domingo, 29 de junio de 2014

San Agustín: La falsa mediación

San Agustín, Confesiones, X, 41.

¿Quién había yo de hallar que pudiese reconciliarme con Vos? ¿Había de acudir a los ángeles? ¿Y con qué oraciones, con qué sacrificios había de atraerlos? Muchos pecadores, deseando volver a Vos, y no pudiendo lograrlo por sí solos, se valieron (según he oído decir) de semejantes medios; pero vencidos del deseo de tener apariciones o visiones curiosas, se hicieron dignos de engañosas ilusiones. Como os buscaban llenos de orgullo y presentaban con arrogancia su pecho, en lugar de herírsele con humildad, por eso solamente pudieron atraer a sí (por medio de alguna imagen o semejanza) a las rebeldes aéreas potestades, esto es, los demonios, compañeros de su soberbia, que los engañaron con la magia cuando ellos buscaban un medianero que les iluminase y purificase; y entre ellos no había sino el demonio, que se transformaba en ángel de luz. Lo que ayudó mucho a que los hombres soberbios y carnales cayesen en semejante desvarío de solicitar al demonio para su medianero fue que, siendo ellos mortales y pecadores, y deseando (aunque soberbiamente) reconciliarse con Vos, que sois inmortal e impecable, les pareció que aquel maligno espíritu sería el más oportuno, por la ventaja de no tener cuerpo formado de carne como ellos. 

Pero es menester que el mediador entre Dios y los hombres tuviese algo en que fuese semejante a Dios, y algo también que fuese semejante a los hombres, porque si en todo fuera semejante a los hombres, estaría muy apartado de Dios, y si en todo fuera semejante a Dios, estaría muy lejos de los hombres, y así no podría ser medianero. 

Aquel, pues, mediador falso, por el cual, conforme a vuestros ocultos juicios, merecen ser engañados los soberbios, tiene una cosa por donde es semejante a los hombres, que es el pecado, y quiere dar a entender que tiene otra cosa por donde sea semejante a Dios, jactándose de ser inmortal, por cuanto no está vestido de la mortalidad de nuestra carne. Pero siendo como es la muerte, la paga y estipendio del pecado, en el cual es semejante a los hombres, también lo es en estar juntamente con ellos condenado a muerte. 

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