martes, 19 de agosto de 2014

Lengua litúrgica y lenguas sagradas

En el presente ensayo, quisiera señalar la diferencia entre las lenguas litúrgicas y las lenguas sagradas, en efecto, ambas suelen confundirse y se toman las designaciones como sinónimo. Así, por ejemplo, los defensores de la Misa Tridentina, suelen decir que el Latín es una lengua sagrada a la vez que litúrgica, al igual que el griego o el hebreo. También, el término “lengua muerta” se ha conjugado muchas veces con el carácter sagrado o litúrgico de alguna lengua particular.

Sabemos, por Aristóteles, que nuestras inteligencias pueden conocer tanto las esencias de las cosas como sus revestimientos externos, es decir, los fenómenos. En griego se emplea el término φαινόμενoν que se puede traducir por “apariencia”, “manifestación”, e incluso “revestimiento”. Por lo tanto,  un fenómeno es la apariencia o manifestación de una esencia. El término esencia proviene del latín esse, significando “ser”, lo que existe. Es decir, aquello que existe se manifiesta ante los ojos y esa manifestación es el fenómeno. Los hombres, en nuestro estado actual, estamos imposibilitados de conocer algunas esencias, así, por caso, no podemos ver a Dios tal como Él es en esta vida. Recordemos la petición que hizo Moisés a Dios “Manifiéstame tu gloria”, empero el Señor le responde “No podrás ver mi faz, que no ve hombre mi faz, y vive”, sólo puede ver la espalda (Ex 33: 20-21):

He aquí un lugar cerca de mí, y estarás sobre la peña; cuando pasare mi gloria, te pondré en hendidura de la peña, y te cubriré con mi mano, hasta que hubiere pasado; y retiraré mi mano, y entonces me verás las espaldas; empero mi faz no se verá. (Ex 33: 22-23).

No obstante, nos consuela saber que, si perseveramos en la Gracia, al salir de este mundo podremos ver a Dios cara a cara y le conoceremos tal como él es. ¿Implica esto que nosotros no podemos conocer a Dios, como creen los agnósticos modernistas? En absoluto. Nosotros conocemos a Dios a la medida de nuestra inteligencia humana (una inteligencia caída, pero elevada por la Gracia de Dios), y nuestra inteligencia no puede abarcar todo lo que es el Omnipotente. Por lo tanto, corresponde al lenguaje el poder significar las esencias tal como las conocemos ahora, aún cuando no puedan abarcar todo su esse. A modo de ejemplo tenemos el término “transubstanciación” por el cual se significa a “al cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo y de toda la substancia del vino en la substancia de su Sangre” (Dz 877), por lo tanto, transubstanciación significa eso y específicamente eso y no otra cosa, y cuando yo digo que Dios es una Trinidad, quiero decir que Dios es una Trinidad, no una “trinidad y algo más”.

Ahora bien, ocurre que el lenguaje del hombre cambia constantemente, se transforma por los usos y las costumbres a punto tal que en el paso de una generación a otra, o de una región a otra. Para salvar esta situación, la Iglesia ha codificado su liturgia en lenguas especiales, llamadas “lenguas litúrgicas”. Estas tienen la particularidad de encontrase “fijas”, incólumes al paso de los tiempos y las modas, son estáticas y se transmiten de una generación a otra para la preservación de la pureza del rito. Esta transmisión es una traditio, tradición que proviene precisamente de tradere, “entregar”, “transmitir”, “poner en custodia”. Las lenguas litúrgicas aseguran la custodia de los ritos mismos. No obstante, el fin no es el rito en cuanto tal, sino en cuanto lo que este significa o lo que en él se manifiesta. Un rito sería entonces un φαινόμενoν de una esencia. De allí que la causa del combate no es la Misa Tridentina por la Misa Tridentina, como lo harían los modernistas, los conservadores o los ritualistas, sino la Misa en tanto expresión apropiada de la fe católica. Dicho de otra manera, la Misa Tridentina es la expresión apropiada de todo aquello en lo que cree y debe creer un católico y en ella se realiza el sacrificio perfecto en el cual Cristo es Sacerdote y Víctima.

Las lenguas litúrgicas evitan entonces las ambigüedades, las confusiones y los anacronismos. No son, sin embargo, “lenguas muertas”, porque continúan siendo cultivadas, estudiadas y aprendidas. Es preferible hablar, en todo caso de “lenguas tradicionales”, es decir, aquellas que se transmiten con el fin de que los significados de las palabras no se alteren, sino que se mantengas estables a través de los siglos.

La Iglesia Católica Romana ha tenido el latín como lengua litúrgica por excelencia y de hecho, los rituales latinos son latinos. Tanto el Tridentino, el Sarum, el Dominico, el Ambrosiano y los demás, son en latín. En muchas iglesias ortodoxas y las uniatas, no se usa como vulgarmente se cree, lenguas vernáculas, sino el “Eslavo eclesiástico”, en ruso “церковнославя́нский язы́к”. El Patriarcado de Alejandría mantiene el uso del copto y los ritos orientales el siríaco, que deriva del arameo. Hasta los armenios conservan su liturgia en una lengua inalterada: el armenio clásico.

Una lengua sagrada no necesariamente es litúrgica. Las lenguas sagradas son aquellas que Dios utilizó para manifestar su Palabra, es decir, son las lenguas de las Sagradas Escrituras: el hebreo y el griego. El latín no es una lengua sagrada, porque el Evangelio no se escribió en ese idioma, pero la Iglesia conservó la edición latina, la Vulgata de San Jerónimo en los términos que fijó el Concilio de Trento:

Además, el mismo sacrosanto Concilio, considerando que podía venir no poca utilidad a la Iglesia de Dios, si de todas las ediciones latinas que corren de los sagrados libros, diera a conocer cuál haya de ser tenida por auténtica; establece y declara que esta misma antigua y vulgata edición que está aprobada por el largo uso de tantos siglos en la Iglesia misma, sea tenida por auténtica en las públicas lecciones, disputaciones, predicaciones y exposiciones, y que nadie, por cualquier pretexto, sea osado o presuma rechazarla. [...] que en adelante la Sagrada Escritura, y principalmente esta antigua y vulgata edición, se imprima de la manera más correcta posible (Dz 785-786).

A lo que Pío XII explicó de la siguiente manera:

Así, pues, esta privilegiada autoridad o, como dicen, autenticidad de la Vulgata, no fue establecida por el Concilio por razones principalmente críticas, sino más bien por su uso legítimo en las Iglesias, durante el decurso de tantos siglos; uso a la verdad, que demuestra que la Vulgata, tal como la entendió y entiende la Iglesia, está totalmente inmune de todo error en materias de fe y costumbres; de suerte que, por testimonio y confirmación de la misma Iglesia, se puede citar con seguridad y sin peligro de errar en las disputas, lecciones y predicaciones; y, por tanto, este género de autenticidad no se llama con nombre primario crítica, sino más bien jurídica. (Dz 2292).


El latín ha permitido la conservación y transmisión de la doctrina católica. Como lengua litúrgica permitió que las Sagradas Escrituras y la Santa Misa fueran preservadas y comprendidas tal como debían ser interpretadas y no pervertidas según los intereses de un tiempo, lugar o filosofías particulares. A diferencia del texto griego, el latín impide que la exégesis se torne eiségesis.

2 comentarios:

  1. No entendí la mitad del artículo

    ResponderEliminar
  2. En resumen el artículo presenta porqué debemos conservar el latín como lengua litúrgica y porqué el mismo, aún siendo lengua litúrgica no es lengua sagrada.

    ResponderEliminar

Muchas gracias por dejar tu mensaje. Si el mismo contiene insultos o groserías, será eliminado.
Benedicamus Domino!