miércoles, 2 de julio de 2014

San Agustín: De la vida Feliz

De la vida feliz.
Trad P. Victorino Capánaga, OAR
Cap I.



1. Si al puerto de la filosofía, desde el cual se adentra ya en la región y tierra firme de la vida dichosa, ¡oh ilustre y magnánimo Teodoro!, se lograra arribar por un procedimiento dialéctico de la razón y el esfuerzo de la voluntad, no sé si será temerario afirmar que llegarían bastantes menos hombres a él, con ser poquísimos los que ahora, como vemos, alcanzan esta meta. Pues porque a este mundo nos ha arrojado como precipitadamente y por diversas partes, cual a proceloso mar, Dios o la naturaleza, o la necesidad o nuestra voluntad, o la combinación parcial o total de todas estas causas -problema éste muy intrincado, cuya solución tú mismo has emprendido-, ¡cuántos sabrían adonde debe dirigirse cada cual o por dónde han de volver, si de cuando en cuando alguna tempestad, que a los insensatos paréceles revés, contra toda voluntad y corriente, en medio de su ignorancia y extravío, no los arrojase en la playa por la que tanto anhelan!

2. Pues paréceme que se distinguen en tres clases los hombres que, como navegantes, pueden acogerse a la filosofía. La primera es de los que en llegando a la edad de la lucidez racional, con un pequeño esfuerzo y leve ayuda de los remos, cambian ruta de cerca y se refugian en aquel apacible puerto, donde para los demás ciudadanos que puedan, levantan la espléndida bandera de alguna obra suya, para que, advertidos por ella, busquen el mismo refugio. La segunda clase, opuesta a la anterior, comprende a los que, engañados por la halagüeña bonanza, se internaron en alta mar atreviéndose a peregrinar lejos de su patria, con frecuente olvido de la misma. Si a éstos, no sé por qué secreto e inefable misterio, les da viento en popa, y tomándolo por favorable se sumergen en los más hondos abismos de la miseria engreídos y gozosos, porque por todas partes les sonríe la pérfida serenidad de los deleites y honores, ¿qué gracia más favorable se puede desear para ellos que algún revés y contrariedad en aquellas cosas, para que, arrojados por ellas, busquen la evasión? Y si esto es poco, reviente una fiera tempestad, soplen vientos contrarios, que los vuelvan, aun con dolor y gemidos, a los gozos sólidos y seguros. Pero algunos de esta clase, por no haberse alejado mucho, no necesitan golpes tan fuertes para el retorno. Tales son los que por las trágicas vicisitudes de la fortuna o por las torturas y ansiedades de los vanos negocios, instigados por el ocio mismo, se han visto constreñidos a refugiarse en la lectura de algunos libros muy doctos y sabios, y al contacto con ellos se ha despertado su espíritu como en un puerto, de donde no les arrancará ningún halago y promesa del mar risueño. Todavía hay una clase intermedia entre las dos, y es la de los que en el umbral de la adolescencia o después de haber rodado mucho por el mar, sin embargo, ven unas señales, y en medio del oleaje mismo recuerdan su dulcísima patria; y sin desviarse ni detenerse, o emprenden derechamente el retorno, o también, según acaece otras veces, errando entre las tinieblas, o viendo las estrellas que se hunden en el mar, o retenidos por algunos halagos, dejan pasar la oportunidad de la buena navegación y siguen perdidos largo tiempo, con peligro de su vida. Frecuentemente a éstos los vuelve a la suspiradísima y tranquila patria alguna calamidad o borrasca, que desbarata sus planes.

3. Todos estos hombres, pues, son atraídos por diversos modos a la tierra firme de la vida feliz, pero han de temer mucho y evitar con suma cautela un elevadísimo monte o escollo que se yergue en la misma boca del puerto y causa grandes inquietudes a los navegantes. Porque resplandece tanto, está vestido de una tan engañosa luz, que no sólo a los que llegan y están a punto de entrar se ofrece como lugar de amenidad y dichosa tierra, llena de encantos y atracciones, sino que muchas veces a los mismos que están en el puerto los invita y alucina con su deliciosa altura, provocándoles a desdén de los demás. Pero éstos frecuentemente hacen señales a los navegantes para que no se engañen, ni den en la oculta trampa, ni crean en la facilidad de la subida a la cima; y con suma benevolencia indican por dónde deben entrar sin peligro, a causa de la proximidad de aquella tierra. Así, mirando con torvos ojos la vanísima gloria, enseñan el lugar del refugio seguro. Pues ¿qué otro monte han de evitar y temer los que aspiran o entran en la filosofía sino el orgulloso afán de vanagloria, porque es interiormente tan hueco y vacío que a los hinchados que se arriesgan a caminar sobre él, abriéndose el suelo, los traga y absorbe, sumergiéndoles en unas tinieblas profundas, después de arrebatarles la espléndida mansión que ya tocaban con la mano?

4. Siendo, pues, esto así, recibe, amigo Teodoro, pues para lo que deseo, a ti sólo miro y te considero aptísimo para estas cosas; recibe, digo, este documento, para ver qué grupo de los tres hombres me devolvió a ti, y el lugar seguro donde me hallo, y la esperanza de socorro que en ti tengo puesta.

Desde que en el año decimonono de mi edad leí en la escuela de retórica el libro de Cicerón llamado Hortensio, inflamóse mi alma con tanto ardor y deseo de la filosofía, que inmediatamente pensé en dedicarme a ella. Pero no faltaron nieblas que entorpecieron mi navegación, y durante largo tiempo vi hundirse en el océano los astros que me extraviaron. Porque cierto terror infantil me retraía de la misma investigación. Pero cuando fui creciendo salí de aquella niebla, y me persuadí que más vale creer a los que enseñan que a los que mandan; y caí en la secta de unos hombres que veneraban la luz física como la realidad suma y divina que debe adorarse. No les daba asentimiento, pero esperaba que tras aquellos velos y cortinas ocultaban grandes verdades para revelármelas a su tiempo. Después de examinarlos, los abandoné, y atravesado este trayecto del mar fluctuando en medio de las olas, entregué a los académicos el gobernalle de mi alma, indócil a todos los vientos. Luego vine a este país, y hallé el norte que me guiara. Porque conocí por los frecuentes sermones de nuestro sacerdote y por algunas conversaciones contigo que, cuando se pretende concebir a Dios, debe rechazarse toda imagen corporal. Y lo mismo digamos del alma, que es una de las realidades más cercanas a él. Mas todavía me detenían, confieso, la atracción de la mujer y la ambición de los honores para que no me diera inmediatamente al estudio de la filosofía. Cuando se cumpliesen mis aspiraciones, entonces, finalmente, como lo habían logrado varones felicísimos, podría a velas desplegadas lanzarme en su seno y reposar allí. Leí algunos -poquísimos- libros de Platón, a quien eras tú también muy aficionado, y comparando con ellos la autoridad de los libros cuyas páginas declaran los divinos misterios, tanto me enardecí, que hubiera roto todas las áncoras a no haberme conmovido el aprecio de algunos hombres. ¿Qué me faltaba ya para sacudir mi indolencia y tardanza a causa de cosas superfluas sino que me favoreciese una borrasca, contraria según mi opinión? Así me sobrevino un agudísimo dolor de pecho, y entonces, incapaz de soportar la carga de mi profesión, por la que navegaba hacia las sirenas, todo lo eché por la borda para dirigir mi nave quebrada y fija al puerto del suspirado reposo.

5. Ya ves, pues, en qué filosofía navego como en un puerto. Pero es de, tan vasta extensión y magnitud, aunque menos peligrosa, que no excluye absolutamente todo riesgo de error. Todavía no sé en qué parte de la tierra, que, sin duda, es la única dichosa, internarme y hollar con mis pies. No piso aún terreno firme, pues fluctúo y vacilo en la cuestión del alma. Por lo cual te suplico por tu virtud, por tu benignidad, por el vínculo y comunicación de las almas, que me prestes la ayuda de tu mano. Quiero decirte que me ames, para que yo a mi vez te corresponda con el mismo afecto. Pues si lo consigo, creo que fácilmente alcanzaré la vida feliz, en que tú te hallas, según presumo. Por lo cual he querido escribirte y ofrecerte las primicias de mis disertaciones, por parecerme más religiosas y dignas de tu nombre, a fin de que conozcas mis ocupaciones y cómo recojo en este puerto a todos mis amigos, y por aquí veas el estado de mi ánimo, pues no hallo otro medio para dártelo a conocer. Ofrenda es ésta muy adecuada ciertamente, pues acerca de la vida hemos disputado los dos, y no hallo otra cosa que más justamente merezca llamarse dádiva divina. No me amedrenta tu elocuencia, pues el amor de una cosa ahuyenta todo temor, y menos temo la grandeza de tu fortuna, porque aunque grande, es en ti propicia y acoge favorablemente a los que domina. Pon ahora los ojos en el presente que te ofrezco.

6. El 13 de noviembre era el día de mi natalicio, y después de una frugal comida, que no era para cortar las alas de ningún genio, a cuantos no sólo aquel día, sino siempre son comensales, los reuní en la sala de los baños, lugar secreto y adecuado para este tiempo. Estaban allí -y no me avergüenzo de mencionarlos por sus nombres- en primer lugar mi madre, a cuyos méritos debo lo que soy; Navigio, mi hermano; Trigecio y Licencio, ciudadanos y discípulos míos. No quise que faltasen mis primos hermanos Lastidiano y Rústico, si bien no habían pasado por la escuela de gramática; mas para lo que intentábamos, creí que su mismo sentido común podía prestarnos ayuda. También se hallaba presente el más pequeño en edad, pero cuyo ingenio, si no me engaño, promete mucho: Adeodato, mi hijo. Estando atentos todos, comencé a hablar así... [Continuará]


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