domingo, 26 de octubre de 2014

La predestinación de los Santos (Fragmento)

San Agustín. La predestinación de los Santos
La gracia divina es la que da ventaja a los buenos sobre los malos.





9.Mas lo que esos hermanos piensan, esto es, «que acerca de la fe inicial no
puede decirse: ¿qué tienes que no hayas recibido?», porque esta fe se conserva
aún en la misma naturaleza, que se nos dio sana y perfecta en el paraíso, aunque
ahora está viciada, no tiene valor alguno para lo que pretenden demostrar, si se
considera la razón por la que habla el Apóstol. Porque trataba él de que nadie
se gloriase en el hombre, pues habían surgido algunas reyertas entre los
cristianos de Corinto, de suerte que algunos decían: «Yo soy de Pablo; y yo de
Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo [1]»; de aquí que él interviniera y
viniese a decir: Sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los
sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil
del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que
es, a fin de que nadie se jacte en su presencia. [2] Donde claramente aparece la
intención del Apóstol contra la humana soberbia, a fin de que nadie se gloríe en
el hombre ni, por ende, en sí mismo.

Finalmente, después de decir: a fin de que nadie se jacte en su presencia, para
demostrar en lo que debe gloriarse el hombre, añadió a continuación: Mas por él
estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría,
justificación, santificación y redención. De aquí es que luego lleve su intento
hasta decir con severa reprensión: Porque aún sois carnales; pues habiendo entre
vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como
hombres?  Porque diciendo el uno: Yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: Yo soy
de Apolos, ¿no sois carnales? ¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos?  Servidores
por medio de los cuales habéis creído; y eso según lo que a cada uno concedió el
Señor.  Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios.  Así que ni
el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento. [3]
Veis aquí cómo el Apóstol no pretende otra cosa sino que se humille el hombre y
sea glorificado Dios solamente. Y cuando habla de lo que se planta y de lo que
se riega, no dice que el que planta y el que riega sean algo, sino quien da el
crecimiento, que es Dios, y hasta lo mismo que el uno planta y el otro riega no
se lo atribuye a ellos, sino al Señor, diciendo: Yo planté, Apolos regó; pero el
crecimiento lo ha dado Dios.

Por eso, insistiendo en el mismo propósito, llegó a decir: Así que, ninguno se
gloríe en los hombres. [4] Ya antes había dicho: El que se gloría, gloríese en
el Señor. [5] Después de cuyas palabras y de otras que con ellas se relacionan,
a este mismo fin se dirige su intención, diciendo: Pero esto, hermanos, lo he
presentado como ejemplo en mí y en Apolos por amor de vosotros, para que en
nosotros aprendáis a no pensar más de lo que está escrito, no sea que por causa
de uno, os envanezcáis unos contra otros.  Porque ¿quién te distingue? ¿o qué
tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no
lo hubieras recibido? [6]

 

10.Ahora bien: sería del todo absurdo—a lo que yo entiendo—suponer que en este
clarísimo propósito del Apóstol, por el que se combate la humana soberbia, a fin
de que nadie se gloríe en el hombre, sino en el Señor, se insinúan los dones
divinos meramente naturales, bien se entienda aquella naturaleza cabal y
perfecta que fue dada al hombre en su primitivo estado o bien cualquier otro
vestigio de esta naturaleza viciada. Pues ¿por ventura se juzgan más aventajados
los hombres unos a otros por estos dones nativos, que a todos son comunes? Ya
antes, aquí había dicho el Apóstol: Porque ¿quién te distingue?; y luego añadió:
¿o qué tienes que no hayas recibido? Podría, en efecto, algún hombre hinchado
decir contra otro: «Me da ventaja mi fe», «Me da ventaja mi justicia»; o
cualquiera otra cosa semejante. Pero saliendo el santo Doctor al paso de tan
hinchados pensamientos, «¿qué es lo que tú tienes—dice—que no lo hayas recibido?
¿Y de quién lo has recibido sino de aquel que te da ventaja sobre el otro, a
quien no concedió el don que a ti te ha concedido? Si, pues, todo lo que
tienes—añade—lo has recibido, ¿de qué te jactas como si no lo hubieras
recibido?» ¿Acaso, pregunto, pretende el Apóstol otra cosa sino que quien se
gloría, se gloríe en el Señor? Mas nada tan opuesto a este propósito como el
gloriarse alguno de sus méritos, como si se los hubiera granjeado él a sí mismo
y no la gracia de Dios; aquella gracia—digo—por la que los buenos aventajan a
los malos, no la gracia natural, que es común a buenos y malos.

Adjudíquese, enhorabuena, a la naturaleza esa gracia, por la cual somos animales
racionales y que nos da ventaja sobre los brutos; y adjudíquese también a la
naturaleza esa gracia, por la cual los tipos hermosos se aventajan a los
deformes; los hombres de agudo entendimiento, a los de entendimiento tardo, y
así otras cualidades semejantes; mas aquel que era recriminado por el Apóstol no
se engreía ciertamente contra ningún irracional ni contra otro hombre por causa
de alguna gracia natural que en él pudiera existir, aunque fuese de ínfimo
valor; sino que se hinchaba vanamente, no atribuyendo a Dios alguno de los dones
pertenecientes a la vida santa, siendo entonces cuando mereció escuchar esta
reprensión: Porque ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido?

Y aunque sea un don de la naturaleza el poder tener la fe, ¿acaso lo es también
el tenerla? Porque no es de todos la fe, [7] siendo así que es propio de todos
el poder tenerla. Porque no dice el Apóstol: «¿Qué cosa puedes tú tener que no
hayas recibido el poder tenerla?», sino que dice: ¿qué tienes que no hayas
recibido?  Por tanto, el poder tener la fe, como el poder tener la caridad, es
propio de la naturaleza del hombre; mas el tener la fe, del mismo modo que el
tener la caridad, sólo es propio de la gracia en los que creen. Y así, la
naturaleza, en la que nos fue dada la capacidad de tener la fe, no da ventaja a
un hombre sobre otro, mas la fe da ventaja al creyente sobre el incrédulo. Y por
eso, cuando se dice: ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido?,
¿quién osará decir: «Yo tengo la fe por mis propios méritos y no la he recibido
de nadie?» Éste tal contradiría por completo a esta verdad evidentísima, no
porque el creer o el no creer no pertenezca al albedrío de la voluntad humana,
sino porque la voluntad humana es preparada por el Señor en los elegidos. Y, por
tanto, a la esfera de la fe, que reside en la voluntad, corresponde también lo
que dice el Apóstol: Porque ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas
recibido?

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