miércoles, 27 de mayo de 2015

San Juan Crisostomo: La dignidad del sacerdocio

La Dignidad del sacerdocio
Por San Juan Crisostomo, Sobre el sacerdocio III, 4-6




Cuando contemplas al Señor sacrificado y puesto sobre el altar, y al sacerdote que ora y asiste al sacrificio, y a todos los presentes bañados con la púrpura de aquella sangre preciosísima, ¿acaso piensas que estás aún entre los hombres y que pisas la tierra?, ¿no te sientes más bien trasladado a los Cielos donde, desterrado de tu alma todo pensamiento carnal, miras con alma desnuda y mente pura las realidades mismas de la gloria? ¡Oh maravilla! ¡Oh benignidad de nuestro Dios! El que está sentado en la gloria junto al Padre, es tomado en aquel momento en manos de todos, y se deja abrazar y estrechar de los que quieren. Así lo hacen con los ojos de la fe.

¿Quieres ver la soberana santidad de estos misterios? Imagínate, te ruego, que tienes ante los ojos al profeta Elías; mira la ingente muchedumbre que lo rodea, las víctimas sobre las piedras, la quietud y el silencio absoluto de todos y sólo el profeta que ora; y, de pronto, el fuego que baja del cielo sobre el sacrificio... Todo esto es admirable y nos llena de estupor.

Pues trasládate ahora de ahí y contempla lo que entre nosotros se cumple: verás no sólo cosas maravillosas, sino algo que sobrepasa toda admiración. Aquí está en pie el sacerdote, no para hacer bajar fuego del cielo, sino para que descienda el Espíritu Santo; y prolonga largo rato su oración, no para que una llama desprendida de lo alto consuma las víctimas, sino para que descienda la gracia sobre el sacrificio y, abrasando las almas de todos los asistentes, las deje más brillantes que plata acrisolada.

¿Quién habrá, pues, tan loco, quién tan perdido de juicio que desprecie soberbiamente misterio tan tremendo? ¿Acaso ignoras que, sin una particular ayuda de la gracia de Dios, no habría alma humana capaz de soportar el fuego de ese sacrificio, sino que nos consumiría a todos absolutamente?

Si alguien considera atentamente qué cosa significa estar un hombre envuelto aún de carne y sangre, y poder no obstante llegarse tan cerca de aquella bienaventurada y purísima naturaleza; ése podrá comprender cuán grande es el honor que la gracia del Espíritu otorgó a los sacerdotes. Porque por manos del sacerdote se cumplen no sólo los misterios dichos, sino otros que en nada les van en zaga, ya en razón de su dignidad en sí, ya en orden a nuestra salvación.

En efecto, a moradores de la tierra, a quienes en la tierra tienen aún su conversación, se les ha encomendado administrar los tesoros del Cielo, y han recibido un poder que Dios no concedió jamás a los ángeles ni a los arcángeles. A ninguno de éstos dijo: lo que atareis sobre la tierra será también atado en el cielo (Mt 18, 18). Cierto que quienes ejercen autoridad en el mundo tienen también poder de atar, pero sólo los cuerpos. La ligadura del sacerdote toca al alma misma y penetra dentro de los cielos. Lo que los sacerdotes hacen aquí abajo, Dios lo ratifica allá arriba; la sentencia de los siervos es confirmada por el Señor. ¿Qué otra cosa es esto, sino haberles concedido todo el poder celeste? A quienes perdonareis—dice—los pecados, les serán perdonados; y a quienes se los retuviereis, les serán retenidos (Jn 20, 23). ¿Qué poder puede haber mayor que éste? Todo el juicio se lo ha dado el Padre al Hijo (Jn 5, 22); pero yo veo que ese juicio ha sido a su vez enteramente puesto por el Hijo en manos de sus sacerdotes (...)

Sin la dignidad del sacerdocio no podríamos salvarnos ni alcanzar los bienes que nos han sido prometidos. Porque si nadie puede entrar en el reino de los cielos, si no es regenerado por el agua y el Espíritu (cfr. Jn 3, 5), si se excluye de la vida eterna al que no come la carne y bebe la sangre del Señor (cfr. Jn 6, 53-54), y todo esto sólo puede cumplirse por las manos santas del sacerdote, ¿cómo podría nadie escapar al fuego del infierno y alcanzar las coronas que nos están reservadas?

Los sacerdotes son quienes nos engendran espiritualmente, los que por el Bautismo nos dan a luz. Por ellos nos revestimos de Cristo (cfr. Rm 13, 14; Gal 3, 27), nos consepultamos con el Hijo de Dios (cfr. Rm 6, 4) y nos hacemos miembros de aquella bienaventurada Cabeza. De suerte que los sacerdotes debieran merecernos más reverencia que los magistrados y reyes, y sería incluso justo tributarles mayor honor que a nuestros mismos padres. Porque éstos nos engendran por la sangre y la voluntad de la carne (cfr. Jn 1, 13), mas aquellos son autores de nuestro nacimiento de Dios, de la regeneración bienaventurada, de la libertad verdadera y de la filiación divina por la gracia.

Los sacerdotes judíos tenían poder de librar de la lepra del cuerpo; digo mal: sólo tenían poder de examinar a los ya curados de ella, y bien sabemos cuán disputada era entonces la dignidad sacerdotal. Mas los sacerdotes cristianos han recibido potestad, no sobre la lepra del cuerpo, sino sobre la impureza del alma; no de examinar la lepra ya curada, sino de limpiar absolutamente de ella. Por eso, los que desprecian al sacerdote cometen un sacrilegio mayor que Datán y sus secuaces, y merecen más severo castigo (cfr. Num 16).

(...) Pero no sólo en orden a castigar, sino también para hacernos bien, ha dado Dios a los sacerdotes mayor poder que a los padres naturales. Va de los unos a los otros la diferencia que corre entra la vida presente y la venidera, pues los unos nos engendran para aquélla y los otros para ésta. Además, los padres no pueden librar a sus hijos de la muerte corporal, no son capaces ni de alejar de ellos una enfermedad que les acometa; los sacerdotes, en cambio, curan muchas veces a un alma enferma y salvan a la que está a punto de perderse; a unas les mitigan el castigo que merecen, a otras les impiden en absoluto caer. Y eso no sólo por sus enseñanzas y amonestaciones, sino también con la ayuda de sus oraciones. Y es así que los sacerdotes no sólo tienen poder de perdonar los pecados cuando nos regeneran por el Bautismo, sino también los que cometemos después de nuestra regeneración (...). Además, los padres naturales poco o nada pueden hacer en favor de sus hijos, cuando éstos ofenden a algún personaje o poderoso de la tierra los sacerdotes, en cambio, nos reconcilian muchas veces, no ya con magistrados o emperadores, sino con el mismo Dios irritado contra nosotros.

4 comentarios:

  1. De acuerdo. Pero de ahî llegar a la aberrante doctrina de la formalidad sobrenatural elaborada por Meinvielle ("El comunismo en la revoluciôn anticristiana") que pretende ser una genial originalidad pero es una descarada copia del rêgimen de castas en la India con añadidura de agua bendita hay un largo trecho. No endiosemos a los sacerdotes como pretenden los pretes tradicionalistas". Esa lînea de pensamiento nos llevô a la papolatrîa.

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    1. Meinvielle... haría falta un buen estudio de sus trabajos.

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  2. RACION POR LA SANTIFICACIÓN DE LOS SACERDOTES
    De Santa Teresita del Niño Jesús

    OH Jesús que has instituido el sacerdocio para continuar en la tierra
    la obra divina de salvar a las almas
    protege a tus sacerdotes (especialmente a: ..............)
    en el refugio de tu SAGRADO CORAZÓN.
    Guarda sin mancha sus MANOS CONSAGRADAS,
    que a diario tocan tu SAGRADO CUERPO,
    y conserva puros sus labios teñidos con tu PRECIOSA SANGRE.
    Haz que se preserven puros sus Corazones,
    marcados con el sello sublime del SACERDOCIO,
    y no permitas que el espíritu del mundo los contamine.
    Aumenta el número de tus apóstoles,
    y que tu Santo Amor los proteja de todo peligro.
    Bendice Sus trabajos y fatigas,
    y que como fruto de Su apostolado obtenga la salvación de muchas almas
    que sean su consuelo aquí en la tierra y su corona eterna en el Cielo. Amén

    Oración a Sta. Teresita del Niño Jesús por los sacerdotes

    Santa Teresita del Niño Jesús, hoy alabo a Dios por las gracias que manifestó en ti, y te doy las gracias por haberle correspondido hasta el grado de convertirte en una gran santa.

    Te encomiendo en todo momento a este sacerdote que ha dedicado su vida a Dios y te pido que lo ayudes a vencer todos los obstáculos que él pudiera encontrar en su camino.

    Ayúdalo en los momentos de tentación, ayúdalo a vencerlos en el instante. Enséñalo a amar a Dios como tú lo amas. Ayúdalo a ser un sacerdote santo y fiel, ayúdalo a ser un gran confesor. Todo esto te lo pido con mucho amor. Amén.

    Hoy también te quiero pedir por __________,de ti aprendí a amar a los sacerdotes y a apreciar lo difícil que es su tarea, si tratan de hacerlo por sus propias fuerzas.

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  3. Meinvielle tiene el triste privilegio de ser el padre espiritual de Montoneros, detrito de Tacuara y Guardas Restauradoras que fundó aquel triste personaje que junto con Ezcurra se hallaba en estrecho contacto con Carlos Mujica. De hecho estos dos últimos concelebraron la misa de requiem del primero,

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