viernes, 21 de noviembre de 2014

El caso Galileo

Esta mañana, un lector, que no firmó, me envió el siguiente artículo, cuya lectura, y difusión recomiendo.
El caso Galileo

”Mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros;
no pretendo grandezas que superan mi capacidad”
Salmo 130
En la universidad, en un profesorado cualquiera e incluso en un colegio católico es difícil no haber oído jamás el nombre de Galileo Galilei, sin asociarlo a las palabras “intolerancia”, “persecución” o “caza de brujas”.
santa_inquisicionSegún narra el famoso periodista italiano Vittorio Messori, a mediados de la década del ‘90, una encuesta realizada entre los estudiantes de ciencias de todos los países de la Comunidad Europea, marcaba que casi el 30 de ellos tenía el convencimiento de que Galileo había sido quemado vivo en la hoguera por la Iglesia mientras que casi todos (el 97 %) estaban convencidos de que había sido sometido a torturas por sostener que la tierra se movía sobre su eje[1].
Símbolo de la “lucha incansable contra la intolerancia religiosa”, Galileo habría sido, en boca de muchos, un hombre que no se doblegó contra la “cerrazón y el absolutismo de la Iglesia, que dominaba las esferas del poder renacentista…”.
¿Es esto lo que Ud. piensa? Vayamos  por parte.
Para hablar de Galileo es necesario que nos remontemos al siglo XVI, pleno renacimiento italiano donde la ciencia y las artes se encontraban en ebullición; todo era nuevo y todo era un “renacer” desde las “tinieblas del Medioevo”, dando paso a “lo nuevo”; el mundo giraba y parecía avanzar en todos los ámbitos: el descubrimiento de América, la imprenta y los nuevos grandes inventos, sumados a una concepción “antropocéntrica” de la historia, hacían de Europa (y especialmente de Italia) un hervidero intelectual y artístico; el hombre había progresado y parecía haber llegado a la remota “edad dorada” de los antiguos (baste para ello ver la pintura y esculturas renacentistas para darse una idea).
GalileoEl campo de la astronomía no se quedaba atrás: la evolución de las teorías astronómicas había proporcionado una nueva mirada del mundo. Como sabemos, desde antiguo al hombre le interesó escudriñar las estrellas; veían nuestros ancestros –como ahora nosotros– el movimiento de los astros a través del firmamento y gracias a esa mirada atenta, todo parecía indicar que la Tierra estaba absolutamente quieta y que los planetas giraban en derredor suyo (geocentrismo). Sin embargo, ya en el siglo III A.C., Aristarcos de Samos, último alumno de Pitágoras, había propuesto, a grandes rasgos, el sistema heliocéntrico, es decir, que la tierra, girando alrededor de su eje, lo hacía a su vez alrededor del sol, dando origen al cambio de tiempos y estaciones. No obstante el planteo del pitagórico, su concepción no lograba imponerse por falta de pruebas contundentes; las sensaciones hacían (y hacen) que uno “viese” al sol moverse (y no a la tierra).
Como si fuera poco, en el siglo II de nuestra era, el gran Ptolomeo de Alejandría había establecido firmemente la teoría geocéntrica con toda su autoridad; teoría que habría de permanecer casi sin variaciones hasta el siglo XVII.
La revolución copernicana
Pero la ciencia no parecía estar conforme y seguía buscando una explicación, fue así que, más de mil años después de Ptolomeo, Nicolás Copérnico, sacerdote y científico polaco (1473-1543) fue requerido en 1514 por el concilio de Letrán para que aconsejara sobre la posibilidad de una reforma en el calendario. A raíz de sus investigaciones, el científico polaco declaró que la duración del año y los meses y el movimiento del sol y la luna, aun no eran suficientemente conocidos para intentar una reforma del estilo. El incidente, sin embargo, lo impulsó a hacer observaciones más exactas que, finalmente, sirvieron de base para completar el calendario gregoriano.
copernicusEl fruto de dichas investigaciones fue publicado bajo el título de “Sobre los Giros de los Cuerpos Celestes”, testimonio de sus incansables observaciones de los astros, donde postulaba la hipótesis[2] de que era el sol el que estaba quieto y de que todos los planetas, inclusive la tierra giraban en torno a él.
La ciencia frente al protestantismo
Pero eran tiempos difíciles para Europa y Copérnico, a pesar de haber trabajado en ello durante décadas, no se animaba a publicar el reciente descubrimiento por temor a ser ridiculizado y perseguido por los protestantes, quienes tomaban dichas posturas como contrarias a la Biblia. ¿Por qué contra la Biblia? Sucede que un pasaje del Antiguo Testamento parecía ir en contra de dicha hipótesis.
Se trata del libro de Josué donde se lee que “el sol se detuvo” para poder dar la victoria al pueblo escogido; este es el pasaje:
“Entonces habló Josué al Señor, el día que el Señor entregó al amorreo en manos de los israelitas, a los ojos de Israel y dijo: ‘Deténte, sol, en Gabaón, y tú, luna, en el valle de Ayyalón’. Y el sol se detuvo y la luna se paró hasta que el pueblo se vengó de sus enemigos. ¿No está esto escrito en el libro del Justo? El sol se paró en medio del cielo y no tuvo prisa en ponerse como un día entero”[3].
Como decíamos, eran épocas difíciles para contradecir a la Biblia, especialmente en un ambiente protestante. Los protestantes, con su “sola Scriptura” (única fuente de la revelación para los protestantes) y habiendo eliminado la Tradición de la Iglesia, decían que no podía “razonarse” sobre el tema (la “prostituta” llamaba Lutero a la inteligencia humana). Es decir, de la famosa “libre interpretación” solo quedaban las palabras.
Copérnico era científico pero no era idiota y temía a la inquisición protestante que ya varios se había llevado por “contradecir” el pensamiento único de los “reformados”. Además, ya habían llovido condenas sobre sus trabajos; en un texto luterano de la época se lee: “la gente le presta oídos a un astrónomo improvisado que trata de demostrar de cualquier modo que no gira el cielo sino la Tierra. Para ostentar inteligencia, basta con inventar algo y darlo por cierto. Este Copérnico en su locura, quiere desmontar principios nuevos y antiguos de la astronomía”. Y el mismo Lutero decía que “se colocaría fuera del cristianismo quien afirmara que la tierra tiene más de seis mil años”; Mélaton, su seguidor en la “nueva iglesia” agregaba: “no toleraremos semejante fantasía”.
Tenía razón Copérnico para callar… sin embargo, como la verdad es amarga y hay que echarla de la boca, en vez de entregarla a la imprenta comenzó a transmitirla humildemente de boca en boca entre sus alumnos más cercanos hasta que fue publicado recién después de su muerte y divulgado solo algunos años después cuando, Alberto Widmanstadt, lo usó frente al Papa Clemente VII para explicar la nueva hipótesis; al oír el Papa el planteo del extinto Copérnico, recompensó a su portavoz con un códice griego que se encuentra en la biblioteca estatal de Münich, Alemania.
Finalmente las ideas de Copérnico verían la luz como obra póstuma y a expensas de la Iglesia.
[1] Cfr. Vittorio Messori, Las leyendas negras de la Iglesia, Emecé, Buenos Aires; Víctor Chéquer, Galileo el “perseguido”, o la Iglesia contra el conocimiento científico, publicado en Panorama Católico Internacional, 10 de noviembre de 2006, Volumen 2, Nº 7.
[2] En el ámbito científico, la hipótesis se distingue de la tesis; mientras que la primera es algo que desea comprobarse, la segunda es algo ya comprobado.
[3]Jos 10,12-13.
TYCHO BRAHE Y KEPLER
Casi a la muerte de Copérnico y como tomando su antorcha, nacía por aquella época otro gran astrónomo: el danés Tycho Brahe (1546) quien tiene el honor en el ámbito de la astronomía de ser el último científico que observó las estrellas sin la ayuda de aparatos ópticos.
La vida de Brahe parece ser apasionante y digna de novelarse: en agosto de 1563, cuando tenía apenas dieciséis años llegó a ser testigo de una conjunción entre Saturno y Júpiter que lo marcaría para siempre. El fenómeno no hubiera tenido mayor trascendencia si no fuera porque se dio cuenta de que las tablas alfonsinas –las vigentes por entonces– predecían el acontecimiento con un mes de retraso, lo que lo llevó a pensar que el progreso en astronomía no podía conseguirse por la observación ocasional e investigaciones puntuales sino que se necesitaban medidas sistemáticas. Para ello, diseñó aparatos (no ópticos) que le permitieron medir las posiciones de los astros y planetas con una precisión muy superior a la época. Así, observó el cielo por más de… ¡22 años ininterrumpidos!
Con el tiempo (en 1600), durante una estancia en Praga, conoció al brillante matemático Juan Kepler quien pasó a trabajar con él y a quien antes de morir en 1601, entregó las anotaciones que tan sistemáticamente había registrado. Todo un tesoro.
Kepler, nacido pocos años antes en Alemania (1571) y en el seno de una familia protestante, era un hombre profundamente religioso; sin embargo, sus estudios sobre la ciencia lo llevaron a la corta edad de treinta años a ser considerado como hereje por sostener las ideas de Copérnico y expulsado del conocido colegio teológico protestante de Tubinga.
Debido a la persecución hubo de abandonar sus estudios y refugiarse en Praga, donde la universidad (universidad católica, recalquemos) lo recibió con honores; es allí donde conocería a Tycho Brahe. Allí, la unión de los estudios sistemáticos del primero y la agudeza intelectual del segundo, hicieron de la postura de Copérnico algo más que una hipótesis: se intentaba demostrar la circularidad de las órbitas planetarias a partir no solo de la observación empírica, sino también del concepto aristotélico y pitagórico que postulaba la perfección de la forma circular; de este modo los planetas debían moverse circularmente alrededor del sol, siguiendo sus órbitas circulares.
A pesar de la seriedad de Kepler sus investigaciones no fueron del todo correctas (no tuvo en cuenta el movimiento elíptico) aunque sí muy fructíferas, lo que culminaron en la publicación de las Tres leyes del Movimiento Planetario (o de Kepler), texto que revolucionó el conocimiento científico y permitió predecir con asombrosa precisión el movimiento de los astros. Fue a partir de esta investigación que el astrónomo alemán, mientras la Iglesia Católica fomentaba sus estudios, recibió la excomunión formal de la Iglesia Protestante en 1612.
Solo para los curiosos, digamos por último que las investigaciones keplerianas serían completadas algunos años después por Isaac Newton con su “Ley de la Gravitación Universal”, y recién a finales del siglo XVIII quedaría comprobada la rotación de la Tierra, que pudo “verse” con el péndulo de Foucault, en 1851.
Pero volvamos después de esta breve introducción al problema geocéntrico-heliocéntrico: ¿la tierra giraba alrededor del sol o el sol alrededor de la tierra? La Iglesia, como venimos viendo, nunca se había opuesto al sistema copernicano como nunca se había opuesto a las hipótesis científicas y como manda la prudencia, simplemente pedía que cada hipótesis fuese planteada como tal hasta llegar a ser una tesis comprobable.
¿Y Galileo? Allá vamos…
GALILEO Y SU POSTURA
Galileo nació en Pisa en 1564.
Era católico aunque no ejemplar; su vida privada, jamás achacada por ningún eclesiástico, dejaba bastante que desear: había convivido abiertamente con una mujer (Marina Gamba), con la cual había tenido un varón y dos hijas a quienes, con el tiempo y ya separado de su pareja, intentó casarlas ventajosamente, aunque sin éxito; esto último haría que, para sacárselas de encima, las obligara a entrar en la vida religiosa. Las niñas eran jóvenes y como las leyes eclesiásticas no les permitían profesar los votos, Galileo debió utilizar sus influencias para que hicieran una excepción. Así, en 1613, las dos jóvenes –de doce y trece años– entraron en el monasterio de San Mateo de Arcetri para tomar poco después los hábitos. Virginia tomó el nombre de sor María Celeste y pudo llevar cristianamente su cruz: vivió con profunda piedad y en activa caridad hacia sus hermanas. Livia, en cambio, sor Arcángela en religión, sucumbió bajo el peso de la violencia sufrida y vivió neurasténica y enfermiza.
María Celeste Galilei
En el plano personal, Galileo era censurable.
En cuanto a los estudios el científico pisano se dedicó inicialmente a las matemáticas; hasta el año 1610 lo podemos ver en Padua enseñando y estudiando astronomía a la par de la mecánica; ya por aquella época adhería al sistema geocéntrico de Ptolomeo.
Influido por las ideas aristotélicas defendió la hipótesis de Kepler (los astros seguían una órbita circular), lo que lo llevaría –más adelante– a cometer un grave error cuando negó la existencia de los cometas descriptos por Tycho y luego por el Padre Grassi (sacerdote y científico jesuita del observatorio romano) diciendo que eran simples fenómenos meteorológicos o ilusiones ópticas.
A principios de 1609 tuvo noticias de que un óptico holandés llamado Hans Lippershey, había producido un instrumento que permitía ver de manera ampliada objetos distantes. El italiano, intentando secundar esos experimentos, estudió los procesos que estaban involucrados y sus principios. Para ello, sus biógrafos narran que, luego de una noche completa de estar trabajando en los principios de la refracción de la luz, tuvo éxito en construir un objeto capaz de aumentar tres veces la visión de objetos distantes, capacidad que rápidamente se aumentó hasta treinta y dos veces. Todo un hallazgo. Las observaciones que Galileo haría con dicho instrumento (satélites de Júpiter, fases de Mercurio y Venus, evolución de las manchas solares) apoyaban enormemente la teoría de Copérnico. Así, con sus recientes descubrimientos, sentía una seguridad total para salir en defensa de los postulados de Copérnico, lo que lo llevó en 1610, a publicarlos en una obra titulada “Sidereus Nuncius”, por la que sería invitado a Roma a explicarla en presencia de varios prelados y científicos.
Se abría entonces un animado debate, en especial con los partidarios incondicionales de Aristóteles que, con mucho poder en las Universidades, consideraban (erróneamente) que la física, la filosofía y la teología del Estagirita formaban un todo inescindible, aunando sus esfuerzos a los de Ptolomeo.
 GALILEO Y EL PROBLEMA BÍBLICO
Ante el debate con los aristotélicos (partidarios del geocentrismo) Galileo se hallaba en un momento único. Poco tiempo atrás había ganado una pequeña batalla al demostrar que era un error el de ellos el sostener que la velocidad de los cuerpos en caída dependía de su masa. Todo esto contribuía a que los ánimos se crisparan. Fue en este ámbito de discusión y confusión que, en 1611, los aristotélicos acusaron a Galileo de querer contradecir las Sagradas Escrituras al afirmar que la tierra giraba alrededor del sol. Se trataba, como vemos, de una disputa de escuelas.
Las discusiones académicas pasaban cada vez más a mayores y con el fin de desacreditar a Galileo, le imputaban también que intentaba meterse también en el terreno de la exégesis (interpretación) bíblica cuando su hipótesis aún no estaba comprobada (cosa que, hasta el momento, era cierto). El texto bíblico en cuestión era siempre el del libro de Josué, que ya citamos [1]: si la tierra giraba alrededor, del sol, entonces la Biblia se equivocaba…
Dado que el sistema de Ptolomeo era bastante adecuado (con una precisión de un cuarto de grado al fijar la posición de los astros) y el heliocentrismo no estaba aun suficientemente probado, no parecía razonable cambiar la interpretación de estos textos para adecuarla a las nuevas hipótesis. He aquí cuando entra Galileo en escena; la crítica externa sumado a su mal genio, hicieron que en lugar de mantenerse cauteloso se volcase a una campaña casi periodística para divulgar su postura heliocéntrica. Para ello comenzó no solo a dar conferencias sobre astronomía, sino que hasta se daba el lujo de querer interpretar la Biblia según los nuevos descubrimientos careciendo aun de la certeza de su hipótesis y de autoridad para incursionar en el campo de la interpretación bíblica.
De carácter enérgico y bastante orgulloso, no aceptaba esperar a comprobar sus intuiciones. Este sería su salto mortal.
Además, lejos de lo que la Iglesia propugnaba sobre los sentidos de los pasajes de la Biblia, Galileo quería interpretar la Sagrada Escritura con un sentido literal. Era como si dijese:
“En la Biblia se dice que el sol se detuvo;
Pero el sol no se mueve, por lo tanto
La Biblia está errada”.
Galileo dejaba de lado lo que siempre la Iglesia había dicho y que el famoso cardenal Baronio, discípulo de San Felipe Neri, repetía por aquella época: “El propósito del Espíritu Santo, al inspirar la Biblia, era enseñarnos cómo se va al Cielo, y no cómo va el cielo”. Además, siempre los escritores sagrados habían escrito inspirados por el Espíritu Santo pero según el lenguaje humano. ¿Cómo es esto? Pongámoslo más en claro: uno cuando madruga, dice: “¿ya habrá salido el sol”? y no “¿habrá rotado ya la tierra sobre su eje?”. Dios, por pura condescendencia divina, quiere hablarnos de un modo que le entendamos.
Ante las acusaciones de los científicos contrarios, la Iglesia no vio más remedio que iniciar un proceso en su contra para que ratifique o rectifique sus dichos, en especial en lo tocante a la interpretación de la Biblia.
Los procesos canónicos
Galileo fue sometido a dos investigaciones. El primer proceso (para llamarlo de algún modo) fue en el año 1616 y quizás no es tan conocido porque ni siquiera fue citado ante el tribunal. De hecho, se enteró de la denuncia en su contra a través de terceros y no sufrió condena alguna; solo hubieron algunas diligencias procesales que duraron pocos meses.
La Iglesia mantenía, en este tipo de casos, una prudente opinión como puede verse a partir de las palabras del santo cardenal Roberto Belarmino (1615): “la astronomía copernicana, ¿es verdadera, en el sentido de que se funda sobre pruebas reales y verificables, o al contrario se basa solamente en conjeturas y apariencias?”. Las tesis copernicanas, ¿son compatibles con los enunciados de la Sagrada Escritura?”. Ni condena, ni exabruptos contra la ciencia: simplemente preguntas sobre la verosimilitud de las nuevas hipótesis.
Según la Iglesia, hasta que no se proporcionaran pruebas fehacientes sobre el giro de la tierra alrededor del sol, era necesario interpretar con mucha circunspección los pasajes de la Biblia que declaraban la centralidad del globo, pero, de demostrarse lo contrario debería revisarse la interpretación bíblica declarando simplemente que en dichos pasajes el modo de entender el texto sagrado no era el literal sino que, por la benevolencia divina, el hagiógrafo se había expresado de modo tal que pudiésemos entenderlo, es decir, “al modo humano” y según lo que se veía.
El problema que se planteaba en la comunidad científica era que la prueba dada por Galileo para explicar la rotación de la tierra era errada, al intentar probar su hipótesis a partir del movimiento de las mareas (cuando algunos de sus coetáneos buscaban la causa del fenómeno en la influencia del Sol y de la Luna). Sería más tarde Newton quien terminaría por definir la cuestión.
Es decir, Galileo acertaba, pero se equivocaba en dos puntos:
1) Ni sus pruebas eran científicamente aceptables (tenía razón en el resultado, pero no en el modo de probarlo).
2) Ni debía meterse en el campo de la interpretación bíblica, cuyo terreno le era ajeno.
Prudencia, esto era lo que la Iglesia pedía en sus declaraciones, simplemente un poco de mesura y pruebas más contundentes para poder explicar su hipótesis.
Tal era el revuelo que se había causado con todo esto que, en 1616, se publicó un decreto de la Congregación del Índice, por el que se incluía en el index de libros prohibidos[2] tres escritos sobre astronomía: Acerca de las revoluciones del canónigo polaco Nicolás Copérnico, publicado en 1543, donde se exponía la teoría heliocéntrica de modo científico; un comentario del agustino español Diego de Zúñiga, publicado en Toledo en 1584 y en Roma en 1591, donde se interpretaba algún pasaje de la Biblia de acuerdo con el copernicanismo; y un opúsculo del carmelita italiano Paolo Foscarini, publicado en 1615, donde se defendía que el sistema de Copérnico no estaba en contra de la Sagrada Escritura. Quedaba afectado por las mismas censuras cualquier otro libro que enseñara las mismas doctrinas. El motivo de dichas censuras era doble: la doctrina que defendía el heliocentrismo aun no había sido completamente probada y –por ende– resultaba peligrosa al momento de interpretar las Sagradas Escrituras.
¿Actuaba bien la Iglesia? Recordemos que el heliocentrismo era una postura no solo no comprobada sino también que podía causar grave daño a la Cristiandad al dividir las mentes, máxime en una época en que la mitad de Europa estaba interpretando la Sagrada Escritura a la carta…Se pedía simplemente cautela, cosa que Galileo no aceptaba; fue así que, manteniéndose en sus trece, la Iglesia se vio obligada a amonestarlo al mismo tiempo que le rogaba se abstuviera de defender la teoría heliocéntrica hasta no tener pruebas más contundentes.
En síntesis; no sería ni condenado a la horca, ni torturado, ni flagelado…; el Cardenal Belarmino le pidió simplemente por medio de un monitum (advertencia) que presentase la teoría de Copérnico solamente como una hipótesis. Galileo aceptó dicho monitum y hasta fue recibido por el Papa Pablo V quien, posteriormente en 1620, autorizaría la lectura de sus obras previo ligeras correcciones. Se imponía, además, no enseñar por un tiempo de modo público la teoría heliocéntrica hasta que los ánimos se calmasen, pero se promovía que no se dejase de investigar, ¡si era la Iglesia misma la primera promotora de las ciencias!
A pesar de la aceptación del monitum, el pisano no se quedaría de brazos cruzados y, desobedeciendo públicamente, dio a la luz un libro titulado “Diálogos sobre los dos sistemas del mundo” sin hacer las correcciones que se le habían hecho notar. En efecto, el opúsculo había recibido la aprobación eclesiástica a condición de que se presentara al heliocentrismo como una hipótesis, cosa que Galileo desoyó, motivando el segundo proceso en su contra.
Una vez más debía comparecer ante los tribunales eclesiásticos (1633). Había muchos científicos, especialmente religiosos católicos volcados en favor del “innovador” sistema copernicano (condenado –recordemos– por Lutero), que aguardaban las decisiones de la ciencia para continuar con sus estudios. Los resultados fueron similares al anterior, cosa que no agradó demasiado al imputado.
Restablecida momentáneamente la paz entre el ámbito astronómico y bíblico, y confinada la discusión al ámbito de la ciencia (donde debía estar) la situación se estabilizó hasta que Monseñor Barberini (amigo y admirador de Galileo) fue elegido Pontífice con el nombre de Urbano VIII (1623). Siendo todavía cardenal, él mismo había animado a su amigo a escribir su “Carta sobre las Manchas Solares” en la que sugería el movimiento de la tierra; incluso había escrito una oda en apoyo a Galileo.
Todas estas circunstancias hacían que el pisano se envalentonara a la par que crecía en él la sensación de que la prohibición de 1616 había caducado; pocos años después y fruto de sus estudios publicó por ese entonces (1630) el libro titulado “Diálogo sobre el flujo y reflujo del Mar” en el que creía disponer de un argumento nuevo para demostrar el movimiento de la Tierra (otra vez, el argumento del movimiento de las mareas).
[1] En cuanto a la interpretación bíblica la Iglesia siempre se ha atenido a las expresiones comunes de la época en materia de las ciencias naturales positivas; se trata de una condescendencia de la Revelación.
[2] Esto de un “índice de libros prohibidos”, no debe llamarnos tanto la atención a nosotros, hombres del siglo XXI, donde tenemos, hasta el día de hoy, libros que no pueden publicarse; ejemplo de esto ha sido, hace un par de meses (2012) en Alemania, cuando se publicó una nueva edición de “Mi lucha”, de Hitler y fueron condenados los editores.
LAS AVIVADAS DE GALILEO
Dada su amistad con el Papa, fue el mismo pontífice quien aprobaría el texto aconsejándole, sin embargo (¡y una vez más!) que hablase sobre los sistemas en forma hipotética. Galileo, abusando de su confianza, hizo caso omiso de ello; durante las discusiones científicas y ante la insistencia de su postura, se inició otro proceso durante el cual, discutiendo acerca de su “descubrimiento” solo presentó un argumento a favor de su teoría heliocéntrica, y era erróneo… Galileo decía que las mareas eran provocadas por la “sacudida” de las aguas, a causa del movimiento de la Tierra, una tesis risible a la que sus jueces-colegas oponían otra (que era la correcta); ante la refutación de sus contrarios, Galileo los tildó de “imbéciles”, en público. Decían aquellos que el flujo y reflujo del agua del mar se debía a la atracción de la Luna, como más tarde se comprobaría.
Aparte de su explicación errónea, Galileo no supo aportar otros argumentos experimentales a favor de la centralidad del sol y el movimiento de la tierra.
La reacción de la Iglesia se dio especialmente cuando el pisano quiso pasar de la hipótesis al dogma. Pero no solo eso. Para lograr el permiso de impresión del libro citado y valiéndose de la amistad del Papa, utilizó una treta, presentando a la censura solamente el prólogo (donde se disfrazaba de enemigo de Copérnico) y la conclusión del libro. Ello hizo que el Papa, más tarde, le confiase al embajador de Toscana en el Vaticano: “(a Galileo) lo he tratado mejor de lo que él me ha tratado a mí; él me ha engañado”.
Además, para comprender las ansias de popularidad que tenía, se abstuvo de publicar su libro en latín (la lengua de la ciencia en ese entonces), haciéndolo en italiano para que tuviera la mayor difusión posible. A pesar de todo ello y gracias a la amistad que lo unía con el Papa Barberini, se le evitó nuevamente la comparecencia ante el Santo Oficio, designando para ello una comisión que dictaminara al respecto. El dictamen fue terminante: “Galileo ha ido demasiado lejos y debe enfrentarse a un juicio”, que finalmente se daría en 1633.
Los cargos por los que se acusaría a Galileo, luego de varias admoniciones serían los siguientes:
- Haber transgredido la orden de 1616.
- Haber obtenido el imprimatur (permiso de impresión) con malicia y engaño.
Durante todo el proceso romano, lejos de pasar sus noches en una mazmorra, fue alojado a cargo de la Santa Sede en una vivienda de cinco habitaciones, con vistas a los jardines del Vaticano y con servidor personal.
Galileo, en lugar de aceptar lo que había hecho, sorprendió a los jueces diciendo bajo juramento que no creía en la teoría de Copérnico y que en su libro se demostraba la falsedad de la misma. Esto mismo (a todas luces falso) sostuvo delante del mismo Papa quien presidió una de las sesiones para mostrar el interés ante el planteo.
Contradiciéndose una y otra vez ante los cargos que se le imputaban por desobediencia y fraude fue condenado a lo siguiente:
- Recitar salmos de penitencia una vez a la semana durante tres años.
- Abjurar solemnemente de sus errores, planteando lo que era hipótesis simplemente como “hipótesis” y no como tesis comprobada.
- Reclusión en una cárcel escogida por el Santo Oficio.
- Inserción de su libro en el Index (índice de libros prohibidos).
Luego de escuchar la sentencia en el convento dominico de “Santa María sopra Minerva”, en Roma, Galileo agradeció por “una pena tan moderada”, dijo. Es falsa la anécdota que narra que, luego de ser “condenado” habría dicho“eppur si muove” (“y sin embargo se mueve”). La frase sería inventada solo cien años después por un periodista inglés (en 1757), e inmortalizada por el italiano Giuseppe Baretti.
Pero veamos qué sucedió con el cumplimiento de la pena:
Respecto de la recitación de los salmos se le concedió que fueran recitados por una de sus hijas religiosas.
La abjuración de los errores fue pronunciada en privado delante de los jueces y no ante la comunidad científica.
En cuanto a la cárcel, Galileo no pasó ni un solo día en ella, ni sufrió ningún tipo de violencia física. Es más: ni siquiera la sufrió durante el proceso judicial, como era la costumbre. Durante el proceso y hasta fines de 1633 se alojó primero en casa de Nicollini, su amigo embajador de Toscana, en la maravillosa Villa Medicien la colina Pincio, en el Vaticanoy más tarde, ya “condenado”, se trasladó en condición de huésped a la casa del Arzobispo de Siena, uno de los muchos eclesiásticos insignes que lo querían y apoyaban.
Volvió a Florencia y se radicó en Arcetri donde tenía su famosa casa con el nombre de “Il gioiello” (“la joya”); allí permanecería hasta su muerte. Ni perdió la estima de los obispos y científicos (en su gran mayoría religiosos) y hasta los siguió recibiendo en su residencia, que se convertiría con el tiempo en el lugar de discusión para los científicos y estudiosos de la época.
Nunca se le impidió proseguir con su trabajo; continuando así con sus estudios hasta publicaría un libro que es su obra maestra científica: “Discursos y demostraciones matemáticas sobre dos nuevas ciencias”(1638). Por último, una vez comprobada la rotación terrestre en 1748, gracias a los estudios de Bradley, la Iglesia eliminó delIndex su libro “Diálogos sobre los dos sistemas del mundo”.
*          *          *
 Galileo no fue condenado por lo que decía, sino por cómo lo decía. Mientras que Copérnico y sus seguidores –varios de ellos sacerdotes y hasta cardenales– sabían distinguir la hipótesis de la tesis, no existía problema alguno. La condena temporal(donec corrigatur, “hasta que sea corregida”, decía la fórmula) de la doctrina heliocéntrica se daba simplemente a modo de prevención para que una conjetura no fuese presentada como una verdad probada, salvaguardando así el principio fundamental según el cual las teorías científicas expresan verdades hipotéticas, ciertasex suppositione, por conjeturas, y no en modo absoluto.
Galileo no murió en la hoguera, ni por torturas, sino apaciblemente a los 78 años de edad, en su cama, de muerte natural y con la bendición papal luego de haber recibido la indulgencia plenaria. Fue sepultado en la iglesia de la Santa Croce de Florencia. Era el 8 de enero de 1642, nueve años después de la “condena”.
Una de sus hijas monja, recogió su última palabra: “¡Jesús!”.

2 comentarios:

  1. Los católicos siempre han tenido cierta torpeza en las batallas por la opinión pública. Es el caso de las disputas en torno a Galileo que fueron utilizadas para presentar a la Iglesia como enemiga de la Ciencia.
    Lo mas notable es que a esa falsa dialéctica entraron por un lado muchos científicos (pareciera que la ciencia debe ser atea para ser buena ciencia) y por el otro lado entraron, y todavía entran muchos católicos tradicionalistas, defendiendo
    el geocentrismo, o que la tierra tiene 6000 años, como si la única lectura que se pudiese hacer de la biblia fuese la literal pura y dura, (en una comprensible reacción defensiva ante el modernismo).
    La Iglesia misma rectificó bastante rápidamente quitando los libros de Galileo y Kepler del Índice, y mediante la excelente encíclica para la interpretación sana de las escrituras de León XIII, PROVIDENTISSIMUS DEUS, y mediante la encíclica IN PREACLARA SUMMORUM de Benedicto XV.
    Pero no hubo caso, el daño estaba hecho y la leyenda negra de que la Iglesia se opone a las ciencias naturales quedo grabada en la historia. Por supuesto, el diablo se frota las manos con esta disputa, por un lado lleva a los científicos al ateísmo y por el otro lleva a los creyentes al irracionalismo.
    Además se agrega el problema actual de que ya no hay "nadie" en Roma que pueda seguir la línea de estos Papas que mencioné arriba (y Pio XII) y hacer una doctrina segura para los cristianos corrigiendo tanto desatino.

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    1. Un comentario que, como de costumbre, bien merece una publicación aparte. Gracias Jorge!

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