jueves, 17 de julio de 2014

San Agustín: De la vida feliz IV

Última entrega del texto de San Agustín, el Doctor de la Gracia, Padre de la Iglesia y de la Filosofía Cristiana.

CAPÍTULO IV

Discusión del tercer día.-Renuévase la cuestión propuesta.-Miserable es todo necesitado.-El sabio no es indigente.-La miseria y riqueza del alma.-El hombre feliz

23. El tercer día de nuestra discusión se disiparon las nubes de la mañana, que nos hubieran obligado a recogernos en la sala de baños, y tuvimos un espléndido tiempo después de comer. Bajamos, pues, al prado próximo, y cada cual se acomodó donde le vino bien, y la conversación tomó este rumbo.

-Conservo y retengo-les dije-casi todas las respuestas hechas a mis preguntas; por lo cual, hoy, a fin de distinguir este banquete con algún intervalo de días, no habrá lugar casi a la interrogación. Porque ya dijo la madre que la miseria no es más que la indigencia, y convinimos todos en que los indigentes eran desgraciados. Pero hay una cuestioncilla que no tocamos ayer, es decir: ¿todos los desgraciados padecen necesidad? Si llegamos a demostrar con la razón este punto, tenemos la perfecta definición del hombre feliz, que será el que no padece necesidad. Pues todo el que no es desgraciado es feliz. Luego será feliz el que no tiene necesidades, si averiguamos que la miseria y la penuria son la misma cosa.

24. ¿Pues qué?-dijo Trigecio-, ¿no puede concluirse ya que el que no tiene necesidad es feliz, por ser cosa manifiesta que todo indigente es infeliz, pues ya hemos concedido que no hay término medio entre la miseria y la felicidad?

-¿Te parece que hay término medio entre un vivo y un muerto?-le pregunté-. ¿No es todo hombre o vivo o muerto?

-Confieso que no hay en eso término medio; pero ¿a qué viene esa cuestión?

-Porque también-insistí-confesarás lo siguiente: todo el que fue sepultado ha un año está muerto. (No negaba.) Mas dime: ¿todo el que no fue sepultado hace un año, vive?

-No hay consecuencia-respondió.

-Tampoco la hay en deducir de esta proposición: todo indigente es infeliz, esta otra: luego todo el que no tenga indigencia o necesidad es bienaventurado, aunque entre el feliz y el infeliz, como entre lo vivo y lo muerto, no cabe término medio.

25. Como algunos torpeasen en entender lo dicho, lo expliqué y aclaré con las palabras más propias que pude.

-Nadie pone en duda que es infeliz el que está necesitado, sin que nos amedrenten aquí algunas necesidades corporales de los sabios, pues el alma, sujeto de la vida feliz, está libre de ellas. El ánimo es perfecto, y no le falta nada. Lo que le parece necesario para el cuerpo, lo toma si lo tiene a mano, y si le falta, no sufre quebranto alguno por ello. Porque todo sabio es fuerte, y ningún fuerte cede al temor. No teme, pues, el sabio ni la muerte corporal ni los dolores para cuyo remedio, supresión o aplazamiento son menester todas aquellas cosas cuya falta le puede afectar. Sin embargo, no deja de usar bien de ellas si las tiene, porque es muy verdadera aquella sentencia: "Cuando se puede evitar un mal es necedad admitirlo". Evitará, pues, la muerte y el dolor cuanto puede y conviene, y si no los evita, no será infeliz porque le sucedan esas cosas, sino porque pudiéndolas evitar no quiso; lo cual es señal evidente de necedad. Al no evitarlas, será desgraciado por su estulticia, no por padecerlas. Y si no puede evitarlas a pesar del empeño que ha puesto, esos males inevitables tampoco le harán desgraciado, por ser no menos verdadera la sentencia del mismo cómico: "Pues no puede verificarse lo que quieres, quiere lo que puedas". ¿Cómo puede ser infeliz cuando nada le sucede contrario a su voluntad? No puede querer lo que a sus ojos se ofrece como imposible, tiene la voluntad puesta en cosas que no le pueden faltar. Sus acciones van moderadas por la virtud y ley de la sabiduría divina, y nadie es capaz de arrebatarle su íntima satisfacción.

26. Ved ahora si todo desgraciado es igualmente necesitado. A la sentencia afirmativa se opone la dificultad de muchos hombres que viven disfrutando de grandes bienes de fortuna y todo les es fácil, porque a una simple indicación se cumplen sus deseos. Ciertamente es difícil este linaje de vida. Pero supongamos alguien semejante a aquel Orata de quien habla Cicerón. ¿Quién dirá que tuvo necesidades un hombre como él, riquísimo, amenísimo, dichosísimo, pues nada le faltó ni en materia de gustos, ni en favores, ni en buena y entera salud? Poseía tierras de mucha renta y amigos muy agradables a granel; de todo usó convenientemente para la salud del cuerpo, y para decirlo con brevedad, salió prósperamente de todas las empresas y deseos. Me diréis tal vez que acaso deseó más de lo que poseía. No lo sabemos. Pero basta a nuestro propósito saber que no apeteció más dé lo que tuvo. ¿Os parece un hombre necesitado?

-Aun suponiendo que no tuviese ninguna necesidad-respondió Licencio-, cosa que no se comprende en el que no es sabio, sin duda temía, por ser hombre de buen ingenio, como se dice, que todo aquello le fuese arrebatado con algún vuelco de la fortuna. Poco ingenio se necesita para comprender que todos aquellos bienes estaban sometidos a los vaivenes de la suerte.

-Entonces resulta, Licencio-le dije yo sonriendo-, que a este hombre afortunadísimo, su buen ingenio le estorbó a ser feliz. Pues cuanto más agudo era, mejor comprendía la caducidad de sus bienes, y le perturbaba el miedo y confirmaba él dicho vulgar: "Al hombre inseguro de todo, su mismo mal lo hace cuerdo".

27. Riéronse todos aquí, y yo proseguí:

-Estudiemos más a fondo esta cuestión, porque ese hombre era presa de un temor, pero no de una necesidad; y de esto se trata. La necesidad consiste en no tener, no en el temor de perder lo que se tiene. Luego no todo desgraciado es indigente.

Dieron su aprobación a mi dicho, aun aquella cuya sentencia defendía yo, pero un poco indecisa, dijo:

-Con todo, no entiendo cómo puede separarse de la indigencia la miseria, o viceversa. Porque aun ese que era rico y, como decís, no deseaba más, no obstante, por ser esclavo del temor de perderlo todo, necesitaba la sabiduría. Le llamaríamos, pues, indigente si le faltase plata o dinero; y carece de sabiduría, ¿ y no le tenemos por tal?

Todos prorrumpieron aquí en exclamaciones y admiraciones; yo también daba riendas a mi gozo y satisfacción, por recoger de los labios de mi madre una grande verdad que, espigada en los libros de los filósofos, la reservaba yo como una sorpresa para agasajo final.

-¿Veis-les dije yo-la diferencia que hay entre esos sabios que se nutren de muchos y diversos conocimientos y un alma enteramente consagrada a Dios? Pues ¿de dónde proceden estas respuestas que admiramos sino de aquella fuente?

Aquí Licencio exclamó festivo:

-Ciertamente, nada pudo decirse ni más verdadero ni más divino. Porque la máxima y más deplorable indigencia es carecer de la sabiduría, y el que la posee, todo lo tiene.

28. -Luego la miseria del alma-continué yo-es la estulticia, contraria a la sabiduría como la muerte a la vida, como la vida feliz a la infeliz, pues no hay término medio entre las dos. Así como todo hombre no feliz es infeliz y todo hombre no muerto vive, así todo hombre no necio es sabio. De lo cual puede colegirse que Sergio Orata no era sólo desdichado por el temor de perder los bienes de su fortuna, sino también por ser necio. De donde resulta que sería más miserable, si, aun en medio de tan fugaces y perecederas cosas, que él reputaba bienes, hubiese vivido sin temor alguno, porque su seguridad le hubiera venido no de la vigilancia de la fortaleza, sino del sopor mental, y, por tanto, se hallaría sumergido en una más profunda insipiencia. Pues si todo hombre falto de sabiduría es un indigente y el que la posee de nada carece, síguese que todo necio es desgraciado y todo desgraciado necio. Quede, pues, asentado esto: toda necesidad equivale a miseria y toda miseria implica necesidad.

29. Como Trigecio asegurase que no entendía bien esta consecuencia, le pregunté yo:

-¿A qué conclusiones lógicas hemos llegado?

-A ésta: el falto de sabiduría es un indigente-respondió.

- ¿Y qué es tener indigencia o necesidad?

-Carecer de sabiduría-dijo.

-¿Y qué es carecer de sabiduría?-le pregunté yo. Como callase, proseguí:

-¿No es tal vez vivir en la estulticia?

-Eso es-respondió.

-Luego la indigencia es necedad; de donde resulta que hay que dar a la necesidad otro nombre cuando se habla de la estulticia. Aunque ni sé como decimos: tiene necesidad o tiene estulticia. Es como si dijésemos de un cuarto oscuro que tiene tinieblas, lo cual equivale a decir que no tiene luz. Pues las tinieblas no vienen ni se retiran; sino carecer de luz es lo mismo que ser tenebroso, como carecer de vestido es estar desnudo. Al ponerse un vestido, la desnudez no huye como una cosa móvil. Decimos, pues, que alguien tiene necesidad, como si dijésemos que tiene desnudez, por emplear una palabra que significa carencia. Explico mejor mi pensamiento: Decir tiene necesidad significa lo mismo que tiene el no tener. Demostrado, pues, que la estulticia es la verdadera y cierta indigencia, mira si la cuestión que nos hemos propuesto está ya resuelta. Preguntábamos si la infelicidad implica la indigencia, y hemos convenido en que estulticia e indigencia se equivalen. Luego como todo necio es infeliz y todo infeliz un necio, así también todo indigente es infeliz y todo infeliz un indigente. Y si de ser todo necio un infeliz y todo infeliz un necio se sigue que la necedad es una infelicidad o miseria, ¿por qué no concluir ya que infelicidad e indigencia se identifican, pues todo indigente es infeliz y todo infeliz un indigente?

30. Asintieron todos a mis razones.

-Veamos ahora-continué-quién no es indigente, porque ése será el bienaventurado y el sabio. La estulticia significa indigencia y penuria; lleva consigo cierta esterilidad y carestía. Y notad ahora la agudeza de los antiguos en la invención de todas las palabras, pero sobre todo de algunas cuyo conocimiento nos es tan necesario. Todos convenimos en que todo necio es un indigente y todo indigente un necio. Me concederéis también que el necio es vicioso y que todos los vicios se comprenden en la palabra necedad. Ya el primer día de esta discusión se dijo que la palabra nequitia, maldad, se deriva de necquidquam, lo que no es nada, y su contraria frugalidad, de fruto. En estas dos cosas contrarias, nequicia y frugalidad, campean dos conceptos: el ser y no ser. ¿Qué pensamos que es lo contrario a la indigencia?

-Yo diría que las riquezas, pero veo que la pobreza es su contraria-dijo Trigecio.

-Es cosa también muy cercana-le dije yo-. Porque pobreza e indigencia se toman ordinariamente por la misma cosa. Con todo, hay que acudir a otra palabra para que a la mejor parte no falte un vocablo, pues como la peor tiene dos vocablos-indigencia y pobreza-, para la mejor sólo disponemos de uno: riquezas. Y nada más absurdo que esta pobreza de palabras cuando se pretende averiguar lo contrario a la pobreza.

-A mí me parece que la palabra plenitud se opone a la indigencia-observó Licencio.

31. -Dejemos-repuse yo-para después la investigación de otra palabra más adecuada, pues eso es secundario en la investigación de la verdad. Y aunque Salustio, ponderadísimo conocedor del valor de las palabras, opuso a la pobreza la opulencia, con todo, doy por aceptada la palabra plenitud. No hay que temer aquí a los gramáticos ni la censura de los que pusieron a nuestra disposición sus bienes, por no esmerarnos en la selección de las palabras.

Mis oyentes se rieron y proseguí yo:

-Habiéndome propuesto oír vuestro parecer, porque, cuando estáis atentos al estudio de las cosas divinas, sois como unos oráculos, veamos lo que significa este nombre, pues me parece sumamente adecuado para la verdad. La plenitud y la pobreza son términos contrarios; y aquí, lo mismo que en la nequicia y frugalidad, se ofrecen dos conceptos: ser y no ser. Si, pues, indigencia es la estulticia, la sabiduría será la plenitud. Con razón llamaron algunos a la frugalidad madre de todas las virtudes. Admitiendo esta idea, dice Cicerón en un discurso popular: Cada cual aténgase a lo que quiere; pero yo juzgo que la frugalidad, esto es, la moderación y templanza, es la más excelente virtud. Muy sabia y oportuna sentencia. Tenía la mira puesta en el fruto, esto es, en la fecundidad del ser, contraria al no ser. Pero como el uso vulgar ha limitado la frugalidad a la sobriedad o parsimonia, añadió dos nombres más: la moderación y la templanza. Consideremos más atentamente estos dos nombres.

32. Modestia o moderación se dijo de modo, y templanza, de temperies. Donde hay moderación y templanza, allí nada sobra ni falta. Ella, pues, comprende la plenitud, contraria a la pobreza, mucho mejor que la abundancia, porque en ésta se insinúa cierta afluencia y desbordamiento excesivo de una cosa. Y cuando esto ocurre, falta allí la moderación, y las cosas excesivas necesitan medida o modo. Luego la abundancia supone cierta pobreza, mientras la medida excluye lo excesivo y lo defectuoso. La opulencia misma, examinada bien, comprende el modo, pues se deriva de ope, ayuda. Pero ¿cómo lo excesivo puede servir de ayuda, si muchas veces es más molesto que lo escaso? Tanto lo excesivo como lo defectuoso carecen dé medida, y en este sentido se muestran indigentes y faltos. La sabiduría, es, pues, la mesura del alma, por ser contraria a la estulticia, y la estulticia es pobreza, y la pobreza, contraria a la plenitud. Concluyese que la sabiduría es la plenitud. Es así que en la plenitud hay medida. Luego la medida del alma está en la sabiduría. De donde aquel dicho célebre, de máxima utilidad para la vida: En todo evita la demasía.

33. Mas convinimos al principio de nuestra discusión de hoy que si lográbamos identificar la miseria y la indigencia, estimaríamos bienaventurado al no indigente. Pues bien: ya hemos llegado a este resultado.

Luego ser dichoso es no padecer necesidad, ser sabio. Y si me preguntáis qué es la sabiduría (concepto a cuya exploración y examen se consagra la razón, según puede, ahora), os diré que es la moderación del ánimo, por la que conserva un equilibrio, sin derramarse demasiado ni encogerse más de lo que pide la plenitud. Y se derrama en demasía por la lujuria, la ambición, la soberbia y otras pasiones del mismo género, con que los hombres intemperantes y desventurados buscan para sí deleites y poderío. Y se coarta con la avaricia, el miedo, la tristeza, la codicia y otras afecciones, sean cuales fueren, y por ellas los hombres experimentan y confiesan su miseria. Mas cuando el alma, habiendo hallado la sabiduría, la hace objeto de su contemplación; cuando, para decirlo con palabras de este niño, se mantiene unida a ella e, insensible a la seducción de las cosas vanas, no mira sus apariencias engañosas, cuyo peso y atracción suele apartar y derribar de Dios, entonces no teme la inmoderación, la indigencia y la desdicha. El hombre dichoso, pues, tiene su moderación o sabiduría.

34. Mas ¿cuál ha de ser la sabiduría digna de este nombre sino la de Dios? Por divina autoridad sabemos que el Hijo de Dios es la Sabiduría de Dios; y ciertamente es Dios el Hijo de Dios. Posee, pues, a Dios el hombre feliz, según estamos de acuerdo todos desde el primer día de este banquete. Pero ¿qué es la Sabiduría de Dios sino la Verdad? Porque Él ha dicho: Yo soy la verdad. Mas la verdad encierra una suprema Medida, de la que procede y a la que retorna enteramente. Y esta medida suma lo es por sí misma, no por ninguna cosa extrínseca. Y siendo perfecta y suma, es también verdadera Medida. Y así como la Verdad procede de la Medida, así ésta se manifiesta en la Verdad. Nunca hubo Verdad sin Medida ni Medida sin Verdad. ¿Quién es el Hijo de Dios? Escrito está: la Verdad. ¿Quién es el que no tiene Padre sino la suma Medida? Luego el que viniere a la suprema Regla o Medida por la Verdad es el hombre feliz. Esto es poseer a Dios, esto es gozar de Dios. Las demás cosas, aunque estén en las manos de Dios, no lo poseen.

35. Mas cierto aviso que nos invita a pensar en Dios, a buscarlo, a desearlo sin tibieza, nos viene de la fuente misma de la Verdad. Aquel sol escondido irradia esta claridad en nuestros ojos interiores. De él procede toda verdad que sale de nuestra boca, incluso cuando por estar débiles o por abrir de repente nuestros ojos, al mirarlo con osadía y pretender abarcarlo en su entereza, quedamos deslumbrados, y aun entonces se manifiesta que El es Dios perfecto sin mengua ni degeneración en su ser. Todo es íntegro y perfecto en aquel omnipotentísimo Dios. Con todo, mientras vamos en su busca y no abrevamos en la plenitud de su fuente, no presumamos de haber llegado aún a nuestra. Medida; y aunque no nos falta la divina ayuda, todavía no somos ni sabios ni felices. Luego la completa saciedad de las almas, la vida dichosa, consiste en conocer piadosa y perfectamente por quién eres guiado a la Verdad, de qué Verdad disfrutas y por qué vínculo te unes al sumo Modo. Por estas tres cosas se va a la inteligencia de un solo Dios y una sola sustancia, excluyendo toda supersticiosa vanidad.

Aquí a la madre saltáronle a la memoria las palabras que tenía profundamente grabadas, y como despertando a su fe, llena de gozo, recitó los versos de nuestro sacerdote: "Guarda en tu regazo, ¡oh Trinidad!, a los que te ruegan." Y añadió :

-Esta es, sin duda, la vida feliz, porque es la vida perfecta, y a ella, según presumimos, podemos ser guiados pronto en alas de una fe firme, una gozosa esperanza y ardiente caridad.

36. Ea, pues, dije yo, porque la moderación misma exige que interrumpamos con algún intervalo de días nuestro convite, yo con todas mis fuerzas doy gracias a Dios sumo y verdadero Padre, Señor Libertador de las almas, y después a vosotros, que unánimemente invitados me habéis colmado también de regalos. Habéis colaborado tanto en mis discursos, que puedo decir que he sido harto de mis convidados.

Todos estábamos gozosos y alabábamos al Señor, y Trigecio exclamó:

-Ojalá que todos los días nos obsequies con convites como éste.

-Y vosotros debéis guardar en todo, amar en todo la moderación-le respondí-, si queréis de veras que volvamos a Dios. Dicho esto, se terminó la discusión y nos retiramos.

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