viernes, 21 de marzo de 2014

Anathema sit

Anathema sit
Por Leonardo Rodriguez, para Sursum Corda.



Hoy en la mañana he vuelto a meditar sobre aquel famoso pasaje del Evangelio de San Juan, me  refiere el capítulo ocho, en que el evangelista nos cuenta el episodio de la mujer adúltera. Sobre pocos pasajes del evangelio se ha escrito tanto, en todas las épocas, como sobre este hermoso encuentro entre la adúltera y el salvador. Asimismo, pocos pasajes de la escritura reflejan con tanta fuerza y de forma tan gráfica la misericordia y el amor infinito de Dios.

¿Por qué traigo a colación esta narración evangélica? Porque veo, lastimosamente, entre los llamados tradicionalistas, una actitud muy semejante a la de aquellos estrictos cumplidores de la ley que estuvieron a punto de apedrear a la pecadora, si no hubiera sido por la oportuna y amorosa intervención de Cristo.

Formar parte de la tradición católica, es decir, creer en forma íntegra la enseñanza de la fe tal y como ha sido por siglos transmitida por la Iglesia; asistir a la celebración de los sacramentos en la forma en que ésta ha sido realizada por siglos en la Iglesia; y, en fin, ver con más o menos claridad la naturaleza del modernismo, en cuanto error contrario a la fe y condenado por los papas anteriores al concilio Vaticano segundo; debería ser, a todas luces, motivo de eterna y rendida gratitud de nuestra parte para con Dios misericordioso que se ha dignado favorecernos con tan altos dones. Por otra parte, además de la gratitud continua hacia la divina misericordia, debería haber en nosotros un deseo constante por difundir ese bien que hemos recibido, hacia nuestros prójimos, buscando siempre y en todo momento, como lo hizo siempre la Iglesia, el bien de las almas y la salvación del mayor número posible. En pocas palabras, deberíamos tener una actitud de apostolado para con aquellos que, a diferencia de nosotros, no gozan aún del beneficio de la plena catolicidad. Pero resulta que, lejos de esta actitud fraterna de apostolado, muchos en la tradición han caído en el error de convertir su supuesto "apostolado" en una incesante andanada de condenas lapidarias para con todo aquel que no pertenece al movimiento tradicionalista o que recién llega a él.

Detrás de esta actitud, evidentemente farisea, se oculta muchas veces una secreta soberbia, un secreto sentirnos mejores que los demás, que desemboca en esa constante condena condena de todo y de todos. Quisiera que se entendiera correctamente lo que trato de decir: no estoy diciendo que no hayan errores condenables; no estoy diciendo que no se deba corregir al que yerra; no estoy diciendo que no debamos estar atentos a los errores en materia de fe o moral. Lo que estoy diciendo es que nuestro apostolado no debe consistir única y exclusivamente en condenar incansablemente a nuestro prójimo, sin mostrar el más mínimo interés por persuadirlo con caridad de su error a fin de que se convierta y viva.

Se comprende que la atmósfera de debate, polémica, ataque e incomprensión continua que ha vivido el catolicismo los últimos 500 años, haya creado al interior del catolicismo una tendencia marcada a la actitud defensiva constante. Esta actitud responde a necesidades concretas derivadas de la sociedad surgida de la apostasía global de las naciones, sin esta actitud militante y combativa la Iglesia hubiera, sin duda, sufrido aún más de lo que sus enemigos le hicieron padecer. Por lo tanto, se trata de una actitud absolutamente justificada e incluso necesaria; sin embargo, jamás se concluyó por lo anterior que el corazón del apostolado católico tuviera que consistir en tal actitud en exclusiva.
Precisamente lo que se constata en ciertos ambientes tradicionalistas es la reducción del apostolado a la actitud condenatoria. Pudiera decirse que, a fuerza de reducir su fe a una inmóvil conservación de lo recibido, poco a poco, para muchos, su fe se ha convertido en una especie de culto “esotérico”, es decir, una especie de iglesia privada, de puertas cerradas, donde nada entra o sale. Y cada encuentro con los que viven en las "tinieblas exteriores" es torpe, agresivo, falto de caridad y de luz.

Da pena observar, leer o escuchar el "apostolado" de ciertos católicos tradicionalistas. Al observarlos uno creería estar delante de uno de esos "puros" de los que nos hablan los libros de historia medieval. En aquella época, pulularon por Europa decenas de grupúsculos de falsos creyentes que, movidos por una soberbia visceral, vivían su vida condenando a los demás y creyéndose los únicos cristianos verdaderos, enviado por Dios para corregir a los pecadores. Naturalmente estos grupos fueron condenados por la iglesia, y con justicia, puesto que deformaban de manera grave el mensaje cristiano. Y viendo que tal actitud sobrevive hoy día, pareciera que formara parte de la corrupción específica del creyente, es decir, tal actitud farisaica ha acompañado, acompaña y acompañará el caminar de la Iglesia hasta el fin de los días. Siempre habrá creyentes con un fuerte deseo de que lluevan rayos y centellas sobre las ciudades pecadoras, y estarán siempre dispuestos a lanzar piedras sobre la mujer adúltera.
Cristo pagó muy caro por las almas, de ahí el inmenso amor de la Iglesia por su salvación. Es triste pensar que la actitud agria de muchos "tradicionalistas" es, muchas veces, causa de que las personas en vez de acercarse se alejen de la fe; pésimos apologistas convencidos de que su rapidez al condenar a diestra y siniestra, es el mejor de los apostolados posibles.

Si nosotros mismos, tradicionalistas de años, aún tenemos mucho por corregir y cambiar en nosotros mismos, para aspirar a aquella perfección a la que estamos llamados, ¿cómo es posible que pretendamos medir con una vara tan estricta a nuestro prójimo recién llegado a la familia de la tradición o a nuestro prójimo que aún no llega a ella?

Lejos de nosotros el apostolado agrio de algunos, tengamos siempre entrañas de misericordia para con el recién llegado, amor vivo y actuante para con el que aún no desembarca en el puesto seguro de la tradición y en todo momento caridad hacia nuestros hermanos, en espera de que Dios nuestro señor, usará de igual caridad y misericordia con nosotros, el día en que debamos rendir cuentas ante él del uso que le dimos a los dones gratuitos que nos otorgó sin merecerlos.

Leonardo Rodríguez

4 comentarios:

  1. Muy bueno lo que escribió Leonardo. Realmente nos hace pensar. Creo que calificarlos de "fariseos" es mejor que el calificativo de "jansenista" que estas repitiendo, o por lo menos deberías aclarar a que te referis con jansenistas raúl.

    Un saludo en Cristo,
    Claudio

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  2. Don Raul Miguel: me salió un mellizo con mucho mejor labia que la de un servidor de Ud.Sígale los consejos y engrandecerá su magnífico blog. AFT.-

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  3. Sigue al anterior de hace minutos. Hay que reconocer que la crítica a los Dimond, estuvo muy bien hecha y fue utilísima. Ya había disuctido con ellos. Eso no fue demasiado violento, sino ajustado. AFT.-

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  4. El artículo es muy bueno. Aunque este tipo de reacciones son habituales en otros campos como el profesional y el personal. Creo que todo se reduce al enorme deseo que tenemos los seres humanos de tener la razón.
    Es decir, a lo largo de la vida nos vamos haciendo unas ideas de como son las cosas y esas ideas se cristalizan en el alma, es como que nuestras ideas "somos nosotros" si alguien viene con otras ideas es un atentado a nuestro Yo tan fuerte que lo percibimos como un ataque destructivo.
    Mi experiencia, en el ámbito profesional, personal e incluso en en el mundillo de los blogs tradicionalistas es que si le das la razón a la persona con la que estas interactuando todo va de mil maravillas. Si no, bueno, es probable que seas hereje no seas católico etc.
    Si señalas los errores ajenos, vas a tener problemas, si te los señalan a ti, lo mas probable es que no los escuches y te vayas a otro lado donde te den la razón. Por eso, como decía Borges de los peronistas, no somos ni buenos ni malos, somos incorregibles (al menos sin ayuda de la gracia).

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