domingo, 9 de noviembre de 2014

Conservadores y tradicionalistas

La Iglesia Católica estuvo asediada por sus enemigos desde sus mismos orígenes. Cualesquier persona que haya leído las vibrantes palabras de los Hechos de los Apóstoles se habrá conmovido con el relato del martirio de San Esteban, la prisión de los apóstoles, la dispersión de los discípulos, etc. En la épocas gloriosas, esa historia, verdadera Historia, no símbolo ni fábula, inspiró a los cristianos verdaderos y los mantuvo firmes en la fe. Hoy, quienes se dicen católicos, pero adhieren a la Iglesia Conciliar del Vaticano II, intentan comulgar con el mundo moderno que desprecia a Cristo, un mundo que lo despreció, lo des-precia, lo niega y se proclama abiertamente, enemigo de la Verdad y la Fe.

Por un lado, millones de almas han caído en la falsa religión del Conciliábulo Vaticano II. Por otro lado, unos pocos, un remanente, ha quedado fiel a la doctrina de Cristo. Estos católicos, son llamados por los modernistas “tradicionalistas”, “conservadores” e incluso “lefebvristas” o “sedevacantistas” (para los más entendidos), y signados como enemigos de la Iglesia y de los tiempos modernos, enemigos del progresismo. Los herejes-modernistas tienen razón en parte y en parte se equivocan. Están en lo cierto en que somos enemigos de la iglesia a la que ellos pertenecen, que es la Iglesia Conciliar del Vaticano II. Una Iglesia que no es la Iglesia que fundó Cristo, sino una falsa-Iglesia, una Iglesia del Pecado y del Error que no adora a Nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y Verdadero Hombre, sino que adora al Hombre y por lo tanto desfigura, des-figura a Cristo, altera su doctrina y su enseñanza para que sea agradable a los oídos del mundo y del Tiempo Moderno, del cual también somos enemigos declarados.

Pero los modernistas del la Iglesia Conciliar se equivocan en llamarnos “tradicionalistas”. Tradicionalismo implica una adhesión a ciertas formas tradicionales exotéricas, en particular la Misa Latina, a las rúbricas, a los calendarios, a la lengua litúrgica por excelencia de la Iglesia Latina. Implica una serie de prácticas y costumbres, una conjunción de ritos, ciertamente hermosos, pero muchas veces, vacíos de significados. Implica, un ritualismo infantil, muerto. Parafraseando a Chesterton, el tradicionalista adora las cenizas, en lugar de contemplar el fuego. Muchos católicos romanos, fieles a la Tradición, se hacen llamar erróneamente tradicionalistas, cuando en realidad no son sino, simples católicos romanos.

Tampoco podemos aceptar ser llamados “conservadores”. El conservador lo que hace es mantener algunas cosas de lo antiguo en lo moderno. Dicho de otra manera, el conservador intentará que ciertas prácticas o costumbres (rituales, simbólicas o incluso espirituales y metafísicas) se concilien con la nueva Iglesia. Para el conservador la Iglesia Conciliar del Vaticano II es la misma Iglesia Católica fundada por Cristo Nuestro Señor. El problema no es el concilio, sino una mala interpretación del mismo, por lo tanto, es menester implementar una hermeneutica de la continuidad. La cual, a diferencia de lo que sostienen algunos “tradicionalistas”, no implica un regreso a la Tradición. Al contrario, es un elemento básico del pensamiento hegeliano, para el cual la síntesis conserva, suprime y supera las contradicciones entre los elementos antitéticos. Es decir, el continuismo ratzingeriano (expuesto ya en tiempos del conciliábulo) sería una expresión fenoménica y nada más. La misma falsa religión, con los ropajes y el atavío de la antigua y verdadera.

Creer que Ratzinger es el Papa oculto, creer que Ratzinger está encarcelado y que, desde la sombra encabeza una suerte de resistencia contra las aberraciones de Bergoglio puede ser un error de inocencia para los ignorantes, pero para aquellos que pueden distinguir su mano derecha de la izquierda, no es sino hipocresía lisa y llana. La Fe de Ratzinger es la misma que la de Bergoglio. Y al mismo tiempo, es completamente opuesta y enemiga de la nuestra.

Nosotros somos católicos, la fe que está definida en el Credo. No somos ni de otra Iglesia, ni somos de una nueva Iglesia. No soos adherentes a ninguna fe tradicionalista, ni somos ritualistas, ni comulgamos con ninguna moda o tendencia. Nuestra fe no la inventamos nosotros, no la inventó el hombre. Nuestra fe proviene de Dios, fue revelada por Jesucristo y no podrá ser destruida jamás.

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