sábado, 12 de julio de 2014

San Agustín: De la vida Feliz III

CAPÍTULO III

Quién posee a Dios, siendo feliz.-Dos modos de llamar al espíritu impuro

17. Al día siguiente, también después de comer, pero un poco más tarde que el anterior, nos reunimos y sentamos todos en el mismo lugar.

-Tarde habéis venido al banquete-les dije yo-, lo cual creo se debe no a una indigestión, sino a la seguridad que tenéis de que serán escasos los manjares; por lo cual me ha parecido que no debíamos entrar tan pronto en la materia, pues tan luego pensáis acabar. No hay que creer que quedaron muchas sobras, cuando no hubo abundancia de platos, en el día mismo de la solemnidad. Y todo tiene sus ventajas. Qué se os ha preparado, ni yo mismo puedo decirlo. Pero hay quien ofrece a todos la copia de sus alimentos, mayormente los especiales de que aquí tratamos. Si bien nosotros nos abstenemos de tomarlos o por debilidad, o por estar ahítos, o por la ocupación, pues ayer piadosa y firmemente convinimos en que Dios, permaneciendo en nosotros, hace bienaventurados a los hombres que lo poseen. Habiendo ya probado razonadamente que es bienaventurado el que tiene a Dios (sin rehusar ninguno de vosotros esta verdad), se propuso la cuestión: ¿quién os parece que posee a Dios? Tres definiciones o pareceres se dieron acerca de este punto, si la memoria me es fiel. Según algunos, tiene a Dios el que cumple su voluntad; según otros, el que vive bien goza de esa prerrogativa. Plúgoles a los demás decir que Dios habita en los corazones puros.

18. Pero quizá todos con diversas palabras dijisteis lo mismo. Pues si consideramos las dos primeras definiciones, el que vive bien hace la voluntad divina y quien cumple lo que El quiere vive bien. Vivir bien es hacer lo que a Dios agrada, ¿no estáis conformes?

Asintieron todos.

-Vamos a considerar más despacio la tercera forma de expresión, porque en los ritos santísimos de los divinos misterios el espíritu impuro se designa de dos modos, según entiendo. El primero es cuando extrínsecamente invade el alma y conturba los sentidos, imprimiendo en los hombres un estado de frenesí o de furor, y para expulsarlo, los sacerdotes imponen las manos o exorcizan, es decir, lo conjuran con divino poder que salga de allí. En otro sentido, se llama espíritu inmundo toda alma impura o inquinada con vicios o errores. Así que ahora te pregunto a ti, niño, que tal vez proferiste esta sentencia con un espíritu más cándido y puro, ¿quién te parece que no tiene el espíritu impuro? ¿El que no es poseso del demonio, que causa perturbaciones mentales en los hombres, o el que purificó el alma de todos sus vicios y pecados?

-El que vive castamente está libre del espíritu inmundo-respondió el interpelado.

-Pero ¿a quién llamas casto? ¿Al que nada peca o al que se abstiene del ilícito comercio carnal?

-¿Cómo puede ser casto-respondió-el que sólo se abstiene de ilícito comercio carnal y con los demás pecados trae manchada su alma? Aquel es verdaderamente casto que trae los ojos fijos en Dios y vive consagrado a El.

Plúgome insertar estas palabras tal como fueron dichas por el niño, y proseguí:

-Luego el casto es necesario que viva bien, y el que vive bien necesariamente ha de ser casto; ¿ no te parece?

Asintió con los demás.

-Las tres sentencias, pues, coinciden en una.

19. Yo os pregunto ahora si Dios quiere que lo busque el hombre.

Convinieron todos en ello.

-Otra pregunta: el que busca a Dios, ¿hace una vida contraria a la virtud?

-De ningún modo-respondieron.

-Tercera pregunta: ¿el espíritu inmundo, puede buscar a Dios?

Contestaron negativamente todos, menos Navigio, que al fin hizo coro con ellos.

-Si, pues, el que busca a Dios cumple su voluntad, y vive bien, y carece del espíritu inmundo; y por otra parte, el que busca a Dios no lo posee todavía, luego ni todo el que vive bien cumple su voluntad ni el que carece del espíritu impuro ha de decirse que posee a Dios.

Aquí, ante la sorpresa de una consecuencia deducida de sus mismas concesiones, riéronse todos, y la madre, la cual, por estar desatenta, me rogó le explicara y desarrollara lo que se hallaba envuelto en la conclusión. Después que le complací, dijo:

-Nadie puede llegar a Dios sin buscarlo.

-Muy bien-le dije yo-. Pero el que busca no posee a Dios, aun viviendo bien. Luego no todo el que vive bien posee a Dios.

-A mí me parece que a Dios nadie lo posee, sino que, cuando se vive bien, El es propicio; cuando mal, es adverso-replicó ella.

-Entonces se derrumba nuestra definición de ayer cuando convinimos que ser bienaventurado es poseer a Dios, porque todo hombre tiene a Dios, y no por eso es dichoso.

-Añade que lo tiene propicio-insistió ella.

20. -¿Convenimos, pues, en esto a lo menos: es bienaventurado el que a Dios tiene favorable?

-Quisiera dar mi asentimiento-dijo Navigio-; pero temo al que todavía busca, sobre todo para que no concluyas que es bienaventurado el académico, al que ayer, con un vocablo vulgar muy expresivo, lo definimos como un epiléptico. Porque no puedo creer que Dios sea adverso al que le busca; y si decir esto es una injusticia, luego le será propicio; y el que tiene a Dios propicio es bienaventurado. Será, pues, feliz el que le busca, pero el que busca no tiene lo que busca, y resultará feliz el que no tiene lo que quiere, lo cual ayer nos parecía un absurdo; y por eso creímos que todas las tinieblas de los académicos estaban desvanecidas. Y con esto Licencio triunfará de nosotros; y como prudente médico, me amonestará que aquellos dulces que, contraviniendo a mi régimen sanitario, tomé, exigen de mí este castigo.

21. Hasta la madre se rió a estas palabras, y Trigecio apuntó:

-Yo no concedo tan pronto que Dios es adverso al que no es propicio, y sospecho que debe haber aquí un término medio.

-Y este hombre medio-le pregunté yo-a quien Dios ni es favorable ni adverso, ¿concedes que tiene a Dios de algún modo? Dudando él, intervino la madre:

-Una cosa es tener a Dios y otra no estar sin Dios.

-¿Y qué es mejor: tener a Dios o no estar sin El?

-Yo concibo así la cosa-dijo ella-: el que vive bien, a Dios tiene propicio; el que vive mal, tiene a Dios enemistado. Y el que busca todavía y no le ha hallado, no le tiene ni propicio ni adverso, pero no está sin Dios.

-¿Opináis así también vosotros?-les pregunté.

-El mismo parecer tenemos-respondieron.

-Decidme ahora: ¿no os parece que Dios mira propicio al hombre a quien favorece?

-Sí.

-¿No favorece al que le busca?

-Ciertamente-fue la respuesta general.

-Tiene, pues, a Dios propicio el que le busca, y todo el que tiene propicio a Dios es bienaventurado. Luego el buscador de Dios es también feliz. Y, por consiguiente, será bienaventurado el que no tiene lo que quiere.

-A mí no me parece de ningún modo feliz el que no tiene lo que quiere-objetó la madre.

-Luego no todo el que tiene propicio a Dios es feliz-argüí yo.

-Si a ese punto nos lleva la razón, no puedo oponerme-replicó ella.

-La clasificación, pues, será ésta-añadí yo-: todo el que ha hallado a Dios y lo tiene propicio es dichoso; todo el que busca a Dios, lo tiene propicio, pero no es dichoso aún; y todo el que vive alejado de Dios por sus vicios y pecados, no sólo no es dichoso, pero ni tiene propicio a Dios.

22. Aplaudieron todos mis ideas.

-Está bien-les dije-; pero temo todavía que os haga mella una concesión anterior, a saber: es desdichado todo el que no es dichoso, porque la consecuencia hará desgraciado al hombre que tiene propicio a Dios, pues el que busca no es feliz aún, según hemos convenido. ¿O acaso, como Tulio dice, llamamos neos a los propietarios de fincas terrenas y consideramos pobres a los que poseen el tesoro de las virtudes? Pero notad cómo, siendo verdad que todo indigente es infeliz, no lo es menos que todo infeliz es un indigente. De donde resulta que la miseria y la penuria son una misma cosa. Esta es una proposición ya sostenida por mí. Mas la investigación de este tema nos llevaría lejos hoy. Por lo cual os ruego que no os molestéis por acudir también mañana a este banquete.

Aprobaron muy de buena gana todos mi propuesta y nos levantamos de allí.

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