domingo, 30 de septiembre de 2012

San Agustín, Sobre la mentira

Por extraño que pueda parecernos, tal es la confrontación que existe entre comunidades de la Tradición Católica, que la mentira se volvió tolerable, cuando no, justificada. ¿Desde cuándo un sacerdote o un obispo puede, con toda tranquilidad mentir e injuriar? ¿Es acaso ese un principio católico?
Para recordar como son las cosas (y cómo deben ser) publicamos aquí el siguiente fragmento de la obra de San Agustín Contra la mentira, correspondiente al Capítulo III y IV. Éste texto puede ser leído en su versión completa haciendo click en el siguiente enlace.




CAPÍTULO III
Las mentiras católicas más perniciosas que las priscilianistas


4. Hay muchas clases de mentiras, pero todas debemos aborrecerlas sin distinción. Pues no hay ninguna mentira que no sea contraria a la verdad. Porque como la luz y las tinieblas, la piedad y la impiedad, la bondad y la iniquidad, el pecado y la obra buena, la salud y la enfermedad, la vida y la muerte, así son totalmente opuestas, entre sí, la verdad y la mentira. Por tanto, cuanto más amemos la verdad, tanto más debemos odiar la mentira. Con todo, hay ciertas mentiras que, aunque se digan con intención de engañar, en nada dañan al que las cree, aunque sean dañinas para el que las dice. Así, si el hermano y siervo de Dios, Frontón, te hubiera engañado en las cosas que te contó (lejos de mí el pensarlo) se hubiera, ciertamente, hecho daño a sí mismo pero no a ti, aunque tu hubieras creído, sin ninguna maldad, al testigo. Porque, hayan ocurrido las cosas como las ha contado o no, si uno cree que han sucedido así, aunque no hubieran ocurrido así, no hay nada en eso que se deba censurar como contrario a la regla de la verdad ni a la doctrina de la salvación eterna. Pero si alguien miente, en lo que atañe a la doctrina de Cristo, de modo que quien lo crea venga a convertirse en hereje, tanto más daño se hace a sí mismo el que miente cuanto más miserable hace a aquel que le cree. Mira, pues, cuál es nuestra responsabilidad cuando mentimos, contra la doctrina de Cristo, pues matamos el alma del que nos cree. Y, bajo el pretexto de atraer a los enemigos de esta doctrina, nos alejamos nosotros de ella; es más, al conquistar a los mentirosos, mintiendo, les enseñamos unas mentiras más graves. Pues una cosa es lo que dicen cuando mienten y otra cuando están equivocados. Porque, cuando enseñan su herejía, dicen cosas en las que están equivocados, pero cuando dicen sentir lo que no sienten o no sentir lo que sienten, dicen verdaderas mentiras. Si alguien se las cree, aunque no descubra su embuste, no perece por eso. Nadie se aparta de la norma católica por creer católico a un hereje que profesa dolosamente los dogmas católicos, pues lo cree católico, y, por eso, no le hace daño, porque no se equivoca respecto a su fe en Dios, que debe conservar íntegra, sino en la apreciación de la intención del prójimo, que no puede juzgar porque le está oculta. Ahora bien, cuando enseñan su herejía, el que les cree y la juzga verdadera, se hará partícipe de su error y de su condenación. Así sucede que cuando ellos explican dolosamente sus dogmas, en los cuales se engañan, con un mortífero error, entonces el que crea perecerá; pero nosotros, cuando predicamos los dogmas católicos en los que tenemos la fe verdadera, entonces el que crea se encontrará aunque estuviera perdido. Por otra parte, si los priscilianistas, para ocultar su veneno, se fingen católicos y algún católico los cree, éste seguirá siendo verdadero católico aunque ellos solo lo sean en apariencia. Por el contrario, si nos fingimos priscilianistas, para desenmascararlos, y aplaudimos sus dogmas, como si fueran los nuestros, y alguien creyera estas cosas, se quedará con nosotros o se fugará con ellos. En cuanto a lo que sucederá después, si serán liberados al decirles la verdad, los que ya hemos engañado, y si querrán escuchar al que ahora les enseña, pero que ya le han tachado de mentiroso, ¿quién lo sabrá con certeza?, ¿quién habrá que ignore que esto es incierto? De lo que se deduce que es más pernicioso, o, por decirlo más suavemente, más peligroso que los católicos mientan para captar a los herejes que el que mientan los herejes para ocultarse a los católicos. Porque el que cree a los católicos, que fingen lo que no son, o se hace hereje o se confirma en su herejía; en cambio, el que cree a los herejes, que mienten para ocultarse, no deja de ser católico. Para que esto se vea más claro, vamos a poner algunos ejemplos sacados de los mismos escritos que tú me has enviado para que yo los leyese.
5. Vamos a poner ante nuestros ojos a un hábil espía que se acerca a un hombre que sospecha que es un priscilianista y comienza a alabar, dolosamente, al obispo Dictinio, sea que le haya conocido en vida o que solo haya oído hablar de él. Esto aún es más tolerable porque se piensa que aquél fue católico, pues se corrigió de su error. Después evoca con veneración a Prisciliano, hombre impío y execrable, condenado, al fin, por sus nefandos crímenes y pecados. He aquí el primer paso en el arte de mentir. Con esa venerable evocación, con que se pretende tender las redes, si el que escucha no era un priscilianista convencido, se convencerá por esta predicación. La plática del espía sigue adelante y comienza a compadecerse de aquellos que el ángel de las tinieblas envolvió en tamaños errores que les ha hecho olvidar la dignidad de su alma y la claridad de su linaje divino. Luego la emprende con el libro de Dictinio, titulado Libra -porque contiene doce cuestiones, como la libra tiene doce onzas-, y lo ensalza con tales alabanzas, que la dicha Libra, que contiene horrendas blasfemias, viene a parecer más preciosa que muchos miles de libras de oro. En fin, esta astucia del embaucador termina por matar el alma del creyente, o, si ya la tenía muerta, sumergirla y enterrarla en el pozo más profundo de la muerte. Pero, dirás, luego será liberada. Pero ¿y qué ocurriría si no lo logramos, ya porque por algún impedimento no pueda realizarse el plan comenzado o por la obstinación de la mente del hereje, en no seguir adelante, aunque hubiese comenzado a confesar alguna cosa? Principalmente, porque, si descubre que ha sido tentado por un extraño, por eso mismo, intentará, con toda su astucia, ocultar lo que siente, por medio de la mentira, sobre todo cuando ha sabido con certeza que eso se puede hacer, sin culpa alguna, visto el ejemplo de su tentador. Y entonces, a este hombre, que piensa que se puede guardar la verdad por medio de la mentira, ¿cómo vamos a tener la cara de culparle y condenarle por lo que le hemos enseñado?
6. Quedaría, pues, muy claro que no dudamos en condenar, con toda la sinceridad de nuestra piedad, los perversos errores de la herejía priscilianista acerca de Dios, del alma, del cuerpo y de otros temas, pero en lo que se refiere a que se puede mentir para ocultar a verdad sería un dogma común, para nosotros y para ellos, lo que Dios no permita. Y este es un mal tan grande que, aun si nuestro empeño, de captarlos por medio de la mentira y cambiarlos, prosperase de modo que los captásemos y cambiásemos, ninguna ganancia puede compensar este daño, por el que nosotros mismos nos corrompemos al buscar su corrección. Al utilizar este embuste, nos pervertimos, en parte, a nosotros mismos, y a ellos los corregimos a medias, puesto que eso que piensan, que se puede mentir en pro de la verdad, no lo corregimos en ellos, ya que eso mismo nosotros lo sabemos, lo enseñamos y lo mandamos poner en práctica para lograr su corrección. Y, sin embargo, no les enmendamos, al no arrancarles esa patraña por la que pretenden que se puede camuflar la verdad; antes bien, nos engañamos a nosotros mismos al buscarles por medio de esa patraña. Además, nunca podremos saber la sinceridad de la conversión de aquellos a los que hemos mentido cuando estaban pervertidos, pues ¿acaso no van a hacer, una vez captados, lo que les han hecho para captarlos, no solo porque estaban acostumbrados a hacer eso, sino porque lo encontraron entre nosotros cuando llegaron?


CAPÍTULO IV
La mentira destruye la fe


7. Y, lo que es más lamentable, incluso esos mismos que ya casi se han hecho de los nuestros, no podrán encontrar modo de que nos puedan creer. Pues, si llegan a sospechar que nosotros hablamos con fingimiento, incluso de los dogmas católicos, para ocultarles no se qué otra cosa que juzgamos verdadera, entonces, ciertamente, el que sospecha esas cosas, al que se le diga: yo hice esto para captarte a ti, entonces, ¿qué le responderás al que te diga: cómo puedo saber que ahora no haces esto para no ser descubierto por mí? ¿O es que se puede creer que un hombre que mienta para ganar a otro y no mienta para impedir sea captado? Ya ves hasta dónde puede llegar este mal, pues no solo nos hace sospechosos a nosotros ante ellos y a ellos para nosotros, sino que, con razón, cada hermano se convierte en sospechoso para cada hermano. Y, así, mientras pretendemos enseñar la fe por medio de la mentira, conseguimos, justamente, que nadie tenga fe en nadie. Y si, además, mentir es hablar contra Dios, difícilmente podremos encontrar un mal tan grave como la mentira, pues se trata de un mal tan impío que debemos evitarlo por encima de todo.

Monseñor Lefebvre y el sedevacantismo

La Historia, como bien saben los que con ella trabajan se divide en dos partes: la heurística, que consiste en la recuperación, recopilación y procesamiento de datos, y la hermenéutica, que se encarga de la interpretación de los mismos.
Todo trabajo histórico es un trabajo de hermenéutica: se interpretan los hechos porque se ha seleccionado que hechos son o deben ser recordados. En el ámbito de la Tradición Católica, Monseñor Marcel Lefebvre ha sido uno de los que más tinta (y bites ahora que tantos discutimos por Internet) genera. En efecto, existe una doble hermenéutica de "Monseñor", como gustan llamarle los fieles y sacerdotes de la Fraternidad: están aquellos que sostienen que jamás el difunto obispo puso en duda la legitimidad de los Papas del Vaticano II, mientras que para otro era un disimulado sedevacantista.
Tal vez esto ocurre porque muchos lo que realmente expresan es lo que ellos quisieran que Monseñor hubiera sido. El Padre Cekada, en un artículo de varios años atrás, declaraba que estaba seguro de que Lefebvre era un antiliberal, que se oponía al Vaticano II y lo rechazaba al igual que la Nueva Misa... pero que también en él estaba la persona del político, del negociador y que en virtud de ello a veces retrocedía y siempre intentaba un diálogo con Roma. ¿De que otra manera podemos entender su jugada por el protocolo con el que Roma le autorizó a consagrar obispos? ¿Acaso Monseñor, cuando adelantó las consagraciones episcopales no esgrimió el Protocolo? ¿Cómo se puede llamar eso sino "jugada política"?
Pero desde que Ratzinger es el Papa de la Iglesia Conciliar, existe una fuerte presión a fin de que creamos que Monseñor Lefebvre siempre fue un enemigo de los sedevacantistas. Discusión fútil, es cierto, que nada suma y que al contrario, mucho perjudica. En efecto ¿Quién se beneficia del cisma de facto que existe entre los católicos fieles a la tradición? ¿Quiénes se benefician en esta disputa entre "lefebvristas" y "sedevacantistas"? 
En su "Vida de Aristóteles", Ammonio puso en boca del Estagirita la siguiente frase: "Amicus Plato sed, magis amica veritas", y aquí en Sursum Corda, sin ánimo de desatar polémica ni contribuir al cisma interno, queremos mencionar el texto publicado por el Padre Anthony Cekada dónde se compilan las frases donde Monseñor Marcel Lefebvre apoyaba la posición sedevacantista.

Para finalizar, quisiera reproducir una frase de Monseñor, la cual influyó mucho para mi conversión al catolicismo

Esta Iglesia Conciliar no es, por lo tanto, Católica. En la medida en que el Papa, los obispos, sacerdotes o fieles se adhieran a esta nueva Iglesia, se separan ellos mismo de la Iglesia Católica.