sábado, 30 de agosto de 2014

Un cuadro robado

Un cuadro robado
Ordenaciones ilícitas y anticanónicas y la sombra de los falsos tradicionalistas.

Introducción
El 27 de octubre de 2012 se publicó en el periódico el Día la noticia de que un franciscano, otro religioso y un anticuario habían recuperado un cuadro robado del Museo de Arte Colonial San Francisco. ¿Quiénes fueron los héroes? Bueno, el periódico lo dice muy claro: Cristian Andrés Lisboa, Cristián Lillo y Juan María Ibacache:

El jueves, a las 17:30 horas, mientras [Cristian Andrés Lisboa] atendía a sus amigos, el sacerdote Juan María Ibacache y Cristián Lillo, en vías de convertirse en sacerdote franciscano, le avisaron que una persona tenía un cuadro para vender.


Click en la foto para leer la heroica historia...


¿Quiénes son Cristian Lillo y Juan María Ibacache? Los dos presbíteros que ordenó ilícitamente el obispo conciliarista-conclavista Juan José Squetino en el 2013. En la primera foto vemos a Ibacache disfrazado de obispo con los ornamentos que le proveyó su amigo Cristian Andrés Lisboa, dueño de la casa de ornamentos litúrgicos "Cristo Rey".


Y a continuación el héroe Cristian Lillo, pero disfrazado con hábito romano y no franciscano, orden en la que, según dijo él a la prensa, sería promovido al presbiteriado. Por lo menos esto suena raro ¿No?



Naturalmente, el obispo Juan José Squetino (en la foto) fue advertido de quienes eran las personas a las que él iba a promover a las sagradas órdenes. Sin ninguna preparación y sin siquiera adherir a la fe católica, y para peor, habiendo realizado simulación, contrariando el Derecho Canónico, los ordenó de todas formas. Naturalmente, que el grupo conciliarista-conclavista de Squetino salió en su defensa y en la de los dos presbíteros que él ordenó.
Pero no todo se reduce a Cristian Lillo y Juan María Ibacache, ya que mencionamos al anticuario Cristian Andrés Lisboa quien facilitó los ornamentos
con los cuales estos dos hombres solían simular la celebración de la Misa... él también formó parte del grupo que el obispo Squetino ordenaría como sacerdotes, pero decidió permanecer en Chile. Allí, continuó con el negocio de las antigüedades estableciendo contacto con grupos cismáticos, pero "tradicionalistas", es decir, ritualistas.

¿Y quién es Cristian Andrés Lisboa? Bueno... además de anticuario (y según algunos) padre de familia, es ahora el flamante obispo de la VIEJA IGLESIA CATÓLICA ROMANA RITO LATINO EN CHILE.




Veterocatólicos, católicos antiguos y las huellas del jansenismo.
¿Qué es este grupo? Bueno, se trata de un grupo de veterocatólicos que dan a entender que son parte de la "Iglesia Católica", que están en comunión con Roma (Conciliar) pero que celebran la Misa Tridentina y que es eso, precisamente lo que los distingue. No forman parte de la Iglesia Conciliar del Vaticano II, eso es verdad, pero tampoco forman parte de la Resistencia Católica contra el Concilio Vaticano II, ni siquiera son católicos romanos. 

Su origen se puede remontar a los Iglesia Jansenista de Holanda y tras la crisis del Vaticano II, florecieron algunos grupos ritualistas, tales como la Old Roman Catholic Church, encabezada por Douglas Titus Lewins. pero mientras que algunos de estos grupos dejan en claro que no son parte de la Iglesia Católica Romana y exponen las diferencias teológicas y doctrinales, otras como la The Canonical and Historic Old Roman Catholic Church y la Vieja Iglesia Católica Romana Rito Latino no lo hacen y confunden intencionalmente a los fieles. Algunos los han confundido con una congregación similar a la FSSPX o con grupos acuerdistas como el IBP, por ejemplo, ya que es eso lo que pretenden mostrar. La tremenda deshonestidad y el espíritu de estafa de este grupo y su actual líder en Chile (con antecedentes en este tipo de actividades) es evidente. Ello motivó a que la Iglesia Conciliar advirtiera sobre el vendedor de antigüedades:




Cuando en Sursum Corda y otros muchos fieles escribimos al obispo Juan José Squetino pidiéndole que detuviera las ordenaciones y cortara vínculos con estas personas, lo hicimos por el bien de la Iglesia, para evitar el escándalo, porque sabíamos que estos tres, eran personas que no vivían la fe, sino que buscaban vivir de la fe y perseguían las sagradas ordenes a como diera lugar, sin importar de donde vinieran. Los tres eran activos miembros de la Iglesia Conciliar, rechazados de ella probaron suerte con varios grupos tradicionalistas hasta que dieron con Squetino, quien ordenó a dos, mientras que el tercero, más ambicioso, buscó el que le diera el episcopado mucho más rápido.
Una historia triste, muy triste.

jueves, 28 de agosto de 2014

San Agustín Padre de la Iglesia

Entre todos los miembros de la Patristica, entre todos los Doctores de la Iglesia pocos pueden ser comparados con San Agustín de Hipona, cuya festividad en occidente se recuerda el día de hoy.
Reservé la imagen que ilustra esta entrada por mucho tiempo. La misma fue enviada por el lector Humberto Jesús, se trata de una puntura de Bartolomé Murillo y actualmente se encuentra en el Museo del Prado.

Las obras de San Agustín marcan a cualesquiera que las lea. Cuando uno accede a la poética, lúcida y eximia prosa de este Gran Doctor de la Iglesia, comprende porqué el Papa San Celestino en Apostolici verba praecepti dijo de él:

A Agustín, varón de santa memoria, por su vida y sus merecimientos, le tuvimos siempre en nuestra comunión y jamás le salpicó ni el rumor de sospecha siniestra; y recordamos que fue hombre de tan grande ciencia, que ya antes fue siempre contado por mis mismos predecesores entre los mejores maestros

Y San Jerónimo le escribió las siguientes palabras:

En todo tiempo he venerado vuestra beatitud con el honor que os es debido y he amado al Salvador que en ti habita. Más ahora, si posible fuere, añado algo al montón, llenándolo cumplidamente, porque no sufro pase ni una hora sin mencionar tu nombre, pues con el ardor de la fe has hecho frente los vientos que soplaban. Preferiste en cuánto a ti dependía, ser liberado sólo de Sodoma que permanecer con los que en ella perecían.Sabe tu prudencia a qué me refiero. ¡Tened valor! En todo el orbe sois celebrado, los católicos os veneran de nuevo como a fundador de la antigua fe, y lo que es todavía timbre de mayor gloria, todos los herejes te detestan y a mí me persiguen con un odio parejo, queriéndonos matar con su deseo, ya que no pueden hacerlo con sus espadas.

San Agustín: combatió a los herejes con todas sus luces y con toda la gracia que el Señor le dió para ello. Su combate fue al mismo tiempo la base de la teología y la filosofía cristiana. Contra los maniqueos, a quienes dejó en ridículo y demostró cada una de sus mentiras y falacias; contra los donatistas, cimentó la Teología Sacramental; contra los pelagianos, quizás su mayor victoria y la que más gloria dio a la Santa Iglesia, dejó en claro el estado del hombre tras el pecado original, la libertad del hombre y la Omnipotencia de Dios. Escandalizados, los enemigos de la Iglesia se han levantado, históricamente contra el sistema sotereológico agustiniano, continuado y explicado de manera magistral por Santo Tomás de Aquino, . No es casual que en el Siglo XVI y XVII, los semipelagianos intentaran derribar al Gran Doctor de la Iglesia, tachándolo de hereje y presentándolo como un precedente de Calvino o Lutero. Los jesuitas encabezaron el ataque contra el Doctor de la Gracia y fueron los responsables que se les impidiera a los agustinos, dominicos y benedictinos predicar sermones, oir confesiones y acceder a cargos eclesiásticos en importantes regiones de Francia y España. En la última, tacharon de jansenistas y bayanistas a todos aquellos que demostraron los errores del sistema molinista, estrategia advertida y mencionada por el Papa Clemente XIV al momento de suprimir la Compañía de Jesús. El sistema agustiniano fue confirmado como libre de cualesquier error, en la época moderna por los Papas Clemente XIII, Clemente XIV y Benedicto XIV. En la antigüedad, la misma se había considerado infalible y sólo los jesuitas se atrevieron a contestarla.


Para honrar a este gran Santo, he decidido colocar dos documentos del magisterio de la Iglesia que colocan a la sotereología agustiniana como fundamental. 

Papa Bonifacio II. Confirmación del II Concilio de Orange. Dz 398-400.



1... No hemos diferido dar respuesta católica a tu pregunta que concebiste con laudable solicitud de la fe. Indicas, en efecto, que algunos obispos de las Galias, si bien conceden que los demás bienes provienen de la gracia de Dios, quieren que sólo la fe, por la que creemos en Cristo, pertenezca a la naturaleza y no a la gracia; y que permaneció en el libre albedrío de los hombres desde Adán —cosa que es crimen sólo decirla— no que se confiere también ahora a cada uno por largueza de la misericordia divina. Para eliminar toda ambigüedad nos pides que corfirmemos con la autoridad de la Sede Apostólica vuestra confesión, por la que al contrario vosotros definís que la recta fe en Cristo y el comienzo de toda buena voluntad, conforme a la verdad católica, es inspirado en el alma de cada uno por la gracia de Dios previniente.
399 2. Mas como quiera que acerca de este asunto han disertado muchos Padres y más que nadie el obispo Agustín, de feliz memoria, y nuestros mayores los obispos de la Sede Apostólica, con tan amplia y probada razón que a nadie debía en adelante serle dudoso que también la fe nos viene de la gracia; hemos creído que no es menester muy larga respuesta; sobre todo cuando, según las sentencias que alegas del Apóstol: He conseguido misericordia para ser fiel [1 Cor. 7, 25], y en otra parte: A vosotros se os ha dado, por Cristo, no sólo que creáis en Él, sino también que padezcáis por Él [Phil. 1, 29], aparece evidentemente que la fe, por la que creemos en Cristo, así como también todos los bienes, nos vienen a cada uno de los hombres, por don de la gracia celeste, no por poder de la naturaleza humana. Lo cual nos alegramos que también tu Fraternidad lo haya sentido según la fe católica, en la conferencia habida con algunos obispos de las Galias; en el punto, decimos, en que con unánime asentimiento, como nos indicas, definieron que la fe por la que creemos en Cristo, se nos confiere por la gracia previniente de la divinidad, añadiendo además que no hay absolutamente bien alguno según Dios que pueda nadie querer, empezar o acabar sin la gracia de Dios, pues dice el Salvador mismo: Sin mí nada podéis hacer [Ioh. 15, 5]. Porque cierto y católico es que en todos los bienes, cuya cabeza es la fe, cuando no queremos aún nosotros, la misericordia divina nos previene para que perseveremos en la fe, como dice David profeta: Dios mío, tu misericordia me prevendrá [Ps. 58, 11]. Y otra vez: Mi misericordia con Él está [Ps. 88, 25]; y en otra parte: Su misericordia me sigue [Ps. 22, 6]. Igualmente también el bienaventurado Pablo dice: O, ¿quién le dio a Él primero, y se le retribuirá? Porque de Él, por Él y en Él son todas las cosas [Rom. 11, 35 s].
De ahí que en gran manera nos maravillamos de aquellos que hasta punto tal están aún gravados por las reliquias del vetusto error, que creen que se viene a Cristo no por beneficio de Dios, sino de la naturaleza, y dicen que, antes que Cristo, es autor de nuestra fe el bien de la naturaleza misma, el cual sabemos quedó depravado por el pecado de Adán, y no entienden que están gritando contra la sentencia del Señor que dice: Nadie viene a mí, si no le fuere dado por mi Padre [Ioh. 6, 44]. Y no menos se oponen al bienaventurado Pablo que grita a los Hebreos: Corramos al combate que tenemos delante, mirando al autor y consumador de nuestra fe, Jesucristo [Hebr. 2, 1 s]. Siendo esto así, no podemos hallar qué es lo que atribuyen a la voluntad humana para creer en Cristo sin la gracia de Dios, siendo Cristo autor y consumador de la fe.
3. Por lo cual, saludándoos con el debido afecto, aprobamos vuestra confesión suprascrita como conforme a las reglas católicas de los Padres.

Indiculo de Gratia Dei, De la Carta 21 Apostolici verba praecepti, a los obispos de las Galias, de 15 (?) de mayo de 431.


Dado el caso que algunos que se glorían del nombre católico, permaneciendo por perversidad o por ignorancia en las ideas condenadas de los herejes, se atreven a oponerse a quienes con más piedad disputan, y mientras no dudan en anatematizar a Pelagio y Celestio, hablan, sin embargo, contra nuestros maestros como si hubieran pasado la necesaria medida, y proclaman que sólo siguen y aprueban lo que sancionó y enseñó la sacratísima Sede del bienaventurado Pedro Apóstol por ministerio de sus obispos, contra los enemigos de la gracia de Dios; fue necesario averiguar diligentemente qué juzgaron los rectores de la Iglesia romana sobre la herejía que había surgido en su tiempo y qué decretaron había de sentirse sobre la gracia de Dios contra los funestísimos defensores del libre albedrío. Añadiremos también algunas sentencias de los Concilios de Africa, que indudablemente hicieron suyas los obispos Apostólicos, cuando las aprobaron. Así, con el fin de que quienes dudan, se puedan instruir más plenamente, pondremos de manifiesto las constituciones de los Santos Padres en un breve índice a modo de compendio, por el que todo el que no sea excesivamente pendenciero, reconozca que la conexión de todas las disputas pende de la brevedad de las aquí puestas autoridades y que no le queda ya razón alguna de discusión, si con los católicos cree y dice:
Cap. 1. En la prevaricación de Adán, todos los hombres perdieron “la natural posibilidad” e inocencia, y nadie hubiera podido levantarse, por medio del libre albedrío, del abismo de aquella ruina, si no le hubiera levantado la gracia de Dios misericordioso, como lo proclama y dice el Papa Inocencio, de feliz memoria, en la Carta al Concilio de Cartago [de 416]: “Después de sufrir antaño su libre albedrío, al usar con demasiada imprudencia de sus propios bienes, quedó sumergido, al caer, en lo profundo de su prevariación y nada halló por donde pudiera levantarse de allí; y, engañado para siempre por su libertad, hubiera quedado postrado por la opresión de esta ruina, si más tarde no le hubiera levantado, por su gracia, la venida de Cristo, quien por medio de la purificación de la nueva regeneración, limpió, por el lavatorio de su bautismo, todo vicio pretérito”.
Cap. 2. Nadie es bueno por sí mismo, si por participación de sí, no se lo concede Aquel que es el solo bueno. Lo que en los mismos escritos proclama la sentencia del mismo Pontífice cuando dice: “¿Acaso sentiremos bien en adelante de las mentes de aquellos que piensan que a sí mismos se deben el ser buenos y no tienen en cuenta Aquel cuya gracia consiguen todos los días y confían que sin Él pueden conseguir tan grande bien?”.
Cap. 3. Nadie, ni aun después de haber sido renovado por la gracia del bautismo, es capaz de superar las asechanzas del diablo y vencer las concupiscencias de la carne, si no recibiere la perseverancia en la buena conducta por la diaria ayuda de Dios. Lo cual está confirmado por la doctrina del mismo obispo en las mismas páginas, cuando dice: “Porque si bien Él redimió al hombre de los pecados pasados; sabiendo, sin embargo, que podía nuevamente pecar, muchas cosas se reservó para repararle, de modo que aun después de estos pecados pudiera corregirle, dándole diariamente remedios, sin cuya ayuda y apoyo, no podremos en modo alguno vencer los humanos errores. Forzoso es, en efecto, que, si con su auxilio vencemos, si Él no nos ayuda, seamos derrotados”.
Cap. 4. Que nadie, si no es por Cristo, usa bien de su libre albedrío, el mismo maestro lo pregona en la carta dada al Concilio de Milevi [del año 416], cuando dice: “Advierte, por fin, oh extraviada doctrina de mentes perversísimas, que de tal modo engañó al primer hombre su misma libertad, que al usar con demasiada flojedad de sus frenos, por presuntuoso cayó en la prevaricación. Y no hubiera podido arrancarse de ella, si por la providencia de la regeneración el advenimiento de Cristo Señor no le hubiera devuelto el estado de la prístina libertad.”
Cap. 5. Todas las intenciones y todas las obras y merecimientos de los Santos han de ser referidos a la gloria y alabanza de Dios, porque nadie le agrada, sino por lo mismo que Él le da. Y a esta sentencia nos endereza la autoridad canónica del papa Zósimo, de feliz memoria, cuando dice escribiendo a los obispos de todo el orbe: “Nosotros, empero, por moción de Dios (puesto que todos los bienes han de ser referidos a su autor, de donde nacen), todo lo referimos a la conciencia de nuestros hermanos y compañeros en el episcopado”. Y esta palabra, que irradia luz de sincerísima verdad, con tal honor la veneraron los obispos de Africa, que le escribieron al mismo Zósimo: “Y aquello que pusiste en las letras que cuidaste de enviar a todas las provincias, diciendo: "Nosotros, empero, por moción de Dios, etc." , de tal modo entendimos fue dicho que, como de pasada, cortaste con la espada desenvainada de la verdad a quienes contra la ayuda de Dios exaltan la libertad del humano albedrío. Porque ¿qué cosa hiciste jamás con albedrío tan libre como el referirlo todo a nuestra humilde conciencia? Y, sin embargo, fiel y sabiamente viste que fue hecho por moción de Dios, y veraz y confiadamente lo dijiste. Por razón, sin duda, de que la voluntad es preparada por el Señor [Prov. 8, 35: I,XX]; y para que hagan algún bien, Él mismo con paternas inspiraciones toca el corazón de sus hijos. Porque quienes son conducidos por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios [Rom. 8, 14]; a fin de que ni sintamos que falta nuestro albedrío ni dudemos que en cada uno de los buenos movimientos de la voluntad humana tiene más fuerza el auxilio de Él”.
Cap. 6. Dios obra de tal modo sobre el libre albedrío en los corazones de los hombres que, el santo pensamiento, el buen consejo v todo movimiento de buena voluntad procede de Dios, pues por Él podemos algún bien, sin el cual no podemos nada [cf. Ioh. 15, 5]. Para esta profesión nos instruye, en efecto, el mismo doctor Zósimo quien, escribiendo a los obispos de todo el orbe acerca de la ayuda de la divina gracia: “¿Qué tiempo, pues, dice, interviene en que no necesitemos de su auxilio? Consiguientemente, en todos nuestros actos, causas, pensamientos y movimientos, hay que orar a nuestro ayudador y protector. Soberbia es, en efecto, que presuma algo de sí la humana naturaleza, cuando clama el Apóstol: No es nuestra lucha contra la carne y la sangre, sino contra los príncipes y potestades de este aire, contra los espíritus de la maldad en los cielos [Eph. 6, 12]. Y como dice él mismo otra vez: ¡Hombre infeliz de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? La gracia de Dios por Jesucristo nuestro Señor [Rom. 7, 24 s]. Y otra vez: Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no fue vacía en mi, sino que trabajé más que todos ellos: no yo, sino la gracia de Dios conmigo [1 Cor. 15, 10].
Cap. 7. También abrazamos como propio de la Sede Apostólica lo que fue constituído entre los decretos del Concilio de Cartago [del año 418; v. 101 ss], es decir, lo que fue definido en el capítulo tercero: Quienquiera dijere que la gracia de Dios, por la que nos justificamos por medio de nuestro Señor Jesucristo, sólo vale para la remisión de los pecados que ya se han cometido, y no también de ayuda para que no se cometan, sea anatema [v. 103].E igualmente en el capítulo cuarto: Si alguno dijere que la gracia de Dios por Jesucristo solamente en tanto nos ayuda para no pecar, en cuanto por ella se nos revela y abre la inteligencia de los mandamientos, para saber qué debemos desear y qué evitar; pero que por ella no se nos concede que también queramos y podamos hacer lo que hemos conocido que debe hacerse, sea anatema. Porque, como quiera que dice el Apóstol: la ciencia hincha y la caridad edifica [1 Cor. 8, 1], muy impío es creer que tenemos la gracia de Cristo para la ciencia que hincha y no la tenemos para la caridad que edifica, como quiera que ambas cosas son don de Dios, lo mismo el saber qué hemos de hacer que el amor para hacerlo, a fin de que, edificando la caridad, la ciencia no pueda hincharnos. Y como de Dios está escrito: El que enseña al hombre la ciencia [Ps. 93, 10], así está escrito también: La caridad viene de Dios [I Ioh. 4, 7; v. 104].
Igualmente en el quinto capítulo: Si alguno dijere que la gracia de la justificación se nos da para que podamos cumplir con mayor facilidad por la gracia lo que se nos manda hacer por el libre albedrío, como si aun sin dársenos la gracia, pudiéramos no ciertamente con facilidad, pero al cabo pudiéramos sin ella cumplir los divinos mandamientos, sea anatema. De los frutos de los mandamientos hablaba, en efecto, el Señor cuando no dijo: Sin mí con más dificultad podéis hacer, sino: Sin mí nada podéis hacer [Ioh. 15, 5; v. 105].
Cap. 8. Mas aparte de estas inviolables definiciones de la beatísima Sede Apostólica por las que los Padres piadosísimos, rechazada la soberbia de la pestífera novedad, nos enseñaron a referir a la gracia de Cristo tanto los principios de la buena voluntad como los incrementos de los laudables esfuerzos, y la perseverancia hasta el fin en ellos, consideremos también los misterios de las oraciones sacerdotales que, enseñados por los Apóstoles, uniformemente se celebran en todo el mundo y en toda Iglesia Católica, de suerte que la ley de la oración establezca la ley de la fe. Porque cuando los que presiden a los santos pueblos, desempeñan la legación que les ha sido encomendada, representan ante la divina clemencia la causa del género humano y gimiendo a par con ellos toda la Iglesia, piden y suplican que se conceda la fe a los infieles, que los idólatras se vean libres de los errores de su impiedad, que a los judíos, quitado el velo de su corazón, les aparezca la luz de la verdad, que los herejes, por la comprensión de la fe católica, vuelvan en sí, que los cismáticos reciban el espíritu de la caridad rediviva, que a los caídos se les confieran los remedios de la penitencia y que, finalmente, a los catecúmenos, después de llevados al sacramento de la regeneración, se les abra el palacio de la celeste misericordia. Y que todo esto no se pida al Señor formularia o vanamente, lo muestra la experiencia misma, pues efectivamente Dios se digna atraer a muchísimos de todo género de errores y, sacándolos del poder de las tinieblas, los traslada al reino del Hijo de su amor [Col. 1, 13] y de vasos de ira los hace vasos de misericordia [Rom. 9, 22 s]. Todo lo cual hasta punto tal se siente ser obra divina que siempre se tributa a Dios que lo hace esta acción de gracias y esta confesión de alabanza por la iluminación o por la corrección de los tales.
Cap. 9. Tampoco contemplamos con ociosa mirada lo que en todo el mundo practica la Santa Iglesia con los que han de ser bautizados. Cuando lo mismo párvulos que jóvenes se acercan al sacramento de la regeneración, no llegan a la fuente de la vida sin que antes por los exorcismos e insuflaciones de los clérigos sea expulsado de ellos el espíritu inmundo, a fin de que entonces aparezca verdaderamente cómo es echado fuera el príncipe de este mundo [Ioh. 12, 31] y cómo primero es atado el fuerte [Mt. 12, 29] y luego son arrebatados sus instrumentos [Mc. 3, 27] que pasan a posesión del vencedor, de aquel que lleva cautiva la cautividad [Eph. 4, 8] y da dones a los hombres [Ps. 67, 19].En conclusión, por estas reglas de la Iglesia, y por los documentos tomados de la divina autoridad, de tal modo con la ayuda del Señor hemos sido confirmados, que confesamos a Dios por autor de todos los buenos efectos y obras y de todos los esfuerzos y virtudes por los que desde el inicio de la fe se tiende a Dios, y no dudamos que todos los merecimientos del hombre son prevenidos por la gracia de Aquel, por quien sucede que empecemos tanto a querer como a hacer algún bien [cf. Phil 2, 13]. Ahora bien, por este auxilio y don de Dios, no se quita el libre albedrío, sino que se libera, a fin de que de tenebroso se convierta en lúcido, de torcido en recto, de enfermo en sano, de imprudente en próvido. Porque es tanta la bondad de Dios para con todos los hombres, que quiere que sean méritos nuestros lo que son dones suyos, y por lo mismo que Él nos ha dado, nos añadirá recompensas eternas. Obra, efectivamente, en nosotros que lo que Él quiere, nosotros lo queramos y hagamos, y no consiente que esté ocioso en nosotros lo que nos dió para ser ejercitado, no para ser descuidado, de suerte que seamos también nosotros cooperadores de la gracia de Dios. Y si viéremos que por nuestra flojedad algo languidece en nosotros, acudamos solícitamente al que sana todas nuestras languideces y redime de la ruina nuestra vida [Ps. 102, 3 s] y a quien diariamente decimos: No nos lleves a la tentación, mas líbranos del mal [Mt. 6, 13] .
Cap. 10. En cuanto a las partes más profundas y difíciles de las cuestiones que ocurren y que más largamente trataron quienes resistieron a los herejes, así como no nos atrevemos a despreciarlas, tampoco nos parece necesario alegarlas, pues para confesar la gracia de Dios, a cuya obra y dignación nada absolutamente ha de quitarse, creemos ser suficiente lo que nos han enseñado los escritos, de acuerdo con las predichas reglas, de la Sede Apostólica; de suerte que no tenemos absolutamente por católico lo que apareciere como contrario a las sentencias anteriormente fijadas.

lunes, 25 de agosto de 2014

San Luis Rey de Francia... a 800 años de su nacimiento











Martirologio Romano:
 San Luis IX, rey de Francia, que, tanto en tiempo de paz como durante la guerra para defensa de los cristianos, se distinguió por su fe activa, su justicia en el gobierno, el amor a los pobres y la paciencia en las situaciones adversas. Tuvo once hijos en su matrimonio, a los que educó de una manera inmejorable y piadosa, y gastó sus bienes, fuerzas y su misma vida en la adoración de la Cruz, la Corona y el sepulcro del Señor, hasta que, contagiado de peste, murió en el campamento de Túnez, en la costa de África del Norte (1270).
Etimología: Luis = guerrero ilustre. Viene de la lengua alemana.
Fecha de canonización: El Papa Bonifacio VIII lo canonizo en el año 1297
San Luis, rey de Francia, es, ante todo, una Santo cuya figura angélica impresionaba a todos con sólo su presencia. Vive en una época de grandes heroísmos cristianos, que él supo aprovechar en medio de los esplendores de la corte para ser un dechado perfecto de todas las virtudes. Nace en Poissy el 25 de abril de 1214, y a los doce años, a la muerte de su padre, Luis VIII, es coronado rey de los franceses bajo la regencia de su madre, la española Doña Blanca de Castilla. Ejemplo raro de dos hermanas, Doña Blanca y Doña Berenguela, que supieron dar sus hijos, más que para reyes de la tierra, para santos y fieles discípulos del Señor. Las madres, las dos princesas hijas del rey Alfonso VIII de Castilla, y los hijos, los santos reyes San Luis y San Fernando.
En medio de las dificultades de la regencia supo Doña Blanca infundir en el tierno infante los ideales de una vida pura e inmaculada. No olvida el inculcarle los deberes propios del oficio que había de desempeñar más tarde, pero ante todo va haciendo crecer en su alma un anhelo constante de servicio divino, de una sensible piedad cristiana y de un profundo desprecio a todo aquello que pudiera suponer en él el menor atisbo de pecado. «Hijo -le venía diciendo constantemente-, prefiero verte muerto que en desgracia de Dios por el pecado mortal».
Es fácil entender la vida que llevaría aquel santo joven ante los ejemplos de una tan buena y tan delicada madre. Tanto más si consideramos la época difícil en que a ambos les tocaba vivir, en medio de una nobleza y de unas cortes que venían a convertirse no pocas veces en hervideros de los más desenfrenados, rebosantes de turbulencias y de tropelías. Contra éstas tuvo que luchar denodadamente Doña Blanca, y, cuando el reino había alcanzado ya un poco de tranquilidad, hace que declaren mayor de edad a su hijo, el futuro Luis IX, el 5 de abril de 1234. Ya rey, no se separa San Luis de la sabia mirada de su madre, a la que tiene siempre a su lado para tomar las decisiones más importantes. En este mismo año, y por su consejo, se une en matrimonio con la virtuosa Margarita, hija de Ramón Berenguer, conde de Provenza. Ella sería la compañera de su reinado y le ayudaría también a ir subiendo poco a poco los peldaños de la santidad.
En lo humano, el reinado de San Luis se tiene como uno de los más ejemplares y completos de la historia. Su obra favorita, las Cruzadas, son una muestra de su ideal de caballero cristiano, llevado hasta las últimas consecuencias del sacrificio y de la abnegación. Por otra parte, tanto en la política interior como en la exterior San Luis ajustó su conducta a las normas más estrictas de la moral cristiana. Tenía la noción de que el gobierno es más un deber que un derecho; de aquí que todas sus actividades obedecieran solamente a esta idea: el hacer el bien buscando en todo la felicidad de sus súbditos.
Desde el principio de su reinado San Luis lucha para que haya paz entre todos, pueblos y nobleza. Todos los días administra justicia personalmente, atendiendo las quejas de los oprimidos y desamparados. Desde 1247 comisiones especiales fueron encargadas de recorrer el país con objeto de enterarse de las más pequeñas diferencias. Como resultado de tales informaciones fueron las grandes ordenanzas de 1254, que establecieron un compendio de obligaciones para todos los súbditos del reino.
El reflejo de estas ideas, tanto en Francia como en los países vecinos, dio a San Luis fama de bueno y justiciero, y a él recurrían a veces en demanda de ayuda y de consejo. Con sus nobles se muestra decidido para arrancar de una vez la perturbación que sembraban por los pueblos y ciudades. En 1240 estalló la última rebelión feudal a cuenta de Hugo de Lusignan y de Raimundo de Tolosa, a los que se sumó el rey Enrique III de Inglaterra. San Luis combate contra ellos y derrota a los ingleses en Saintes (22 de julio de 1242). Cuando llegó la hora de dictar condiciones de paz el vencedor desplegó su caridad y misericordia. Hugo de Lusignan y Raimundo de Tolosa fueron perdonados, dejándoles en sus privilegios y posesiones. Si esto hizo con los suyos, aún extremó más su generosidad con los ingleses: el tratado de París de 1259 entregó a Enrique III nuevos feudos de Cahors y Périgueux, a fin de que en adelante el agradecimiento garantizara mejor la paz entre los dos Estados.
Padre de su pueblo y sembrador de paz y de justicia, serán los títulos que más han de brillar en la corona humana de San Luis, rey. Exquisito en su trato, éste lo extiende, sobre todo, en sus relaciones con el Papa y con la Iglesia. Cuando por Europa arreciaba la lucha entre el emperador Federico II y el Papa por causa de las investiduras y regalías, San Luis asume el papel de mediador, defendiendo en las situaciones más difíciles a la Iglesia. En su reino apoya siempre sus intereses, aunque a veces ha de intervenir contra los abusos a que se entregaban algunos clérigos, coordinando de este modo los derechos que como rey tenía sobre su pueblo con los deberes de fiel cristiano, devoto de la Silla de San Pedro y de la Jerarquía. Para hacer más eficaz el progreso de la religión en sus Estados se dedica a proteger las iglesias y los sacerdotes. Lucha denodadamente contra los blasfemos y perjuros, y hace por que desaparezca la herejía entre los fieles, para lo que implanta la Inquisición romana, favoreciéndola con sus leyes y decisiones.
Personalmente da un gran ejemplo de piedad y devoción ante su pueblo en las fiestas y ceremonias religiosas. En este sentido fueron muy celebradas las grandes solemnidades que llevó a cabo, en ocasión de recibir en su palacio la corona de espinas, que con su propio dinero había desempeñado del poder de los venecianos, que de este modo la habían conseguido del empobrecido emperador del Imperio griego, Balduino II. En 1238 la hace llevar con toda pompa a París y construye para ella, en su propio palacio, una esplendorosa capilla, que de entonces tomó el nombre de Capilla Santa, a la que fue adornando después con una serie de valiosas reliquias entre las que sobresalen una buena porción del santo madero de la cruz y el hierro de la lanza con que fue atravesado el costado del Señor.
A todo ello añadía nuestro Santo una vida admirable de penitencia y de sacrificios. Tenía una predilección especial para los pobres y desamparados, a quienes sentaba muchas veces a su mesa, les daba él mismo la comida y les lavaba con frecuencia los pies, a semejanza del Maestro. Por su cuenta recorre los hospitales y reparte limosnas, se viste de cilicio y castiga su cuerpo con duros cilicios y disciplinas. Se pasa grandes ratos en la oración, y en este espíritu, como antes hiciera con él su madre, Doña Blanca, va educando también a sus hijos, cumpliendo de modo admirable sus deberes de padre, de rey y de cristiano.
Sólo le quedaba a San Luis testimoniar de un modo público y solemne el gran amor que tenía para con nuestro Señor, y esto le impulsa a alistarse en una de aquellas Cruzadas, llenas de fe y de heroísmo, donde los cristianos de entonces iban a luchar por su Dios contra sus enemigos, con ocasión de rescatar los Santos Lugares de Jerusalén. A San Luis le cabe la gloria de haber dirigido las dos últimas Cruzadas en unos años en que ya había decaído mucho el sentido noble de estas empresas, y que él vigoriza de nuevo dándoles el sello primitivo de la cruz y del sacrificio.
En un tiempo en que estaban muy apurados los cristianos del Oriente el papa Inocencio IV tuvo la suerte de ver en Francia al mejor de los reyes, en quien podía confiar para organizar en su socorro una nueva empresa. San Luis, que tenía pena de no amar bastante a Cristo crucificado y de no sufrir bastante por Él, se muestra cuando le llega la hora, como un magnífico soldado de su causa. Desde este momento va a vivir siempre con la vista clavada en el Santo Sepulcro, y morirá murmurando: «Jerusalén».
En cuanto a los anteriores esfuerzos para rescatar los Santos Lugares, había fracasado, o poco menos, la Cruzada de Teobaldo IV, conde de Champagne y rey de Navarra, emprendida en 1239-1240. Tampoco la de Ricardo de Cornuailles, en 1240-1241, había obtenido otra cosa que la liberación de algunos centenares de prisioneros.
Ante la invasión de los mogoles, unos 10.000 kharezmitas vinieron a ponerse al servicio del sultán de Egipto y en septiembre de 1244 arrebataron la ciudad de Jerusalén a los cristianos. Conmovido el papa Inocencio IV, exhortó a los reyes y pueblos en el concilio de Lyón a tomar la cruz, pero sólo el monarca francés escuchó la voz del Vicario de Cristo.
Luis IX, lleno de fe, se entrevista con el Papa en Cluny (noviembre de 1245) y, mientras Inocencio IV envía embajadas de paz a los tártaros mogoles, el rey apresta una buena flota contra los turcos. El 12 de junio de 1248 sale de París para embarcarse en Marsella. Le siguen sus tres hermanos, Carlos de Anjou, Alfonso de Poitiers y Roberto de Artois, con el duque de Bretaña, el conde de Flandes y otros caballeros, obispos, etc. Su ejército lo componen 40.000 hombres y 2.800 caballos.
El 17 de septiembre los hallamos en Chipre, sitio de concentración de los cruzados. Allí pasan el invierno, pero pronto les atacan la peste y demás enfermedades. El 15 de mayo de 1249, con refuerzos traídos por el duque de Borgoña y por el conde de Salisbury, se dirigen hacia Egipto. «Con el escudo al cuello -dice un cronista- y el yelmo a la cabeza, la lanza en el puño y el agua hasta el sobaco», San Luis, saltando de la nave, arremetió contra los sarracenos. Pronto era dueño de Damieta (7 de junio de 1249). El sultán propone la paz, pero el santo rey no se la concede, aconsejado de sus hermanos. En Damieta espera el ejército durante seis meses, mientras se les van uniendo nuevos refuerzos, y al fin, en vez de atacar a Alejandría, se decide a internarse más al interior para avanzar contra El Cairo. La vanguardia, mandada por el conde Roberto de Artois, se adelanta temerariamente por las calles de un pueblecillo llamado Mansurah, siendo aniquilada casi totalmente, muriendo allí mismo el hermano de San Luis (8 de febrero de 1250). El rey tuvo que reaccionar fuertemente y al fin logra vencer en duros encuentros a los infieles. Pero éstos se habían apoderado de los caminos y de los canales en el delta del Nilo, y cuando el ejército, atacado del escorbuto, del hambre y de las continuas incursiones del enemigo, decidió, por fin, retirarse otra vez a Damieta, se vio sorprendido por los sarracenos, que degollaron a muchísimos cristianos, cogiendo preso al mismo rey, a su hermano Carlos de Anjou, a Alfonso de Poitiers y a los principales caballeros (6 de abril).
Era la ocasión para mostrar el gran temple de alma de San Luis. En medio de su desgracia aparece ante todos con una serenidad admirable y una suprema resignación. Hasta sus mismos enemigos le admiran y no pueden menos de tratarle con deferencia. Obtenida poco después la libertad, que con harta pena para el Santo llevaba consigo la renuncia de Damieta, San Luis desembarca en San Juan de Acre con el resto de su ejército. Cuatro años se quedó en Palestina fortificando las últimas plazas cristianas y peregrinando con profunda piedad y devoción a los Santos Lugares de Nazaret, Monte Tabor y Caná. Sólo en 1254, cuando supo la muerte de su madre, Doña Blanca, se decidió a volver a Francia.
A su vuelta es recibido con amor y devoción por su pueblo. Sigue administrando justicia por sí mismo, hace desaparecer los combates judiciarios, persigue el duelo y favorece cada vez más a la Iglesia. Sigue teniendo un interés especial por los religiosos, especialmente por los franciscanos y dominicos. Conversa con San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino, visita los monasterios y no pocas veces hace en ellos oración, como un monje más de la casa.
Sin embargo, la idea de Jerusalén seguía permaneciendo viva en el corazón y en el ideal del Santo. Si no llegaba un nuevo refuerzo de Europa, pocas esperanzas les iban quedando ya a los cristianos de Oriente. Los mamelucos les molestaban amenazando con arrojarles de sus últimos reductos. Por si fuera poco, en 1261 había caído a su vez el Imperio Latino, que años antes fundaran los occidentales en Constantinopla. En Palestina dominaba entonces el feroz Bibars (la Pantera), mahometano fanático, que se propuso acabar del todo con los cristianos. El papa Clemente IV instaba por una nueva Cruzada. Y de nuevo San Luis, ayudado esta vez por su hermano, el rey de Sicilia, Carlos de Anjou, el rey Teobaldo II de Navarra, por su otro hermano Roberto de Artois, sus tres hijos y gran compañía de nobles y prelados, se decide a luchar contra los infieles.
En esta ocasión, en vez de dirigirse directamente al Oriente, las naves hacen proa hacia Túnez, enfrente de las costas francesas. Tal vez obedeciera esto a ciertas noticias que habían llegado a oídos del Santo de parte de algunos misioneros de aquellas tierras. En un convento de dominicos de Túnez parece que éstos mantenían buenas relaciones con el sultán, el cual hizo saber a San Luis que estaba dispuesto a recibir la fe cristiana. El Santo llegó a confiarse de estas promesas, esperando encontrar con ello una ayuda valiosa para el avance que proyectaba hacer hacia Egipto y Palestina.
Pero todo iba a quedar en un lamentable engaño que iba a ser fatal para el ejército del rey. El 4 de julio de 1270 zarpó la flota de Aguas Muertas y el 17 se apoderaba San Luis de la antigua Cartago y de su castillo. Sólo entonces empezaron los ataques violentos de los sarracenos.
El mayor enemigo fue la peste, ocasionada por el calor, la putrefacción del agua y de los alimentos. Pronto empiezan a sucumbir los soldados y los nobles. El 3 de agosto muere el segundo hijo del rey, Juan Tristán, cuatro días más tarde el legado pontificio y el 25 del mismo mes la muerte arrebataba al mismo San Luis, que, como siempre, se había empeñado en cuidar por sí mismo a los apestados y moribundos. Tenía entonces cincuenta y seis años de edad y cuarenta de reinado.
Pocas horas más tarde arribaban las naves de Carlos de Anjou, que asumió la dirección de la empresa. El cuerpo del santo rey fue trasladado primeramente a Sicilia y después a Francia, para ser enterrado en el panteón de San Dionisio, de París. Desde este momento iba a servir de grande veneración y piedad para todo su pueblo. Unos años más tarde, el 11 de agosto de 1297, era solemnemente canonizado por Su Santidad el papa Bonifacio VIII en la iglesia de San Francisco de Orvieto (Italia).

miércoles, 20 de agosto de 2014

Honestidad intelectual

He decidido publicar aquí en Sursum Corda el artículo  Intellectual Honesty, de nuestros amigos de The Lay Pulpit. No obstante e artículo es simple y elocuente, quisiera hacer una serie de breves comentarios.

El primero de ellos es que este artículo se puede aplicar sin ningún problema a lo que hoy vivimos en Argentina en particular, pero en todo el universo "tradi" en general. Uno podría preguntarse si esto es debido a una suerte de "carácter" impreso en la mente y los espíritus de los autoproclamados "tradicionalistas". El deseo de demostrar que son algo diferente y mejor que los "católicos", término éste que han rechazado so color de ser usado, también, por los fieles de la Iglesia Conciliar. ¿Cuántes veces hemos sido testigos o víctimas de los interrogatorios de los "hermanos" tradicionalistas? ¿Cuántas veces no bastó con decir a dónde ibamos a Misa (aquí en Sursum Corda eso fue una constante por mucho tiempo), sino luego interrogar hasta el último ápice de la posición teológica adoptada? ¿Y que se busca con todo eso sino encontrar el justificativo para la condena? Porque muchos en el universo tradicionalista parecen que se convirtieron, de un día al otro en los nuevos inquisidores o mejor aún, fueron elevados a la categoría de fiscales del Valle de Josafat. Todo es motivo de error y ataque: sedevacantistas, lefebvristas, neo-lefebvristas, resistentes, falsos resistentes, totalistas, guerardianos y una larga lista de etcétera que se van conjugando. A modo de ejemplo recibí un correo electrónico de alguien que se definió como "resistente sedevacantista", es decir, un sedevacantista que sólo asiste a las misas del grupo de Monseñor Richard Williamson, pero... agregaba, era totalista, es decir, rechazaba la tesis del Papado Material como "herética y satánica". Un polígrafo sedevacantista me acusó de convivencia con la Iglesia del Anticristo porque le señalé sus errores en teología sacramental, y él olvidó que el Padre Cekada dijo en su reciente libro, que el Novus Ordo podía ser válido.

La erudición de estos tradicionalistas es, efectivamente como dice el artículo de The Lay Pulpit, una erudición falsa, limitada, sesgada y miope, controlada por el sacerdote u obispo al que siguen a pie juntillas. De allí que son incapaces de mantener cualesquier debate teológico. La estrategia la han demostrado tanto los seglares como los sacerdotes:
a) El Teólogo-Tradicionalista realiza declaraciones grandilocuentes y cargadas de citas, alguna que otra frase en latín y citas del Doctor de Aquino y del Magisterio.
b) Respuesta de algún católico medianamente formado que le señala el error en el que cayó el Teólogo-Tradicionalista.
c) Dicho Teólogo-Tradicionalista no revisa su posición ni revisa los argumentos que se le presentan en contra, sino qe los reafirma, usando las mismas citas que antes, agregando otras tomadas de otros artículos de algún otro sacerdote o laico que piensa como ellos.
d) El católico insiste en que el Teólogo-Tradicionalista está en el error y presenta nuevos argumentos.
e) El Teólogo-Tradicionalista entonces escribe un nuevo texto o artículo redoblando las declaraciones de a), pero esta vez acusa al contendiente de hereje, modernista, liberal, masón e infiltrado.
f) El fiel católico insiste en los errores del Teólogo-Tradicionalista y presenta nuevos contra-argumentos y le señala que está desviando una disputa teológica al plano personal.
g) El Teólogo-Tradicionalista vuelve a la carga y acusa a su contendiente de tener con él un problema personal y que lo ha difamado y que es víctima de un ataque por defender la Verdad y la Iglesia, mientras que su contendiente es poco menos que el Falso Profeta.

¿Ejemplos? Muchísimos. ¿Muestras? Revise usted mismo los foros, escuche a los modernos teologastros que se mueven por allí y encontrará de todo. Un presbítero sostuvo que las ordenaciones realizadas por un obispo consagrado ilícitamente eran dudosas, se le señaló su error y luego de haber pasado varios días tratando de defender su postura, admitió que, si bien eran "válidas" había que evitar esos sacerdotes por provenir de un obispo ilícito; cuando le señalé a ese presbítero que hoy todos los obispos son ilícitos, ya que ninguno cumple los requerimientos del Código Pío Benedictino y le di ejemplos concretos, solicitó mi expulsión de un foro y envió a varios amigos comentarios desagradables y difamatorios sobre mi persona.

El lector del texto que aquí reproducimos encontrará sobrados ejemplos sobre la "mojigatería tradicionalista": un sacerdote puede decir cualesquier barbaridad de un fiel, pero si el fiel le contesta, queda inmediatamente "excomulgado", no importa si el sacerdote mintió... es un sacerdote y se ha convertido, por eso mismo en un ser infalible. El Concilio de Constanza enseñó que el Papa podía ser un no-predestinado, pero el Concilio no sabía que un día, los sacerdotes se convertirían en seres dotados una infalibilidad mayor a la que gozan los Papas.

Hipocresía, falsedad, deshonestidad intelectual, cosas que sobran cuando falta la caridad. Gracias a Dios, ni siquiera estas disputas de conventillo podrán destruir a la Iglesia Católica.

Buena lectura.




It seems that whenever one “traddie (traditional Catholic) meets with another, one of the first questions asked is, “Where do you go to church?”  And if you answer to one's satisfaction on that query, he then goes on to the next bit of interrogation, such as, “How often?”  Or, “Who do you think was the last valid pope?”  Or, “Was that you that I saw at that ‘Novus Ordo’ funeral (or wedding)?”  Or, “Are you [or are you not] a ‘sedevacantist’?”  The questioning goes on until he finds some technicality on which to “hang” you – at which point, the questioning stops, and then pregnant silence sets in (or said traddie not-so-subtly changes the subject, begs to be excused, and then leaves).  Later, behind your back, you are duly (and ritualistically) condemned for whatever wrong answer you gave.  Traddieland seems to have a bumper crop of such drudges whose only aim in life is to find out peoples’ business, then crucify them for not “dotting the right i's and crossing the right t's.”

And besides being amateur Grand Inquisitors, many traddies are “arm-chair theologians” who like to quote from whatever latest book they’ve read, or who parrot what they’ve just heard from whichever cult-master they're revering at the time – and who are eager to show off their new-found “erudition” on such “articles of faith” as sedevacantism, “una cum,” etc.  And, of course, they “cherry pick” whatever opinions or data support their position, and ignore (and condemn) those that don’t.  Many of them, too, are “amateur historians,” with varying degrees of (incomplete) knowledge about Church history, freemasonry, the Illuminati, Zionism – whatever they've “boned up on” to impress others with their ersatz erudition.

One of the things that many love to point out is the fact that our country was founded by “a bunch of Masons.”  Yes, that is true: most of our founding fathers were Masons; but, for the most part, they were God-fearing men; and our country was – at that time – thoroughlyChristian in nature and actions; and Catholicism was allowed to flourish unencumbered, without fear of persecution -- while back in the mother country, it suffered persecution as late as the mid-nineteenth century (when Britain starved Catholic Ireland halfway into extinction).  Because of the Constitution drafted by our forefathers, we are free to worship, assemble, and express our opinions as we choose.

Amateur traddie “historians” like to “condemn” our forefathers, yet the very fact that they can express that “condemnation” without fear of reprisal is owing to the freedoms promulgated and guaranteed by those very forefathers.  Yes, a Catholic theocracy based on true Catholic principles is a Utopia we all wish for – but when will that realistically be achieved?  The closest the world got to that was in the earlier Middle Ages – the “Age of Faith.”  But that gave way to greedy, worldly clerics (and to abuses such as Lay Investiture and Simony), culminating in the Protestant Revolt – a train wreck from which we are still recovering.  The return to a Catholic Utopia has so far been an elusive pipe dream – and traddieland has done precious little to “make it real.”  

Traddieland has, instead, emulated not “Utopia” but that which destroyed Utopia: worldly self-seekers more interested in spreading their influence than in spreading the Faith – that, plus much of traddieland has calcified into a mass of letter-of-the-law “tinkling cymbals and sounding brass” who, more often than not, don’t even follow that letter.  Instead, they condemn people for mere trivialities, yet ignore fundamental Catholic morality: a girl’s wearing an athletic headband in church is “a mortal sin,” yet a school principal’s sons watching porn on a computer is “boys will be boys.”  They preach about “the dignity of life,” yet justify the murder of a Terri Schiavo, or the harvesting of a heart from a “donor” for a wealthy parishioner’s child.

This mentality has trickled down to the parishioner level, where the culties love to mimic their cult-masters (especially to malign the cult-master’s enemies -- which, of course, earns them “brownie points”).  Many of them are “mini-policemen,” chiding parishioners (especially visiting newcomers) about such things as “dress code” and “conduct” in church.  Any woman wearing a sleeveless dress, or not wearing a head covering -- or whose hemline is not well below the knees, or who is caught being “disrespectful” (e.g., whispering to someone during Mass) – is duly admonished.  Violating any of these “rules” may result in being denied Communion (and, in some cases, being escorted from the church).  Yet, when a boy (who happens to be the school principal’s son) impregnates a fellow student, nothing is said (or done) about that.  [In fact, he may even be featured in a complimentary article in a subsequent church bulletin – and was).

Another way this Puritanism manifests itself is prudishness in speech.  For instance, a man once reacted to a pack of lies that his pastor told (about his deceased father) by rightfullycalling them “bullshit.”  He was then condemned as “un-Catholic” by a fellow parishioner for using that word.  She said nothing about the fact that the pastor told a bald-faced lie: that was okay -- because “he was a priest.”  But a layman using the word “bullshit” -- that was “un-Catholic.”  It seems that using a “toilet” word is sinful, but sullying a deceased man’s character isn’t

In traddieland, Catholic common sense has vanished – and been replaced by tyrannical Puritanism, dispensed by letter-of-the-law, “holier-than-thou” martinets ready to jump all over anyone who makes a false move.  And all of that behavior – the Puritanism, the ersatz “intellectualism,” the prudery, the prying, judgmental questioning – is directly traceable to the cult-masters, and their preoccupation with what looks good (vs. what is good).  It’s all about superficiality, about appearances, about sanctimony, about HYPOCRISY.

These witch-hunters -- instead of interrogating people with long litanies of prying, fault-finding questions -- need to ask one another (and themselves) only two questions: 1) Do you love God with your whole heart and your whole soul?  and 2) Do you love your neighbor as yourself?  And the other thing that they need to keep in mind (and observe) is this: “Judge not, lest ye should be judged.”  Traddieland’s problem is simple: too much false piety, too much “holier-than-thou” ostentation, too much superficiality – in short, too much “sounding brass and tinkling cymbals.”  Its solution is simple, too: it needs CHARITY.

martes, 19 de agosto de 2014

Lengua litúrgica y lenguas sagradas

En el presente ensayo, quisiera señalar la diferencia entre las lenguas litúrgicas y las lenguas sagradas, en efecto, ambas suelen confundirse y se toman las designaciones como sinónimo. Así, por ejemplo, los defensores de la Misa Tridentina, suelen decir que el Latín es una lengua sagrada a la vez que litúrgica, al igual que el griego o el hebreo. También, el término “lengua muerta” se ha conjugado muchas veces con el carácter sagrado o litúrgico de alguna lengua particular.

Sabemos, por Aristóteles, que nuestras inteligencias pueden conocer tanto las esencias de las cosas como sus revestimientos externos, es decir, los fenómenos. En griego se emplea el término φαινόμενoν que se puede traducir por “apariencia”, “manifestación”, e incluso “revestimiento”. Por lo tanto,  un fenómeno es la apariencia o manifestación de una esencia. El término esencia proviene del latín esse, significando “ser”, lo que existe. Es decir, aquello que existe se manifiesta ante los ojos y esa manifestación es el fenómeno. Los hombres, en nuestro estado actual, estamos imposibilitados de conocer algunas esencias, así, por caso, no podemos ver a Dios tal como Él es en esta vida. Recordemos la petición que hizo Moisés a Dios “Manifiéstame tu gloria”, empero el Señor le responde “No podrás ver mi faz, que no ve hombre mi faz, y vive”, sólo puede ver la espalda (Ex 33: 20-21):

He aquí un lugar cerca de mí, y estarás sobre la peña; cuando pasare mi gloria, te pondré en hendidura de la peña, y te cubriré con mi mano, hasta que hubiere pasado; y retiraré mi mano, y entonces me verás las espaldas; empero mi faz no se verá. (Ex 33: 22-23).

No obstante, nos consuela saber que, si perseveramos en la Gracia, al salir de este mundo podremos ver a Dios cara a cara y le conoceremos tal como él es. ¿Implica esto que nosotros no podemos conocer a Dios, como creen los agnósticos modernistas? En absoluto. Nosotros conocemos a Dios a la medida de nuestra inteligencia humana (una inteligencia caída, pero elevada por la Gracia de Dios), y nuestra inteligencia no puede abarcar todo lo que es el Omnipotente. Por lo tanto, corresponde al lenguaje el poder significar las esencias tal como las conocemos ahora, aún cuando no puedan abarcar todo su esse. A modo de ejemplo tenemos el término “transubstanciación” por el cual se significa a “al cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo y de toda la substancia del vino en la substancia de su Sangre” (Dz 877), por lo tanto, transubstanciación significa eso y específicamente eso y no otra cosa, y cuando yo digo que Dios es una Trinidad, quiero decir que Dios es una Trinidad, no una “trinidad y algo más”.

Ahora bien, ocurre que el lenguaje del hombre cambia constantemente, se transforma por los usos y las costumbres a punto tal que en el paso de una generación a otra, o de una región a otra. Para salvar esta situación, la Iglesia ha codificado su liturgia en lenguas especiales, llamadas “lenguas litúrgicas”. Estas tienen la particularidad de encontrase “fijas”, incólumes al paso de los tiempos y las modas, son estáticas y se transmiten de una generación a otra para la preservación de la pureza del rito. Esta transmisión es una traditio, tradición que proviene precisamente de tradere, “entregar”, “transmitir”, “poner en custodia”. Las lenguas litúrgicas aseguran la custodia de los ritos mismos. No obstante, el fin no es el rito en cuanto tal, sino en cuanto lo que este significa o lo que en él se manifiesta. Un rito sería entonces un φαινόμενoν de una esencia. De allí que la causa del combate no es la Misa Tridentina por la Misa Tridentina, como lo harían los modernistas, los conservadores o los ritualistas, sino la Misa en tanto expresión apropiada de la fe católica. Dicho de otra manera, la Misa Tridentina es la expresión apropiada de todo aquello en lo que cree y debe creer un católico y en ella se realiza el sacrificio perfecto en el cual Cristo es Sacerdote y Víctima.

Las lenguas litúrgicas evitan entonces las ambigüedades, las confusiones y los anacronismos. No son, sin embargo, “lenguas muertas”, porque continúan siendo cultivadas, estudiadas y aprendidas. Es preferible hablar, en todo caso de “lenguas tradicionales”, es decir, aquellas que se transmiten con el fin de que los significados de las palabras no se alteren, sino que se mantengas estables a través de los siglos.

La Iglesia Católica Romana ha tenido el latín como lengua litúrgica por excelencia y de hecho, los rituales latinos son latinos. Tanto el Tridentino, el Sarum, el Dominico, el Ambrosiano y los demás, son en latín. En muchas iglesias ortodoxas y las uniatas, no se usa como vulgarmente se cree, lenguas vernáculas, sino el “Eslavo eclesiástico”, en ruso “церковнославя́нский язы́к”. El Patriarcado de Alejandría mantiene el uso del copto y los ritos orientales el siríaco, que deriva del arameo. Hasta los armenios conservan su liturgia en una lengua inalterada: el armenio clásico.

Una lengua sagrada no necesariamente es litúrgica. Las lenguas sagradas son aquellas que Dios utilizó para manifestar su Palabra, es decir, son las lenguas de las Sagradas Escrituras: el hebreo y el griego. El latín no es una lengua sagrada, porque el Evangelio no se escribió en ese idioma, pero la Iglesia conservó la edición latina, la Vulgata de San Jerónimo en los términos que fijó el Concilio de Trento:

Además, el mismo sacrosanto Concilio, considerando que podía venir no poca utilidad a la Iglesia de Dios, si de todas las ediciones latinas que corren de los sagrados libros, diera a conocer cuál haya de ser tenida por auténtica; establece y declara que esta misma antigua y vulgata edición que está aprobada por el largo uso de tantos siglos en la Iglesia misma, sea tenida por auténtica en las públicas lecciones, disputaciones, predicaciones y exposiciones, y que nadie, por cualquier pretexto, sea osado o presuma rechazarla. [...] que en adelante la Sagrada Escritura, y principalmente esta antigua y vulgata edición, se imprima de la manera más correcta posible (Dz 785-786).

A lo que Pío XII explicó de la siguiente manera:

Así, pues, esta privilegiada autoridad o, como dicen, autenticidad de la Vulgata, no fue establecida por el Concilio por razones principalmente críticas, sino más bien por su uso legítimo en las Iglesias, durante el decurso de tantos siglos; uso a la verdad, que demuestra que la Vulgata, tal como la entendió y entiende la Iglesia, está totalmente inmune de todo error en materias de fe y costumbres; de suerte que, por testimonio y confirmación de la misma Iglesia, se puede citar con seguridad y sin peligro de errar en las disputas, lecciones y predicaciones; y, por tanto, este género de autenticidad no se llama con nombre primario crítica, sino más bien jurídica. (Dz 2292).


El latín ha permitido la conservación y transmisión de la doctrina católica. Como lengua litúrgica permitió que las Sagradas Escrituras y la Santa Misa fueran preservadas y comprendidas tal como debían ser interpretadas y no pervertidas según los intereses de un tiempo, lugar o filosofías particulares. A diferencia del texto griego, el latín impide que la exégesis se torne eiségesis.

lunes, 18 de agosto de 2014

San Roberto Bellarmino sobre la tesis sedevacantista

El Padre Basilio Méramo envió a su lista de correos el siguiente artículo en el que demuestra los errores de los dominicos de Avrillé apelando a San Roberto Bellarmino.




REFUTADOS POR SAN ROBERTO BELARMINO 
EL PADRE DEVILLERS Y LOS DOMINICOS DE AVRILLÉ

Como los dominicos de Avrillé preguntan ¿Si el Papa es infiel o herético, qué pasa
con él?, (Si le pape est infidèle ou hérétique, que devient-il ?), les vamos a
ayudar a esclarecer un poco las neuronas, iluminándolos con la luz de la verdad,
que es una de las obras de misericordia, es una de las manera de limosna espiritual:
enseñar al que no sabe y corregir al que yerra, puesto que persisten en sacar un
trasnochado artículo del P. Devillers y que lo republican ahora nuevamente el 11 de
Agosto en su página web http://www.dominicainsavrille.fr/.
En realidad doblemente trasnochado, puesto que esa sentencia que los Dominicos
hacen suya, fue refutada nada más y nada menos que por el Cardenal San Roberto
Belarmino, que egregia y lúcidamente dice como sigue:
“La cuarta opinión es la de Cayetano, para quien (De auctor. Papae et Conc.,
cap. 20 et 21), el Papa manifiestamente herético, no está ‘ipso facto’ depuesto,
pero puede y debe ser depuesto por la Iglesia a mi juicio, es sentencia esa
sentencia no puede ser defendida. Pues, en primer lugar, se prueba con
argumentos de autoridad y de razón que el hereje manifiesto está ‘ipso facto’
depuesto. El argumento de autoridad se basa en San Pablo (Epist. ad Titum, 3),
que ordena que el hereje sea evitado después de dos advertencias, es decir,
después de revelarse manifiestamente pertinaz, lo que significa antes de cualquier
excomunión o sentencia judicial. Es eso lo que escribe San Jerónimo agregando
que los demás pecadores son excluidos de la Iglesia por sentencia de excomunión,
pero los herejes se apartan y se separan a sí mismos del Cuerpo de Cristo.
Ahora bien, el Papa que permanece Papa no puede ser evitado, pues ¿cómo
habríamos de evitar nuestra propia cabeza? ¿Cómo nos apartaríamos de un
miembro unido a nosotros?.
Este principio es certísimo. El no cristiano no puede de modo alguno ser Papa,
como lo admite el propio Cayetano (Ibídem, cap. 26). La razón de ello es que no
puede ser cabeza el que no es miembro; ahora bien, quien no es cristiano no es
miembro de la Iglesia; y el hereje manifiesto no es cristiano, como claramente
enseña San Cipriano, San Atanasio, San Agustín, San Jerónimo y otros; luego el
hereje manifiesto, no puede ser Papa.
A eso responde Cayetano que el hereje no es cristiano ‘simpliciter’, mas lo es
‘secundum quid’. Pues dado que dos cosas constituyen al cristiano -la fe y el
carácter- el hereje, habiendo perdido la fe, aún está de algún modo adherido a la
Iglesia y es capaz de jurisdicción; por lo tant0 todavía es Papa, pero debe de ser
destituido, toda vez que está dispuesto, con disposición última, para dejar de ser
Papa: como el hombre que aún no está muerto, pero se encuentra ‘in extremis’.
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Contra eso: en primer lugar, si el hereje, en virtud del carácter, perteneciese, ‘in
actu’ unido a la Iglesia, nunca podría ser cortado y separado de ella ‘in actu’, pues
el carácter es indeleble. Pero no hay quien niegue que algunos pueden ser ‘in actu’
separados de la Iglesia. Luego el carácter no hace que el hereje este ‘in actu’ en la
Iglesia, sino que es tan solo una señal de que él estuvo en la Iglesia y de que a ella
debe volver. Analógicamente, cuando la oveja yerra por las montañas, el carácter
en ella impreso no hace que ella esté en el redil, sino que indica de qué redil huyó y
a qué redil debe ser nuevamente conducida. Esa verdad tiene una confirmación
en Santo Tomás, que dice (S. Theol. III, 8, 3) que no están ‘in actu’ unidos a Cristo
los que no tienen fe, sino sólo están potencialmente, Santo Tomás ahí se refiere a
la unión interna y no a la externa, que se hace por la confesión de la fe y por las
señales visibles. Por lo tanto, el carácter es algo interno y no externo, según Santo
Tomás el mero carácter no une ‘in actu’ el hombre a Cristo.
Todavía contra el argumento de Cayetano: o la fe es una disposición ‘simpliciter’
necesaria para que alguien sea Papa, o tan sólo para que lo sea de modo más
perfecto (‘ad bene esse’). En la primera hipótesis, en el caso de que esa disposición
sea eliminada, por la disposición contraria, que es la herejía, inmediatamente el
Papa deja de ser tal: pues la forma no puede mantenerse sin las disposiciones
necesarias. En la segunda hipótesis el Papa, no puede ser depuesto en razón de la
herejía, pues en caso contrario debería ser depuesto por ignorancia, improbidad
y otras causas semejantes que impiden la ciencia, que impiden la ciencia, la
probidad y demás disposiciones necesarias para que sea Papa de modo más
perfecto (‘ad bene esse Papae’). Además de eso, Cayetano reconoce por la
ausencia de las disposiciones necesarias ‘no simpliciter’, mas tan sólo para mayor
perfección (‘ad bene esse’), el Papa no puede ser depuesto.
A eso, Cayetano responde que la fe es una disposición ‘simpliciter’ necesaria más
parcial y no total; y que, por lo tanto desapareciendo la fe el Papa todavía puede
continuar siendo Papa en razón de otra parte de la disposición que es el carácter,
el cual todavía permanece.
Contra ese argumento: o la disposición total, constituida por el carácter y por la
fe, es ‘simpliciter’ necesaria, o no lo es, bastando entonces la disposición parcial.
En la primera hipótesis desapareciendo la fe ya no resta la disposición
‘simpliciter’ necesaria, pues la disposición necesaria ‘simpliciter’ era la total, y la
total ya no existe. En la segunda hipótesis la fe sólo es necesaria para un modo
más perfecto de ser (‘ad bene esse’), y por lo tanto su ausencia no justifica la
deposición del Papa. Además de eso, lo que se encuentra en la disposición última
para la muerte, inmediatamente deja de existir, sin intervención de ninguna otra
fuerza extrínseca, como es obvio. Luego, también el Papa hereje deja de ser Papa
por sí mismo, sin ninguna deposición.
Por fin, los Santos Padres enseñan unánimemente, no sólo que los herejes están
fuera de la Iglesia, sino también que están ‘ipso facto’ privados de toda
jurisdicción y dignidad eclesiástica. San Cipriano dice: ‘afirmamos que
absolutamente ningún hereje ni cismático tiene poder y derecho alguno’; y enseña
también que los herejes que retornan a la Iglesia deben ser recibidos como laicos,
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aunque hayan sido anteriormente Presbíteros u Obispos en la Iglesia. San Optato
enseña que los herejes y cismáticos no pueden tener las llaves del reino de los
cielos ni ligar o desligar. Lo mismo enseñan San Ambrosio, San Agustín, San
Jerónimo. (…) El Papa San Celestino I, que figura en el Concilio de Efeso escribió:
‘Es evidente que permaneció y permanece en nuestra comunión, no consideramos
destituido a aquel que ha sido excomulgado o privado del cargo, ya sea episcopal
o clerical, por el Obispo Nestorio o por otros que lo siguen, después que estos
comenzaron a predicar la herejía. Pues la sentencia de quien ya se reveló como
debiendo ser depuesto, a nadie puede deponer’.
Y en carta al Clero de Constantinopla el Papa Celestino I dice: ‘La autoridad de
nuestra Sede Apostólica determinó que no sea considerado depuesto o
excomulgado el Obispo, Clérigo o simple cristiano que haya sido depuesto o
excomulgado por Nestorio o sus seguidores, después que estos comenzaron a
predicar la herejía. Pues con tales predicaciones defeccionó de la fe, no puede
deponer o remover a quien quiera que sea’. Lo mismo repite y confirma San
Nicolás I. Finalmente, también Santo Tomás enseña (S. Theol. II-II, 39,3) que los
cismáticos pierden inmediatamente toda jurisdicción y que será nulo lo que
intenten hacer con base en alguna jurisdicción. No tiene fundamento lo que
algunos responden a esto: ‘Que esos Padres se basan en el Derecho antiguo,
mientras que actualmente, por el decreto del Concilio de Constanza solo pierden
la jurisdicción los que son nominalmente excomulgados y los que agreden a los
clérigos. Ese argumento –digo- no tiene valor alguno, pues aquello Padres,
afirmando que los herejes pierden la jurisdicción, no alegan Derecho humano
alguno, que por otro lado en aquella época tal vez no existiese respecto de esa
materia, sino que argumentan con base en la propia naturaleza de la herejía. El
Concilio de Constanza solo trata de los excomulgados, es decir, de los que
perdieron la jurisdicción por sentencia de la Iglesia, mientras que los herejes ya
antes de ser excomulgados están fuera de la Iglesia y privados de toda
jurisdicción. Pues ya fueron condenados por su propia sentencia, como enseña el
Apóstol (Tit. 3, 10-11), es decir fueron cortados del cuerpo de la Iglesia sin
excomunión, conforme explica San Jerónimo.
Además de eso, la segunda afirmación de Cayetano de que el Papa hereje puede
ser verdadera y autoritativamente depuesto por la Iglesia, no es menos falsa que
la primera. Pues si la Iglesia depone al Papa contra la voluntad de éste, está
ciertamente por encima del Papa; el propio Cayetano sin embargo defiende, en el
mismo tratado, lo contrario de esto. Cayetano responde que la Iglesia,
deponiendo al Papa, no tiene autoridad sobre el Papa, sino solamente sobre el
vínculo que une a la persona con el Pontificado. Del mismo modo que la Iglesia
uniendo el Pontificado a tal persona, no está por eso por encima del Pontífice, así
también puede la Iglesia separar al Pontífice de tal persona en caso de herejía, sin
que se diga que está por encima del Pontífice.
Pero contra eso se debe de observar en primer lugar, que, del hecho de que el
Papa depone Obispos, se deduce que el Papa está por encima de todos los Obispos,
aunque el Papa al deponer a un Obispo no destruye la jurisdicción episcopal sino
tan solo la separe de aquella persona. En segundo lugar, deponer a alguien del
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Pontificado contra la voluntad del depuesto, es sin duda una pena; luego, la
Iglesia al deponer a un Papa contra la voluntad de éste, sin duda lo está
castigando; ahora bien, castigar es propio del superior y del juez. En tercer lugar,
dado que conforme enseñan Cayetano y los demás Tomistas, en la realidad el
todo y las partes tomadas en su conjunto son la misma cosa quien tiene autoridad
sobre las partes tomadas en su conjunto, pudiendo separarlas entre sí, tiene
también autoridad sobre el propio todo constituido por aquellas partes.
Está también desprovisto de valor el ejemplo de los electores, dado por Cayetano,
los cuales tienen el poder de designar a cierta persona para el Pontificado sin
tener con todo poder sobre el Papa. Pues cuando algo está siendo hecho, la acción
se ejerce sobre la materia de la cosa futura, no sobre el compuesto, que aún no
existe; pero cuando la cosa está siendo destruida, la acción se ejerce sobre el
compuesto, como se torna patente en la consideración de las cosas de la
naturaleza. Por lo tanto, al crear al Pontífice, los Cardenales no ejercen su
autoridad sobre el Pontífice, pues este aún no existe, sino sobre la materia, ésto es,
sobre la persona de cuya elección tórnase dispuesta para recibir de Dios el
Pontificado. Pero si depusiesen al Pontífice, necesariamente ejercerían autoridad
sobre el compuesto, es decir, sobre la persona dotada del poder pontificio, es
decir, sobre el Pontífice”. (Implicaciones Teológicas y Morales del Nuevo Ordo
Missae, Arnaldo Vidigal Xavier da Silveira, obra mimeografiada en 1971, Sao Paulo-
Brasil, p. 167,168, 169, 170, 171).
Así San Roberto Belarmino concluye dando su sentencia: “Luego, la opinión
verdadera es la quinta, de acuerdo con la cual el Papa hereje manifiesto deja por
sí mismo de ser Papa y cabeza, del mismo modo que deja por sí mismo de ser
cristiano y miembro del cuerpo de la Iglesia y por eso puede ser juzgado y punido
por la Iglesia. Esta es la sentencia de todos los antiguos Padres, que enseñan que
los herejes manifiestos pierden inmediatamente toda jurisdicción, y
concretamente de San Cipriano, el cual así se refiere a Novaciano, que fue Papa
(anti Papa) en el cisma que hubo durante el pontificado de San Cornelio: ‘No
podría conservar el Episcopado, y si fuese anteriormente hecho Obispo, se apartó
del cuerpo de los que como él eran Obispos y de la unidad de la Iglesia’. Según
afirma San Cipriano en ese pasaje, aunque Novaciano hubiera sido verdadero y
legítimo Papa, con todo habría decaído automáticamente del Pontificado en caso
de que se hubiese separado de la Iglesia. (…) Lo mismo dice Melchor Cano
enseñando que los herejes no son partes ni miembros de la Iglesia y que no se
puede ni siquiera concebir que alguien sea cabeza y Papa, sin ser miembro y
parte (…) el fundamento de esta sentencia es que el hereje manifiesto no es de
modo alguno miembro de la Iglesia, es decir, ni espiritualmente ni corporalmente,
que significa que no lo es ni pos unión interna ni por unión externa. Porque
inclusive los malos católicos están unidos y son miembros, espiritualmente por la
fe, corporalmente por la confesión de la fe y por la participación de los
sacramentos visibles; los herejes ocultos están unidos y son miembros, aunque
solamente por unión externa; por el contrario, los buenos catecúmenos
pertenecen a la Iglesia tan solo por una unión interna, no por la externa; pero los
herejes manifiestos no pertenecen de ningún modo, como ya probamos”. (Ibídem,
p.172, 173).
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Entonces queda claro que ni el P. Devillers ni los Dominicos de Avrillé pueden hoy
contradecir lo que aquí lucida y claramente expone el Santo Doctor y Cardenal San
Roberto Belarmino; al hacerlo quedan olímpicamente refutados.
P. Basilio Méramo
Bogotá, 13 de Agosto de 2014

sábado, 16 de agosto de 2014

Sermón de San Anastasio Sinaíta: ¡Qué bien se está aquí!

¡QUÉ BIEN SE ESTÁ AQUÍ!
Del sermón de san Anastasio Sinaíta
el día de la Transfiguración del Señor


El misterio que hoy celebramos lo manifestó Jesús a sus discípulos en el monte Tabor. En efecto, después de haberles hablado, mientras iba con ellos, acerca del reino y de su segunda venida gloriosa, teniendo en cuenta que quizá no estaban muy convencidos de lo que les había anunciado acerca del reino, y deseando infundir en sus corazones una firmísima e íntima convicción, de modo que por lo presente creyeran en lo futuro, realizó ante sus ojos aquella admirable manifestación, en el monte Tabor, como una imagen prefigurativa del reino de los cielos. Era como si les dijese: «El tiempo que ha de transcurrir antes de que se realicen mis predicciones no ha de ser motivo de que vuestra fe se debilite, y, por esto, ahora mismo, en el tiempo presente, os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin haber visto llegar al Hijo del hombre con la gloria de su Padre».

Y el evangelista, para mostrar que el poder de Cristo estaba en armonía con su voluntad, añade: Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y se los llevó aparte a una montana alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.

Éstas son las maravillas de la presente solemnidad, éste es el misterio, saludable para nosotros, que ahora se ha cumplido en la montaña, ya que ahora nos reúne la muerte y, al mismo tiempo, la festividad de Cristo. Por esto, para que podamos penetrar, junto con los elegidos entre los discípulos inspirados por Dios, el sentido profundo de estos inefables y sagrados misterios, escuchemos la voz divina y sagrada que nos llama con insistencia desde lo alto, desde la cumbre de la montaña.

Debemos apresurarnos a ir hacia allí -así me atrevo a decirlo- como Jesús, que allí en el cielo es nuestro guía y precursor, con quien brillaremos con nuestra mirada espiritualizada, renovados en cierta manera en los trazos de nuestra alma, hechos conformes a su imagen, y, como él, transfigurados continuamente y hechos partícipes de la naturaleza divina, y dispuestos para los dones celestiales.

Corramos hacia allí, animosos y alegres, y penetremos en la intimidad de la nube, a imitación de Moisés y Elías, o de Santiago y Juan. Seamos, como Pedro, arrebatado por la visión y aparición divina, transfigurado por aquella hermosa transfiguración, desasido del mundo, abstraído de la tierra; despojémonos de lo carnal, dejemos lo creado y volvámonos al Creador, al que Pedro, fuera de sí, dijo: Señor, ¡qué bien se está aquí!

Ciertamente, Pedro, en verdad qué bien se está aquí con Jesús; aquí nos quedaríamos para siempre. ¿Hay algo más dichoso, más elevado, más importante que estar con Dios, ser hechos conformes con él, vivir en la luz? Cada uno de nosotros, por el hecho de tener a Dios en sí y de ser transfigurado en su imagen divina, tiene derecho a exclamar con alegría: ¡Qué bien se está aquí!, donde todo es resplandeciente, donde está el gozo, la felicidad y la alegría, donde el corazón disfruta de absoluta tranquilidad, serenidad y dulzura, donde vemos a (Cristo) Dios, donde él, junto con el Padre, pone su morada y dice, al entrar: Hoy ha sido la salvación de esta casa, donde con Cristo se hallan acumulados los tesoros de los bienes eternos, donde hallamos reproducidas, como en un espejo, las imágenes de las realidades futuras.

viernes, 15 de agosto de 2014

Un intercambio con Olga Moreno

El día de ayer tuve un intercambio epistolar con la señora Olga Moreno, quien administra la lista de correos y página web “Católicos Alerta”. Desde que tuve el debate con el señor Patricio Shaw y el presbítero Nicolás Despósito, la señora Moreno decidió removerme de la lista de correos. Los lectores asiduos recordarán que hace poco más de un año, publiqué una larga respuestaa la “Hermana Maria de la Trinidad” en el que aclaré cuales eran mis diferencia con la dueña de “católicos Alerta”. El lector interesado en saber el primer “roce” con la señora Olga Moreno, puede ir al final de la presente entrada y encontrará el primer intercambio epistolar con esta pionera del tradicionalismo, lo cual, evidentemente, no le otorga a ella infalibilidad alguna.
No obstante ya no recibía los correos de Católicos Alerta, me llovían e-mails sobre cuestiones políticas, que, realmente, me interesan mucho menos que las religiosas. Fue entonces que redacté el siguiente correo electrónico. He decidido publicar esto por dos motivos, en primer lugar porque ya me han llegado los comentarios de esta buena señora y sus seguidores, poco caritativos para con mi persona, y en segundo lugar (y más importante aún) porque en esto se puede ver el grave problema de ciertos sectores autodenominados tradicionalistas: un capillismo soberbio, incapaz de reconocer cualesquier falta u error yq ue llevan todas las disputas teológicas y doctrinales al plano personal. Ocurre entonces, que cuando uno les responde algo, salen a decir que se los está difamando, cuando son en realidad ellos los que usan esas técnicas desde hace muchísimos años y de manera sistemática. Lamentablemente para estas personas, como el caso de la señora Olga Moreno, carecen de buena memoria y a veces se les escapan ciertas miserias familiares de algunos de sus propios colaboradores, a veces se olvidan y cuentan que tal o cual es un "miserable", "seguramente judío", que hizo una donación y luego la reclamó dejando a un grupo de sacerdotes prácticamente en la calle.
Mis correos están en azul y los de la señora Moreno en rojo. 


De: Raúl Miguel
Enviado: jueves, 14 de agosto de 2014 01:56:47 p.m.
Para:Olga Moreno

Estimada Sra Olga Moreno,
                                  De mi consideración. He sido removido, lamentablemente, de la lista de correos de "Católicos Alerta", de donde recibía información que me interesaba. Lamentablemente, ahora recibo correos sobre cuestiones políticas. Le agradezco que, si me repone de la lista de "Católicos Alerta", me elimine de estos correos sobre el gobierno, en caso contrario, elimíneme directamente de todos sus listados.

Suyo en Cristo,
Raúl


Para mi sorpresa recibí este correo:

From: Olga Moreno
Date: Thu, 14 Aug 2014 15:00:35 -0300
Subject: Re: Libro Negro de la Corrupción K
To: Raúl Miguel

Lo lamento, creí que también lo había eliminado de aquí. Pierda cuidado, que ya no recibirá ningún correo de mi parte.  Si le interesa saber la razón, siga leyendo, de lo contrario pare aquí, no quiero ocuparle su precioso tiempo, no vaya a ser que le quede en el tintero alguna persona para criticar.
Me desagrada sobremanera, su forma de proceder. En su Blog critica a todo el que se le cruza en el camino. Si disiente en alguna afirmación,  descalifica al autor, la mayor parte de las veces con CALUMNIAS, ignoro si las crea usted o las saca de alguna parte, publicándolas sin siquiera tratar de ver si tienen algo de verdad (un consejo: recuerde la fábula de las plumas esparcidas al viento) Aparentemente, el grupo de Vedia, está resentido por algo (ignoro qué) con el resto de los grupos que luchan contra la herejía del llamado concilio Vaticano II, y, están con una lupa buscando para ver si encuentran algo en ellos que les parece criticable, para proceder a publicarlo a los cuatro vientos, ya sea por correos masivos o en su Blog. Lo abyecto, es que no se limitan a discutir ideas, sino que denigran y CALUMNIAN a los autores de las mismas, sin ni siquiera detenerse a averiguar si lo que dicen es verdadero (aunque así fuera, también sería censurable pues estarían faltando gravemente a la caridad); a lo largo de los años he tenido varias experiencias al respecto. Aconsejo a los damnificados, que no se molesten en responder, que los ignoren (como hice yo cuando me tocó el turno), no vale la pena.
En cuanto a usted personalmente,  es evidente que por tener un título de no sé qué, ni quiero saberlo,  se siente con ciencia infusa (¡cuidado con la soberbia!). A propósito, este no será el último correo, recibirá otro con una fábula que le viene como anillo al dedo. Espero que recoja la enseñanza de la misma.
Hasta nunca
Olga C. Moreno

Entonces decidí responderle lo siguiente:


Estimada Señora Olga Moreno,
                                       De mi consideración. He recibido sus dos correos electrónicos, y aunque sé que es muy factible que usted no me responda, deseo realizar una serie de aclaraciones para su conocimiento y el de algunos de sus colaboradores.

En primer lugar, es falso que en mi blog se critique a cualesquier persona. De hecho, en mi blog no se discuten cuestiones personales, sino doctrinales y teológicas. Valga como ejemplo el debate con el Obispo Juan José Squetino, o la más reciente diferencia con el señor Patricio Shaw. Lamentablemente, algunas personas quieren hacer parecer que se trata de algo personal. No es ese mi caso, siempre insistí en que son cuestiones meramente teológicas. ¿Podría usted indicarme alguna calumnia que yo haya pronunciado, por ejemplo contra el señor Shaw? ¿No sería más bien él quien calumnio a quienes disentimos en esa barbaridad de que una misa "una cum" es peor que todos los abortos de la historia? ¿No calumnio e infamó él al sostener que teníamos algún interés obscuro en nuestra postura? ¿Y acaso, no es cierto que ni él, ni ningún otro pudo responder con un manual de historia, teología y derecho canónico en mano las objeciones a sus tesis?

En segundo lugar, yo no estoy desparramando las miserias de los demás. Como le expliqué líneas arriba, me detengo únicamente en cuestiones doctrinales, teológicas o canónicas. Sí en cambio me opongo cuando un presbítero, con una formación deficiente en teología sacramental desea pontificar, por ejemplo respecto a la validez o no de las ordenes religiosas, confundiendo validez con licitud, y luego, para colmo, se desdice y varía sus postulados... pero insiste en que aún él tiene razón. Tampoco, señora, voy por allí contando las miserias familiares de las mismas personas que luego publican en mi página web, o su tacañería, o las donaciones que hicieron y luego retiraron.

En tercer lugar, el blog católico romano "Sursum Corda" es de mi entera y absoluta responsabilidad. La Sociedad Religiosa San Luis Rey de Francia no tiene ninguna relación con lo que yo escribo o publico. Esas asociaciones siempre me han sorprendido y llamado la atención. Creo que demuestran el problema del capillismo y la idea de que los fieles debemos de carecer de cualesquier idea o postuyra propia y tenemos que obedecer a los religiosos. No me sorprendía esa tendencia entre la gente de Monseñor Juan José Squetino, pero me llamó poderosamente la atención de su parte de usted.

En cuarto lugar, yo pensé que grupos que adhieren a su sitio de Internet son los que "está[n] resentido por algo (ignoro qué) con el resto de los grupos que luchan contra la herejía del llamado concilio Vaticano II, y, están con una lupa buscando para ver si encuentran algo en ellos que les parece criticable, para proceder a publicarlo a los cuatro vientos, ya sea por correos masivos o en su[s] Blog[s]". Me alegro de que tanto usted como yo nos indignemos ante la misma práctica. No obstante, me pregunto, como en el primer punto, quién es el que eso promueve realmente. Sería una acción tan reprobable como largar el rumor sobre la desviación sexual de un seminarista, y luego sacerdote, sin ninguna evidencia y promover que alguien lo publique ¿No le parece? O tan miserable, quizás, como insistir en la filiación judía de un presbítero que está en condiciones de ser consagrado obispo ¿No lo cree usted? ¿Qué evidencias existen sobre ello? ¿Es menester publicarlo así como se ha hecho? ¿Con qué fin? ¿No es eso faltar a la caridad?

En quinto lugar, estimada señora, soy consciente de que no tengo ciencia infusa. Reconozco mis errores y hasta llegué a pedir perdón públicamente en mi blog. No obstante, me alegro mucho de que en su sitio de Internet, si publiquen los nuevos doctores de la Iglesia, como el señor Patricio Shaw. 

Finalmente, quiero que sepa que, a pesar de lo que usted y algunos otros puedan creer, tengo un gran respeto por su persona, una de las pioneras de la resistencia católica en nuestro país.

Suyo en Cristo Nuestro Señor, y recordándola en mis oraciones,
Raúl