viernes, 19 de junio de 2015

San Agustín: No sabemos pedir lo que nos conviene

¿Cuántas veces hemos visto a tan buenos católicos estar al borde de la desesperación cuando contemplan la situación en la que la Santa Iglesia ha quedado, tras el llamado Concilio Vaticano II? ¿Cuántas veces escuchamos frases como “tenemos que hacer algo para salvar a la Iglesia”? ¿No hemos sido testigos recientes, de personas que, han llegado a plantear falsas soluciones, ante la crisis que vivimos desde la muerte de Pío XII? Y estas “soluciones” se quieren presentar a los fieles como una “respuesta a las oraciones”.
Es por ello que se presenta a continuación un fragmento de esta hermosa carta del Doctor de Hipona, para todos aquellos católicos que dicen “Dios no escucha ya nuestras oraciones”. 

Que Dios nos de la Gracia de permanecer en la Gracia.



Tomado de San Agustín , Carta 130, a Proba (14, 25-26: CSEL 44, 68-71).

Quizá me preguntes aún por qué razón dijo el Apóstol que no sabemos pedir lo que nos conviene, siendo así que podemos pensar que tanto el mismo Pablo como aquellos a quienes él se dirigía conocían la oración dominical.

Porque el Apóstol experimentó seguramente su incapacidad de orar como conviene, por eso quiso manifestarnos su ignorancia; en efecto, cuando, en medio de la sublimidad de sus revelaciones, le fue dado el aguijón de su carne, el ángel de Satanás que lo apaleaba, desconociendo la manera conveniente de orar, Pablo pidió tres veces al Señor que lo librara de esta aflicción. Y oyó la respuesta de Dios y el porqué no se realizaba ni era conveniente que se realizase lo que pedía un hombre tan santo: Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad.

Ciertamente, en aquellas tribulaciones que pueden ocasionarnos provecho o daño no sabemos cómo debemos orar; pues como dichas tribulaciones nos resultan duras y molestas y van contra nuestra débil naturaleza, todos coincidimos naturalmente en pedir que se alejen de nosotros. Pero, por el amor que nuestro Dios y Señor nos tiene, no debemos pensar que si no aparta de nosotros aquellos contratiempos es porque nos olvida; sino más bien por la paciente tolerancia de estos males, esperemos obtener bienes mayores, y así la fuerza se realiza en la debilidad. Esto, en efecto, fue escrito para que nadie se enorgullezca si, cuando pide con impaciencia, es escuchado en aquello que no le conviene, y para que nadie decaiga ni desespere de la misericordia divina si su oración no es escuchada en aquello que pidió y que, posiblemente, o bien le sería causa de un mal mayor o bien ocasión de que, engreído por la prosperidad, corriera el riesgo de perderse. En tales casos, ciertamente, no sabemos pedir lo que nos conviene.


Por tanto, si algo acontece en contra de lo que hemos pedido, tolerémoslo con paciencia y demos gracias a Dios por todo, sin dudar en lo más mínimo de que lo más conveniente para nosotros es lo que acaece según la voluntad de Dios y no según la nuestra. De ello nos dio ejemplo aquel divino Mediador, el cual dijo en su pasión: Padre, si es posible, que pase y se aleje de mí ese cáliz, pero, con perfecta abnegación de la voluntad humana que recibió al hacerse hombre, añadió inmediatamente: Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres. Por lo cual, entendemos perfectamente que por la obediencia de uno todos se convertirán en justos.

2 comentarios:

  1. Parecería que el enfoque no es demasiado acertado. Claramente, San Agustín, refiere al caso San Pablo, que trata esencialmente de un caso personal. Que aceptemos los misteriosos designios de la Divina Providencia, que permitió la Abominación de la Desolación, no quiere decir que no debemos rezar, y a gritos, “sicut ablactatus est super matre sua” (Salm;130) para que termine, porque la invasión de la Curia por los miembros del Anticristo, no es un mal personal, sino que promueve la perdición de incontables almas. AFT.-

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  2. Pero podemos dar gracias a Dios porque de esta manera, al resistir como resistimos, al luchar como luchamos, al poner todas nuestras fuerzas y energías al servicio de Dios, nos hacemos sus esclavos y rechazamos al mundo. Somos contados entre los fieles, precisamente gracias a esta enorme prueba, la cual no tuvieron que vivir aquellos católicos de principios de siglo XX, que tan facilmente contaron con Papas como San Pío X que denunciaron y condenaron el modernismo.

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