lunes, 11 de mayo de 2015

El encuentro con la Samaritana


Texto gentilmente enviado por un sacerdote de rito oriental.





El Señor en el Evangelio de hoy [5to Domingo de Pascua] se encuentra con una mujer Samaritana, “sobre el pozo de Job” y a pesar de que se trata de una cuestión no tan “moral” – cinco hombres tuvo en su pasado esta mujer y con uno uno convivía sin ser su marido- revela las verdades básicas sobre el mismo Dios y la manera que uno debe venerarle y adorarle. Evidentemente estimando su búsqueda y no el estado moral de ella –ejerce indirectamente el control sobre ella- tal y como se manifiesta de las preguntas que se refiere y pone ante Él, apenas se entera uno que la está hablando como un profeta. Es de tal magnitud la conmoción de ella de las cosas que le apocalipta=revela el Señor, tanto para su vida personal, como para el Dios, y sobre todo que Él es el Mesías venidero, de modo que se va corriendo a declarar este testimonio a sus compatriotas en Samaria, quienes considerando fidedigno su logos corresponden y vienen a Jesús. Aunque hace algún tiempo antes Le habían negado junto con Sus discípulos a acercarse a la ciudad de ellos y escucharle; pero ahora se acercan Le escuchan y Le ruegan que se quede con ellos. Y hacia la mujer que esencialmente los llamó, la que después fue la santa Fotininí la isapóstolos (Iluminada o Lucía igual que un apóstol), la dijeron: “ya no creemos por las palabras que tú nos has dicho. Porque nosotros mismos hemos visto y escuchado, por lo tanto, estamos convencidos de que él es realmente el Sanador y Salvador del mundo, el esperado Mesías, el Cristo o el Crismado, (Jn 4. 5-42).
Y este es el procedimiento de la fe: uno viene a Cristo, porque otro conocido, la mayoría de las veces, le cuenta una historia personal sobre Cristo. En este caso la exclamación de la Samaritana fue el estímulo para que fuera provocado el interés de sus compatriotas sobre Jesús como Mesías. Igualmente se movieron también los primeros discípulos de Cristo. Después de la llamada por Aquel ellos sintieron la necesidad de llamar también a los demás, como el Apóstol Andrés que fue y llamó a su hermano Simón, el que después fue llamado Pedro; o como Felipe llamó a su mejor amigo Nataniel.
Incluso en la historia de la Iglesia comprobamos que la primera llamada para el Cristo en gran porcentaje en muchas regiones se debía a simples fieles, que habiendo tenido experiencia con el encuentro con Cristo, quisieron compartir esta jaris (gracia) y jará (alegría). No se movieron como “misioneros” profesionales o como “usurpadores del logos de Dios” (2 Cor 2,17) según el Apóstol Pablo, sino como personas que no podían contener su alegría: una explosión de la plenitud de sus corazones ardientes a compartir con los demás que han encontrado el tesoro de sus vidas. «1. El que desde siempre en el principio ἦν(in) existía y es, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, lo que han tocado nuestras manos, acerca del Logos (causa) de la vida.
1. Para el Hijo y Logos de Dios: el cual existía en el principio, era y es coeterno antes que cualquier creación espiritual y material y lo que hemos escuchado, más lo que hemos visto con nuestros ojos y hemos vuelto a contemplar muchas veces, y palparon nuestras manos acerca del enhipostasiado Logos, el Cual en su interior co-eternamente tiene la vida, la transmite y la da.
2 Y la vida se ha manifestado, la hemos visto, damos testimonio de ella y os anunciamos la vida eterna, que existía y estaba siempre junto al Padre y se nos manifestó.
2. Y esta vida enhipostasiada ha tomado naturaleza humana y se ha manifestado entre nosotros y la hemos visto con nuestros ojos y damos testimonio oficialmente de ella; y os anunciamos la vida eterna que existía y estaba siempre junto al Padre y se ha revelado a nosotros los Apóstoles y a sus primeros discípulos y a muchos más hombres.
3 Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos para que estéis unidos en kinonía-comunión con nosotros, como estamos nosotros en kinonía-comunión y unión cordial con el Padre y con su Hijo Jesús Cristo»; escribe san Juan en su primera epístola (1, 1-3).
En realidad, la manifestación del testimonio de uno para el Cristo, funciona como llamada de los que escuchan y se entiende como llamamiento del mismo Dios, Quien utiliza como instrumento Suyo éste testigo. Tal y como dijo el Cristo a Sus discípulos:
"Y vosotros también daréis el buen testimonio, porque estáis desde el principio conmigo y iluminados por el Espíritu Santo entenderéis más profundo y daréis testimonio todo lo que yo hice y dije predicando con claridad» (Jn 15,27). En otras palabras, cada fiel a Cristo que ha saboreado la dulzura de Su presencia en su vida, se convierte partícipe de la testificación de Dios Padre, que se inicia del Él Mismo el primer testigo de Dios, el Jesús Cristo: “Yo he venido para dar testimonio sobre la verdad” (Jn 18,37), y continúa extendiéndose ya a través de los que creen en Él.
“Nadie puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo atrae (con su jaris, gracia energía increada, Jn 6,44). Así también en el caso de la Samaritana: por su ignorancia, en esta fase, se convierte el instrumento de Dios para llamar, dentro de su experiencia personal, también a los demás Samaritanos. Sin embargo, no se detuvo allí: después de su plena incorporación a Cristo por su santo bautismo, se movió como misionera dentro de las fronteras de Samaria y en otras partes. Y selló todo su itinerario en Cristo con el martirio de su sangre, durante la persecución por Nerón un poquito después de la mitad del primer siglo; y no sólo ella sino todos sus parientes e hijos dieron sus vidas por la causa de Jesús Cristo.
Los Samaritanos pues, en primera fase creyeron por el logos de la futura santa Φωτινή (fotiní Iluminada o Lucía). Pero avanzaron también en la segunda fase, en la experiencia espiritual: “la que hemos escuchado y visto”. Y si uno no llega en este segundo paso: de la fe por oído convertirse en fe de oído personal y experiencia de vida, no culminará nunca la trayectoria dinámica de la fe cristiana. Permanecerá siempre al nivel de la infancia, “el hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos” (Sant 1,8); que significa que con la duda y la poca fe junto con los resultados del desorden, será afligido y convertirá toda su vida en sufrimiento; para llegar seguramente en plena negación de la fe, o en una fe de tipo religioso, que consiste en una ideología superficial que, por supuesto, no tiene la fuerza de alterar y cambiar su vida positivamente.
Y esto parece ser también el drama de muchos cristianos contemporáneos: permanecen sólo en lo que han oído y recibido en sus primeros años de sus padres o de otros hombres y esta primera fe no quisieron hacerla experiencia propia y vivencia suya. Así permanecieron y permanecen aún cristianos de nombre; por lo tanto es válido lo que dijo para ellos el santificado Yérontas Paisios: son los de “el síndrome del saco vacío”. Es decir, hombres que se incorporaron al cristianismo por el santo bautismo, pero no activaron para nada este estado carismático.
 Cierto que el mismo Señor había apocaliptado=revelado qué pasa en estos casos y esta apocálipsis=revelación suena terrible y sombría: se trata de los “fieles” que se convierten en ramas, parras de Su viñedo que al no permanecer unidos con Él, a través de Sus santos mandamientos y por consiguiente en la participación en la metania Divina Efjaristía, se secan, se cortan y se echan al fuego (Jn 15,1).
Por otro lado, en el caso que un fiel adquiera la relación personal con el Cristo y se convierte en oyente y libre obediente de Él, siente Su presencia en su vida, esto significa que ha ido correctamente en la Iglesia, viviendo como miembro del cuerpo de Cristo, Su santa Iglesia, entonces confirma continuamente que la sorpresa dada por la continua jaris (energía increada) en él será un estado fijo. Estará siempre caminando de “de fe en fe y de doxa=gloria en doxa”, dado que la experiencia de Cristo es un camino interminable, en un continuo aumento de la zéosis o deificación, algo que nos lo manifiestan humildemente nuestros santos.
De todos modos, es una pena y lástima para nosotros permanecer en las “cáscaras o algarrobas” de los primeros pasos de los principiantes teniendo en nuestras manos la fuerza y alegría de la fe personal en Cristo, esta que consiste en la solución de todos los problemas esenciales de la existencia humana. Amín.

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