viernes, 15 de agosto de 2014

El celibato sacerdotal

Revisando el correo de Sursum Corda encontré el e-mail que me enviara un lector de nombre Miguel sobre el tema del celibato sacerdotal. Es menester hacer una clara diferencia entre las Iglesia de rito oriental, enlas cuales se permite a los hombres casados acceder al sacerdocio, de las otroas Iglesias, muchas de ellas de tipo "veterocatólicas" que permiten a los sacerdotes casarse. 
Recomiendo al respecto la lectura de estos artículos publicados hace ya un tiempo:





Date: Tue, 24 Jun 2014 19:04:27 -0500
Subject: 
From: xxxxxxxxxxxxx@gmail.com
To: sursumcordablog@hotmail.com

Cordial Saludo
Quisiera saber si los concilios I y II de letrán son ecuménicos e infalibles, pues en estos se aborda la cuestión del celibato sacerdotal, sin embargo entiendo que las iglesias orientales (y no me refiero a las cismáticas) gozaron de cierta autonomía al respecto.

No entiendo como un tema a seguir por la iglesia universal se convierte de un momento a otro en una decisión que depende de cada patriarcado como si se hubiera tratado sólamente de un sínodo provincial.

Agradezo una pronta respuesta, cabe añadir que solo soy un laico y no tengo ningún conocimiento de teología.


***
Mi respuesta:

Estimado Miguel,
Gracias por su correo. Razones laborales me mantuvieron alejado del correo electrónico y del blog varias semanas. Responderé brevemente su pregunta:

Todos los concilios ecuménicos son infalibles. Los Concilios de Letrán no establecieron el celibato, sino que afirmaron lo que la Iglesia siemrpe practicó, y aún practican los orientales: un hombre elevado al sacerdocio no puede contraer válidamente nupcias, ya que posee un impedimento, que es el sacramento del matrimonio. No obstante, en los ritos orientales, los hombres casados si pueden ser ordenados sacerdotes, y en algunos momentos de la historia, la Iglesia Latina dispensó a hombres casados a acceder a las sagradas ordenes. El matrimonio no es impedimento para recibir el sacerdocio, pero el sacerdocio, si impide contraer nupcias válidamente.

Ahora bien, que cada rito permita o no a los hombres casados acceder a las ordenes, es materia de disciplina. En la Iglesia Latina, desde el Concilio de Elvira, está claro que no es la costumbre permitir que los casados sean ordenados.
Por su parte, el Papa San Siricio escribió al obispo Himerio de Tarragona:

Vengamos ahora a los sacratísimos órdenes de los clérigos, los que para ultraje de la religión venerable hallamos por vuestras provincias tan pi-soteados y confundidos, que tenemos que decir con palabras de Jeremías: ¿Quién dará a mi cabeza agua y a mis ojos una fuente de lágrimas? Y lloraré sobre este pueblo día y noche [Ier. 9, 1]... Porque hemos sabido que muchísimos sacerdotes de Cristo y levitas han procreado hijos después de largo tiempo de su consagración, no sólo de sus propias mujeres, sino de torpe unión y quieren defender su crimen con la excusa de que se lee en el Antiguo Testamento haberse concedido a los sacerdotes y ministros facultad de engendrar. Dígame ahora cualquiera de los seguidores de la liviandad... ¿Por qué [el Señor] avisa a quienes se les encomendaba el santo de los santos, di-ciendo: Sed santos, porque también yo el Señor Dios vuestro soy santo [Lv. 20, 7; 1 Petr. 1, 16]? ¿Por qué también, el año de su turno, se manda a los sacerdotes habitar en el, templo lejos de sus casas? Pues por la razón de que ni aun con sus mujeres tuvieran comercio carnal, a fin de que, brillando por la integridad de su conciencia, ofrecieran a Dios un don aceptable...
De ahí que también el Señor Jesús, habiéndonos ilustrado con su venida, protesta en su Evangelio que vino a cumplir la ley, no a destruirla [Mt. 5, 17]. Y por eso quiso que la forma de la castidad de su Iglesia, de la que El es esposo, irradiara con esplendor, a fin de poderla hallar sin mancha ni arruga [Eph. 5, 27], como lo instituyó por su Apóstol, cuando otra vez venga en el día del juicio. Todos los levitas y sacerdotes estamos obligados por la indisoluble ley de estas sanciones, es decir que desde el día de nuestra ordenación, consagramos nuestros corazones y cuerpos a la sobriedad y castidad, para agradar en todo a nuestro Dios en los sacrificios que diariamente le ofrecemos. Mas los que están en la carne, dice el vaso de elección, no pueden agradar a Dios [Rom. 8, 8].
...En cuanto aquellos que se apoyan en la excusa de un ilícito privilegio, para afirmar que esto les está concedido por la ley antigua, sepan que por autoridad de la Sede Apostólica están depuestos de todo honor eclesiástico, del que han usado indignamente, y que nunca podrán tocar los venerandos misterios, de los que a sí mismos se privaron al anhelar obscenos placeres; y puesto que los ejemplos presentes nos enseñan a precavernos para lo futuro, en adelante, cualquier obispo, presbítero o diácono que - cosa que no deseamos fuere hallado tal, sepa que ya desde ahora le queda por Nos cerrado todo camino de indulgencia; porque hay que cortar a hierro las heridas que no sienten la medicina de los fomentos. (DZ 89)


Suyo en Cristo Nuestro Señor,
Raúl

1 comentario:

  1. Tengo entendido que el testimonio de los Padres de la Iglesia primitiva muestra que la regla siempre fue que aquellos que estaban casados previamente a la ordenación debían mantener luego continencia (se exigía el consentimiento de la mujer para ordenar al marido), mientras que si ya estaban ordenados no podían casarse.
    No tengo las referencias originales pero deberían ser estas:
    S. Jerónimo, epist. 30 contra Joviniano, tomo IV
    Tertuliano, de monogamia c. VIII
    San Isidoro Pelusiota, Lib. III, ep. 179
    San Epifanio, Haeresi 48, n 7

    Además, es la doctrina de Jesucristo de acuerdo con las escrituras:
    Mateo 19:27-28
    S. Pablo 1 Corintios 7:32-33, 1 Corintios 7:5, 1 Corintios 7:8. 1 Corintios 11:1, 1 Timoteo 4:12
    1 Pedro 3:7

    Y están los cánones de los concilios, que tampoco tengopero copio las citas: En el año 305 el concilio de Elvira prohíbe a los obispos, presbíteros y diáconos y a todos los clérigos acercarse a sus mujeres bajo pena de deposición. El concilio general Niceno 1o, año 325, prohíbe por el canon 3 a los obispos, presbíteros, diáconos y subdiáconos tener en casa a mujer alguna excepto familiares. El segundo concilio de África, 4o Cartaginense, año 390, reconoce la disciplina del celibato como enseñada por los Apóstoles, y guardada por toda la antigüedad.

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