jueves, 5 de diciembre de 2013

La evolución inorgánica

El siguiente texto fue tomado del inteligente blog de mi amigo Leonardo: Itinerarium Mentis.


Pero el problema de la evolución inorgánica es el más acucioso de todos. Darwin, el padre del “origen de las especies”, no nos dice en su libro nada acerca de cómo se originaron las especies, ni tampoco nos habla de la “evolución”, propiamente dicha, sino de la doctrina de la «selección natural»;  esto lo observa un  agudo crítico suyo, Etienne Wilson, quien también repara en que la palabra «evolución» fue usada por primera vez por un ingeniero de ferrocarriles aficionado a la filosofía de nombre Herbert Spencer (1820-1903). Spencer creía en la evolución antes de Darwin y escribió un trabajo evolucionista intitulado Principles of Psychology en 1855, de tal manera que cuando el libro The Origin of Species de Darwin apareció, Spencer lo consideró como una aplicación de su propia teoría... Por eso Gilson concluye: “El darwinismo de la evolución no pertenece a la historia real: es un mito”.

Al mismo tiempo también conocemos que ni Darwin ni Spencer negaron la creación en términos absolutos y la razón es, quizás, porque la creación no pertenece a la ciencia sino a la filosofía.

Examinemos esto por un momento.

Si para la materia fuese necesario ser, no tendríamos que postular creación alguna porque ella misma no sería contingente  sino necesaria. Pero todo lo que hay en el universo es claramente contingente y no necesario. Luego la materia no puede justificar su propia existencia. Entonces, para un universo completamente compuesto de seres contingentes existen dos posibilidades: la primera, que exista ab æterno; la segunda,  que haya sido creado de la nada. El fenómeno que niega que la materia haya existido eternamente es la ley de la entropía, que hace que todo, absolutamente todo lo que hay en el universo, tienda hacia un desorden total y se degrade.

Por eso es que los científicos han avanzado la teoría del  Big-Bang como principio creador del universo para satisfacer la necesidad absoluta de que la materia no puede haber sido eterna. Por eso nos sorprende el siguiente concepto de un conocido experto en bioética que quiere reconciliar la creencia religiosa con la científica:

 “No cabe duda que Dios podría haber creado directamente el organismo humano, pero en el ambiente científico y teológico se afirma cada vez más la convicción de que Dios se haya servido de la materia  preexistente, de manera que el cuerpo humano provenga de seres inferiores por evolución biológica”.

La frase, “se haya servido de la materia preexistente”, está mal formulada porque contiene una ambigüedad: o bien la materia existía antes que Dios, o Dios creó la materia y luego se sirvió de ella. La frase, por sí misma, no es explícita, aunque es de suponer que Lucas, siendo sacerdote, querría significar que Dios primero creó la materia y luego se sirvió de ella. Aun así, no cabe duda de que esta es una curiosa teología católica que tiene tintes de servirse de una filosofía materialista que, a su vez, abreva en las canteras de la  ciencia dialéctica que tiene más de suposiciones que de deducciones o comprobaciones.


No sabemos si por intuición, o corazonada, tanto Spencer como Darwin, por similares motivos científicos, negaban la creación de los seres vivos y no de la materia, en general. Pero ambos defendían la generación espontánea de la vida a partir de la materia inanimada. Esta defensa es tan importante para los evolucionistas, que si algún día se probara su imposibilidad, harían cualquier cosa para mantenerla viva; de lo contrario, todas sus teorías se vendrían abajo.

Y eso fue exactamente lo que pasó cuando el mismo año de la publicación del Origen de las especies, Louis Pasteur hacía un genial experimento. Corría el año 1859. Pasteur tomó una vasija de vidrio de laboratorio, un matraz, hizo una especie de sifón con su cuello, hirvió una solución nutritiva en su interior y la dejó expuesta al aire libre.

Este sistema impedía a las bacterias, pero no al aire, entrar a la vasija. Meses después la solución seguía incontaminada. La vida no había resultado de la nada. La teoría de la generación espontánea se había vuelto insostenible. A partir de este experimento muchos otros científicos han estado intentando  demostrar su falsedad, pero hasta ahora nadie ha conseguido crear vida a partir de «sustancias muertas», por nutritivas que sean.

Para darnos una idea de lo que nos referimos cuando decimos «sustancias muertas», bástenos aclarar que no son átomos sueltos de carbono, nitrógeno y otros elementos similares; son compuestos como amoníaco, metano, vapor de agua y moléculas de hidrógeno con los cuales se ha intentado sintetizar aminoácidos, que son los bloques que constituyen las proteínas. Como se sabe, las proteínas son un componente esencial de todo organismo vivo. Pero el problema de por qué hasta el presente no se ha podido crear vida a partir de estas sustancias que componían la «sopa química», de la que aparentemente surgió la vida en el planeta, es por la presencia del oxígeno. Ahora bien, todos también sabemos que el oxígeno es fundamental para el soporte de la vida, pero ocurre que el oxígeno impide la formación de aminoácidos a partir de las mencionadas sustancias.

Por eso los aminoácidos son compuestos reducidos, porque contienen menos oxígeno que lo que su composición permitiría. Si se descargan chispas eléctricas en este «caldo primitivo», que presupone una atmósfera reducida, se obtienen aminoácidos, como Stanley Miller los obtuvo a principios de  los años 50. Pero esto no resuelve el problema ya que el amoníaco y el metano, componentes esenciales de esta sopa química, son perjudiciales para la vida; en cambio, el oxígeno, que es beneficioso para la vida, es altamente perjudicial para los experimentos.


Las dificultades no paran aquí: las chispas, o sea los rayos que trepidaron en esa atmósfera, hacen desaparecer instantáneamente el metano y el amoníaco y son reemplazados por el oxígeno, perjudicial hasta entonces, pero beneficioso  a partir de allí. El asunto es que el reemplazo del metano y el amoníaco por el oxígeno tiene que ser instantáneo porque si los aminoácidos se quedaran en la atmósfera reducida perecerían por falta de oxígeno; al contrario, si se quedan algún tiempo con el oxígeno, éste los destruye. Entonces, sólo de manera también instantánea los aminoácidos tienen que formar el primer ser vivo para que el experimento funcione. ¿Pero no habíamos quedado en que la evolución es un proceso gradual? Si no lo es, la instantaneidad en que tiene que ocurrir la vida niega la gradualidad en que se fundamenta la teoría de la evolución.

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