viernes, 25 de marzo de 2016

San Agustín: La encarnación





San Agustín de Hipona, Catequesis para adultos (31-32. 33.39: PL 40, 333.334.338)


Desde el comienzo del género humano hasta el fin del mundo seguirán existiendo dos ciudades, que ahora se hallan físicamente mezcladas, si bien separadas en sus aspiraciones: la ciudad de los inicuos y la ciudad de los santos, dos ciudades que en el día del juicio serán incluso corporalmente separadas.

Todos los hombres y todos los espíritus que humildemente buscan la gloria de Dios y no la propia, y siguen a Dios por el camino de la piedad, pertenecen a una misma sociedad. Sin embargo, el Dios lleno de misericordia se muestra paciente incluso con los hombres impíos y les da un plazo para que se arrepientan y corrijan. Pues si es verdad que borró a todos mediante el diluvio, a excepción de un único justo con su familia, a quien quiso salvar en el arca, es porque sabía que los demás no tenían voluntad de corregirse. No obstante, durante los cien años que duró la construcción del arca, se les predicaba el inminente castigo que se iba a abatir sobre ellos; y si se hubiesen convertido a Dios, Dios les hubiera perdonado, como más tarde perdonó a la ciudad de Nínive que hizo penitencia. Con el sacramento del diluvio —del que los justos fueron liberados por el leño del arca— se preanunciaba la futura Iglesia, a la que Cristo, su rey y su Dios, libró del naufragio a este mundo mediante el misterio de su cruz. Pues no ignoraba Dios que incluso de aquellos que habían sido salvados en el arca, nacerían hombres malos, que habían nuevamente de cubrir la tierra con sus perversiones. Y sin embargo, exhibió una muestra del juicio futuro y preanunció la liberación de los santos mediante el misterio del madero.

Pero ni siquiera entonces faltaron justos que buscaran piadosamente a Dios y vencieran la soberbia del diablo, ciudadanos de aquella ciudad santa, a quienes curó la futura humillación de Cristo, su rey, revelada por el Espíritu Santo. Entre éstos, fue elegido Abrahán, piadoso y fiel siervo de Dios, a quien le fue demostrado el misterio del Hijo de Dios, de modo que los creyentes de todos los pueblos, imitando su fe, fueran llamados hijos suyos en las generaciones venideras. De él nació aquel pueblo que adoraría al único verdadero Dios, que hizo el cielo y la tierra. En este pueblo fue con mayor evidencia prefigurada la futura Iglesia. Se componía de una muchechumbre de gente carnal, que daba culto a Dios sólo por los beneficios materiales. Pero entre esta muchedumbre había un resto con la mira puesta en el futuro descanso y que buscaba la patria celestial. A este resto le fue proféticamente revelada la futura humillación de Dios, nuestro rey y nuestro Señor Jesucristo, para que en virtud de esta fe, fueran sanados del tumor de la soberbia. No sólo las palabras, sino la misma vida, el matrimonio, los hijos y las acciones de aquellos hombres que precedieron en el tiempo al nacimiento del Señor, fueron una profecía de este tiempo en que, por la fe en la Pasión de Cristo, se congrega la Iglesia con hombres de todos los pueblos. Y en todo esto se preanunciaban los misterios espirituales, que se refieren a Cristo y a la Iglesia. De esta Iglesia eran también miembros aquellos santos, que vivieron en esta tierra antes de que Cristo, el Señor, naciera según la carne.

Pues la ley se cumple sólo cuando, no por codicia de bienes temporales, sino por amor al legislador, se observa lo que él mandó ¿Quién no se esforzará en devolver al Dios justísimo y misericordiosísimo el amor con que él nos amó primero a nosotros injustísimos y llenos de soberbia, hasta el punto de que, por nosotros, no sólo envió a su único Hijo a vivir en nuestra compañía, sino a ser muerto por nosotros y para nosotros?

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