domingo, 17 de mayo de 2015

Ascensión de Nuestro Señor Jesucristo

Tomado de Año Litúrgico - Dom Prospero Gueranger.


GLORIFICACION DE LA HUMANIDAD DE CRISTO



Jesús subió al cielo. Su divinidad nunca estuvo ausente de él, mas hoy su humanidad es entronizada y coronada allí con brillante diadema; he ahí un nuevo aspecto del misterio de la Aspensión. El triunfo no bastaba a esta santa humanidad; el descanso le estaba preparado sobre el trono mismo del Verbo eterno al que está unida por una misma personalidad y allí debe recibir las adoraciones de toda criatura. Ante el nombre de Jesús, Hijo del hombre e Hijo de Dios, de Jesús sentado a la derecha del Padre Todopoderoso, "toda rodilla debe doblarse en el cielo, la tierra y los infiernos'".

¡Habitantes de la tierra!, allí está aquella naturaleza humana que se apareció antes en la humildad de los pañales, que recorrió Judea y Galilea, no teniendo donde reclinar su cabeza, que fué encadenada por manos sacrilegas, flagelada, coronada de espinas y clavada en una Cruz; pero mientras los hombres ignorantes la pisoteaban como un gusano de la tierra, ella aceptaba el cáliz de dolores con entera sumisión y se unía a la voluntad del Padre; aceptaba, transformada en víctima, desagraviar a la gloria divina dando toda su sangre como rescate de los pecadores. Esta naturaleza humana, nacida de Adán por María Inmaculada, es la obra maestra del poder de Dios. Jesús "el más hermoso de los hijos de los hombres'" es objeto de admiración para los ángeles; en él descansan las complacencias de la Santísima Trinidad; los dones de gracia depositados en él sobrepasan a los que han sido concedidos a los hombres y a todos los espíritus celestes juntos; pero Dios le había destinado al camino del dolor, y Jesús que hübiera podido rescatar al hombre con menor costa suya, se entregó voluntariamente a un mar de humillaciones y dolores con el fin de satisfacer con creces la deuda de sus hermanos. ¿Cuál será la recompensa? El Apóstol nos lo dice: "Hízose obediente hasta la muerte y muerte de Cruz; por lo cual Dios le exaltó y le dió un nombre que está por encima de todo nombre".

¡Oh vosotros que tomáis parte en este mundo en los dolores con que nos rescató, que gustáis seguirle en las estaciones de su peregrinación hasta el Calvario, levantad hoy la cabeza y mirad a lo alto de los cielos! "Porque sufrió la muerte, hele aquí coronado de gloria y honor'". "Cuanto más se humilló al igual de un esclavo, El que podía en su otra naturaleza llamarse sin injusticia igual a Dios'", mas el Padre se complace en elevarle en gloria y poder. La corona de espinas que llevó en la tierra es reemplazada por la diadema de honor. La cruz que dejó imponer sobre sus hombros es en adelante el signo de su principado. Las llagas, que los clavos y la lanza estamparon en su cuerpo, resplandecen como soles. ¡Sea, pues, dada gloria a la justicia del Padre hacia Jesús su Hijo! pero regocijémonos también de ver en este día "el Hombre de dolores"- transformado en Rey de la gloria y repitamos con entusiasmo el Hosanna que la corte celestial hace resonar a su llegada.

JUEZ UNIVERSAL. — Con todo eso no creamos que el Hijo del hombre sentado sobre el trono de la divinidad queda inactivo en su descanso glorioso. El Padre le ha dotado de una soberanía pero soberanía activa. Le ha nombrado "juez de vivos y de muertos y todos nosotros debemos comparecer ante su tribunal". Apenas nuestra alma deje su cuerpo será transportada al pie de este tribunal donde se ha sentado hoy el Hijo del Hombre y oirá salir de su boca la sentencia merecida. ¡Oh Salvador coronado en este día! sénos misericordioso en esta hora decisiva para nuestra eternidad.

Mas la judicatura ejercida por el Señor no se limitará al ejercicio callado de este soberano poder. Los ángeles nos lo han dicho hoy: debe presentarse de nuevo en la tierra, volver a descender a través de los aires, como ha subido, y entonces tendrán lugar los solemnes juicios, donde todo el género humano comparecerá. Sentado en las nubes del cielo, rodeado de milicias angélicas, el Hijo del hombre aparecerá en la tierra con toda majestad. Los hombres verán "aquél que taladraron'" y las huellas de sus heridas, que aumentarán su hermosura, serán para unos objeto de terror y para otros de inefables consuelos. Como pastor, separará sus ovejas de los cabritos y su voz soberana, que la tierra no escuchó desde hacía tantos siglos, resonará para mandar a los pecadores impenitentes descender a los infiernos e invitar a los justos a ocupar, en cuerpo y alma, la mansión de las delicias eternas.

REY DE LAS NACIONES. — En espera de este desenlace final de los destinos de la raza humana, Jesús recibe también del Padre, en este día, la investidura visible del poder real sobre las naciones de la tierra. Habiéndonos rescatado con el precio de su sangre, le pertenecemos; sea, pues, en adelante nuestro Señor. Es, en efecto, y se llama Rey de reyes y Señor de señores. Los reyes de la tierra no reinan legítimamente sino por El y no por la fuerza o en virtud de un pretendido pacto social cuya sanción no pasa de aquí abajo. Los pueblos no se pertenecen a sí mismos, dependen de El. Su ley no se discute; debe estar por encima de todas las. leyes humanas como su regla y señora: "Las naciones temblarán bajo su cetro, dice el Rey-profeta; los pueblos, para salir de su dominio, forjarán vanos proyectos; los príncipes de la tierra se concertarán contra El; dirán: rompamos su yugo y arrojémosle lejos de nosotros". ¡Inútiles esfuerzos!, porque, dice el Apóstol, "es necesario que reine, hasta que tenga puestos todos sus enemigos bajo sus pies" hasta que aparezca por segunda vez para derribar el poder de Satanás y el orgullo dé los hombres.

Así, pues, el Hijo del hombre, coronado en su Ascensión, debe reinar sobre todo el mundo hasta su vuelta. "Mas, diréis, ¿reina donde los príncipes creen tener su autoridad del mandato de los pueblos, donde los pueblos seducidos por este ídolo que llaman libertad, ha perdido hasta el sentido mismo de la autoridad? Sí, reina, pero con la justicia, puesto que los hombres desdeñaron ser conducidos por su bondad. Borraron su ley de sus códigos, concedieron el derecho de ciudadanía al error y a la blasfemia; y entonces les ha abandonado a su juicio absurdo y engañoso. La unción bendita no hace ya sagrado en ellos el poder efímero, que se escapa a todas horas de las manos que se esfuerzan por retenerle, y, cuando los pueblos, después de haber rodado por los abismos de la anarquía procuran constituirle de nuevo, es inútil, porque se le ve desplomarse otra vez, porque los príncipes y los pueblos quieren estar fuera del dominio del Hijo del Hombre. Y así será, hasta que los príncipes y pueblos, cansados de su impotencia, le llamen a reinar sobre ellos, hasta que vuelvan a tomar la divisa de nuestros padres: "¡Cristo vence! ¡Cristo reina! ¡Cristo impera! ¡Dígnese Cristo reservar—a su pueblo—de todo mal!".

En este día de tu coronación, recibe los homenajes de tus fieles, ¡Oh Rey, Señor y Juez nuestro! Fuimos por nuestros pecados los autores de tus humillaciones y sufrimientos en el curso de tu vida mortal, mas nos unimos hoy a las aclamaciones que dejaron oír los Espíritus celestes en el momento en que la diadema real fué colocada sobre tu divina cabeza. Sólo percibimos ahora un reflejo de tus grandezas; mas el Espíritu Santo que nos has prometido acabará de revelarnos todo lo que podemos conocer aquí acerca de tu poder soberano cuyos fieles y humildes subditos queremos ser siempre.

El Domingo de la octava de la Ascensión, llamado en Roma durante la Edad Media, Domingo de las Rosas porque en este día era costumbre cubrir de rosas el pavimento de las basílicas, como homenaje a Cristo que se elevaba al cielo en la estación de las flores. La fiesta de la Ascensión tan radiante y llena de júbilo, cuando se considera en su aspecto principal, que es el triunfo del Redentor, embellecía los esplendorosos días de primavera. Se olvidaba un momento la tristeza de la tierra para acordarse sólo de la palabra de Jesús a sus Apóstoles, a fin de que nos fuere repetida: "Si me amárais os alegraríais de que fuera a mi Padre'". Imitemos este ejemplo, ofrezcamos a nuestra vez la rosa, a aquél que la hizo para adorno de nuestra morada y sepamos servirnos de su belleza y perfume para elevarnos hasta aquel que dice en el divino Cántico: "Yo soy la flor de los campos y el lirio de los valles". Quiso llamarse nazareno para que este nombre misterioso despertase en nosotros el recuerdo que expresa, el recuerdo de las flores de quien no se ha desdeñado tomar el símbolo, para expresar el encanto y suavidad que aquellos que le aman encuentran en él.

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