miércoles, 2 de marzo de 2016

El hijo pródigo

Enviado por un sacerdote católico de rito oriental

La lección del Evangelio para este día (Lucas 15:11-32) nos da el segundo tema de Cuaresma y del arrepentimiento: el retorno a Dios. No es suficiente reconocer nuestros pecados y confesarlos. El arrepentimiento queda estéril y sin provecho sin el deseo y la decisión de cambiar nuestra vida, de volver a Dios, de comenzar un movimiento de ascenso y de purificación. Debemos darnos cuenta que hemos perdido nuestra hermosura espiritual y nuestra pureza, y debemos desear recobrarlas. "Volveré al Padre compasivo lamentando y llorando y diré: "Acéptame como a uno de tus jornaleros." En maitines, cantamos el Salmo 137: "Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos y hasta llorábamos, al acordarnos de Sion... Si me olvidare de ti, oh Jerusalén, pierda mi diestra su destreza." El verdadero cristiano recuerda y sabe que ha perdido comunión con Dios, la paz y el gozo de su reino, la pureza de la vida nueva en Cristo. Aunque fue bautizado e iniciado en el cuerpo de Cristo, sus pecados le han alejado de Dios. El arrepentimiento, por tanto, es este deseo de volver a Dios, es un movimiento de amor y de confianza. "Me he separado inicuamente de tu gloria paternal y he malgastado en compañía de pecadores las riquezas que me diste. Por eso, te ofrezco el lamento del Pródigo: Padre compasivo, he pecado contra ti, recíbeme como penitente y hazme como a uno de tus jornaleros." (Contaquio del día)

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