar sus creencias con las de la Tradición Católica. No obstante, lo convido a usted a participar si así lo desea de un debate. Más aún, a publicar en mi blog su correo electrónico.
Hasta donde yo sabía, no era de católicos recurrir a los tribunales. Me sorprende mucho esta actitud tan poco "ecuménica".
Lo insto en lugar de amenazarme y atemorizarme a que dialogue, incluso abiertamente conmigo.
Suyo en Nuestro Señor,
Raúl Miguel