viernes, 21 de abril de 2017

Comulgar con dignidad: San Atanasio Sinaíta

San Anastasio Sinaíta: Comulgar con dignidad

Nota: hoy en día vemos que muchos católicos bien intencionados no reparan ni en la dignidad del ministro, ni en la fe del ministro, ni siquiera en la posibilidad de la validez de los sacramentos que pueden recibir. Para otros, comulgar es una suerte de costumbre social ¿Qué dirán los fieles de la capilla si es que no me ven comulgar? Y prefieren hacerlo aún cuando no están en verdadera condición para recibir al el Cuerpo de Cristo.
Es por esa razón (porque sabemos e insistimos en Sursum Corda que la Misa, también llamada Divina Litúrgica en la Tradición Oriental, es la expresión de la fe, pero no la fe en sí misma), es que publicamos este hermoso texto de San Anastasio Sinaíta, Padre de la Iglesia, quien muriera poco después del año 700.


Grande es nuestra miseria, carísimos. Porque debiéramos tener el espíritu encendido, atento en la oración y en la súplica, principalmente en la celebración del misterio eucarístico, y estar llenos de temor y temblor en la presencia del Señor mientras se celebra la Misa. Sin embargo, ni siquiera le ofrecemos el Sacrificio con pura conciencia, con espíritu contrito y humillado, sino que durante la Santa Sínaxis terminamos nuestros asuntos públicos y la administración de muchos y vanos negocios.

Hay gentes que no se preocupan en pensar con qué pureza y con qué dolor de sus pecados se han de acercar a la Sagrada Mesa, sino qué vestidos se han de poner. Otros vienen, pero no se dignan permanecer hasta el fin, sino que preguntan a los demás en qué punto va la Misa y si llega ya el tiempo de la Comunión; y entonces rápidamente, como los perros, saltan, arrebatan el místico pan y se marchan. Otros, presentes en el templo de Dios, no están quietos ni un momento, y se dedican a conversar prestando mas atención a las habladurías que a la oración. Otros no se preocupan absolutamente nada de su conciencia, ni de limpiar las manchas de sus pecados por medio de la penitencia, y van acumulando pecados sobre pecados (...).

Pues dime: ¿con qué conciencia, con qué estado de alma, con qué pensamientos te acercas a estos misterios, si en tu corazón te está acusando tu misma conciencia? Contéstame: si tuvieras las manos manchadas de estiércol, ¿te atreverías a tocar con ellas las
vestiduras del rey? Ni siquiera tus mismos vestidos tocarías con las manos sucias, antes bien, te las lavarías y enjugarías cuidadosamente, y entonces los tocarías. Pues, ¿por qué no das a Dios ese mismo honor que concedes a unos viles vestidos?

Entrar en la iglesia y honrar las imágenes sagradas y las veneradas cruces, no basta por sí solo para agradar a Dios, como tampoco lavarse las manos es suficiente para estar completamente limpio. Lo que verdaderamente es grato a Dios es que el hombre huya del pecado y limpie sus manchas por la confesión y la penitencia. Que rompa las cadenas de sus culpas con la humildad del corazón, y así se acerque a los inmaculados misterios.

Quizá diga alguno: no me es grato llorar y dolerme. ¿Por qué? Porque no meditas, porque no piensas, porque no ponderas el terrible día del juicio. Con todo, si no puedes llorar, al menos manten un porte grave y respetuoso; echa lejos de ti el orgullo, ponte en la presencia del Señor y, con los ojos vueltos a la tierra y con espíritu contrito, reconócete pecador. ¿No ves cómo los que están en la presencia de un rey terreno, que muchas veces es un impío, se comportan ante él con reverencia?

Permanece, pues, ante Dios con paz y compunción; confiesa tus pecados a Dios por medio de los sacerdotes. Condena tus propias acciones y no te avergüences, porque hay una vergüenza que
conduce al pecado y una vergüenza que es honor y gracia (Sir 4, 25). Condénate a ti mismo delante de los hombres, para que el juez te declare justo delante de los ángeles y delante de todo el mundo.

Pide misericordia, pide perdón, pide la remisión de tus culpas pasadas y verte libre de las futuras, para que puedas acercarte dignamente a tan grandes misterios, para participar con pura conciencia del cuerpo y sangre de Cristo, para que te sirvan de purificación y no de condenación. Oye a San Pablo, que dice: pruébese a sí mismo el hombre, y así coma de aquel pan y beba de aquel cáliz. Porque quien lo come y bebe indignamente, come y bebe su propia condenación, no haciendo el discernimiento del
cuerpo del Señor. Por eso hay entra vosotros muchos enfermos y achacosos y mueren bastantes (1 Cor 11, 28 ss.). ¿Comprendes ahora cómo la enfermedad y la muerte provienen, con mucha frecuencia, de acercarse indignamente a los divinos misterios?

Pero, tal vez dirás: ¿pues quién es digno? También caigo yo en la cuenta de esto. Y, sin embargo, serás digno con tal de que quieras. Reconócete pecador; apártate del pecado, huye de la maldad y de la ira. Practica obras de penitencia. Revístete de templanza, de mansedumbre y de longanimidad. De los frutos de la justicia saca compasión y entrañas de misericordia para los necesitados, y entonces te habrás hecho digno.

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