viernes, 21 de noviembre de 2014

San Atanasio: Sobre el Verbo Encarnado

Una de las principales, sino la primordial y cardinal, herejías de la Iglesia Conciliar del Vaticano II es el arrianismo. Lo que sus sostenedores, incluso los apologistas más educados en teología e historia parecen desconocer u olvidar, que el arrianismo se funde con nociones gnósticas, como la debilidad y miseria de la carne y lo creado. De esta manera, el modernismo de la Iglesia Montiniana, la Iglesia de la Muerte y el Pecado, Iglesia del Anticristo, no sólo desfigura a Cristo, sino que además, promueve una moral anti-cristiana porque supone que el hombre está imposibilitado moralmente de ser elevado a Dios. El hombre moderno, dicen, no puede ser fiel a la doctrina y por lo tanto, debe amoldarse la doctrina para que el hombre moderno pueda "vivir la fe". Ante esto, presentamos aquí, en Sursum Corda, el siguiente texto de San Atanasio, campeón de la fe católica contra la herejía arriana.



El Verbo, al hacerse hombre, diviniza a la humanidad
(1, 42; Vives 416)

Le dio un nombre que está sobre todo nombre. Esto no está escrito con referencia al Verbo en cuanto tal, pues aun antes de que se hiciera hombre, el Verbo era adorado de los ángeles y de toda la creación a causa de lo que tenía como herencia del Padre. En cambio sí está escrito por nosotros y en favor nuestro: Cristo, de la misma manera que en cuanto hombre murió por nosotros, así también fue exaltado. De esta suerte está escrito que recibe en cuanto hombre lo que tiene desde la eternidad en cuanto Dios, a fin de que nos alcance a nosotros este don que le es otorgado. Porque el Verbo no sufrió disminución alguna al tomar carne, de suerte que tuviera que buscar cómo adquirir algún don sino que al contrario, divinizó la naturaleza en la cual se sumergía, haciendo con ello un mayor regalo al género humano. Y de la misma manera que en cuanto Verbo y en cuanto que existía en la forma de Dios era adorado desde siempre, así también, al hacerse hombre permaneciendo el mismo y llamándose Jesús, no tiene en menor medida a toda la creación debajo de sus pies. A este nombre se doblan para él todas las rodillas y confiesan que el hecho de que el Verbo se haya hecho carne y esté sometido a la muerte de la carne no implica nada indigno de su divinidad, sino que todo es para gloria del Padre. Porque gloria del Padre es que pueda ser recobrado el hombre que él había hecho y había perdido, y que el que estaba muerto resucite y se convierta en templo de Dios. Las mismas potestades de los cielos, los ángeles y los arcángeles, que le rendían adoración desde siempre, le adoran ahora en el nombre de Jesús, el Señor: y esto es para nosotros una gracia y una exaltación, porque el Hijo de Dios es ahora adorado en cuanto que se ha hecho hombre, y las potestades de los cielos no se extrañan de que todos nosotros penetremos en lo que es su región propia, viendo que tenemos un cuerpo semejante al de aquél. Esto no hubiera sucedido si aquel que existía en forma de Dios no hubiera tomado la forma de esclavo y se hubiera humillado hasta permitir que la muerte se apoderara de su cuerpo. He aquí cómo lo que humanamente era tenido como una locura de Dios en la cruz, se convirtió en realidad en una cosa más gloriosa para todos: porque en esto está nuestra resurrección.


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