martes, 9 de agosto de 2016

Quien ama a Dios huye de todo lo terrenal

San Basilio el Grande: Quien ama a Dios huye de todo lo terrenal
Enviado por un sacerdote católico de rito oriental


Quien ama a Dios, huye de todo lo terrenal; se dirige a Dios con todo su corazón y se aleja de las concupiscencias que lo tientan a la inmoderación: el perseverar en el ejercicio que conduce a las virtudes.

Una tal renuncia comienza con el abandono de las cosas externa: propiedad, gloria falsa, costumbres humanas y apego a todas las cosas necesarias. Quien sinceramente desea ir detrás de Cristo, no puede preocuparse por las cosas que son necesarias para esta vida. No puede pensar en el amor de sus padres y parientes, cuando ellos son impedimentos al amor de Dios. Cristo muy claramente habló sobre esto que no deja espacio a cualquier justificación o duda.

Además, es imposible, para quien quiere cumplir como corresponde sus obligaciones, cuando su pensamiento esta ocupado con toda las preocupaciones, como dijo Cristo: "Nadie puede servir a dos amos; porque odiará a uno y amará al otro, o será fiel a uno y al otro no le hará caso. Ustedes no pueden servir a Dios y al Dinero" (Mt. 6:24).

Nosotros tenemos que elegir sólo una cosa: el tesoro celestial, sobre el cual nosotros ponemos todo nuestro corazón, porque: "Porque donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón" (Mt. 6:21). Por eso quien de nosotros se preocupa por la posesión personal de alguna riqueza temporal, allí nuestro entendimiento sin querer se entierra en eso, como en un pozo; y nuestra alma no puede elevarse a la vida divina. Tal alma permanece insensible a las aspiraciones de la riqueza eterna y al prometido premio en el cielo. Y a estas riquezas es imposible abandonarlas de otra manera, sino con el continuo e insistente deseo de abandonarlas, y de liberarnos de todas las preocupaciones. Entonces la renuncia es cortar todas las ataduras de la persona con las cosas materiales y su actual forma de vida, es liberación de todas las obligaciones familiares. Eso nos permite más fácilmente caminar por ese camino que lleva a Dios y sin condición, obligación para obtener la riquísima esposa (Sal. 18:11). En una palabra, la renuncia al mundo es la transformación del corazón humano en la forma de vida celestial, según las palabras del Apóstol: "Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador a Jesucristo, el Señor" (Flp. 3:20). Lo más importante, es el comienzo de la imitación y semejanza a Cristo, que: "Pues ya conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por ustedes, para enriquecerlos con su pobreza" (2 Co. 8:9). Sin una tal renuncia, es imposible para nosotros llegar a aquella forma de vida, que se conformaría al Evangelio de Cristo. Porque entre riquezas y preocupaciones humanas, entre ataduras al mundo y costumbres humanas no se puede conseguir un corazón compungido, humilde, libre de iras, de tristezas, de preocupaciones y en general de todos los peligros y agitaciones del alma.

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